La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Eleanor bajó los ojos hacia los guantes.

—Tenía asuntos que atender.

—Sí.

Su amiga no añadió nada. Aquella discreción le hizo preguntarse cuánto le habría contado Ewan, aunque no se atrevió a averiguarlo.

—Sus documentos están en la biblioteca —dijo Eleanor —. He dejado juntas las copias y las anotaciones.

—Rob se ocupará de llevarlos.

Eleanor asintió. No había incluido una nota. Había probado a escribir una, pero solo consiguió su nombre al comienzo de una hoja que terminó rompiendo. Cualquier explicación le habría exigido desmentir lo que le dijo, y no sabía hacerlo sin abrir una conversación que seguía sin poder mantener.

Era preferible que la recordara orgullosa, incluso ingrata. Se aferró a esa idea mientras bajaba la escalera y veía a Ewan aguardando junto a las puertas.

Él la despidió con la misma cordialidad con que la había recibido. No mencionó a Tavish ni miró hacia los baúles como si supiera por qué le costaba tanto marcharse.

Su tía Beatrice ya estaba instalada en el carruaje.

—He hecho poner una manta junto a ti —le dijo cuando subió—. El trayecto hasta la estación puede ser frío.

Eleanor le dio las gracias. Aceptó que le acomodara una esquina sobre las rodillas y mantuvo la mirada en la ventana hasta que Cathaline dejó de verse.

El viaje transcurrió entre caminos húmedos, andenes y compartimentos donde su tía disponía el equipaje de mano antes de sentarse. Descansaron en una posada y continuaron en ferrocarril, con las mismas preguntas sobre el frío y el cansancio en cada parada.

Eleanor respondió a todas. A veces cerraba los ojos para no tener que hablar, pero entonces recordaba a Tavish guardándose la carta de Skye. Había imaginado muchas veces lo que sería verlo perder la paciencia; nunca había pensado que su frialdad pudiera dolerle más.

Londres las recibió días después con una lluvia fina que oscurecía las fachadas y obligaba a los criados a apresurarse entre el carruaje y la puerta.

Todo estaba donde Eleanor lo recordaba. El reloj del vestíbulo, la bandeja para las tarjetas, la pequeña mesa que su tía hacía apartar cada vez que llegaba un baúl. Un criado se alegró sinceramente de verla y le preguntó si deseaba que encendieran el fuego en su habitación.

Eleanor dijo que sí.

Antes de entrar vio a dos mujeres detenidas bajo el porche de la casa vecina.

Una levantó la mano a modo de saludo; la otra se inclinó para decirle algo al oído.

Eleanor no pudo oírlas. Se dijo que podían estar hablando de cualquier cosa, pero subió las escaleras con la impresión de llevar ambas miradas en la espalda.

Su habitación conservaba el mismo olor a ropa guardada y madera encerada. Habían colocado flores en una jarra y dispuesto sus libros sobre el escritorio.

Por supuesto, Beatrice había dado instrucciones antes de viajar a Escocia.

Eleanor dejó los guantes junto a la jarra y tardó en quitarse el sombrero.

A la tarde siguiente recibió a dos conocidas de su tía. Habían venido a interesarse por el viaje y llevaron una caja de pastas que su tía agradeció antes de pedir té.

La conversación empezó con el clima. Después una de las mujeres se volvió hacia Eleanor.

—Nos alegra verla de regreso. Habían llegado noticias tan distintas que no sabíamos si continuaba en el extranjero.

—He estado en Escocia.

—Sí, eso nos dijeron después. Con los Sinclair.

Eleanor asintió y alcanzó su taza.

—Su tía nos preocupó un poco al hablar del cansancio —continuó la mujer—. Llegamos a pensar que aquella vuelta tan precipitada...

Beatrice dejó la cucharilla sobre el plato.

—Fue conveniente que descansara. Ya está mucho mejor.

La visitante aceptó la corrección con una sonrisa. Cambió de asunto sin terminar la frase y Eleanor pasó el resto de la visita preguntándose quién le había hablado de un regreso precipitado.

Otra mujer, conocida de uno de los comités de su tía Beatrice, le preguntó unos días después por sus estudios con un interés que parecía verdadero.

Le habló de unas cartas familiares que deseaba ordenar y Eleanor logró conversar sin sentirse examinada.

Al despedirse, sin embargo, oyó a la visita preguntar a su tía si ya dormía mejor.

No supo si debía agradecer aquella preocupación o temer lo que Beatrice pudiera responder.

Intentó salir. Una mañana fue con su doncella a buscar un libro y encontró en la tienda a una antigua conocida.

La mujer la saludó amablemente, pero sus preguntas sobre las ciudades que había visitado terminaron por volverse demasiado concretas.

Eleanor respondió cuanto pudo y después alegó que la esperaban.

El librero fue a buscar el volumen encargado cuando ella ya se había puesto los guantes.

—Puedo enviárselo a casa, milady.

Eleanor aceptó. Al salir, sintió alivio y una vergüenza intensa.

Empezó a pedir que le llevaran los libros en lugar de ir a buscarlos ella misma.

Rechazó una visita porque había dormido mal y otra porque no soportaba prepararse para nuevas preguntas.

Algunas invitaciones seguían llegando; de otras se enteró cuando ya se habían celebrado.

No sabía si antes también había ocurrido así o si ahora prestaba demasiada atención a cada omisión.

Su tía le prohibió montar a caballo.

Pero no le prohibió salir. Lo que hacía era asignarle una doncella, preguntar adónde iría, con quién podría encontrarse y qué pensaba responder si alguien mencionaba sus viajes. Eleanor acabó descubriendo que quedarse en casa le ahorraba la conversación anterior y la que habría después.

Leía junto a la ventana hasta que empezaban a dolerle los ojos. Había tardes en que avanzaba poco, no porque el libro resultara difícil, sino porque encontraba una observación que le habría gustado discutir y levantaba la cabeza antes de recordar que no tenía a nadie enfrente.

No llegaban cartas de Tavish.

Eleanor sabía que no debían llegar. Había sido muy clara al pedirle que no volviera a buscarla. Aun así, cada vez que un criado dejaba la correspondencia sobre la mesa, miraba los sobres antes de poder impedírselo.

La carta de su padre llegó a Londres acompañada por un paquete.

Su padre había encontrado los dos volúmenes que Eleanor buscaba desde hacía meses. Recordaba la edición, la encuadernación y el nombre del librero al que ella había escrito sin obtener respuesta.

Le contaba también que sus hermanos estaban bien. Los tres habían conseguido discutir durante una comida por un caballo que ninguno tenía edad suficiente para comprar, detalle que el conde relataba con un afecto divertido que Eleanor reconoció enseguida.

Al final mencionaba su regreso.

Beatrice me ha asegurado que lo que necesitas es tranquilidad. Confío en su buen juicio. No dejes de escribirme si hay algo que pueda proporcionarte.

Eleanor pasó la mano por el papel que envolvía los libros. Su padre había hecho buscar aquellos volúmenes porque sabía cuánto los deseaba. No era indiferencia, se dijo. Era una forma de atención que llegaba siempre hasta el mismo lugar, sin ir más allá.

Empezó una respuesta para darle las gracias. Antes de terminarla escribió que no se encontraba tan bien como su tía suponía. Se quedó mirando la frase hasta que imaginó la carta que él enviaría a Beatrice, pidiéndole que consultara a alguien y lo mantuviera informado.

Arrancó la hoja y comenzó otra más neutra.

La tarde en que Beatrice le habló de lord Alderwick, Eleanor estaba tratando de terminar aquella carta para su padre. Su tía entró con una expresión más animada de lo habitual y dejó unas tarjetas sobre el escritorio.

—Frederick Henshaw ha preguntado por ti.

Eleanor levantó los ojos.

Conocía al vizconde de Alderwick desde hacía años, aunque nunca habían hablado demasiado. Recordaba un hombre de modales correctos, cabello gris junto a las sienes y una paciencia que había agradecido durante alguna cena cuando los demás se empeñaban en interrumpirse.

—¿Se encuentra en Londres?

—Ha regresado esta semana. Continúa ocupándose de sus propiedades, pero desde que murió su esposa la casa le resulta demasiado silenciosa. Su único hijo vive lejos con su esposa y un bebé recién nacido.

Eleanor dejó la pluma. No comprendía por qué su tía parecía tan interesada en explicárselo.

—Lamento que siga sintiendo su pérdida.

—Hace ya varios años. Está empezando a considerar la posibilidad de volver a casarse.

La frase todavía tardó unos segundos en adquirir sentido.

Beatrice acercó una silla.

—Siempre ha tenido una opinión excelente de ti.

Eleanor miró las tarjetas sobre la mesa.

—¿De mí?

—Admira tu educación. Le agrada que puedas mantener una conversación seria y conoce suficientemente a tu padre para saber de qué familia procedes.

—Tía, ¿estás proponiendo que me case con lord Alderwick?

Beatrice no se sorprendió por la pregunta. Pareció aliviada de haber llegado a la parte importante.

—Te estoy proponiendo que lo conozcas mejor.

—Tiene la edad de mi padre.

—Tiene cincuenta y ocho años. También tiene buen juicio, una posición sólida y una reputación que nadie discute.

Eleanor se recostó despacio en la silla. Había imaginado reproches por no salir, otra visita de un médico o una estancia en Portsmouth. No había pensado en un hombre con quien compartir una casa, las comidas y todo aquello que Beatrice no estaba mencionando.

—No deseo casarme con él.

—Todavía no lo conoces lo suficiente para decidirlo.

—Lo conozco desde hace años.

—Como un conocido de la familia. Es distinto.

Eleanor buscó una respuesta que no se limitara a repetir su edad.

No había nada indigno en ser un viudo de cincuenta y ocho años.

Lo que le resultaba insoportable era que su tía hablara de aquel matrimonio sin haberse detenido a preguntarle qué sentía ante la idea de que cualquier hombre se acercara a ella.

—No lo amo.

Beatrice la observó con una tristeza paciente.

—No todos los matrimonios empiezan con un enamoramiento. El afecto puede crecer cuando hay consideración y voluntad de entenderse.

—También puede no hacerlo.

—Desde luego. Pero la juventud tampoco garantiza el romance.