Capítulo 9
Tavish había ordenado que no dejaran caer nada sobre la cubierta.
La primera vez lo dijo al oír cómo desplazaban un cajón sobre su cabeza. La segunda, cuando una polea golpeó contra la madera. A la tercera bastó con que apareciera en la escotilla para que el marinero que transportaba una cubeta decidiera apoyarla en el suelo como si estuviera llena de pólvora.
Ahora el barco permanecía tan silencioso que podía escuchar la respiración de Eleanor desde cualquier rincón del camarote.
No conseguía acostumbrarse.
Estaba acostada en su cama, con el cabello extendido sobre una toalla y las mantas recogidas hasta los hombros.
La señora Bell, una viuda de Portsmouth a la que Tavish había contratado por recomendación del médico, se había ocupado de quitarle las prendas empapadas y vestirla con un camisón limpio.
También había retirado las últimas horquillas de sus cabellos rubios.
Una de ellas descansaba ahora sobre el escritorio del capitán, junto a su brújula.
Había pasado meses imaginando qué sería volver a tenerla cerca. Ninguna de aquellas fantasías incluía una horquilla torcida junto a sus cartas náuticas y un médico que todavía no quería asegurarle que el peligro hubiera terminado.
La primera atención tuvo lugar en una habitación prestada cerca del desembarcadero.
Mientras el médico la examinaba, Calum había dispuesto que acercaran el Ròs na Mara al resguardo del puerto.
Eleanor respondió a algunas indicaciones, abrió los ojos sin reconocer a nadie y volvió a quedar sumida en un sopor que a Tavish le resultaba imposible distinguir del estado en que la había encontrado.
Solo después, cuando su respiración se sostuvo mejor y el médico consideró posible un traslado breve, la habían llevado al camarote.
El hombre los acompañó. También hizo venir a la señora Bell, una viuda que lo ayudaba con algunos enfermos, y dejó muy claro que disponer de una cama no equivalía a haber resuelto nada.
—Ha mejorado desde que llegamos a tierra —le había dicho—. Eso es lo que puedo asegurarle.
—¿Y cuándo despertará?
—Ha respondido. Necesita tiempo, pero no voy a marcharme todavía.
Tavish habría pagado cuanto le pidiera por una respuesta más precisa. El médico no se la ofreció.
Ahora aguardaba en la pequeña cámara contigua mientras la señora Bell preparaba ropa seca y ordenaba las cosas que podía necesitar Eleanor. Tavish ocupaba una silla junto a la cama, demasiado baja para sus piernas y demasiado estrecha para permitirle olvidar el hombro.
El tirón sufrido al empujarla hacia el bote había empeorado. Se había dejado examinar únicamente porque el médico amenazó con hacerlo delante de sus hombres si continuaba negándose.
Le recomendaron descanso para el brazo.
Había encontrado aquella sugerencia particularmente inoportuna.
Calum entró con un plato y cerró la puerta sin dejar que el pestillo golpeara.
—Come.
Tavish levantó la vista.
—Déjalo ahí.
—Ahí está lo que te traje antes.
El pan continuaba intacto junto a los papeles. Calum retiró el plato viejo y puso el nuevo en su lugar, sin pedir instrucciones.
Se había cambiado de camisa, pero todavía conservaba una marca roja donde el cabo le había rozado las manos durante el rescate. Tavish la observó un instante.
—¿Los hombres?
—Bien. Uno tiene frío y el otro lleva media hora contando que te sacó del agua él solo.
—Lo sujetaré por los tobillos mañana para que compruebe la diferencia.
Calum sonrió, aunque la diversión se apagó cuando miró hacia la cama.
—¿Se ha movido?
—Hace un rato.
El marinero se acercó lo necesario para verla sin invadir el espacio de la enferma.
—El médico sigue aquí.
—Ya lo sé.
—Y la señora Bell. No se quedará sola si subes a tomar aire.
Tavish volvió los ojos hacia Eleanor.
—Tengo aire.
Calum lo contempló con una paciencia que empezaba a resultarle ofensiva.
—Con esas trenzas, la barba y la cara que le has puesto al médico, no te hará falta llegar a Skye para que te confundan con uno de esos antepasados tuyos del norte.
—El médico sigue entero.
—Porque es un hombre prudente.
Tavish no respondió. La respiración de Eleanor había cambiado y se inclinó hacia ella antes de recordar que Calum continuaba allí. La vio tragar con dificultad y cerrar ligeramente los dedos sobre la manta. Esperó otro movimiento que no llegó.
Cuando volvió a enderezarse, su compañero ya no sonreía.
—El aviso está entregado en casa de Wetherby —dijo.
Tavish lo miró.
—¿Han respondido?
—El conde está fuera. El mayordomo ha recibido la nota. Lady Beatrice y el vizconde que la acompaña habían salido a buscarla; he dejado a uno de los nuestros esperando para indicarles dónde estamos en cuanto regresen.
Tavish apoyó despacio la espalda en la silla.
El padre estaba fuera.
Recordó a Eleanor explicándole en Blairmuir que el conde sabía qué libro deseaba, pero confiaba a Beatrice cualquier cosa que no pudiera solucionar dando una orden.
No sabía aún qué había ocurrido aquella tarde y no iba a decidirlo por una ausencia, aunque la noticia le produjo una irritación inmediata.
—Saben que está viva.
—Lo he escrito yo mismo debajo de tu nota, para que lo vieran antes de ponerse a leer todo lo demás.
Tavish asintió.
—Y el barco no sale.
Calum lo observó como si acabara de comunicarle algo que solo él ignoraba.
—Ya he dado las instrucciones.
Cuando se quedó solo, Tavish intentó comer. Partió el pan, lo sostuvo unos segundos y terminó dejándolo en el plato.
Eleanor movió la mano.
No fue el pequeño cierre de los dedos que había visto antes. Tiró de la manta, frunció el ceño y volvió ligeramente la cabeza sobre la almohada. Tavish se quedó contemplándola. Incluso en aquel estado, pálida y agotada, poseía una belleza que siempre había conseguido perturbarlo.
Los cabellos rubios, extendidos sobre la toalla, tenían el brillo tenue del oro bajo la luz de la lámpara.
Las largas pestañas claras descansaban sobre unas mejillas delicadas, y sus labios, todavía desprovistos de su color habitual, conservaban aquella forma exquisita que tantas veces le había hecho perder el hilo de una conversación.
Era hermosa de una manera casi dolorosa, aunque Tavish habría renunciado gustosamente a contemplarla un instante más si con ello hubiera conseguido devolverle el color a las mejillas y aquella expresión orgullosa con la que acostumbraba a desafiarlo.
Cuando Eleanor volvió a moverse, Tavish se levantó tan deprisa que la silla rozó el suelo.
—Eleanor.
Ella entreabrió los labios. Sus párpados temblaron y, durante un momento, él pensó que volvería a quedarse como estaba.
Después abrió los ojos.
Sus hermosos ojos verdes y cálidos.
Tavish se quedó inclinado a su lado, sin atreverse a moverse. Había imaginado aquel instante durante horas y ahora no encontraba nada que decir. Los ojos almendrados recorrieron su rostro sin detenerse, turbios todavía, antes de subir hacia las vigas del techo.
—Eleanor, soy yo —Ella hizo un esfuerzo por girarse. La manta se desplazó sobre su hombro y una tos breve le contrajo el cuerpo. Tavish acercó una mano por instinto, pero se detuvo antes de tocarla—. La señora Bell está aquí. Voy a llamarla.
Eleanor pareció no oírlo. Miraba la lámpara sujeta a la pared, el armario cerrado, las tablas oscuras que rodeaban la cama.
El casco recibió una pequeña sacudida. Nada importante: el movimiento de otro barco en las aguas próximas o el viento trabajando sobre el fondeo. Tavish apenas habría reparado en ello cualquier otro día.
Eleanor lo sintió entero.
Se incorporó bruscamente sobre un codo. El aire le salió con un sonido áspero y sus ojos buscaron la puerta.
—No —dijo ella.
Tavish se giró hacia ella.
—No te levantes.
La orden consiguió exactamente lo contrario. Eleanor intentó retirar las mantas y llevar las piernas hacia el borde.
Tavish la alcanzó por el hombro.
Ella dio un tirón tan violento que él sintió la fuerza del miedo antes de escucharla.
—¡No me toque!
La sostuvo solo lo necesario para evitar que se golpeara contra el borde de madera y retiró las manos en cuanto volvió a quedar sobre el colchón.
—Eleanor. Mírame.
No lo hizo. Se había recogido contra la pared, con la manta aferrada al pecho y los ojos fijos en el espacio que él ocupaba. Tavish conocía aquella expresión. La había visto junto al arroyo, cuando sus brazos se cerraron alrededor de ella para impedir una caída.
Y, aun así, había vuelto a tocarla sin pensar.
Retrocedió.
—Soy Tavish. Estás en el Ròs na Mara .
El nombre del barco no la tranquilizó. Ella miró hacia la puerta la cabeza y respiró con tanta rapidez que él sintió una punzada de alarma.
—Ábrala.
Tavish se apartó de inmediato y abrió la puerta de par en par. La señora Bell ya estaba al otro lado, seguida por el médico.
—Déjeme pasar, capitán.
Obedeció sin discutir. La mujer se acercó a la cama y se presentó con una voz firme, desprovista de aquel tono meloso que Tavish había oído emplear a veces con los enfermos.
—Soy la señora Bell, milady. He estado aquí desde que la trajeron. El doctor quiere comprobar cómo se encuentra.
Eleanor miró a uno y a otro. Después volvió a mirar la puerta.
Tavish permaneció junto al escritorio, dejando libre el paso.
El médico habló antes de acercarse. Le hizo preguntas sencillas y esperó las respuestas sin impaciencia. Eleanor consiguió decir su nombre, pero tardó al preguntarle qué recordaba.
—El agua —murmuró.
Tavish cerró la mano sana sobre el borde del escritorio.
El médico no pidió más. Se ocupó de su respiración, la escuchó toser y le indicó que permaneciera recostada mientras la señora Bell acomodaba las almohadas. Eleanor permitió que la mujer la ayudara, aunque siguió los movimientos del médico con una atención dolorosa.
—Quiero salir de aquí.
La petición llegó baja, pero perfectamente clara.
Tavish dio un paso.
—Ahora no puede ponerse de pie.
Ella lo miró por primera vez como si lo reconociera de verdad.
—¿Por qué estoy en su barco?