La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 5 #3
22%

Capítulo 5 #3

Eleanor miró hacia la galería. Ewan se había recostado en la silla para leer lo que había escrito, sin mostrar intención de acercarse.

La compañía de ambos hombres debería haberle hecho sentir que la propuesta era más sencilla.

En cambio, comprendió lo fácil que sería aceptar por cansancio, solo para no volver a enfrentarse al carruaje de las nueve.

Tavish debió de comprender algo de aquella vacilación.

—Sinclair ya le ha dicho que puede quedarse aquí —recordó—. No necesita venir a Skye para evitar Londres.

Eleanor regresó hacia él la mirada.

—¿Y si prefiero quedarme?

Tavish pasó un dedo por el borde de la copia.

—Me dejará una lista de preguntas y tendrá que soportar mi letra cuando vuelva.

La respuesta le hizo sentir una tristeza inesperada. Había imaginado el viaje antes de permitírselo; ahora podía ver también la mesa vacía, la carta enviada desde el norte y a Tavish entrando en una casa que ella no conocería.

No dijo nada de aquello.

—No sé qué contestarle.

Él recogió sus cuentas, pero dejó la carta de Skye donde estaba.

—Esta noche no hace falta.

—Mi tía espera que salga mañana.

—Lo he oído. No significa que también deba darle una respuesta a mi propuesta antes del desayuno.

Eleanor bajó los ojos hacia la carta. Durante unos minutos se había permitido escuchar a Tavish como si todavía pudiera aceptar una invitación semejante, preparar un baúl y discutir con él durante el viaje.

Había imaginado otras tardes compartidas, otras ocasiones de verlo sonreír por algo que ella dijera.

Ni siquiera había pensado únicamente en los documentos, y reconocerlo le produjo una vergüenza que le subió hasta el cuello.

Después recordó el brazo alrededor de su cintura y aquella incapacidad de reconocerlo cuando él solo intentaba impedir que se cayera.

Podía sentarse frente a Tavish durante horas, conocer su voz y desear su compañía, y aun así asustarse en cuanto la tocara.

¿Qué ocurriría si empezaba a esperar algo más de ella?

¿Cuánto tardaría en hacer preguntas que no podría responder sin perder aquella forma de mirarla?

Su tía tenía razón: no podía seguir aceptando unas atenciones que acabarían por exigirle un futuro que ya no se creía capaz de ofrecer.

Apartó la carta.

—No lo acompañaré, señor MacKinnon.

Tavish dejó de ordenar los papeles.

—¿Por el barco?

Eleanor sintió que le faltaba aire. Habría sido sencillo decir que sí y permitir que él buscara otra ruta, otra manera de acercarse, pero eso solo prolongaría lo que debía terminar aquella noche.

—Porque no deseo hacerlo.

Él la observó unos segundos. La mano que sostenía las cuentas permaneció quieta sobre la mesa.

—Entiendo.

La palabra debería haberla aliviado. En cambio, le dolió tanto que tuvo que mirar hacia la carpeta para continuar.

—Y creo que sería mejor que dejáramos de trabajar juntos. Prepararé lo que falta para que pueda llevárselo cuando regrese al puerto.

Tavish levantó ligeramente la cabeza.

—¿También ha decidido eso?

—No necesita que lo acompañe para continuar la investigación. Edward podrá ayudarlo.

—No estoy hablando de Edward.

La brusquedad de su voz la hizo mirarlo. Tavish había dejado los papeles sobre la mesa y permanecía frente a ella con una seriedad que no conseguía disimular el enfado.

—Hace unos minutos estaba diciéndome qué debía preguntar en Skye —continuó—. Ahora quiere devolverme la caja y enviarme a buscar a otro que se ocupe de ella.

—He comprendido que no puedo seguir dedicándole tanto tiempo.

—Entonces dígame que no quiere seguir viéndome. No utilice mis papeles para ahorrarse la molestia.

Eleanor apretó los dedos contra la falda, por debajo del borde de la mesa. Había pensado que bastaría con mostrarse distante; no había previsto tener que pronunciarlo mientras él la miraba de aquella manera.

—No veo por qué convierte una investigación en un asunto personal.

Tavish soltó una respiración áspera y apartó la vista hacia la ventana. Cuando volvió a mirarla, había desaparecido de su rostro cualquier intención de facilitarle la conversación.

—Porque para mí lo es. Pensé que estos días habían significado algo para usted también.

Eleanor sintió el impulso de contestar antes de que terminara.

Habían significado demasiado. Había empezado a distinguir sus pasos de los de Ewan, a reparar en las mañanas en que faltaba al desayuno y a guardar observaciones para decírselas cuando regresara del puerto.

Precisamente por eso tenía que dejar de hacerlo.

—Han sido unas tardes agradables —respondió ella—. No pretendía que las interpretara de otra manera.

Él recibió la frase sin moverse, aunque vio tensarse un músculo junto a su mandíbula.

—Unas tardes agradables... suena a típica frase inglesa para esconder la verdad —Eleanor bajó la mirada hacia la carta de Skye.

Tavish apoyó una mano sobre la mesa, lejos de las suyas—.

He estado deseando volver aquí al terminar mi trabajo —dijo, en voz más baja—.

He buscado asuntos que preguntarle cuando ya tenía la respuesta.

Y no porque me falten personas con las que conversar ni lugares a los que ir.

Ella cerró los dedos sobre un pliegue de la falda. La franqueza de aquellas palabras la alcanzó donde no había conseguido prepararse.

—Yo no le he pedido que hiciera nada de eso.

—Ya sé que no me lo ha pedido —Tavish se enderezó.

Por un momento pareció a punto de decir algo más violento, pero se pasó una mano por la nuca y miró hacia la puerta abierta.

Desde la galería llegaba el roce de la pluma de Ewan sobre el papel.

Cuando volvió hacia ella, la cólera seguía allí, contenida con un esfuerzo que Eleanor podía ver—.

He venido porque quería estar con usted.

No voy a fingir ahora que solo me interesaba descifrar un nombre.

Si no siente lo mismo, dígamelo, pero no me trate como a un necio por haber deseado algo más.

Eleanor notó que los ojos empezaban a arderle. No podía llorar otra vez. Él se acercaría con aquella preocupación que tan difícil le resultaba soportar y ella acabaría cediendo, permitiendo que continuara una relación cuyo final ya imaginaba lleno de preguntas, vergüenza y decepción.

Se obligó a levantar la barbilla.

—Yo le pedí que enviara los documentos, señor MacKinnon. No le pedí que viniera.

La mano de Tavish se quedó inmóvil junto a las cuentas.

Eleanor lo vio comprender la intención de la frase, no solo las palabras.

Había tomado el viaje que él hizo para verla y lo había convertido en una intromisión.

Recordó la caja envuelta en tela encerada, su sonrisa al reconocerla en el vestíbulo y el cuidado con que había seguido sus indicaciones durante aquellas tardes.

Quiso retirar lo que acababa de decir, pero ya había empezado a perderlo y se aferró al dolor como a una prueba de que estaba haciendo lo necesario.

—Su presencia no formaba parte de mi petición —añadió, aunque cada palabra le costaba más—. Lamento que mi cortesía le haya hecho esperar algo que no puedo corresponder.

Tavish la miró con una dureza que nunca había dirigido hacia ella. No levantó la voz, pero Eleanor reconoció la furia en la lentitud con que recogió la carta de Skye.

—No necesito que me dé las gracias por haber venido. Tampoco esa cortesía suya, si esto es lo que significa.

Ella recibió el reproche sin defenderse. Era más fácil que la creyera ingrata que permitirle descubrir por qué estaba rechazándolo.

—No deseo que me corteje —Tavish dejó de doblar la carta. Eleanor sostuvo su mirada a pesar de que todo en ella le pedía apartarla—. Ni que vuelva a Blairmuir por mí.

El silencio se prolongó tanto que alcanzó a oír a uno de los caballos moverse en el patio. Tavish guardó la carta dentro de su chaqueta. Después reunió las cuentas, alineó los bordes contra la mesa y tomó la copia que ella le había entregado.

Tavish miró la carpeta azul.

—Deje mis papeles como están. Haré que los recojan.

—Hay algunas anotaciones que todavía...

—No se moleste. Ya me ha dedicado suficiente tiempo.

La frase le dolió, pero no pudo reprochársela. Había sido ella quien había presentado aquellas horas como una obligación de la que quería librarse.

Tavish se dirigió hacia la puerta. Eleanor lo siguió con los ojos, esperando algo que no tenía derecho a esperar: que se girara, que hiciera una última observación insolente, que encontrara una manera de no creerla.

Él pasó junto a la butaca donde se sentaba Cathaline y recogió del respaldo la chaqueta de abrigo que había dejado allí antes de la cena.

Entonces comprendió que no iba a quedarse. No habría otro encuentro a la mañana siguiente que le permitiera comprobar si había conseguido perdonarla.

—Señor MacKinnon... —Tavish se detuvo en el umbral y clavó sus ojos avellana en ella. La esperanza que Eleanor creyó ver durante aquel instante estuvo a punto de deshacer todo lo que acababa de hacer. No encontró el valor—. Gracias por confiarme los documentos.

Él la observó un momento más. Después inclinó la cabeza con una corrección tan fría que Eleanor habría preferido otra respuesta brusca.

Salió sin añadir nada.

Eleanor permaneció junto a la mesa mientras escuchaba a Ewan levantarse en la galería.

Se llevó una mano a la boca para contener la respiración que empezaba a quebrársele.

Había querido convencer a Tavish de que no le importaba, pero no había pensado en lo que sentiría al oírlo actuar como si la hubiera creído.

—Dile a Rob que prepare mi caballo, Sinclair —lo oyó decir—. Esta noche vuelvo al puerto.