La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Tavish se apoyó en el respaldo de la silla. Todavía tenía en la boca respuestas que habría podido dirigir a Henry y otras, peores, que habría preferido reservar al conde.

Ninguna ayudaría a Eleanor.

—No voy a decirle que su tía no la quiere. Pero estaba agotándola, y alguien tenía que terminar esa conversación.

Ella giró el rostro hacia la almohada.

—Ahora estará sufriendo.

Tavish permaneció callado unos segundos. La oyó tragar con dificultad y vio cómo buscaba el pañuelo sin levantar la mano de la manta.

Se lo acercó.

—¿Y usted no sufre? —preguntó él.

Eleanor no respondió.

Él dejó el pañuelo donde pudiera tomarlo y se sentó, más despacio de lo que su mal humor habría preferido.

No estaba sola en el sentido que había imaginado al verla entre las olas.

Tenía personas que habían salido a buscarla y una tía capaz de olvidar hasta su sombrero por llegar a su cama.

Lo que acababa de presenciar era más difícil de comprender: todos querían hacerse cargo de su futuro, pero nadie parecía saber qué hacer cuando ella intentaba expresar un deseo que no coincidía con el suyo.

La manipulaban a su favor.

Y ella, con el corazón bondadoso, no lo veía.

—¿Quiere regresar a la casa de su padre? —preguntó él.

Eleanor deslizó el pañuelo entre los dedos.

—Es donde debería estar.

—No le he preguntado dónde debería estar.

Ella levantó los ojos y él sintió cuánto le costaba no ofrecerle una respuesta preparada.

—No quiero volver allí.

La frase salió tan baja que la señora Bell dejó de mover una toalla.

Tavish no se acercó.

—Entonces no la llevaré.

—Usted tampoco puede decidirlo todo por mí.

—Acaba de decidirlo usted.

Eleanor apretó el pañuelo. Había algo casi desconcertado en la forma en que lo miraba, como si esperara que él añadiera las condiciones.

Tavish tuvo que dominar el impulso de ofrecérselas todas: una habitación, una casa distinta, un lugar en Escocia donde nadie volviera a hablarle de su reputación. Podía organizar muchas cosas.

Lo que no podía hacer era confundir su prisa por resolverlas con una respuesta de Eleanor.

—Mañana pediremos al médico que busque otro alojamiento —dijo él—. No tendrá que regresar con ellos por no disponer de una cama.

Ella miró la puerta abierta.

—¿Y usted?

—Tengo asuntos pendientes en Escocia.

Vio cambiar su expresión antes de que bajara los ojos.

—Por supuesto. No debería seguir retrasándolo.

—No he dicho que vaya a marcharme mañana.

—Pero tendrá que irse.

Tavish contempló la caja sobre el escritorio.

—También podría venir conmigo.

Eleanor volvió el rostro de inmediato con los ojos bien abiertos.

—Ya hemos hablado de eso.

—Y todavía sigo necesitando a alguien que distinga los nombres de mis antepasados de las manchas del papel.

—Edward podría hacerlo.

—Edward tiene demasiadas opiniones sobre cómo debo gobernar mi barco.

La réplica produjo una respiración que casi fue una risa. Después Eleanor miró las paredes y la expresión se borró.

—No puedo navegar, Tavish.

Él sintió su nombre como una caricia que no le estaba permitida.

—Entonces yo navegaré por usted.

Eleanor sintió que el corazón le daba un vuelco.

Aquellas palabras.

Las reconoció al instante. Eran las mismas que Tavish le había escrito meses atrás, en una carta que había leído tantas veces que casi había terminado por desgastar el papel.

Recordaba la emoción que sintió al recibirla, las esperanzas que había despertado en ella y el dolor de comprender que jamás podría corresponderle como deseaba.

Y ahora él volvía a pronunciarlas.

Después de todo. Después de aquella noche en Blairmuir, de las palabras crueles con las que lo había rechazado y de los meses que habían pasado separados, Tavish seguía ofreciéndole aquello que ella más había deseado: un lugar a su lado.

Los ojos se le llenaron de lágrimas antes de que pudiera evitarlo.

Bajó la mirada, avergonzada de que él descubriera cuánto significaba para ella aquella promesa.

Habría querido decirle que conservaba su carta, que ninguna de sus palabras había caído en el olvido, que lo había echado tanto de menos que algunas noches apenas podía soportar su ausencia.

Pero ¿cómo podía explicarle que había sido ella misma quien lo había apartado de su vida?

Se mordió el interior del labio para contener el temblor de su boca.

Deseaba tomar su mano, aceptar su ofrecimiento y dejar que la llevara hasta el último rincón de Escocia.

Y otra parte de ella seguía aterrorizada ante la posibilidad de que, cuando Tavish conociera toda la verdad, aquellas palabras dejaran de tener sentido.

No consiguió responder.

Solo levantó los ojos hacia él, brillantes de lágrimas, y tuvo que reunir todas sus fuerzas para no echarse a llorar.

Las dos noches siguientes hicieron que Tavish agradeciera no haber dado ninguna orden de partida.

Eleanor descansaba a intervalos, tosía y se despertaba sobresaltada por sonidos que él llevaba toda la vida sin oír.

El médico continuó visitándola. La señora Bell durmió cerca y consiguió que Tavish abandonara el camarote algunas horas, aunque nunca lo bastante lejos para no escuchar si lo llamaban.

Él atendió lo imprescindible. Calum se ocupó del resto y no volvió a bromear sobre las razones que los habían llevado a Portsmouth.

Beatrice regresó con ropa limpia, un peine y los libros que Eleanor había llevado desde Londres.

Esta vez entró sola. Tavish permaneció en cubierta durante parte de la visita y, cuando volvió a bajar, encontró a la tía sentada junto a la cama, escuchando a su sobrina hablar de una carta de Cathaline.

No había ofrecimientos de casas ni preguntas sobre el matrimonio.

Al salir, Beatrice se detuvo ante él.

—No estoy de acuerdo con que continúe aquí.

—Yo tampoco pensaba convertir mi camarote en una residencia permanente, milady.

Ella miró hacia la puerta abierta.

—Pero hoy ha podido comer algo.

Tavish asintió. Durante unos segundos compartieron aquella pequeña satisfacción sin encontrar un motivo para discutir.

El médico habló después con Eleanor a solas. Tavish aguardó en la cámara contigua, con la impaciencia de un hombre acostumbrado a participar en cuanto ocurría en su barco. No preguntó qué habían hablado cuando el médico salió.

Solo quiso saber qué debía hacer.

—Que siga acompañada. Que descanse.  —le contestó el hombre.

Tavish aceptó las instrucciones con menos resistencia de la habitual.

Al cuarto día, Eleanor consiguió permanecer sentada junto a la ventana durante un rato.

La señora Bell le había recogido el cabello y vestía una bata traída de la casa de su padre.

Parecía más ella misma hasta que alguien caminaba con demasiada fuerza sobre cubierta y sus manos volvían a quedarse inmóviles.

Tavish estaba revisando una carta cuando Eleanor le preguntó:

—¿Adónde iría primero?

Él levantó la cabeza.

—¿En Escocia?

—Durante el viaje.

Dejó la pluma.

—Hacia el oeste. Plymouth sería una primera escala posible. Después continuaríamos hacia la costa escocesa cuando el tiempo lo permitiera.

—¿Y Skye?

—No se moverá de su sitio mientras llegamos.

Eleanor lo miró con un amago de impaciencia que le hizo sonreír.

—Le estoy haciendo una pregunta seria.

—Y yo estoy procurando no prometerle una travesía sin escalas que quizá no podamos hacer.

Ella volvió la vista hacia el cristal.

—La señora Bell tiene su casa aquí.

—Puedo preguntarle si aceptaría acompañarnos. No voy a disponer de ella como si fuera otro baúl.

—No he insinuado eso.

—Por un momento lo ha parecido, milady,

La respuesta le devolvió una mirada que recordó con demasiada claridad de Blairmuir. Tavish sintió el deseo de prolongarla, pero esperó.

Eleanor tardó en hablar.

—Quiero regresar a Escocia.

Él dejó de sonreír.

—Podemos organizar el viaje por tierra.

Ella negó despacio, sin mirarlo.

—Quiero ir con usted —Tavish permaneció inmóvil. Había deseado escuchar aquellas palabras tantas veces que ahora no podía creer que Eleanor se las hubiera dicho—. Pero tengo miedo.

—Lo he visto.

—Y no quiero que al primer sobresalto piense que estoy arrepentida o que intento causarle dificultades.

Tavish apartó la carta y se inclinó sobre el escritorio.

—No tengo por costumbre devolver a mis pasajeros al puerto porque me resulten difíciles. Hamilton habría pasado media vida en un muelle.

Eleanor bajó la mirada. Esta vez sonrió de verdad, aunque duró poco.

—¿Se lo dirá a mi tía?

—Podemos decírselo juntos.

Ella se quedó observándolo.

—Preferiría escribirle primero.

Tavish le acercó el papel sin añadir ninguna instrucción.

Beatrice no recibió bien la decisión.

Tavish lo supo antes de que la mujer terminara de quitarse los guantes al día siguiente. Eleanor estaba sentada, con la carta abierta sobre las rodillas, y pidió que él permaneciera en la habitación.

—No comprendo por qué debes hacerlo por mar —dijo su tía—. Después de lo ocurrido...

Eleanor cerró los dedos sobre el papel.

—Tampoco yo estoy segura de poder soportarlo. Pero quiero intentarlo.

Beatrice miró a Tavish.

—Usted sabe que tiene miedo.

—Sí.

—¿Y piensa llevarla de todos modos?

Él sintió la tentación de responder por Eleanor y se obligó a esperar.

—Se lo he pedido yo, tía —dijo ella.

Beatrice volvió hacia su sobrina el rostro. La preocupación que tenía en los ojos no le pareció a Tavish menos verdadera por haberla visto tantas veces convertirse en una orden.

—¡No quiero que te pase nada! —exclamó Beatrice, incapaz de contener más su delgada garganta—.

¡Pero parece que has perdido por completo el juicio, Eleanor!

¿Tienes idea de lo que estás proponiendo?

¡Una dama soltera, hija de un conde, viajando durante semanas en un barco mercante, rodeada de marineros y bajo la protección de un hombre con el que no tiene ningún parentesco!

—Tía, por favor...