La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 5 #2
21%

Capítulo 5 #2

No podía permitir que el interés de Tavish por ella se convirtiera en algo más profundo.

En el mundo al que pertenecía, se esperaba que una dama llegara al matrimonio con su virtud intacta, y a ella le habían arrebatado aquello que la sociedad consideraba indispensable para una esposa respetable.

Poco importaba que no hubiera tenido elección.

Si algún día Tavish descubría lo sucedido, podría mirarla de otra manera, y Eleanor no estaba segura de poder soportarlo.

Él merecía una mujer que pudiera aceptar su cortejo sin secretos ni vergüenza, alguien que no tuviera que temer el momento en que un hombre deseara acercarse demasiado. Por mucho que le doliera reconocerlo, ella ya no se consideraba esa mujer.

—Mi tía se ha ocupado de mí durante muchos años —dijo Eleanor, intentando tranquilizarlo—. No es como ha podido parecerle esta noche.

Tavish levantó los ojos.

—No he dicho que no la quiera.

—Entonces comprenderá que no puedo tratarla como a alguien de quien deseo librarme.

Él dejó la copia sobre la mesa.

—¿Y su padre? ¿También quiere que vuelva a Londres?

La pregunta la sorprendió. Había estado tan pendiente de justificar a Beatrice que no había previsto tener que explicar al hombre cuya ausencia rara vez necesitaba explicaciones en su familia.

—Mi padre está en Portsmouth. Estas cosas suele dejarlas en manos de mi tía.

El conde de Wetherby había encontrado aquella solución poco después de la muerte de su primera esposa.

Eleanor era todavía una niña y Beatrice tenía tiempo, una casa tranquila y el dolor de haber perdido a su hermana.

Lo que empezó siendo una estancia provisional terminó convirtiéndose en su crianza.

—Volvió a casarse después de morir mi madre —explicó ella—. Tuvo tres hijos varones con su segunda esposa. Para entonces yo ya vivía con Beatrice y a todos les pareció conveniente que siguiera allí.

Tavish la escuchó sin interrumpirla. Eleanor habría preferido que hiciera alguna pregunta sencilla, algo que le permitiera responder sin detenerse en lo demás.

—Nunca me ha negado dinero —continuó—. Mis profesoras, los libros, los viajes...

Siempre se ha mostrado generoso y comprensivo, incluso me alentó a estudiar pese a los prejuicios de la sociedad.

Cuando necesité aquella correspondencia para Edward, se ocupó de que me la enviaran enseguida. ¿Lo recuerda?

—Recuerdo que ayudó con los documentos.

—Mi padre es muy eficaz cuando sabe lo que debe ordenar.

Intentó decirlo con ligereza, pero no encontró una sonrisa que acompañara la frase.

Tavish apoyó una mano en el respaldo de la silla.

—¿Y cuando no lo sabe?

Eleanor acarició con el pulgar el borde de la cinta.

—Supone que mi tía sabrá qué hacer. Si estoy triste, debo hablar con ella. Si no duermo, ella encontrará un remedio. Puede recordar qué libro le pedí hace meses y no preguntarme por qué he dejado de escribir durante semanas.

Aquello era más de lo que había contado a casi nadie. Quiso matizarlo, hablar del afecto de sus cartas y de las invitaciones a visitar la casa de Portsmouth, pero sabía que acabaría haciendo lo mismo que con Beatrice: ofreciendo los cuidados como prueba de que no tenía derecho a sentirse sola.

—Mis hermanos no tienen la culpa de nada —ultimó, cogiendo aire—. Ni su madre. Mi padre se acostumbró a saber que yo estaba atendida.

Tavish no hizo ningún comentario contra el conde. Eleanor agradeció que no le diera otra persona a la que defender.

—¿Serviría de algo escribirle? —preguntó él.

—Le escribiría a mi tía para saber qué considera conveniente. Y ella tendría una razón más para decirme que todo está resuelto.

Tavish bajó la mirada hacia sus papeles. Por un momento pareció dispuesto a insistir; después se limitó a recoger la carta que había dejado junto a la carpeta.

—Entonces no es una solución tan rápida como yo pensaba —Tavish sacó una hoja más pequeña de entre los papeles de Calum—. Hay algo que sí puedo explicarle sin cometer demasiadas imprudencias. Esto llegó al puerto esta tarde. Calum lo incluyó con sus cuentas y el recado que me hizo llegar.

Eleanor miró la escritura, distinta de la que había visto en las notas del marinero.

—¿De Skye?

—De uno de los hombres a los que escribí. Reconoce un apellido de las copias. Cree que en la casa que administra conservan documentación relacionada con esa rama de los MacKinnon.

Le ofreció la hoja por encima de la mesa, dejándole espacio para recogerla.

Eleanor empezó a leer. La información era escasa, pero el hombre distinguía entre lo que recordaba y lo que había comprobado.

Mencionaba un paquete de cartas y unas anotaciones familiares guardadas por los propietarios.

No aseguraba que pertenecieran a la abuela de Tavish; se ofrecía a enseñárselas si acudía a la isla.

—No quieren enviarlas —comprendió ella.

—He intentado decidir si encontrarlo ofensivo después de todo el cuidado que he puesto en transportar las mías.

—¿Cuándo piensa ir? —preguntó ella.

—Cuando termine de reunir la carga. Llevo mercancías hacia el norte y puedo disponer la ruta.

Eleanor releyó las últimas líneas. Habría necesitado examinar los documentos para saber si aquella pista tenía algún valor, pero le gustaba que hubiera algo concreto que buscar: una escritura, un apellido, cartas conservadas por razones que todavía desconocían.

—Lleve la copia de Edward y nuestras anotaciones —dijo—. Y no se limite a preguntar por los nombres. A veces una carta no identifica a quien la escribió hasta la despedida.

—Por eso preferiría que viniera conmigo.

Eleanor dejó de leer.

Tavish había pronunciado la propuesta con la misma sencillez que habría empleado para pedirle que revisara una línea. Sin embargo, cuando levantó la cabeza, lo encontró demasiado serio para creer que acababa de ocurrírsele.

—¿A Skye?

—Es donde están los papeles.

—Ya sé dónde están.

—Entonces me alegra que coincidamos en el destino.

La broma no consiguió ocultarle la seriedad de la invitación. Eleanor miró hacia la carta, como si pudiera encontrar entre sus líneas la parte que no había entendido.

Skye. Había visto su contorno en mapas, había leído descripciones de sus costas y había imaginado lo que sería recorrer algunas de sus casas antiguas sin tener que conformarse con la opinión de quienes habían estado allí antes. Unos meses atrás ya estaría preguntando dónde podrían alojarse.

Ahora solo conseguía recordar la pasarela de un barco.

—No puedo aceptar eso.

Tavish no se movió de su lado de la mesa.

—No le estoy pidiendo que lo acepte esta noche.

—Pero sabe que...

Se interrumpió, molesta consigo misma por no poder terminar una frase tan sencilla. Él miró un instante hacia la carta antes de responder.

—Sé lo que me dijo en el puerto.

—Y, aun así, me lo propone.

—Porque usted sabe qué buscar allí y yo no. Y porque llevo varios días escuchándola hablar de lugares a los que le gustaba ir. Pensaba decírselo mañana durante el paseo por el jardín —añadió—. Pero ya no tenemos tiempo.

Ella levantó los ojos.

—¿No tiene nada que ver con lo que ha oído esta noche?

Tavish tardó un momento en contestar.

—Al principio, no. Ahora sí.

—No voy a viajar a solas con usted.

—No se lo he pedido. Alguna doncella vendría, por supuesto, y podríamos hablar con los Sinclair para ver si les interesa acompañarnos. Habría que organizarlo antes de decidir nada.

—Está muy seguro de que todos van a querer ir a Skye.

—No. Estoy intentando averiguar si usted quiere.

Eleanor bajó la mirada. Esa era la parte que le costaba reconocer.

El deseo estaba allí, intacto y doloroso, debajo de todo lo que había aprendido a evitar.

No necesitaba que le explicaran el valor de una nueva prueba o lo que podía encontrar en una isla que no conocía.

Necesitaba que aquello no le exigiera acercarse a un barco... o a sus propios miedos.

—¿En el  Ròs na Mara ? —preguntó.

—Podríamos ir en él —El silencio que siguió hizo que Tavish enderezara la espalda—. También podemos hacer buena parte del recorrido por tierra —añadió—. No le diré que así evitaríamos por completo el agua. Skye sigue siendo una isla, aunque desde algún paso la otra orilla quede cerca.

Eleanor conocía la geografía. Le agradeció que no intentara disimularla con la promesa de una ruta imposible.

—Para usted es un trayecto corto.

Tavish la observó.

—Para mí, sí.

No añadió nada más. Eleanor miró sus manos, grandes y quietas junto al respaldo de la silla.

Las recordaba sobre el timón, en los mapas, retirándose de su cintura en cuanto consiguió sostenerse junto al arroyo.

Saber quién era no había impedido que se asustara entonces.

No podía prometer que bastaría para subir a su barco.

—Puedo preparar las preguntas —dijo—. Usted podría llevarlas.

—Podría.

—Y copiar lo que encuentre.

—Ya ha visto los resultados cuando copio sin vigilancia.

La observación consiguió que lo mirara, aunque no la hizo sonreír.

—Estoy hablando en serio.

—También yo. Podemos hacerlo así. Pero quería preguntarle antes de dar por hecho que no desea acompañarme.

Eleanor dejó la carta sobre la mesa y la alisó con las palmas.

El apellido de la abuela de Tavish quedó visible cerca del borde.

Pensó en el broche roto que él había sostenido durante la primera visita y en lo poco que recordaba de aquella mujer.

La investigación le importaba. No era un entretenimiento inventado para mantenerla ocupada.

Tampoco bastaba para que desapareciera el miedo.

—¿Y piensa pedirle permiso a mi tía, señor MacKinnon?

Tavish levantó una ceja.

—No pensaba consultarle mis viajes.

—Me refiero al mío.

—Entonces primero tendrá que decirme si le interesa. No pienso discutir con lady Beatrice por un viaje que usted tampoco desea hacer.

Eleanor sostuvo su mirada. Había algo irritante en aquella manera de devolverle una pregunta.

—Mi tía no lo aprobará.

—Es posible.

—Es más que posible.

—No he dicho que vaya a resultar agradable hablar con ella.