La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

La residencia del conde se encontraba en Southsea, a poca distancia del frente marítimo. Eleanor conocía las calles que atravesaron en carruaje, las verjas de los jardines y el espacio abierto donde el viento llegaba sin que las casas pudieran detenerlo.

Había vivido en Portsmouth de niña, antes de la muerte de su madre.

Para aquel entonces le gustaba adivinar la presencia del agua por el olor, mucho antes de verla.

Aquella tarde, cuando una abertura entre los edificios dejó al descubierto una franja gris de la casa señorial, apretó las manos dentro del manguito.

Beatrice se giró hacia ella.

—Llegaremos enseguida.

Eleanor asintió. Apartó los ojos de una columna de humo que ascendía sobre los tejados y se concentró en reconocer la fachada de su padre.

El mayordomo las recibió con una cortesía impecable. Los criados recogieron el equipaje; una doncella preguntó si deseaban que llevaran agua caliente a las habitaciones. Todo parecía preparado para su llegada.

—¿Mi padre está en el despacho? —preguntó Eleanor, quitándose los guantes.

El mayordomo dudó durante un segundo.

—Su Señoría tuvo que ausentarse ayer, milady. La madre de la condesa se encuentra indispuesta y él ha acompañado a su esposa.

Eleanor dejó de tirar del guante.

—¿Es grave?

—Las últimas noticias eran más tranquilizadoras. Su Señoría ha dejado una carta.

Su tía preguntó por la enferma con preocupación. Alderwick quiso saber si el conde tardaría mucho en regresar. El mayordomo no pudo dar una fecha; les aseguró que todas las habitaciones estaban dispuestas y que su señor había insistido en que no les faltara nada.

Eleanor recibió el sobre.

Su padre había escrito que lamentaba no encontrarse allí.

El médico era optimista, pero su esposa estaba inquieta y había preferido acompañarla unos días.

Confiaba en que Eleanor disfrutara de la estancia.

Había dado instrucciones para que le dejaran libre la biblioteca y esperaba verla en cuanto pudieran coincidir de nuevo.

Leyó la última frase dos veces.

Había encontrado tiempo para disponer la biblioteca. No había encontrado una fecha para volver.

—Tu padre ha hecho lo que debía —comentó lady Beatrice, observando el sobre—. Su esposa necesitaba compañía.

Eleanor dobló la carta.

—No he dicho lo contrario.

Habría querido poder decir que ella también lo necesitaba sin parecer mezquina ante la enfermedad de otra mujer. Se guardó el papel y preguntó dónde habían dejado su equipaje.

Su antigua habitación estaba ocupada por unas cajas de ropa de la condesa, de modo que le habían preparado otra con mejor luz. La doncella lo explicó como una ventaja. Eleanor agradeció el cuidado y permaneció unos segundos junto a la ventana, desde donde podía ver un extremo del paseo marítimo.

No llevaba ni media hora en la casa y ya estaba esforzándose por no sentirse desplazada.

Henry Ashcombe, el menor de los tres medio hermanos de Eleanor, apareció cuando bajaron a tomar el té.

A sus diecinueve años había adquirido la altura de su padre y una seguridad que todavía no sabía llevar sin convertirla en arrogancia.

Besó la mejilla de Eleanor, saludó a Beatrice y se mostró mucho más interesado en estrechar la mano del vizconde.

—Padre lamentó no poder recibirlos —dijo Henry—. Me pidió que me ocupara de cuanto necesitaran. Mis hermanos también han acompañado a nuestros padres. La pobre abuela se encuentra delicada y madre no quería dejarla sola.

Eleanor lo sabía. Los tres hijos del segundo matrimonio del conde habían crecido rodeados de sus abuelos maternos, sus tíos y sus primos, formando parte de una familia en la que ella nunca había encontrado un lugar.

Recordó también que la condesa había aportado una dote considerable al casarse con su padre, una fortuna que había contribuido a sanear las finanzas del condado de Wetherby.

Desde entonces, los parientes de su madrastra habían ocupado un lugar cada vez más importante en la vida del conde.

Eleanor no podía reprocharles aquel afecto, pero le dolía comprobar que su padre siempre encontraba tiempo para acompañarlos cuando lo necesitaban, mientras que para ella bastaba con dejar una carta y unas instrucciones a los criados.

Eleanor lo observó sentarse en la butaca del conde.

—Espero que esa responsabilidad no te impida preguntar cómo ha sido nuestro viaje, hermano.

Henry sonrió con cierta incomodidad.

—Suponía que estarías acostumbrada.

—No tanto como para haber olvidado los saludos.

Alderwick preguntó por un caballo y el muchacho aprovechó el cambio de asunto. Eleanor tomó su taza mientras escuchaba hablar de cuadras, de unos amigos que habían pasado por Portsmouth y de una cena que Henry pensaba ofrecer cuando regresaran sus padres.

—¿Sigues reuniendo libros que nadie más puede leer? —le preguntó después.

—Algunos pueden leerse con bastante facilidad.

—Padre dice que tiene que escribir a media Inglaterra cada vez que deseas uno.

—Me alegra saber que habla de mí cuando no estoy.

La respuesta borró por un instante la sonrisa del muchacho. Eleanor lamentó el tono antes de terminar, pero estaba cansada del viaje y de sentirse una visitante a la que se toleraban ciertas extravagancias.

Su tía intervino para preguntar por la habitación que le habían preparado. Henry respondió con corrección y no volvió a dirigirse a su hermana durante el resto del té.

A la mañana siguiente, Eleanor pidió que le llevaran papel al salón pequeño. Quería escribir a su padre antes de que Beatrice decidiera cómo explicarle la visita.

Solo consiguió empezar el encabezamiento.

A través de la ventana llegaban el sonido de un carro y los gritos de unas gaviotas. Alderwick había salido al jardín con el mayordomo para examinar unas reformas y Henry había partido a caballo. Beatrice, que acababa de revisar su correspondencia, dejó una carta sobre la mesa.

—Tu padre también me ha escrito. Está muy satisfecho con las intenciones de lord Alderwick. Considera que sería un excelente matrimonio para ti.

Eleanor levantó la cabeza.

—¿Eso dice?

—Conoce al vizconde desde hace años y tiene una opinión inmejorable de él.

—Qué considerado por su parte —murmuró Eleanor—. Ha encontrado tiempo para decidir que sería un buen esposo, pero no para quedarse y preguntarme si yo deseo casarme con él.

Beatrice frunció el ceño.

—Eleanor, sabes perfectamente por qué ha tenido que marcharse.

—Sí, tía. Siempre hay una buena razón.

Su tía le tendió la carta. El conde se refería al vizconde como a un hombre honorable y afirmaba que recibiría con agrado la noticia de una unión, siempre que su hija estuviera conforme.

Eleanor se detuvo en aquellas últimas palabras.

—No lo estoy.

Beatrice recogió la carta con suavidad.

—Todavía no has tenido que responder a una petición.

Aquella tarde la tuvo delante.

Alderwick se presentó en el salón después del almuerzo, cuando Eleanor estaba buscando un libro que recordaba haber visto allí años atrás. Beatrice permanecía cerca de la ventana, con una labor entre las manos que abandonó en cuanto el vizconde pidió hablar.

Él no parecía nervioso. Dejó que Eleanor se sentara y ocupó una silla frente a ella, sin acercarse demasiado.

—Habría preferido mantener primero esta conversación con su padre —empezó—. Pero me ha hecho saber que no desaprueba mis intenciones.

Eleanor miró brevemente a su tía.

—Mi padre también ha escrito que desea conocer mi opinión.

—Desde luego. Por eso estoy aquí.

Alderwick acomodó las manos sobre las rodillas. Vestía con una sobriedad que le favorecía y la observaba sin ninguna insolencia. Eleanor no encontró en él una sola cosa que pudiera utilizar para hacer más fácil lo que sentía.

—Estos meses me han confirmado la estima que le tengo, lady Eleanor —continuó él—. Creo que podríamos ofrecernos una compañía agradable y una vida tranquila. Me sentiría honrado si aceptara convertirse en mi esposa.

Eleanor permaneció inmóvil.

Había sabido que aquellas palabras llegarían, pero escucharlas le produjo una impresión física: la conciencia de que alguien esperaba compartir con ella un dormitorio, un apellido y todos los días que todavía no había vivido.

—Milord, yo...

Él levantó ligeramente una mano.

—No necesita responder con precipitación. Comprendo que desee conocer algunos detalles.

Empezó a hablar de la casa donde residirían la mayor parte del año. Las habitaciones del ala sur eran cómodas y podrían destinar una de ellas a sus libros. Su hijo y su nuera los visitarían algunas semanas. Eleanor dispondría de ayuda suficiente para atender las obligaciones sociales sin agotarse.

Su tía Beatrice asintió, como si acabara de escuchar algo que ya sabía. Eleanor alcanzó a distinguir, por el rabillo del ojo, un destello de satisfacción en su mirada. Su tía parecía convencida de que, por fin, algo que se había roto podía volver a repararse.

—¿Cuándo han hablado de esas habitaciones? —preguntó Eleanor.

Su tía dejó la labor.

—Frederick me explicó cómo estaba organizada su casa.

—Como una posibilidad —añadió él—. Nada que no pueda adaptarse.

Eleanor miró sus manos. El vizconde estaba siendo razonable, y aun así ella sentía que su vida se encontraba allí, extendida entre ambos, convertida en una serie de asuntos que otras personas habían tenido tiempo de examinar.

—¿Qué ocurriría con mis viajes?

Alderwick tardó un momento en responder.

—Podríamos pasar algunas temporadas fuera cuando las obligaciones lo permitieran.

—Me refiero a mis investigaciones. A visitar lugares porque deseo estudiarlos.

Hacía casi un año que Eleanor no se atrevía a viajar por voluntad propia. Ni siquiera sabía si volvería a hacerlo alguna vez. Había días en que se sentía como una mujer que continuaba respirando después de haber perdido todo cuanto la hacía sentirse viva.

Sonreía, conversaba, obedecía las convenciones y dejaba que los demás dispusieran de sus días, mientras aquella Eleanor que había recorrido países con un cuaderno bajo el brazo parecía pertenecer a otra existencia.