La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 7
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Capítulo 7

Al cabo de seis semanas, Eleanor reconocía el carruaje de lord Alderwick antes de que el criado anunciara su llegada.

Había aprendido el sonido de sus pasos en el vestíbulo, la pausa que hacía para entregar el sombrero y el modo en que preguntaba por lady Beatrice antes de entrar en el salón.

También sabía que se sentaría en la butaca próxima a la chimenea y que rechazaría una segunda taza, aunque permanecería lo suficiente para haberla tomado.

La primera tarde había llevado flores. Eleanor las recibió con una gratitud excesiva, temiendo que cualquier vacilación pudiera interpretarse como descortesía.

El vizconde no intentó besarle la mano ni le hizo preguntas sobre su ausencia.

Habló de un concierto, de unas reparaciones en su residencia y del nieto que acababa de conocer.

Cuando se marchó, Beatrice le preguntó si no le había parecido un hombre considerado.

Eleanor respondió que sí.

Desde entonces, su tía utilizaba aquella respuesta como si hubiera prometido algo.

Alderwick no era desagradable. Tenía una voz reposada, recordaba lo que le habían contado y jamás interrumpía una conversación para demostrar que sabía más que los demás.

Una tarde apareció con un libro sobre antiguas residencias normandas.

Había visto a Eleanor examinar un volumen parecido durante una visita y se había tomado la molestia de conseguirlo.

Ella lo abrió con verdadero interés.

—Hay una capilla que conserva unas inscripciones extraordinarias —comentó, deteniéndose en un grabado—. Llevo años queriendo verlas.

El vizconde se inclinó para mirar.

—Las reproducciones parecen excelentes.

—Lo son, pero no permiten distinguir algunas letras. Habría que examinar la piedra.

—Seguramente podrá encargarlo a alguien de confianza.

Eleanor mantuvo los dedos sobre la página.

—Preferiría hacerlo yo.

Alderwick le dedicó una sonrisa amable.

—Comprendo el entusiasmo. Aunque, con una buena biblioteca, puede uno conocer muchos lugares sin someterse a las incomodidades de llegar hasta ellos.

No pretendía contrariarla. Eso hacía más difícil explicar por qué la respuesta le había quitado las ganas de seguir hablando.

Beatrice admiró la encuadernación y preguntó dónde lo había encontrado.

Eleanor cerró el libro con cuidado. Recordó a Tavish sobre su caballo, escuchándola contar que se había cansado de contemplar los Pirineos desde una ventanilla.

No le había preguntado por qué necesitaba salir del carruaje. Había querido saber cómo era el camino.

Durante un momento pudo oír su risa con tanta claridad que tuvo que bajar los ojos.

Las visitas continuaron. Hubo paseos en los que Alderwick elegía los senderos menos expuestos al viento y cenas donde encontraba la manera de sentarse cerca de ella sin dar motivos para hablar.

Beatrice empezó a dejar libres determinadas tardes.

Los criados ya no preguntaban qué servicio de té debían disponer.

Eleanor cumplía con lo que se esperaba de ella.

Se vestía, bajaba al salón y recordaba preguntar por el nieto del vizconde.

Cuando él se interesaba por sus lecturas, respondía con la cortesía suficiente para mantener la conversación, pero sin el entusiasmo de la primera vez.

No disfrutaba de aquellas visitas ni alentaba ninguna esperanza de matrimonio.

Simplemente, le resultaba cada vez más difícil negarse.

Beatrice había pasado tantas noches a su lado, había soportado sus lágrimas y sus silencios, que Eleanor sentía haber contraído con ella una deuda imposible de saldar.

Su tía merecía recuperar algo de tranquilidad después de tantos meses de preocupaciones.

Y si recibir a lord Alderwick conseguía aliviarla, Eleanor no encontraba fuerzas para causarle una nueva decepción.

Sin embargo, cada una de aquellas tardes le recordaba cuánto echaba de menos a Tavish MacKinnon.

Su obstinación, la manera en que ladeaba la cabeza cuando se negaba a concederle la razón y aquella sonrisa insolente que anunciaba una provocación.

Con él nunca había tenido que fingir interés por una conversación.

A veces discutían por el mero placer de llevarse la contraria, y Eleanor había descubierto que podía pasar horas a su lado sin desear estar en ninguna otra parte.

Lo echaba de menos incluso cuando recordaba lo irritante que podía ser.

Una tarde, Alderwick le preguntó si estaba cansada después de que ella dejara de responder durante demasiado tiempo.

—Disculpe. Me había distraído.

—No necesita disculparse. Podemos quedarnos un rato sin hablar.

Era una consideración sincera. Eleanor se sintió ingrata al comprender que no deseaba silencio, sino una conversación que le hiciera olvidar que estaba esforzándose por mantenerla.

El encuentro con lord Nathaniel Pembroke tuvo lugar durante una recepción de tarde, casi dos meses después de su regreso.

Eleanor había aceptado acompañar a Beatrice porque la anfitriona conservaba unas cartas familiares que deseaba enseñarle. Pasó la primera media hora examinándolas junto a una ventana y consiguió explicar una abreviatura sin que nadie desviara después la conversación hacia su salud.

Al incorporarse, descubrió a Nathaniel acercándose con dos copas.

Lo conocía desde antes de su último viaje.

Le había solicitado bailes, enviado flores y soportado con admirable buena voluntad una conversación sobre genealogías que, según Eleanor sospechaba, no le interesaban en absoluto.

Nunca había deseado casarse con él, pero conservaba un recuerdo agradable de su compañía.

—Lady Eleanor. Empezaba a pensar que habría que hacerse presentar otra vez.

Ella aceptó la copa.

—No creo haber cambiado tanto.

—Ha pasado bastante tiempo.

Hablaron de unos conocidos y de una velada musical a la que ambos habían asistido. Nathaniel continuaba siendo apuesto, cuidadoso con la ropa y capaz de llevar una conversación sin resultar pesado. Eleanor se permitió pensar que aquel encuentro podía terminar sin preguntas difíciles.

Entonces él miró hacia Alderwick, que conversaba con Beatrice al otro lado del salón.

—Veo que el vizconde se ha convertido en un visitante habitual.

—Es amigo de mi tía.

—Naturalmente. —Nathaniel bajó un poco la voz—. Me alegra que haya encontrado a un hombre tan comprensivo con sus circunstancias.

Eleanor sintió que los dedos se le enfriaban alrededor de la copa.

—¿Qué circunstancias?

La sonrisa de él perdió seguridad.

—No pretendía incomodarla.

—Entonces debería haber escogido un asunto que conociera.

Nathaniel miró hacia las personas más próximas. Nadie parecía prestarles atención, aunque aquello no disminuyó la humillación.

—Solo quería decir que, después de ciertos comentarios, resulta afortunado...

—Que los caballeros sepan cuándo no repetirlos —terminó Eleanor.

Él cerró la boca.

Eleanor dejó la copa sobre una mesa y se despidió con una inclinación. Consiguió atravesar el salón sin apresurarse y responder a la anfitriona cuando esta le preguntó si deseaba recibir copias de las cartas.

—Me haría un gran favor.

La mujer se las prometió con una amabilidad que Eleanor necesitó recordar después, cuando se quedó unos minutos en el tocador intentando recuperar la compostura.

No todos la miraban de la misma manera. Lo sabía.

Sin embargo, una sola frase había bastado para hacerle sentir que su presencia entera necesitaba ser disculpada.

Se llevó el pañuelo a los labios y recordó algo que Tavish le había dicho aquella última noche: que no lo tratara como a un necio por haber deseado algo más.

Ella había hecho precisamente eso.

Lo había apartado cuando todavía quería su compañía, mucho antes de escuchar a Nathaniel hablar de sus circunstancias. La certeza no la consoló. Solo hizo más doloroso recordar lo que había destruido sin atreverse siquiera a explicárselo.

Cuando regresó al salón, Beatrice le preguntó si deseaba marcharse.

Eleanor contestó que podían quedarse un poco más. No quería que Nathaniel la viera salir y pensara que sus palabras habían bastado para expulsarla.

Alderwick se acercó a ofrecerle una silla. Ella aceptó y pasó el resto de la tarde escuchándolo, con las manos quietas sobre el regazo.

Al terminar el tercer mes, las visitas del vizconde formaban parte de la vida de la casa.

Eleanor ya no protestaba cada vez que Beatrice mencionaba una invitación en la que volverían a coincidir. Su tía recibió aquella falta de resistencia con alivio. Una mañana le habló de los jardines de Alderwick como si pronto fuera a decidir qué flores plantar en ellos.

—No he aceptado casarme —le recordó Eleanor.

Beatrice se quedó mirándola.

—Lo sé, querida. Solo hablaba de una posibilidad.

Pero las posibilidades empezaban a ocupar habitaciones, a disponer criados y a decidir qué parte del año pasaría fuera de Londres.

Eleanor llegó a imaginar aquella vida. Una casa bien gobernada, libros suficientes, cenas tranquilas. Alderwick no había sido cruel con ella. Tal vez pudiera aprender a quererlo con un afecto apacible, semejante al que sentía por algunas personas cuya ausencia apenas alteraba sus días.

La idea le produjo una tristeza que no supo justificar ante su tía.

Beatrice propuso entonces visitar al conde de Wetherby. Había escrito a Portsmouth y recibido una respuesta favorable. Alderwick las acompañaría; deseaba hablar con su padre y conocer mejor la casa familiar.

Eleanor aceptó el viaje con una esperanza que intentó disimular.

No quería que su padre discutiera con Beatrice ni que expulsara al vizconde. Quería sentarse con él sin que su tía respondiera a las preguntas, explicarle que no deseaba casarse y comprobar si esta vez podía escucharla antes de encargar a otra persona que se ocupara de ella.

Durante el trayecto en ferrocarril preparó varias maneras de empezar aquella conversación.

Alderwick le acercó un periódico. Ella lo aceptó sin leerlo.