Capítulo 9 #2
Había reproche en su voz. Tavish habría soportado bastante más con tal de seguir oyéndola hablar, pero la pregunta lo alcanzó en un lugar incómodo.
Sabía que temía los barcos.
Lo sabía desde el muelle de Blairmuir.
Al disponer el traslado solo había pensado en una cama seca, en el espacio del que podía hacerse responsable y en mantenerla donde sus hombres encontraran cuanto les pidiera. Había confundido la seguridad que aquel camarote le ofrecía a él con la que podía ofrecerle a ella.
—La encontramos en el agua —respondió él—. La atendieron primero en tierra. Después la trajimos aquí con el médico.
Eleanor recorrió de nuevo las paredes con la mirada.
—Lléveme de vuelta.
Tavish estuvo a punto de decir que no. La palabra le llegó completa, áspera, acompañada por la imagen de sus labios azulados en el bote.
El médico lo miró antes de que la pronunciara.
—Primero voy a terminar de examinarla. Después hablaremos de a donde puede ir.
Eleanor no pareció satisfecha, pero una nueva tos le impidió insistir. La señora Bell le sostuvo la espalda mientras Tavish permanecía apartado, con las manos vacías y una necesidad casi insoportable de hacer algo.
Más tarde, cuando el médico salió a buscar una de sus cosas y la señora Bell se quedó junto a la puerta, Eleanor giró hacia él el rostro.
Tenía más color. No lo suficiente para tranquilizarlo, pero sí para que se atreviera a dejar de vigilar cada respiración.
—¿Estamos navegando? —preguntó Eleanor con un hilo de voz, ronca y debilitada por el agua de mar.
Apenas quedaba rastro de aquel tono dulce y melodioso, siempre tan seguro cuando discutía con él.
Las palabras salieron entrecortadas, como si pronunciarlas le exigiera un esfuerzo doloroso, y Tavish sintió una punzada en el pecho al escucharla tan distinta de la mujer que recordaba.
—No. El barco está fondeado al resguardo del puerto. No vamos a salir.
Ella miró hacia la ventana alta de popa.
—Se mueve.
—Como todos los barcos, milady.
Tavish se acercó al escritorio y apartó la cortina para dejar visible el cristal. Desde la cama no podría ver mucho más que una franja de luz, pero al menos la habitación dejaba de parecer completamente cerrada.
—La puerta seguirá abierta —añadió él—. Y la señora Bell se quedará aquí.
Eleanor apretó la manta.
—¿Dónde está mi ropa?
La señora Bell contestó antes de que Tavish pudiera hacerlo.
—La he puesto a secar. Yo la cambié, milady, no debe preocuparse por nada.
Eleanor miró a Tavish avergonzada, y él sintió una rabia inmediata al verla así, como si tuviera que justificarse después de haber estado a punto de morir.
—Salí mientras la atendían —aclaró él.
Ella bajó los ojos hacia el camisón.
—No debería estar en el camarote de un hombre.
Tavish pasó la lengua por los dientes antes de responder.
—Hace unas horas no conseguía saber si estaba respirando. Tendrá que perdonarme si no pregunté primero qué habitación aprobaría Londres.
Eleanor alzó el rostro.
—Usted no comprende...
—Comprendo que es una dama. Por eso la atiende la señora Bell, por eso nadie entra sin llamar y por eso he enviado aviso a su familia.
La vio quedarse inmóvil.
—¿Ha avisado a mi tía?
—He enviado a un hombre a casa de su padre. No iba a dejar que siguieran buscándola sin saber que está viva.
Eleanor volvió la cabeza hacia la almohada. No dijo nada durante unos segundos.
Tavish esperó. Le resultaba difícil no llenar aquel silencio con preguntas, pero ella todavía necesitaba detenerse después de cada respuesta.
—Tendrán que venir a buscarme —murmuró al fin.
—Podrán hablar con el médico en cuanto lleguen.
—Y llevarme a casa.
—Eso ya lo veremos.
La mirada que le dirigió habría bastado para arruinarle el humor otra noche.
Aquella le produjo alivio.
—No puede decidir cuánto tiempo voy a permanecer aquí, señor MacKinnon.
—No he hablado de cuánto tiempo. He hablado de que apenas consigue incorporarse.
—Puedo...
Eleanor intentó apoyarse en la almohada y se detuvo. No hizo falta que Tavish la ayudara; la señora Bell estaba ya junto a ella.
Él se mordió la respuesta. Habría sido demasiado fácil señalar la prueba de que tenía razón, y lo bastante mezquino para recordarlo después.
—Es usted el hombre más obstinado que he conocido —murmuró Eleanor, dejándose caer contra las almohadas.
—Y usted, la mujer más empeñada en llevarme la contraria. Veo que algunas cosas no han cambiado.
—No confunda mi debilidad con una rendición, señor MacKinnon.
Una sonrisa perceptible curvó los labios de Tavish.
—No cometería semejante error, inglesa. Ya he tenido ocasión de comprobar lo peligroso que resulta subestimarla.
Tavish arrastró la silla hasta el otro lado de la cama, sin colocarse entre ella y la puerta.
La señora Bell se ocupó de doblar una toalla con una atención que no consiguió ocultar del todo su expresión. Eleanor la miró y luego regresó hacia Tavish.
—No me hace ninguna gracia.
—A mí tampoco me ha divertido la tarde.
La frase salió más dura de lo que pretendía. Eleanor bajó la mirada, y Tavish vio que la poca resistencia que había recuperado parecía abandonarla de nuevo.
—No estoy pidiéndole que me agradezca nada —añadió él—. Le estoy diciendo que no pienso ayudarla a cruzar una cubierta mientras apenas pueda sostenerse en pie. Cuando el médico considere que está en condiciones de regresar a tierra, hablaremos de ello.
Eleanor levantó lentamente los ojos.
—¿Y si no deseo permanecer aquí?
La pregunta le dolió más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Tavish apretó la mandíbula y sostuvo su mirada.
—Me temo, inglesa, que esta vez no voy a permitir que su terquedad decida por ambos.