Capítulo 10 #4
—¡No, querida, esta vez vas a escucharme!
¡No estamos hablando de un viaje de recreo a bordo de un transatlántico, con otros pasajeros y familias respetables!
Estamos hablando de un barco de mercancías.
¡Y pretendes cruzar el mar con un capitán soltero que ni siquiera es tu prometido!
—Beatrice se volvió hacia Tavish, visiblemente indignada, pero no había ningún médico cerca para que le pidiera silencio, así que continuó: —¡Y usted, señor MacKinnon!
¡Me sorprende que haya tenido la desfachatez de aceptar semejante disparate!
Conoce perfectamente las consecuencias que esto podría tener para mi sobrina.
¡Su reputación quedaría destruida! ¡Más de lo que ya lo está!
Tavish sostuvo su mirada sin inmutarse.
—No estará sola, milady. La señora Bell ha aceptado acompañarnos.
—¡Una viuda contratada a última hora no convierte este viaje en algo decoroso! —replicó Beatrice—. ¿Qué cree que dirán cuando se sepa que lady Eleanor Ashcombe ha pasado semanas a bordo de su barco? ¡Después de todos los esfuerzos que hemos hecho por proteger su buen nombre!
—Tía, es mi decisión —intervino Eleanor.
Beatrice se giró hacia ella con los ojos encendidos.
—¡Precisamente eso es lo que más me preocupa!
¡Que después de todo lo ocurrido sigas sin comprender lo que está en juego!
¡Ya has rechazado una propuesta honorable de lord Alderwick y ahora pretendes marcharte por mar con un hombre que no te ha ofrecido matrimonio!
¿Qué futuro crees que te espera cuando regreses?
Eleanor palideció.
Tavish dio un paso hacia ellas.
—Basta, lady Beatrice.
La mujer lo miró, ofendida.
—¡No me diga que basta, capitán! ¡He criado a esta muchacha desde que era una niña! ¡He estado a su lado cuando nadie más lo estuvo y no voy a quedarme de brazos cruzados mientras arruina lo poco que todavía podemos salvar!
Aquellas últimas palabras hicieron que Eleanor bajara la cabeza.
Tavish lo vio.
Y toda la paciencia que había reunido durante la conversación estuvo a punto de abandonarlo.
—Lady Beatrice —dijo con una calma peligrosa—, le aconsejo que piense muy bien sus próximas palabras.
—¿Me está amenazando?
—No, milady. Le estoy recordando que está hablando delante de su sobrina y la última vez que habló con ella no la hizo precisamente feliz.
De hecho, fui yo quien la encontró en el agua —Beatrice abrió la boca para replicar, pero Tavish continuó: —Eleanor conoce perfectamente lo que la sociedad espera de ella.
No necesita que se lo recuerden a gritos.
Y si ha decidido acompañarme a Escocia, tendrá mi protección y el respeto de todos los hombres que navegan bajo mis órdenes.
—¡El respeto de sus marineros no impedirá que Londres la condene!
—Entonces Londres tendrá que empezar a importarle menos de lo que le importa la felicidad de su sobrina.
—¡No comprende usted nada!
—Comprendo bastante más de lo que cree, milady.
—Tavish endureció la mandíbula—. Comprendo que su sobrina lleva meses escuchando lo que debe hacer, dónde debe vivir y con quién debe casarse.
Y comprendo que cada vez que intenta expresar su voluntad, alguien se apresura a decirle que está equivocada.
Beatrice se quedó mirándolo, indignada.
—¡Solo intento protegerla!
—No lo dudo. Pero quizás haya llegado el momento de preguntarse si, intentando protegerla de todo, no está impidiéndole vivir.
Eleanor levantó los ojos hacia él, conmovida.
Beatrice miró alternativamente a ambos. La indignación seguía presente en su rostro, pero debajo de ella había algo más doloroso: el miedo verdadero de una mujer que había dedicado buena parte de su vida a cuidar de su sobrina y que ahora comprendía que estaba a punto de marcharse sin ella.
Eleanor extendió una mano. Beatrice la tomó enseguida a pesar de su enfado.
No resolvieron todas sus diferencias aquella mañana. Su tía siguió considerando más prudente el tren, quiso hablar con el médico y preguntó dónde dormiría la señora Bell. Pero escuchó las respuestas sin regresar al matrimonio ni recordar a Eleanor lo sucedido en su último viaje.
Tavish vio el esfuerzo que le costaba.
La señora Bell aceptó acompañarlos después de organizar sus asuntos en tierra. El médico volvió a examinar a Eleanor antes de dar su parecer sobre la primera etapa, insistiendo en que todavía necesitaría cuidados y que no debían continuar sin buscar ayuda si empeoraba.
Tavish lo escuchó hasta el final.
No zarparía por orgullo ni para impedir que alguien cambiara de opinión.
Había retrasado otros viajes por una vela, una enfermedad o un viento mal dispuesto; no iba a mostrarse menos prudente porque deseaba llevar a Eleanor lejos de Portsmouth, lejos de todas esas personas que la estaban condenando a una muerte en vida.
Los preparativos quedaron terminados al cabo de varios días. Los encargos que no podía cumplir pasaron a otras manos y Calum revisó con él lo necesario sin pedir explicaciones sentimentales a cambio.
Eleanor escribió a su padre y a Cathaline. Beatrice recibió el itinerario previsto y la promesa de noticias en la primera escala.
La última visita de la tía fue breve. Abrazó a Eleanor, le acomodó el cuello del vestido y le pidió que no esperara a tener algo importante que contar para escribirle.
Tavish se quedó cerca de la puerta.
Al marcharse, Beatrice se detuvo ante Tavish. Durante unos instantes lo contempló en silencio, como si todavía estuviera intentando reconciliar sus temores con la decisión que acababa de tomar.
—He dedicado gran parte de mi vida a cuidar de mi sobrina, señor MacKinnon —dijo finalmente—. Y le aseguro que dejarla marchar en estas circunstancias es una de las cosas más difíciles que he hecho jamás.
Tavish inclinó ligeramente la cabeza, respetando la emoción que percibió en su voz.
—Lo comprendo, milady.
—No estoy segura de que lo comprenda. —Beatrice miró hacia Eleanor, que permanecía sentada junto a la ventana—.
Pero hay algo que no puedo negar. Desde que está aquí, la he visto sonreír de una manera que creía haber perdido para siempre —Su voz se quebró ligeramente—.
Llevo mucho tiempo intentando devolverle la tranquilidad, y usted, de algún modo que todavía no alcanzo a comprender, ha conseguido que vuelva a interesarse por el mundo.
Incluso por viajar, pese a lo mucho que le asusta.
Tavish dirigió una breve mirada hacia Eleanor.
—Es una mujer extraordinaria, lady Beatrice. Solo necesita que se lo recuerden de vez en cuando.
La mujer lo observó con una emoción que ya no intentó ocultar.
—Lo era mucho antes de que usted la conociera, capitán. —Tragó saliva—. Y daría cualquier cosa por volver a verla como entonces.
—Yo también, milady.
Beatrice guardó silencio unos instantes.
—Por eso voy a dejar que se marche con usted. No porque haya dejado de preocuparme por las habladurías o porque considere apropiado este viaje. Sino porque, cuando mi sobrina lo mira, veo algo que llevaba demasiado tiempo sin ver en sus ojos. Y si esto es una locura, me sumo a ella.
Eleanor bajó la cabeza, profundamente conmovida.
Beatrice volvió hacia él el rostro.
—Cuide de ella.
Tavish se irguió, con toda la seriedad de un hombre que acababa de recibir una responsabilidad que consideraba sagrada.
—Con mi vida, milady, si fuera necesario.
Beatrice sostuvo su mirada. Quizá fue aquella respuesta, o la absoluta convicción con que la había pronunciado, lo que terminó de tranquilizarla.
Finalmente, inclinó la cabeza y salió.
La mañana de la partida, Eleanor pidió subir a cubierta.