La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Quizás la vieja Eleanor nunca regresara. Quizás el miedo hubiera terminado por arrebatarle también eso.

Pero, en algún rincón de su interior, sobrevivía todavía una parte diminuta y obstinada que se negaba a renunciar.

Casi no se atrevía a escucharla, por temor a descubrir que también aquella última esperanza acabaría muriendo.

Y, sin embargo, seguía allí. Eleanor no sabía cómo recuperarla, pero tampoco estaba preparada para enterrarla.

Él la contempló con una paciencia que empezaba a resultarle dolorosa.

—No pretendo privarla de sus intereses. Pero hay maneras de continuar ese trabajo sin exponerse a ciertas incomodidades. Podría hacer que le enviaran documentación y recibir a personas instruidas en casa.

—No es lo mismo.

—Comprendo que no le parezca suficiente ahora —respondió Alderwick con aquella paciencia que empezaba a resultarle insoportable—. Con el tiempo descubrirá que una vida tranquila también tiene sus satisfacciones.

Eleanor levantó la cabeza.

—No he dicho que sea poco, milord. He dicho que es distinto.

El vizconde guardó silencio unos segundos. Beatrice se acercó a la mesa, dispuesta a suavizar lo que consideraba un desacuerdo sin importancia.

—Nadie espera que renuncies a tus estudios, querida.

Eleanor volvió lentamente el rostro hacia ella.

—No estoy hablando de mis estudios, tía.

—Entonces no comprendo qué te preocupa tanto.

Aquella respuesta le dolió más de lo que esperaba.

Contempló a la mujer que la había criado, que había pasado noches enteras junto a su cama cuando ni siquiera soportaba quedarse a oscuras, y comprendió que Beatrice, a pesar de conocerlo todo, seguía sin entender qué le estaban pidiendo que abandonara.

—Antes viajaba —dijo Eleanor en voz baja—. Visitaba bibliotecas, estudiaba documentos que llevaban siglos olvidados, conocía lugares que hasta entonces solo había visto en los libros... Siempre había algo más que aprender, alguna historia que descubrir.

Guardó silencio un instante. Le resultaba doloroso hablar de aquellas cosas en pasado, como si pertenecieran a una mujer que hubiera dejado de existir.

—No sé si algún día podré volver a hacer todo eso —añadió, procurando que no le temblara la voz—. Pero tampoco deseo que decidan por mí que jamás volveré a intentarlo.

Se interrumpió. Hacía meses que no se atrevía a hacer nada de aquello. Quizás nunca volviera a hacerlo. Pero escuchar a Alderwick disponer de sus futuros días entre las paredes de una casa, con todos los libros que pudiera desear, le había producido una angustia difícil de soportar.

—Eleanor, precisamente por eso creemos que necesitas descansar de tantos viajes —intervino Beatrice.

—Llevo meses descansando.

Su tía pareció sorprendida por la amargura de la respuesta.

—Y todavía no te has recuperado, querida.

Eleanor sintió que se le cerraba la garganta.

—¿Y si nunca me recupero? —preguntó, mirándola—. ¿Debo pasar el resto de mi vida encerrada, esperando a convertirme otra vez en alguien que quizás ya no exista?

Beatrice palideció y dedicó una mirada nerviosa a Alderwick.

—No digas semejantes cosas.

—Entonces dejad de hablar como si ya no tuviera nada que decidir.

El silencio que siguió le permitió escuchar las gaviotas al otro lado de la ventana.

Eleanor apretó las manos sobre la falda.

No había querido perder la compostura, mucho menos delante del vizconde, pero sentía que llevaba meses despidiéndose de pequeñas partes de sí misma y que nadie parecía verlo mientras continuara sentándose correctamente a la mesa.

Alderwick se inclinó hacia delante.

—Lady Eleanor, le aseguro que mi único deseo es proporcionarle una existencia en la que no tenga que volver a sufrir.

Ella lo miró. El vizconde hablaba con absoluta sinceridad, y quizás por eso sus palabras le resultaron todavía más dolorosas.

—Pero yo no deseo únicamente dejar de sufrir, milord —respondió, con la voz quebrada—. Quisiera volver a vivir.

Eleanor miró hacia la puerta. Había deseado hablar con su padre precisamente para no encontrarse otra vez allí, defendiendo algo que los demás consideraban una resistencia innecesaria, una niñería de una dama deshonrada.

—Preferiría esperar a que regresara mi padre.

—Podemos esperar —respondió Alderwick.

La facilidad de su respuesta la sorprendió. Estuvo a punto de agradecérselo cuando oyó la voz de Henry desde el umbral.

—¿Entonces todavía no debemos felicitarlos?

El muchacho llevaba una fusta en la mano y parecía satisfecho de haber llegado en el momento oportuno. Beatrice se volvió hacia él.

—Estamos conversando, Henry.

—Eso veo.

Entró y dejó la fusta sobre una mesa. Eleanor sintió que ya no quedaba en la habitación ningún lugar donde pudiera responder sin ser observada.

—No he dado ninguna respuesta —aclaró.

Su hermano alzó las cejas rubias, las mismas que las de ella. Heredadas de su padre. Aunque sus ojos azules y fríos no tenían nada que ver con los de ella, de un verde cálido como lo fue su madre.

—Creía que habíais venido para resolverlo.

—Hemos venido a ver al conde de Wetherby.

—Y él ha tenido que atender a mi madre. No podía quedarse aquí hasta que decidieras qué hacer.

Eleanor notó el calor subirle al rostro.

—No he cuestionado que la acompañara.

—Acabas de decir que quieres esperarlo.

—Porque también es mi padre, Henry.

El muchacho miró hacia Alderwick, incómodo al verse corregido delante de él.

—Nadie ha dicho que no lo sea.

—Te agradecería que lo recordaras antes de hablar como si estuviera exigiendo un favor por querer verlo.

Beatrice pronunció el nombre del joven con una advertencia clara. Henry se removió junto a la mesa. Durante un instante Eleanor pensó que se disculparía; en cambio, dejó escapar una risa breve.

—Padre se ha ocupado de darte todo lo que has pedido. Ahora también tenemos que preocuparnos de encontrar una solución a tus deshonra.

Eleanor se quedó quieta.

—No sabes de qué estás hablando.

—Sé lo que se comenta, hermana.

Alderwick se enderezó en la silla.

—Será mejor que termine ahí, señor Ashcombe.

La corrección hizo que Henry se sonrojara, pero su vergüenza encontró a Eleanor antes que a sí mismo.

—Solo digo que, después de todo lo que se cuenta de ti, podrías mostrarte más agradecida de que lord Alderwick quiera casarse contigo.

Beatrice se levantó de inmediato.

—¡Basta! No vuelvas a dirigirte así a mi sobrina.

El muchacho abrió la boca.

—Yo no he inventado...

—No me interesa dónde lo has oído. Te disculparás con ella.

Eleanor apenas distinguió la respuesta. Tenía la vista fija en el borde de la mesa, donde la fusta de Henry descansaba junto a un adorno que su padre había traído cuando ella era niña. Recordaba haberlo sostenido junto a su madre mientras él le explicaba de dónde procedía.

Había querido encontrarlo allí. Solo necesitaba hablar con él.

Alderwick se puso de pie.

—Su hermana no tiene que dar explicaciones sobre su vida ante usted.

Henry bajó los ojos. La habitación había perdido de pronto toda su seguridad.

Eleanor sintió una lágrima deslizarse por la mejilla.

No quería llorar delante de Henry. Se llevó el pañuelo al rostro demasiado tarde.

—Lo siento, lord Alderwick, pero usted merece algo mejor que pasar el resto de sus días defendiendo la reputación de una joven a la que su propia familia parece considerar una deshonra.

Una joven que no tiene a nadie, salvo una tía que, pese a conocerla desde que nació, parece haber olvidado quién era antes de que todo esto sucediera.

Lo siento, de veras, es usted un hombre bondadoso y honorable, pero no puedo... No puedo...

Beatrice le pidió que se sentara. Eleanor negó con la cabeza. Tenía el pecho tan oprimido que le resultaba difícil permanecer quieta.

Pasó junto a Henry sin mirarlo.

—Eleanor —dijo él, con una voz distinta.

No se detuvo.

En el vestíbulo encontró su capa de viaje sobre una silla, preparada para que la doncella la llevara arriba. La recogió y cruzó hacia la puerta del jardín mientras escuchaba a Beatrice llamarla desde el salón.

—Necesito aire.

No supo si alguien había oído la respuesta.