La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Miró de reojo a lady Beatrice y una sospecha desagradable comenzó a abrirse paso en su cabeza.

Quizás la tía había encontrado en aquel matrimonio una solución rápida y respetable para su sobrina.

No sabía qué había ocurrido durante su ausencia, ni por qué Eleanor había terminado sola en aquellas aguas, pero empezaba a temer que alguien hubiera decidido que lo mejor para ella era conformarse con una vida mucho más pequeña de la que merecía.

Y lo peor era que el vizconde parecía un hombre perfectamente honorable.

Tavish habría preferido encontrar algún defecto evidente que justificara las ganas que tenía de darle un puñetazo.

—¿Ha aceptado?

—No me ha dado su consentimiento.

Alderwick lo dijo sin intentar disimular la diferencia. Aquello no consiguió hacer más agradable la conversación.

Tavish miró a Beatrice.

—Espere aquí un momento.

Bajó antes de que ella pudiera protestar. Eleanor tenía los ojos abiertos y los volvió hacia él en cuanto entró.

—Está su tía. La acompañan lord Alderwick y su hermano.

La vio palidecer.

Tavish se detuvo junto a la cama.

—Si usted no quiere, no entrarán —se cuadró él.

—Quiero ver a mi tía.

—Se lo diré.

Eleanor cerró los ojos un instante.

—Los otros también. Si les digo que no entren, habrá que explicarlo después.

—Si no quiere, no tiene que explicar nada. No en mi barco, inglesa.

—Seguimos estando en Portsmouth, capitán —contestó ella, intentando sonar más despreocupada de lo que estaba.

Tavish no encontró nada tranquilizador en aquella respuesta. Consultó con el médico, esperó a que la señora Bell le acomodara un chal sobre el camisón y volvió a cubierta para hacerlos pasar.

Beatrice llegó hasta la cama sin prestar atención al tamaño del camarote ni al esfuerzo que había necesitado para bajar la escalerilla. Se sentó en la silla que Tavish había dejado libre y tomó la mano de Eleanor entre las suyas.

—Querida.

Le acarició los dedos, luego la mejilla, y terminó inclinándose para besarle la frente. Eleanor permaneció quieta un momento antes de levantar la otra mano hacia la manga de su tía.

Tavish apartó la vista. No necesitaba seguir mirando para comprender que aquel afecto era verdadero.

—Te hemos buscado por todas partes —murmuró Beatrice—. Pensé que habrías vuelto a casa mientras nosotros seguíamos fuera. Después dijeron que habían visto un bote regresar con una mujer y creí...

Eleanor apretó su manga.

—Estoy aquí, tía.

Beatrice asintió varias veces, incapaz de contestar enseguida. Alderwick permaneció cerca de la puerta con Henry a su lado. El médico les indicó que no se acercaran todos al mismo tiempo.

Durante unos minutos solo hablaron de su estado, de las indicaciones que debía seguir y de la ropa que Beatrice mandaría traer. Tavish escuchó desde el escritorio, intentando concederles una tranquilidad que él mismo no sentía.

Fue la tía quien cambió la conversación.

—¿Por qué no esperaste? Te llamé desde el salón. Habría salido contigo.

Eleanor bajó los ojos.

—Necesitaba estar fuera de aquella casa.

Beatrice le acarició la mano.

—Podrías habérmelo dicho sin marcharte así. No sabíamos dónde buscarte. Si nos hubieras dado tiempo...

El médico se movió junto a la puerta.

—Lady Beatrice.

Ella se interrumpió y respiró hondo.

—Lo sé. No debería preguntarte ahora. Me has dado un susto terrible, Eleanor.

Henry dio un paso adelante.

—Quería disculparme —Su hermana levantó el rostro. Tavish vio la sorpresa antes de que ella lograra ocultarla—. Por lo que dije esta tarde —continuó el muchacho—. No tenía derecho a hablarte de ese modo.

No miraba a Tavish ni al vizconde. Tenía los ojos en Eleanor y la vergüenza suficiente para que las palabras le costaran.

Ella tardó en responder.

—Lo que dijiste no era cierto.

Henry tragó saliva.

—Ya lo sé.

Tavish observó al muchacho con un interés nuevo.

No sabía cuáles habían sido aquellas palabras. La expresión de Eleanor bastó para que deseara conocerlas y, al mismo tiempo, para que se negara a pedírselas delante de todos.

Henry se pasó una mano por el cabello.

—He avisado a padre. Tendrá que regresar y ocuparse de que esto no se convierta en otro asunto del que pueda hablar cualquiera.

Eleanor retiró lentamente la mano de la de Beatrice.

—¿Eso le has escrito?

—Le he dicho que has sufrido un accidente. Pero comprenderás que, si alguien empieza a contar dónde te han encontrado y dónde estás ahora...

—Henry —lo interrumpió el vizconde Alderwick.

El muchacho se giró, incómodo.

—Solo digo que padre debe saberlo.

Eleanor miró hacia la manta.

—Padre nunca está cuando lo necesito.

Lo dijo sin reproche aparente, con un cansancio que produjo más silencio que una acusación.

Tavish dejó de sentir el dolor del hombro durante unos segundos mientras se le tensaba el cuerpo y fingía una educación que ya no tenía.

Henry bajó los ojos y volvió a levantarlos.

—Mi abuela está enferma. No podía saber que...

—Lo sé —respondió Eleanor—. Siempre hay una buena razón.

Beatrice se inclinó hacia ella.

—Tu padre regresará en cuanto pueda. Ahora debes descansar. Cuando el médico lo permita, nos marcharemos a un lugar donde no tengas que preocuparte de visitas ni preguntas.

—No quiero ir a casa del vizconde Alderwick, por mucho que agradezca su invitación.

Tavish levantó la cabeza.

Alderwick se adelantó ligeramente.

—No es necesario decidirlo esta noche. Mi casa está a su disposición, sin compromiso alguno.

—Pero ya hemos hablado de lo bien que te sentaría —añadió Beatrice—. Podrías llevar tus libros, recibir a quien quisieras y dejar que alguien se ocupara de lo demás.

Eleanor miró a su tía.

—No quiero casarme con lord Alderwick.

El vizconde recibió la frase con una quietud digna. Tavish se dio cuenta que le había dolido, aunque el hombre no intentó fingir ofensa.

—No le estoy pidiendo una respuesta ahora, lady Eleanor.

—Ya se la he dado.

Beatrice le acomodó el chal sobre el hombro.

—Querida, estás demasiado afectada para tomar una decisión semejante.

Tavish se apartó del escritorio.

—Yo la he oído perfectamente.

Los tres visitantes volvieron hacia él la mirada.

—Mi sobrina necesita serenarse —respondió Beatrice.

—Su sobrina ha dicho que no quiere casarse.

—Y nadie va a obligarla —intervino Alderwick—. Solo procuramos que no tenga que resolver su futuro en estas circunstancias.

—Entonces dejen de traérselo a la cama —replicó Tavish dando un paso hacia delante, ocupando con su cuerpo todo el camarote—. El médico les ha pedido una visita breve, no una negociación.

Henry enderezó la espalda.

—Es un asunto de familia.

—Pues tienen una casa entera en la que tratarlo sin que ella tenga que seguir escuchándolos —replicó él, sin suavizar ninguna palabra ni ningún gesto.

La tía Beatrice palideció. Tavish sabía que había hablado con dureza, pero Eleanor estaba intentando tomar aire entre dos accesos de tos y ninguno parecía encontrar en aquello una razón suficiente para callarse.

La señora Bell se acercó con una mano en su espalda. El médico tocó la silla de Beatrice.

—Basta por esta noche.

Alderwick retrocedió de inmediato. Henry permaneció donde estaba, con la indignación mal contenida de quien no estaba acostumbrado a recibir órdenes de un hombre sin título.

—Le estamos agradecidos por lo que ha hecho, capitán, pero eso no le permite...

—Calum.

Su compañero apareció en la puerta.

—Acompaña a nuestros visitantes a cubierta. El bote los llevará a tierra.

Beatrice se puso en pie.

—No voy a dejarla después de lo ocurrido.

—Ahora está atendida —respondió Tavish—. Y necesita descansar.

—Ustedes no conocen todo lo que ha sufrido.

Tavish miró hacia Eleanor. Había dejado de toser, pero seguía aferrada a la manga de la señora Bell, con los ojos bajos.

—No le he pedido que me lo cuente, milady. Le he pedido que deje de exigirle respuestas esta noche.

—No estoy exigiéndole nada.

Eleanor levantó la cara.

—Tía, por favor.

Beatrice se quedó inmóvil. Aquellas dos palabras consiguieron lo que ninguna de las de Tavish había logrado. Se inclinó hacia su sobrina, buscó su mano y la sostuvo un momento sin hablar.

—Vendré mañana —dijo finalmente—. Te traeré tus cosas.

Eleanor asintió.

Alderwick le dedicó una inclinación respetuosa.

—Le deseo una noche tranquila, lady Eleanor.

No añadió ninguna promesa ni volvió a mencionar su casa. Tavish agradeció en silencio que hubiera comprendido cuándo marcharse.

Henry salió detrás, pero se detuvo al alcanzar el corredor.

—Mi padre tendrá algo que decir sobre esto.

Tavish cerró los dedos sobre el marco de la puerta, sin llegar a cerrarla.

—Entonces espero que venga a decírselo a su hija.

—No toleraré que hable del conde como si...

—Baje la voz —Henry lo miró. Tavish no se movió, pero Calum se colocó a su lado y el espacio del pasillo pareció reducirse—. Su hermana acaba de pedir descanso —continuó el capitán—. Por esta noche, eso es lo único que va a decidir lo que hacemos los demás.

Alderwick apoyó una mano en el brazo del joven.

—Vamos, Ashcombe.

Tavish los acompañó hasta la escalerilla. Beatrice se giró antes de subir.

—No sabe lo que es verla sufrir sin conseguir ayudarla.

Él sostuvo su mirada. La angustia que encontró allí hizo más difícil responder.

—Empiezo a saberlo.

Beatrice bajó los ojos. Por un momento pareció una mujer mucho más cansada que la que había llegado a Blairmuir para disponer la vida de su sobrina.

Tavish esperó a que los tres estuvieran en cubierta.

—La visita ha terminado —le dijo a Calum—. Que desembarquen con cuidado.

Eleanor seguía despierta cuando regresó. El médico acababa de volver a examinarla y la señora Bell permanecía cerca, disponiendo las mantas que los visitantes habían desplazado.

Tavish dejó que terminara antes de acercarse.

—Entiendo su preocupación, señor MacKinnon. Pero mi tía no merecía que le hablara así —comentó Eleanor.

Se detuvo al otro lado de la cama.

—Su tía no es la única persona a la que he pedido que se marche.

—Ha pasado muchas noches cuidándome.

—Lo he visto en cuanto ha entrado.

Eleanor lo observó con una desconfianza que le resultó casi dolorosa.

—No lo parecía.