Capítulo 10
Eleanor no apartó los ojos de él, aunque el esfuerzo de mantener la cabeza levantada empezaba a notársele en el cuello.
—Señor MacKinnon, le agradezco su ayuda, pero no sabía que tuviera que consultarle lo que hago con mi vida.
Tavish sintió el impulso de contestar que, por lo que había visto aquella tarde, alguien debería haber estado lo bastante cerca para hacerle unas cuantas preguntas.
La respuesta le llegó con toda la violencia del recuerdo y murió antes de alcanzar su boca.
No sabía qué había ocurrido. Lo único que tenía delante era una mujer agotada, esperando que él le ofreciera otra razón para defenderse.
El médico apareció en la puerta y Tavish se levantó.
—Puede continuar la discusión después —dijo él, apartando la silla—. Ahora deje que termine de examinarla.
—No estaba discutiendo.
—Entonces espero no descubrir nunca cómo lo hace.
La señora Bell se acercó a acomodar una almohada mientras Eleanor le dirigía una mirada mal humorada. Tavish recibió aquella pequeña hostilidad con un alivio que habría preferido no tener que explicar.
El médico le pidió que aguardara fuera.
Obedeció de mala gana. Permaneció junto a la puerta abierta, escuchando las preguntas y las respuestas cada vez más bajas de Eleanor. Todavía tosía al intentar hablar demasiado y necesitaba detenerse antes de continuar. Cuando el hombre salió, Tavish ya había preparado la pregunta.
—¿Puede llevarse a tierra?
—No voy a hacerla pasar por otro traslado esta noche si podemos evitarlo. Quiero comprobar cómo evoluciona.
—El barco la asusta.
El médico volvió la cabeza hacia el camarote.
—Entonces procuremos que no tenga que asustarse también de quienes están en él.
Tavish recibió la observación sin agrado, pero no discutió. Había visto sus ojos cuando la sujetó; no necesitaba que nadie le explicara que sus buenas intenciones no habían servido para tranquilizarla.
—La señora Bell permanecerá con ella —añadió el médico—. Yo estaré aquí cerca. Y nada de conversaciones que la agoten.
Tavish asintió y solo volvió a entrar en el camarote cuando Eleanor lo llamó.
Ella había visto cómo mantenía el brazo junto al cuerpo.
—¿Se ha hecho daño?
—El hombro.
—¿Al sacarme del agua?
—Al subir al bote. El médico ya se ha ocupado de él.
Eleanor deslizó un dedo por la costura de la manta. La culpa apareció en su rostro con tanta rapidez que Tavish lamentó no haber encontrado una respuesta mejor.
—No empiece a preocuparse también por eso —añadió—. Me he hecho bastante más daño ayudando a los Hamilton a reconstruir la isla de Arran.
—No sabía que usted estuviera en Portsmouth.
—Tenía trabajo.
—¿Me vio desde su barco?
—Desde el bote, tenía el barco fondeado en una parte del litoral. No supe que era usted hasta que la alcancé.
Eleanor lo contempló durante unos segundos. Después bajó los ojos, como si aquella explicación hubiera hecho más difícil encontrar lo que quería decirle.
—Pensaba que no desearía volver a verme.
Tavish dejó de acomodarse la manga.
—Fue usted quien me pidió que no regresara.
El silencio posterior conservó algo de la biblioteca de Blairmuir: los papeles entre ambos, las palabras escogidas para herir, la obstinación con que ninguno quiso reconocer cuánto le estaba costando aquella despedida.
Tavish todavía recordaba la última vez que Eleanor lo llamó y la esperanza absurda con la que se giró.
Pero no iba a exigirle cuentas mientras apenas conseguía mantenerse despierta.
Se sentó.
—No tenemos que hablar de eso esta noche.
Ella asintió, aunque su expresión no perdió la tristeza.
La señora Bell se retiró hasta el armario para ordenar unas prendas. Tavish aguardó a que Eleanor respirara con más calma antes de volver a hablar.
—¿Había alguien con usted en la playa?
—No.
—¿Se cayó?
Eleanor dejó de mover el dedo sobre la manta. La pregunta permaneció entre ambos sin encontrar respuesta.
Tavish recordó la orilla vacía, la ausencia de una embarcación volcada y aquella mano que apareció entre las olas sin intentar alcanzarlos. Nada de eso bastaba para explicarle lo ocurrido. Había demasiadas cosas que ignoraba.
—Eleanor...
—No quiero hablar de lo ocurrido.
La voz se le quebró al final. Tavish se incorporó, sintiendo la necesidad de hacer algo con la inquietud que acababa de instalarse en su pecho.
—De acuerdo.
Fue hasta el escritorio y apartó una taza fría. No necesitaba moverla, pero le permitió dejar de observarla mientras la señora Bell se acercaba.
Cuando Eleanor volvió a hablar, sus ojos estaban detenidos en la caja de su abuela.
—No ha ido a Skye.
Tavish siguió su mirada.
—Todavía no.
—Pensaba que habría encontrado las respuestas.
—Mis antepasados no han tenido la consideración de enviármelas por correo.
Eleanor esbozó una media sonrisa. Él recordó cuánto esfuerzo había dedicado otras tardes a conseguir precisamente eso.
—Quizás esperan a que se tome alguna molestia.
—Ya me está llevando la contraria en su nombre. No me parece justo.
La expresión duró poco. Un crujido del casco hizo que Eleanor mirara hacia la puerta y apretara de nuevo la manta. Tavish habría querido ordenar que la madera permaneciera quieta con la misma facilidad con que había mandado callar a sus hombres.
Se quedó a su lado sin tocarla.
—¿Por qué sigue aquí? —preguntó ella al cabo de un rato.
—Es mi camarote, inglesa.
—Tiene un barco entero.
Tavish miró la pequeña horquilla que descansaba junto a su brújula. Durante horas no había sabido si Eleanor volvería a necesitarla.
—Porque cuando la saqué del agua no sabía si volvería a abrir los ojos.
Ella no respondió. Lo observó con un interés que hizo que él se arrepintiera, no de haberlo dicho, sino de no haber podido ocultar mejor lo que todavía sentía al recordarlo.
Calum apareció en la puerta antes de que ninguno encontrara otra frase.
—Han llegado.
Lady Beatrice aguardaba junto a la puerta que daba acceso a los camarotes, aferrada al brazo de un caballero de cabello gris. Había perdido un guante y llevaba el sombrero ligeramente torcido, que el viento amenazaba con arrancarle a cada momento.
Al ver a Tavish, se soltó de su acompañante.
—¿Dónde está?
Él terminó de subir.
—En mi camarote. Ha despertado y el médico continúa atendiéndola.
Beatrice cerró los ojos un instante. El caballero volvió a ofrecerle el brazo, pero ella apenas pareció notarlo.
—Nos dijeron que habían encontrado a una mujer en el agua. Después llegó su hombre y... —No consiguió terminar. Se llevó una mano a la boca antes de mirarlo de nuevo—. Gracias, señor MacKinnon.
No había ceremonia en aquellas palabras. Tavish reconoció el miedo porque llevaba horas intentando dominar el mismo.
—Mis hombres ayudaron.
—Quisiera darles las gracias también.
El caballero se adelantó lo suficiente para presentarse.
—Frederick Henshaw, vizconde de Alderwick. Le debemos mucho, capitán.
Tavish inclinó la cabeza. El vizconde hablaba sin condescendencia y parecía más preocupado por la respuesta del médico que por sus propias incomodidades a bordo. Parecía un buen hombre.
Detrás de él esperaba un joven rubio, con el cuello del abrigo levantado y una expresión que no sabía dónde detener. Beatrice lo presentó como Henry Ashcombe.
El hermano menor de Eleanor.
Tavish lo examinó brevemente. Tenía las manos limpias, las botas brillantes y el aspecto de alguien que había pasado una tarde desagradable sin saber todavía qué parte le correspondía explicar.
—¿Podemos verla? —preguntó lady Beatrice.
—Voy a preguntárselo. El médico ha pedido que la visita sea breve.
—Por supuesto —respondió Alderwick—. No queremos fatigarla.
Beatrice miró hacia la puerta que daba a los camarotes.
—En cuanto pueda trasladarse, debemos llevarla a casa.
—Eso tendrá que decidirlo el médico —dijo Tavish con una firmeza que no admitía discusión.
Erguido ante ellos, con los anchos hombros cubiertos por el tartán escocés y la mandíbula endurecida, imponía la autoridad natural de un hombre acostumbrado a mandar.
Y aquella vez no hablaba solamente como capitán de su barco, sino como un hombre decidido a proteger a Eleanor, aunque tuviera que enfrentarse a toda su familia.
—Me refiero a cuando esté restablecida —vaciló lady Beatrice, haciendo brillar sus ojos grises con cierta tristeza—. Frederick nos ha ofrecido su residencia de Portsmouth. Allí podría recuperarse lejos de todo esto.
El vizconde asintió.
—Lady Beatrice podría acompañarla. No les faltaría ninguna comodidad.
Tavish sostuvo su mirada.
—¿Eleanor conoce ese ofrecimiento?
—Hemos hablado de nuestro futuro —respondió Alderwick—. Esta tarde le pedí que se casara conmigo.
Tavish sintió que los dedos de la mano sana se cerraban hasta formar un puño.
Durante aquellos tres meses había intentado convencerse de que Eleanor terminaría casándose con otro hombre, pero descubrir que aquel pretendiente tenía casi la edad de su padre le produjo una indignación difícil de contener.
Observó al vizconde. No parecía un mal hombre.
Sus modales eran impecables, su preocupación sincera y seguramente podía ofrecerle una existencia rodeada de todas las comodidades imaginables.
Pero Tavish no conseguía comprender qué demonios hacía un caballero de aquella edad aspirando a casarse con Eleanor.
Era joven, hermosa, inteligente y poseía un encanto capaz de conquistar cuantos salones de Londres se propusiera. Recordó sus ojos verdes iluminándose cuando hablaba de historia, su sonrisa traviesa y aquella lengua afilada que tantas veces lo había dejado sin respuesta.
¿De verdad pretendían que pasara el resto de su juventud junto a un hombre que ya había criado a sus hijos?