La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 6 #3
26%

Capítulo 6 #3

Su tía tenía respuestas para todo. Eleanor reconoció aquella forma de conversar: cada objeción encontraba una explicación sensata hasta que la única parte que parecía carecer de sentido era su resistencia.

—Alderwick podría darte una casa propia —continuó Beatrice—. Tendrías ocupaciones, personas que recibir y una posición que te permitiría dejar atrás estos meses.

—No necesito un marido para comprar libros o pagar una casa.

—No estoy hablando únicamente de dinero —Eleanor lo sabía.

Había empezado a comprender que los argumentos económicos eran la parte más fácil de pronunciar.

Beatrice se inclinó ligeramente hacia ella—.

Necesitas algo más que pasar las tardes esperando a que dejen de hablar.

No puedes vivir pendiente de una mirada o de una pregunta.

—¿Y un matrimonio haría desaparecer todo eso?

—Un marido respetado podría impedir que los comentarios siguieran teniendo importancia.

Eleanor miró la puerta. Durante un instante tuvo la tentación de levantarse y terminar la conversación como terminaba las visitas: yéndose. Pero aquello no desaparecería porque se retirara a su habitación.

—¿Qué busca él?

Beatrice pareció complacida por la pregunta.

—Una esposa culta, de buena familia, capaz de acompañarlo y atender las obligaciones de su casa. No está buscando una muchacha que pase la vida deseando el siguiente baile.

—¿Y por qué piensas que yo deseo esa vida?

—Porque tendrías tranquilidad. Él no es un joven impaciente ni espera que conviertas cada día en una aventura.

Eleanor sintió que algo se endurecía en su pecho.

Antes, su tía había utilizado sus estudios y sus viajes como razones para temer que no encontrara un marido adecuado. Ahora los presentaba como cualidades útiles para un hombre al que no debía exigir demasiado.

—No quiero casarme para que alguien deje de preguntarme por qué estoy triste.

Beatrice guardó silencio un momento.

—Frederick sabe que has pasado por una experiencia desagradable. Ha tenido la delicadeza de asegurarme que no desea interrogarte sobre ella.

Eleanor dejó de mover las manos.

—¿Qué?

—No hará preguntas sobre aquel viaje. Tampoco permitirá que se formulen delante de él con intención de incomodarte.

Me lo ha prometido, es un buen amigo de la familia, y sé que respetará su palabra a pesar de que tú no puedas darle nada más que una buena dote y tu conversación.

De hecho, no creo ni que te pida tener hijos

Beatrice lo dijo con un alivio sincero, como si acabara de ofrecer la garantía que faltaba. Eleanor se quedó mirando la expresión de su tía y comprendió que esperaba verla agradecida.

Le vino a la memoria Tavish junto a la mesa de Blairmuir, diciendo sin ninguna prudencia que había deseado volver a verla al terminar su trabajo. No le había ofrecido proteger su nombre ni olvidar un pasado del que no conocía los detalles. Había querido estar con ella, sin más.

Y ella le había contestado que no se lo había pedido.

Apretó las manos bajo el escritorio. Tavish también ignoraba lo que había sucedido; no podía saber cómo habría reaccionado al descubrirlo. Se lo recordó para no permitirse imaginar que había rechazado una felicidad segura. Sin embargo, la diferencia entre ambas propuestas seguía doliéndole.

Uno había deseado su compañía. Del otro debía apreciar que estuviera dispuesto a no examinarla demasiado.

—¿Qué le has contado? —preguntó.

Beatrice frunció ligeramente el ceño.

—Nada que pueda perjudicarte.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Había oído comentarios sobre tu regreso y tu ausencia de la temporada. Le expliqué que habías vuelto muy afectada de un viaje y que necesitabas discreción.

Eleanor se levantó. Necesitó dar unos pasos antes de volver hacia su tía.

—¿Sin hablar conmigo?

—Estaba intentando ayudarte. No iba a permitir que imaginara cualquier cosa.

—¿Y qué imagina ahora?

Beatrice abrió la boca y volvió a cerrarla. Por primera vez desde que empezó la conversación no parecía tener preparada la respuesta.

—Es un hombre serio, Eleanor.

—No te he preguntado eso.

Su tía se puso de pie.

—No he contado intimidades. Solo le he dicho que nada de lo que ocurrió fue por voluntad tuya. Ha respondido con una consideración que muchas mujeres apreciarían.

Eleanor sintió la vergüenza antigua antes de poder defenderse de ella.

—¿Le has dicho que aceptaría?

—No he comprometido tu palabra.

—¿Has hablado con mi padre?

—Le he escrito para informarle del interés del vizconde. Conoce a Frederick y no creo que encuentre motivos para oponerse a que os tratéis.

Eleanor apoyó una mano en el respaldo de la silla. La carta de agradecimiento a su padre seguía abierta sobre el escritorio.

—Todos parecéis dispuestos a decidir qué podría hacerme bien antes de preguntarme si lo deseo.

Beatrice se acercó, pero se detuvo al darse cuenta de que Eleanor enderezaba la espalda.

—No hay ninguna boda acordada. Solo te estoy pidiendo que no rechaces una posibilidad sin considerarla.

—He dicho que no quiero casarme.

—Y podrás decírselo cuando lo conozcas mejor. No es un hombre que vaya a reclamarte una promesa durante la primera visita.

Eleanor volvió hacia ella la cabeza.

—¿Qué visita?

Beatrice miró las tarjetas que había dejado sobre el escritorio. Tomó una y la colocó encima de la carta del conde, alineando ambos papeles con un cuidado que Eleanor reconoció de pronto: así había dispuesto en Blairmuir los preparativos del regreso.

—Vendrá mañana a las cuatro. Le he dicho que lo recibirás.