Capítulo 7 #4
La gravilla cedió bajo sus botas. Eleanor se echó la capa sobre los hombros sin abrocharla y siguió el sendero lateral hasta la verja con paso acelerado, apenas sin respirar. Conocía aquella salida; de niña la utilizaba con su doncella para llegar al paseo sin rodear toda la manzana.
Un criado se apartó para dejarla pasar. Debió de pensar que alguien la acompañaría, porque no preguntó nada.
Eleanor caminó cada vez más deprisa, con el pañuelo apretado en la mano.
Al principio intentó secarse las mejillas antes de cruzarse con otras personas.
Después dejó de hacerlo. Había pasado meses procurando que nadie viera cuánto le costaba salir de una habitación, responder una pregunta o aceptar una visita.
Aquella tarde no conseguía siquiera sujetarse bien la capa.
El viento le alcanzó el rostro al dejar atrás la casa señorial.
Oyó el agua antes de verla.
Se detuvo al llegar a un tramo desolado de la costa, sorprendida por el lugar al que la habían llevado sus propios pasos. Allí no había jardines cuidados ni paseantes que buscaran la brisa marina, solo una extensión de piedras oscuras, azotados por un viento que doblaba las hierbas de la orilla.
El mar se extendía ante ella con una violencia sobrecogedora.
Las olas, enormes y encrespadas, avanzaban unas sobre otras hasta romper contra la playa con un estruendo que parecía sacudir la tierra bajo sus pies.
El cielo, cargado de nubarrones, se confundía con el horizonte, ocultando la costa de la isla de Wight.
Más allá de la espuma, las aguas del Solent se agitaban bajo la tormenta, oscuras como el plomo.
Eleanor sintió el sabor de la sal en los labios y el viento le arrancó la capa de los hombros.
Permaneció inmóvil, contemplando aquella inmensidad furiosa que parecía empeñada en destruir todo cuanto encontraba a su paso.
Hacía mucho tiempo que no veía el mar tan embravecido.
Y, sin embargo, había algo en aquella violencia que se parecía demasiado a lo que llevaba meses intentando contener dentro de sí.
Un mástil osciló sobre la línea del agua y Eleanor sintió que el estómago se le contraía.
Pensó en Tavish antes de poder impedirlo.
Lo había querido cerca de ella mucho antes de su desgracia.
Pero ella misma le había dicho que no regresara.
Eleanor descendió hasta la orilla, sin importarle que las piedras resbalaran bajo sus botas.
El mar rugía ante ella, golpeando la costa con una violencia que habría debido asustarla.
Sin embargo, apenas conseguía sentir miedo.
Había algo mucho peor que aquel mar embravecido: la certeza de que ya no sabía quién era.
Durante meses había intentado reconocerse en los libros que antes adoraba, en las conversaciones que mantenía por educación, en los vestidos que se ponía cada mañana y en las sonrisas que ofrecía para tranquilizar a su tía.
Pero aquella muchacha que había soñado con recorrer el mundo, enamorarse y formar algún día su propia familia parecía haber desaparecido para siempre.
Pensó en Tavish. En sus ojos avellana, en su sonrisa insolente, en la manera en que la había mirado como si fuera la mujer más extraordinaria que había conocido.
Él merecía una esposa capaz de corresponder a su pasión sin estremecerse de miedo ante una caricia.
Una mujer que no tuviera que ocultarle lo sucedido ni temer el instante en que descubriera que otro hombre le había arrebatado, contra su voluntad, aquello que la sociedad exigía de una esposa.
No se creía digna de Tavish. Ni de ningún otro hombre. Y lo más terrible era que había terminado por confundir lo que le habían hecho con lo que ella era.
Las lágrimas le nublaron la vista.
¿Qué quedaba de Eleanor Ashcombe?
La hija a la que su padre nunca encontraba tiempo para escuchar. La hermana de la que se avergonzaban. La sobrina a la que había que proteger del mundo. Una futura esposa a la que un viudo estaba dispuesto a aceptar sin hacer demasiadas preguntas.
Se llevó una mano al pecho, buscando aire, pero el sollozo que escapó de sus labios quedó sepultado bajo el estruendo de las olas.
Estaba cansada. Terriblemente cansada de tener miedo, de sentirse avergonzada, de despertarse cada mañana y descubrir que nada había cambiado.
Bajó la mirada hacia el agua que avanzaba sobre las piedras oscuras.
Durante un instante recordó el puente de un barco, unas manos que no había podido apartar y el terror de comprender que nadie acudiría a ayudarla. Cerró los ojos con fuerza, intentando expulsar aquellas imágenes.
Cuando volvió a abrirlos, una ola se deshizo a pocos pasos de sus botas.
Eleanor siguió caminando.
El agua helada le alcanzó los tobillos y empapó el bajo de su vestido. No retrocedió. Tampoco se apresuró. Continuó con los ojos llenos de lágrimas, mientras el viento azotaba su rostro y las olas rompían cada vez con más fuerza a su alrededor.
Por primera vez desde que había llegado a aquella playa, dejó de mirar hacia la orilla.
Solo podía mirar hacia la inmensidad oscura del mar y adentrarse a ella.