La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Tavish ya estaba haciendo girar el bote.

—Hacia ella. Sin entrar en la rompiente.

Calum repitió la orden y los hombres cambiaron el movimiento de los remos. La figura apareció otra vez, más cerca de lo que Tavish había calculado. Era una mujer. El vestido se extendía irregularmente alrededor del cuerpo y volvía a plegarse cuando el agua lo arrastraba.

No levantó un brazo al verlos.

Tavish buscó un punto de la orilla del que pudiera haber caído. No vio ninguna embarcación volcada ni otra persona junto a ella. La costa estaba demasiado vacía, el ruido del agua demasiado alto.

—¡Señora!

La mujer no respondió. Una ola le cubrió la cabeza y Tavish perdió de vista el cabello rubio que acababa de distinguir.

Se quitó el abrigo y entró en el agua antes de escuchar alguna queja.

El frío le cerró el pecho. Durante un instante no consiguió tomar aire como esperaba; sintió el peso de la camisa pegándosele al cuerpo y el agua golpeándole la cara antes de encontrar de nuevo la superficie.

El bote estaba cerca. También la mujer.

Tavish avanzó hacia la tela con movimientos cortos, procurando no perderla cada vez que una ola se interponía. Oyó a Calum llamarlo, pero no distinguió las palabras. La falda se hundió por un extremo y él vio unos cabellos claros pegados al agua.

Alcanzó primero una manga.

La tela resbaló entre sus dedos. Cerró la mano más arriba, encontró el brazo y consiguió acercarse al cuerpo. La mujer no lo sujetó ni intentó apartarlo. Permanecía abandonada al movimiento del mar de una forma que le produjo un miedo inmediato.

—Ya la tengo —gritó hacia el bote.

Tenía que mantenerle el rostro fuera del agua. Tavish la giró, venciendo la resistencia de las faldas que se arrastraban bajo ambos, y levantó su cabeza mientras una ola les golpeaba los hombros.

El cabello le cubría la boca.

Lo apartó con los dedos, buscando una respiración, alguna respuesta que le permitiera saber que todavía llegaban a tiempo.

Reconoció la línea de la ceja antes de comprenderlo.

Después vio la mejilla, las pestañas claras, la boca entreabierta de la que no salía ninguna palabra.

—Eleanor.

Su brazo se cerró con más firmeza alrededor de ella. El cuerpo siguió quieto, sostenido únicamente por su esfuerzo.

No podía ser.

La apretó ligeramente hacia sí, como si otro ángulo fuera a devolverle un rostro desconocido. El mar les golpeó el costado y Tavish tuvo que alzarla de nuevo antes de que el agua le cubriera la boca.

Era Eleanor.

—¡Eleanor!

La segunda vez gritó su nombre. Ella no abrió los ojos.

Tavish dejó de sentir la distancia hasta la orilla y el frío de la camisa. Solo encontraba obstáculos: el agua que seguía llegando, la tela que dificultaba sostenerla, la separación absurda entre sus brazos y la borda del bote.

La última vez que la vio, Eleanor estaba erguida detrás de una mesa, decidida a no permitirle ver cuánto le temblaban las manos. Ahora una de aquellas manos flotaba junto a él, inútil, con los dedos curvados.

—¡Calum!

—¡Aquí!

El marinero se encontraba ya mucho más cerca. El bote había cambiado de posición y uno de los hombres esperaba inclinado hacia ellos mientras el otro mantenía el remo en el agua.

Tavish oyó su propia respiración, demasiado rápida. Tenía que seguir trabajando. No podía quedarse mirándola.

Aseguró mejor el apoyo de su cabeza y buscó el cabo que le tendían. La cuerda le golpeó el brazo; consiguió sujetarla sin aflojar a Eleanor.

—¡Primero ella! —ordenó.

Calum lo había oído pronunciar su nombre. Tavish lo vio en la mirada que dirigió hacia el rostro de la mujer, pero su compañero no perdió tiempo haciendo preguntas.

Los hombres acercaron el bote con cuidado. Tavish sintió que el hombro empezaba a fallarle cuando intentó mantenerla más alta para que pudieran alcanzarla. Las faldas, que en el agua frenaban cualquier movimiento, se volvieron pesadas en cuanto comenzaron a sacarlas.

—Despacio —dijo Calum—. La tenemos.

Tavish no pudo soltarla todavía.

Una mano sujetó el brazo de Eleanor por encima del suyo. Otra encontró apoyo bajo sus hombros. El bote se inclinó y el marinero que permanecía al remo compensó el movimiento mientras Calum pedía ayuda para recoger el vestido.

Durante un instante, el cuerpo quedó entre el agua y la borda.

Tavish empujó con el brazo que le quedaba libre, sintiendo un tirón doloroso desde el hombro hasta el cuello. Vio desaparecer la cabeza de Eleanor dentro del bote y después sus manos, una tras otra.

El agua volvió a golpearle la cara.

—¡Tavish, aquí!

Se aferró a la borda. Le costó encontrar fuerza suficiente para subir. Los dedos resbalaban sobre la madera mojada y una pierna no conseguía apoyarse donde él quería.

Calum lo sujetó por la camisa; Tavish cayó sobre un banco, golpeándose una rodilla, y se incorporó antes de que hubiera terminado de soltarlo.

Eleanor estaba tendida en el espacio que habían despejado entre los asientos.

No se movía.

Tavish se arrodilló a su lado. La tela mojada le ceñía los hombros y el cabello estaba esparcido sobre la madera. Tenía los labios de un color que no había visto nunca en ella.

—Eleanor.

Se inclinó buscando su aliento.

No supo distinguirlo al principio. El viento se llevaba cualquier sonido y sus propias manos temblaban con tanta violencia que tuvo que apoyarlas en el suelo para no tocarla de manera torpe.

Entonces el pecho de Eleanor se movió débilmente.

Tavish acercó más el rostro.

—Está respirando.

Lo dijo hacia Calum, pero necesitó repetirlo para sí. Era una respiración débil, irregular; no se parecía a la de una mujer dormida.

Eleanor tosió de pronto. El movimiento fue pequeño y doloroso. Tavish la sostuvo mientras Calum lo ayudaba a acomodarla de costado, sin permitir que la cabeza golpeara contra el banco.

Después volvió a quedarse quieta.

—Necesita un médico —dijo Calum.

Tavish levantó los ojos hacia el  Ròs na Mara . Lo tenía delante, más lejos que el lugar donde habían desembarcado. En su camarote había mantas, ropa seca y una cama, pero no un médico. Llevarla hasta allí para volver a bajarla a tierra les haría perder tiempo.

Se volvió hacia la costa.

—Regresamos al desembarcadero.

Calum ya estaba preparando el cambio de rumbo.

—Lo tengo.

Uno de los marineros sacó la manta de debajo de la lona. Tavish la recibió sin apartarse de Eleanor. La cubrió mientras Calum retiraba del cuello una prenda empapada que le rozaba la boca y buscaba con los dedos el cierre más alto del vestido.

Nadie hizo un comentario sobre los modales ni sobre lo apropiado de tocar a una dama.

Tavish habría querido que Eleanor se enfadara con ellos.

Que abriera los ojos, descubriera dónde estaba y le reprochara haberla sujetado sin pedir permiso. Cualquier respuesta habría sido preferible a aquel silencio que lo obligaba a observar su pecho para asegurarse de que seguía respirando.

—Soy Tavish —dijo, cerca de su oído.

No supo si podía escucharlo.

El bote giró y una ola golpeó la borda. Tavish se inclinó para protegerle el rostro del agua, apoyando un hombro contra el banco. Calum le alcanzó el abrigo que se había quitado antes de saltar.

—Póntelo.

—Dáselo a ella.

—Ya está cubierta.

Tavish miró hacia la manta. Calum había extendido también la lona por encima para resguardarla de las salpicaduras. Aceptó el abrigo, aunque no consiguió introducir el brazo dolorido en la manga.

Se lo echó sobre los hombros y volvió hacia Eleanor.

Había deseado verla durante meses. Encontrarla una tarde en Portsmouth, quizá de lejos, y comprobar que ya no tenía aquella expresión de cansancio. Se había permitido imaginar alguna discusión breve, una respuesta suya que le demostrara que no había conseguido olvidarlo por completo.

No había pensado en esto.

Se le ocurrió mirar hacia la casa del conde. No podía verla desde allí ni habría servido de nada. ¿Quién había permitido que saliera con aquel tiempo? ¿Con quién estaba? ¿Dónde se encontraban Beatrice y su padre?

No tenía respuestas y no podía perderse buscándolas.

Eleanor volvió a respirar con dificultad.

Tavish apartó del rostro un mechón mojado y dejó la mano junto a su mejilla, sin saber qué hacer con el frío que encontraba en ella.

—¿Cuánto falta?

Calum no respondió de inmediato. Corregía el rumbo mientras los otros dos hombres remaban.

—Ya ves las escaleras.

Tavish levantó los ojos. El desembarcadero estaba más cerca. Había una figura junto al agua, alguien que se había detenido al verlos regresar por una trayectoria distinta.

—¡Necesitamos ayuda! —gritó Calum—. ¡Un médico!

El hombre de tierra se movió. Otro apareció detrás de él.

Tavish quiso saber si lo habían entendido, pero Eleanor produjo un sonido que le hizo volverse antes de preguntar. Fue solo un esfuerzo por tomar aire. Sus párpados no se levantaron.

Él le sostuvo la cabeza y esperó la siguiente respiración.

No le importaba que continuara sin querer verlo. No necesitaba que le explicara aquella noche de Blairmuir ni que retirara una sola de las palabras que tanto le habían dolido. Podía marcharse de nuevo cuando ella se lo pidiera.

Pero tenía que poder pedírselo.

—Eleanor, escúchame.

Su voz salió áspera, casi irreconocible. Se inclinó un poco más mientras el bote avanzaba hacia los hombres que aguardaban en las escaleras.

Calum dio una orden. Uno de los remos golpeó la madera. Alguien desde tierra aseguró que habían ido a buscar ayuda.

Tavish no apartó la vista de su rostro. Bajo la manta, el pecho de Eleanor se elevó con un esfuerzo mínimo y volvió a descender.

—Otra vez —murmuró él, esperando el siguiente aliento—. Respira otra vez.