Capítulo 8
—Menos paño, Calum. No pienso pagar una vela nueva por llegar diez minutos antes.
Tavish sostuvo el timón mientras sus hombres recogían parte de la lona.
El viento había cambiado de fuerza al dejar atrás la protección de la costa, y el Ròs na Mara avanzaba con una inclinación que hacía crujir la carga bajo cubierta.
Una caja mal asegurada golpeó dos veces contra la madera.
Tavish esperó a que el barco respondiera antes de girar la cabeza.
—Quiero saber qué se está moviendo ahí abajo.
Uno de los marineros desapareció por la escotilla. Calum regresó hacia popa, con las mangas recogidas y una marca de carbón junto a la muñeca.
—El comerciante aseguró que esas cajas podían soportar cualquier cosa —comentó Calum.
—También aseguró que la mercancía llegaría antes del amanecer, y casi hemos tenido que ir a buscarlo a su cama. Recuérdame que no vuelva a confiar en su palabra.
Calum se rio y miró hacia las embarcaciones que ocupaban las aguas próximas a Portsmouth. Un vapor avanzaba dejando una estela oscura de humo. Más allá, los mástiles de varios buques fondeados se recortaban contra la costa.
Tavish corrigió ligeramente el rumbo. Todavía tenían que entregar parte de la mercancía y recibir instrucciones sobre una carga destinada a Plymouth.
El consignatario esperaba verlo aquella tarde.
Había escrito dos cartas insistiendo en la conveniencia de llegar pronto, como si el viento pudiera incluirse entre los empleados a los que pagaba.
El marinero regresó de la bodega.
—Se ha aflojado una cuña. Las cajas están enteras.
—Asegúrala y revisa las demás.
El muchacho volvió a bajar. Tavish mantuvo la atención en el agua hasta que pudieron preparar el fondeo.
Spithead ofrecía una rada entre Portsmouth y la isla de Wight, utilizada desde hacía mucho tiempo por los barcos que aguardaban una salida o necesitaban aprovisionarse sin entrar inmediatamente en el puerto.
Escogió dónde detenerse teniendo en cuenta el viento, el fondo y los buques que ya ocupaban la zona. Solo cuando el ancla quedó firme y hubo comprobado cómo trabajaba el cabo se permitió entregar el gobierno a Calum.
Le dolía un hombro. Había pasado parte de la mañana ayudando con una vela y tenía una rozadura abierta bajo la camisa. Nada que justificara dejar de trabajar, aunque sí maldecir al quitársela por la noche.
Aquella vida seguía resultándole comprensible.
Durante los últimos tres meses había terminado los encargos pendientes en la costa escocesa, aceptado un cargamento hacia Liverpool y enlazado después varias entregas que lo llevaron hacia el sur.
Desde Plymouth, un comerciante le propuso transportar mercancía a Portsmouth; allí encontró otra carga para Londres y una razón suficientemente lucrativa para regresar.
Los contratos se habían sucedido sin necesidad de que él los persiguiera demasiado.
A veces el tiempo los retenía varios días.
Otras, una entrega se retrasaba y obligaba a reorganizar la siguiente.
Tavish había discutido precios, rechazado barriles mal cerrados y conseguido que un hombre rectificara una cuenta después de una conversación que ninguno de los dos habría llamado agradable.
No había ido a Skye.
Conservaba la invitación junto a los papeles de su abuela.
Había escrito para explicar el retraso y recibido una respuesta en la que le aseguraban que los documentos seguirían allí cuando pudiera acudir.
El hombre parecía disponer de una paciencia que Tavish agradecía, aunque le molestara necesitarla.
Ir a la isla no consistía únicamente en desembarcar, estrechar una mano y volver al barco antes de la siguiente marea. Tendría que revisar las cartas, hacer preguntas y quizás buscar a otras personas. Para eso necesitaba varios días sin una carga aguardando en otro puerto.
Podría haber rechazado alguno de aquellos contratos.
No lo había hecho.
La primera vez que imaginó el viaje, Eleanor estaba al otro lado de una mesa explicándole lo que debían buscar. Después se había acostumbrado a pensar en Skye con su voz, con la seguridad de que ella descubriría antes que él algo importante sobre su familia.
Ahora tenía una carpeta llena de indicaciones y ningunas ganas de reconocer que le costaba abrirla.
Calum lo encontró junto a la borda, examinando una de las amarras.
—El bote estará preparado después de comer.
Tavish asintió.
—Llevaremos a dos hombres. No hay nada que requiera que media tripulación baje a tierra.
—Eso decepcionará a algunos.
—Sobrevivirán.
Calum se apoyó a su lado y observó el litoral.
—Hay algo que llevo tiempo queriendo preguntarte.
—Qué novedad.
—¿Qué tiene Portsmouth?
Tavish siguió examinando la amarra.
—Almacenes. Comerciantes. Personas dispuestas a pagar por lo que transportamos. Lo habitual en un puerto.
—Es la tercera vez en pocas semanas.
—Sabes leer las cuentas. Las dos anteriores nos dejaron dinero.
—No he dicho que lo perdamos. Digo que nunca te había visto encontrar tantos negocios en el mismo sitio.
Tavish levantó la cabeza.
—¿Quieres que rechace el próximo?
Calum sonrió sin apartarse de la borda.
—Quiero saber por qué parece que voy a ofenderte cada vez que menciono Portsmouth.
Uno de los hombres que recogían cabos cerca de ellos decidió contribuir.
—En Portsmouth están las mejores putas de toda la costa.
Calum lo miró.
—Tú no conoces toda la costa.
—No he dejado de intentarlo.
—Termina de recoger eso —intervino Tavish—. Luego podrás informar al resto sobre tus progresos.
El marinero regresó al trabajo entre las risas de su compañero. Calum esperó a que se alejaran antes de volver hacia el capitán.
—No parecía una explicación que te sorprendiera.
—He estado en Portsmouth antes que tú.
—Lo sé. Ahora empiezo a pensar que acabarás comprándote una casa.
Tavish le entregó el extremo del cabo.
—Procura que no sea esta la única cosa que quede sin revisar mientras te ocupas de mis propiedades.
Calum aceptó la cuerda, todavía divertido, y lo dejó junto a la borda.
Tavish no había renunciado a las mujeres durante aquellos meses.
Hubo un par de noches de compañía, deseadas por ambas partes y sin promesas que ninguno esperara escuchar a la mañana siguiente.
Había disfrutado de ellas. También había reído, bebido con amigos y despertado alguna vez sin recordar inmediatamente la biblioteca de Blairmuir.
Las mujeres con las que estuvo no tenían obligación de parecerse a Eleanor. No les había pedido que lo hicieran ni había pasado sus noches comparando rostros.
Lo que resultaba desconcertante llegaba después.
Podía encontrar agradable una velada y marcharse satisfecho. Con Eleanor, en cambio, había empezado a pensar durante el día en lo que le diría por la tarde. Descubría algo, escuchaba una historia o recordaba una observación de Edward y se la guardaba, anticipando la respuesta que ella podría darle.
Todavía le ocurría.
Desde la borda distinguía las casas del frente de Southsea, aunque no los detalles que a veces se sorprendía intentando encontrar.
En una escala anterior le habían señalado, durante una conversación sobre los propietarios de unos terrenos, el sector donde se encontraba la residencia del conde de Wetherby.
No sabía si Eleanor estaba allí.
Podía continuar en Londres, leyendo junto a una ventana de la casa de Beatrice. Podía encontrarse de visita en otro lugar o haber regresado a las ocupaciones que había dejado de disfrutar cuando él la vio en Blairmuir.
Tal vez ya no necesitara comprobar dónde quedaba cada puerta.
Quizás se había casado.
Se quedó observando las fachadas más tiempo del necesario antes de apartarse.
No había escrito. Tampoco había preguntado por ella en tierra. Eleanor le había pedido que no volviera por su causa, y no pensaba convertir un rechazo en una invitación a buscar otra manera de presentarse.
Eso no le impedía recordar la última vez que hablaron.
Lo llamó cuando él estaba a punto de salir de la biblioteca. Durante un instante, Tavish estuvo dispuesto a dejar los papeles y volver a la mesa.
Después ella le dio las gracias por los documentos.
Había tardado semanas en poder recordar aquella cortesía sin sentir rabia. Lo que no había conseguido era convencerse de que el disgusto explicaba por sí solo cuánto seguía pensando en ella.
Bajaron a tierra después del mediodía.
Dejaron el bote en el desembarcadero de Sallyport, junto a las antiguas defensas de Portsmouth. Las escaleras que comunicaban aquel punto con el agua habían servido durante generaciones a quienes embarcaban o regresaban a tierra.
Los asuntos que habían llevado a Tavish a Portsmouth quedaron resueltos antes de lo previsto. Cuando salió del almacén acompañado por Calum, el viento había arreciado y unas nubes oscuras avanzaban desde el oeste.
—Será mejor que regresemos antes de que el tiempo empeore —comentó Calum.
—Por una vez, estamos de acuerdo.
Encontraron a los otros dos marineros junto al bote, con las provisiones ya preparadas. Tavish echó una última mirada al cielo antes de embarcar. El Ròs na Mara permanecía fondeado a cierta distancia, y no pensaba esperar a que se desatara la tormenta para regresar a bordo.
Los hombres ocuparon sus puestos y comenzaron a remar.
El viento les golpeaba el rostro y las olas hacían balancearse la pequeña embarcación, obligándolos a corregir el rumbo.
Tavish se acomodó a popa y observó la costa de Southsea, donde el mar rompía con violencia contra una playa desierta de piedras oscuras.
Estaban dejando atrás aquel tramo de litoral cuando uno de los marineros interrumpió de pronto su movimiento.
—¡Capitán! ¿Qué demonios es eso?
Calum giró la cabeza.
—Allí. Junto a la espuma.
Tavish siguió la dirección de su mirada. Al principio vio una tela que se levantaba sobre el agua y desaparecía cuando pasaba la siguiente ola. Pensó en un saco abierto, quizá algo caído de otra embarcación.
Después apareció una mano.
—¡Hay alguien en el agua! —gritó uno de los hombres.
La voz del marinero quedó cortada por el viento.