Capítulo 6
Ewan dejó la pluma sobre la mesa y se levantó sin responder enseguida. Miró hacia la biblioteca, donde Eleanor seguía junto a los papeles, y después volvió a su amigo.
—Ven al vestíbulo. No hace falta que toda la casa participe en tus decisiones.
Tavish lo siguió con el abrigo sobre un brazo.
No miró atrás. Había esperado que Eleanor dijera algo cuando lo llamó por última vez, cualquier cosa que no fuera aquel agradecimiento cuidadosamente escogido.
Todavía le resultaba difícil recordar su voz sin sentir el impulso de regresar y obligarla a explicarse mejor.
Ewan se detuvo junto a la escalera.
—¿De verdad vas a salir ahora?
—Conozco el camino.
—No he preguntado por tus conocimientos. Te he ofrecido una habitación.
—Y te lo agradezco. La cama de mi barco también sirve para dormir.
Ewan lo observó mientras se ponía el abrigo. Tavish se equivocó de ojal y tuvo que desabrochar el botón con una irritación que no mejoró al ver que su amigo lo había visto.
—Nunca había visto a un MacKinnon abandonar una discusión sin intentar ganarla.
—Entonces procura disfrutar del acontecimiento en silencio.
La broma perdió fuerza al salir de su boca. Ewan tampoco parecía encontrar demasiada diversión en ella.
—He oído una parte —admitió.
Tavish levantó la cabeza.
—Pues ahórrame tener que repetirla.
—No pensaba pedírtelo, por eso no quieres que actúes de forma impulsiva.
Al fondo del vestíbulo apareció Rob con una lámpara. Ewan le indicó que preparara el caballo del capitán y esperó a que el muchacho saliera antes de volver a hablar.
—Eleanor no se encuentra bien.
Tavish apretó los guantes entre los dedos.
—Lo sé mejor de lo que crees.
—No estoy diciendo que eso te obligue a quedarte.
—Me ha pedido que me aparte de ella. ¿Qué esperas que haga? ¿Que me siente mañana a desayunar y lo intente de otra manera?
Ewan sostuvo su mirada.
—Espero que no bajes la cuesta como si el caballo tuviera la culpa.
Aquello consiguió detener la respuesta que Tavish estaba preparando. Miró hacia las puertas y dejó escapar el aire por la nariz.
—El caballo llegará entero.
—Y mi casa seguirá aquí cuando se te pase el mal humor.
Tavish no prometió regresar. Se limitó a pedir que enviaran al puerto la caja y las carpetas de la biblioteca a la mañana siguiente. Ewan asintió sin preguntar si debía incluir algún mensaje.
Cuando Rob le entregó las riendas, el frío ya había conseguido enfriarle el rostro, pero no lo suficiente para borrar la sensación de haber dejado algo inconcluso. Montó, agradeció al muchacho que hubiera salido a aquellas horas y tomó el camino del puerto.
Durante la primera parte del trayecto mantuvo el caballo al paso. Había barro en las pendientes y ramas caídas junto al muro; tuvo que prestar atención a las sombras para distinguirlas. Aquella necesidad de mirar dónde iba le resultó casi un alivio.
«No le pedí que viniera».
La frase regresó cuando dejó atrás los árboles de Blairmuir.
Había atravesado el mar satisfecho de tener una razón para verla.
Recordaba la caja asegurada detrás de la silla, el disgusto por el barro de sus botas y aquella estupidez de comprobarse los puños antes de entrar.
Ahora le irritaba haber dedicado tanto cuidado a una visita que ella acababa de presentar como una molestia.
Pero también recordaba sus ojos al decirlo.
Eleanor no había parecido satisfecha ni aliviada. Parecía estar haciendo algo que le costaba, aunque Tavish no sabía si eso significaba que le dolía rechazarlo o únicamente que era demasiado educada para disfrutar haciéndolo.
Aflojó las riendas al llegar a un tramo más firme. El caballo alargó el paso y Tavish dejó de intentar resolver la conversación hasta que la imagen de Eleanor junto al arroyo volvió con una precisión desagradable: los dedos temblando, la voz apenas audible cuando le pidió que la soltara.
La había visto así. También la había oído llorar antes de entrar en el salón. Y, aun sabiéndolo, terminó exigiéndole que aclarara si aquellas tardes habían significado algo.
No se arrepentía de haberle dicho que deseaba estar con ella. Se arrepentía de la última respuesta, de haber utilizado su mismo tono para que comprendiera cuánto le había dolido.
«Ya me ha dedicado suficiente tiempo».
No había sido necesario decirlo. Había querido herirla antes de marcharse y no encontraba ninguna manera honorable de disfrazar aquella intención.
Eso no volvía menos cruel lo que ella le había dicho. Tampoco convertía su interés en una obligación que Eleanor debiera corresponder. Lo que no conseguía decidir era si había visto algo que no existía o si ella había pasado parte de la noche tratando de negarlo.
Cuando distinguió las primeras luces del puerto, tenía las manos entumecidas y ninguna respuesta.
Calum levantó la lámpara al oír sus pasos sobre la pasarela.
—Creía que dormías en Blairmuir.
—He cambiado de idea.
El marinero miró el abrigo, las botas y el caballo que un muchacho del puerto empezaba a conducir hacia la posada.
—Eso veo. ¿También has cambiado la hora de salida?
—No he perdido el juicio.
—Entonces dejaré dormir a los hombres.
Tavish comprendió la advertencia y tuvo que admitir que era justa. Miró hacia la cubierta, donde todo estaba recogido para la noche.
—¿Ha llegado el último carro?
—Vendrá al amanecer. He dejado las cuentas en tu camarote.
Tavish asintió y se dispuso a retirarse, pero Calum lo detuvo con una pregunta sobre unas balas de lana que habían quedado bajo el cobertizo. Una esquina del tejado goteaba y habían tenido que trasladarlas.
Fueron a comprobarlo. Tavish sostuvo la lámpara mientras Calum levantaba la lona; revisaron el suelo, apartaron dos piezas y aseguraron la cubierta sin despertar a nadie. El trabajo le ocupó las manos durante un rato y le permitió responder preguntas que no escondían ninguna otra cosa.
A la mañana siguiente, el carro llegó con retraso.
Tavish ya estaba en el muelle. Había dormido mal, pero el aire frío y la necesidad de terminar la carga empezaron a despejarlo. Detuvo la subida de una bala antes de que los hombres la apoyaran junto a las demás.
—Esa no.
El hombre que la transportaba protestó. La envoltura estaba manchada, pero aseguraba que solo se había mojado durante el trayecto.
Tavish se agachó, deshizo un extremo del cordel y apartó la tela. La lana del interior estaba apelmazada y fría.
—Esto no se ha mojado únicamente por fuera.
—Se secará.
—Entonces puede hacerlo en su almacén. No voy a firmar que he recibido en buen estado algo que llegará peor.
El hombre miró hacia el barco y empezó a explicar lo que costaría sustituirla. Tavish lo dejó terminar.
—Mis hombres subirán las que estén secas mientras usted resuelve esa.
No necesitó alzar la voz. El comerciante volvió hacia el carro maldiciendo entre dientes, y Calum hizo una señal a los marineros para que continuaran.
Tavish revisó las amarras, comprobó que un paso permaneciera despejado y ayudó a desplazar una caja que habían colocado demasiado cerca de la escotilla. Cuando terminó, tenía calor bajo el abrigo y una astilla clavada junto a la uña.
Calum le entregó la lista de mercancías.
—Vas a conseguir que ese hombre prefiera cargar la lana sobre su propia espalda antes que volver a negociar contigo.
—Puede intentarlo. Me gustaría ver cómo cruza el primer canal.
El marinero soltó una risa y Tavish sintió, por primera vez desde la noche anterior, que podía responder sin tener que dominar antes el enfado.
Continuaron trabajando. Todavía faltaba recibir la caja de Blairmuir y reemplazar la mercancía húmeda, pero no tenía intención de adelantar la partida por el deseo de alejarse. Había hombres esperando sus órdenes y dinero ajeno confiado a su barco.
Eleanor le había pedido que se marchara. No había motivo para que su tripulación pagara la prisa con que él deseaba obedecerla.
A las ocho y media, la doncella de lady Beatrice cerró el último baúl.
Eleanor estaba sentada junto a la ventana, con los guantes sobre el regazo.
No había necesitado ayuda para escoger el vestido de viaje.
Había tomado el primero que encontró adecuado y permanecido quieta mientras le sujetaban el cabello, agradecida de que las preguntas fueran cosas sencillas: qué sombrero prefería, dónde debía guardarse un libro, si deseaba llevar el chal más grueso...
Cathaline entró cuando la doncella salió a buscar al lacayo.
Miró los baúles antes de acercarse.
—Todavía podemos pedir que descarguen cualquier cosa que hayan bajado.
Eleanor levantó la cabeza demasiado deprisa.
—No hace falta. Estoy preparada.
Su amiga no respondió enseguida. Se sentó frente a ella, sin acomodarse como si tuviera intención de quedarse mucho tiempo.
—No te he preguntado si has terminado de vestirte.
Eleanor alisó uno de los guantes.
—Debo regresar, Cathaline.
—¿Quieres hacerlo?
—Sí.
La rapidez de la respuesta hizo que ambas guardaran silencio. Eleanor miró hacia la ventana, donde el carruaje esperaba junto a la escalinata. Reconoció el bolso de viaje de su tía Beatrice en manos de un criado y sintió el cansancio de una decisión que había pasado la noche repitiéndose.
Cathaline le tomó una mano.
—Aquí no has molestado a nadie.
Eleanor apretó los labios. Había conseguido soportar las últimas horas sin llorar y no quería perder aquella pequeña ventaja delante de su amiga.
—Lo sé.
—No estoy segura de que lo sepas.
Eleanor la miró entonces. Recordó las tazas retiradas sin reproches, los paseos breves y la manera en que Cathaline conseguía acompañarla sin preguntarle cada día qué necesitaba.
Le resultó insoportable pensar que estaba dejando todo aquello para regresar a una casa donde tendría que demostrar constantemente que mejoraba.
—Me has cuidado mucho.
—Porque te quiero, no porque esperara que te recuperaras deprisa y dejaras libre una habitación.
Eleanor se inclinó para abrazarla. Se quedó unos segundos con el rostro junto al hombro de su amiga, permitiéndose aquel consuelo antes de apartarse.
Cathaline esperó a que se recompusiera.
—Tavish ya está en el puerto.