La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 5
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Capítulo 5

—Adelante.

Tavish se arrepintió antes de tocar el picaporte.

Había llamado porque escuchar a Eleanor defenderse con aquella voz le había resultado insoportable, pero no había pensado qué haría después.

No sabía si ella deseaba su intervención.

Ni siquiera sabía si agradecería verlo aparecer cuando acababa de llorar delante de su tía.

La carta de Calum crujió entre sus dedos. La alisó contra el muslo y abrió la puerta con una seguridad que ya no sentía.

Lady Beatrice estaba junto a la mesa. Eleanor permanecía cerca de la chimenea, con una mano apoyada en la repisa y el rostro vuelto hacia el fuego. Al reconocerlo, se enderezó demasiado deprisa.

Tavish decidió mirar primero a la tía.

—Disculpen. Necesito consultar una de las copias que guarda lady Eleanor antes de enviar mañana mi correspondencia —improvisó de repente.

Beatrice bajó los ojos hacia los papeles que llevaba.

—¿No puede esperar hasta la mañana?

—Preferiría dejar la carta preparada esta noche.

Eleanor se volvió hacia él. La luz descubrió una humedad que no había conseguido secarse bajo un ojo, y Tavish tuvo que esforzarse para no quedarse mirándola. Encontró, en cambio, una expresión de desaprobación que conocía bastante mejor.

—Tiene una manera muy particular de escoger el momento de sus consultas, señor MacKinnon —se quejó lady Eleanor.

—He intentado aprovechar que todavía estaban despiertas.

—También estábamos conversando.

—Eso explicaría que haya tenido que llamar.

Eleanor lo contempló con una severidad que habría disfrutado en cualquier otra circunstancia.

—Empiezo a sospechar que nadie se ha ocupado seriamente de su educación —comentó lady Beatrice con una mueca.

—Me criaron en Eilean Ròs, milady. Allí, que un MacKinnon llame antes de entrar ya se considera un resultado bastante satisfactorio.

Beatrice no sonrió. Eleanor tampoco, aunque Tavish vio cómo sus dedos dejaban de aferrarse a la repisa.

—¿Qué copia necesita? —preguntó ella.

—La hoja con las anotaciones que corregimos esta tarde.

—Está en la biblioteca, dentro de la carpeta azul.

—Había una azul y otra verde.

—Por eso he especificado el color —La respuesta le devolvió algo de calma. Eleanor recogió su pañuelo y lo guardó con cuidado antes de apartarse de la chimenea—. Será mejor que vaya a buscarla. Si empieza a abrir carpetas, mañana no encontraré nada.

—Eleanor —intervino Beatrice—, todavía no hemos terminado.

Ella se detuvo a unos pasos de la puerta.

—Solo voy a la biblioteca, tía. Está aquí al lado.

—El señor MacKinnon puede esperar hasta mañana. No corresponde que te retires a solas con un caballero a estas horas.

Tavish sintió que la prudencia que acababa de reunir empezaba a abandonarlo. Había entrado con el propósito de no empeorar las cosas y ahora tenía a una mujer insinuando que Eleanor necesitaba protección para cruzar un corredor en su compañía.

—No tiene nada que temer de mí, lady Beatrice.

—No he dicho que tema nada, señor MacKinnon. Hablo de lo que resulta apropiado.

—Soy un MacKinnon. Mi palabra no deja de valer porque no haya nadie mirando, y no faltaría al honor de una mujer bajo el techo de un Sinclair.

La expresión de Beatrice se enfrió.

—Le aseguro que no pretendía iniciar una discusión sobre clanes.

—Entonces estamos de acuerdo en algo.

Eleanor cerró los ojos un instante. Tavish comprendió que había vuelto a hablar demasiado, pero ya estaba buscando una respuesta a la nueva objeción de Beatrice cuando oyó unos pasos detrás.

—¿Todavía no has encontrado esa hoja?

Ewan se había detenido en el umbral con un sobre abierto en la mano. Miró a Tavish, después a Eleanor y, por último, a lady Beatrice.

—Nos hemos detenido a examinar mis modales —respondió Tavish.

—Entonces habrá para rato —Eleanor bajó la vista hacia el pañuelo que volvía a asomar entre sus dedos.

Ewan lo vio sin permitir que su atención se quedara allí—.

Yo los acompaño —añadió—. Tengo que terminar una carta y prefiero que MacKinnon encuentre la suya antes de que venga otra vez a pedir prestado mi tintero.

Beatrice sostuvo su mirada unos segundos.

—Se lo agradezco, señor Sinclair.

Eleanor pasó junto a Tavish antes de que su tía pudiera añadir otra condición. Él se apartó para dejarla salir y recibió de Ewan una mirada breve que no necesitaba demasiada interpretación.

Caminaron hacia la biblioteca sin hablar. En la galería había una mesa estrecha bajo una lámpara encendida. Ewan dejó allí su sobre y acercó una silla.

—Terminaré esto mientras encontráis lo que buscáis. Dejad la puerta abierta.

No hubo un guiño ni una observación a costa de ninguno de los dos. Se sentó, dispuso el papel frente a él y empezó a escribir, lo bastante cerca para acompañarlos sin instalarse junto a la mesa donde Eleanor guardaba sus documentos.

Tavish agradeció aquella discreción mucho más que la ayuda en el salón.

Eleanor entró primero. Se dirigió al armario, sacó la carpeta azul y la dejó sobre la mesa que habían compartido durante las últimas tardes. Sus movimientos tenían una precisión forzada. Al desatar la cinta, tardó en encontrar el extremo correcto y acabó sujetándolo entre las uñas.

Tavish permaneció al otro lado de la mesa.

—No hace falta que se apresure.

Ella levantó la cabeza.

—Acaba de interrumpir una conversación porque no podía esperar hasta mañana.

—He dicho que prefería dejar la carta preparada.

Eleanor abrió la carpeta y extendió dos hojas.

La lámpara estaba a su izquierda; al inclinarse, el rostro quedó completamente iluminado.

Tavish distinguió los párpados enrojecidos, una pequeña marca húmeda junto a la nariz y el esfuerzo que hacía para que su boca no temblara cuando le preguntó cuál de las dos copias era.

Se le fue la mirada hacia la puerta. Lady Beatrice seguía en la habitación contigua, a unos pasos, convencida de haber acudido para cuidar de su sobrina. Le costaba reconciliar esa idea con la mujer que tenía delante.

—Señor MacKinnon.

Volvió hacia Eleanor.

—La de la izquierda.

Ella deslizó la hoja sobre la mesa.

—Ya la tiene.

Tavish no la recogió enseguida. Quería decir algo que no sonara a compasión ni a otra orden, pero la expresión de Eleanor cambió antes de que lo consiguiera.

—¿Cuánto ha escuchado?

Él dejó la carta de Calum junto a la carpeta.

—Llegué cuando su tía hablaba del carruaje.

Eleanor permaneció inmóvil. Tavish vio cómo sus ojos se desviaban hacia la puerta abierta y después regresaban a él.

—¿Y se quedó allí?

—La oí decir que no había aceptado marcharse.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Sí. Me quedé.

No intentó adornarlo. Ella retiró la mano del papel y la apoyó sobre el borde de la mesa, como si necesitara algo firme entre ambos.

—Podría haberse ido.

—Lo sé.

—En lugar de eso, llamó.

Tavish se pasó una mano por la nuca.

—No fue mi decisión más meditada.

La sinceridad no consiguió suavizarla. Eleanor cerró la carpeta con un movimiento que hizo desplazarse una de las hojas.

—¿Había siquiera una consulta urgente?

—La carta existe. La consulta podía esperar.

Ella bajó los ojos. El silencio le resultó peor que las preguntas, porque durante unos segundos Tavish no supo si estaba enfadada con él o si intentaba no volver a llorar.

—No necesitaba que viniera a salvarme.

—No pretendo decidir dónde tiene que estar mañana.

—Ha interrumpido nuestra conversación porque ha pensado que no podía resolverlo sola.

Tavish sintió el impulso de defenderse. Había querido interrumpir aquella conversación, sí, pero no soportaba que ella redujera lo ocurrido a una demostración de su incapacidad.

—He interrumpido porque no me ha gustado lo que estaba escuchando.

—Era una conversación privada.

—Eso no hace que me guste más.

Eleanor alzó la barbilla. Había recuperado algo de color.

—No tiene ningún derecho a enfadarse por mí, señor MacKinnon. No somos nada.

La frase le dolió con una precisión que lo dejó momentáneamente sin respuesta.

No había esperado gratitud, pero tampoco estaba preparado para descubrir lo poco que, al parecer, significaban aquellas tardes, las cartas que había releído o las conversaciones que conseguían mantenerlo sentado cuando tenía media docena de cosas que hacer.

Recogió la copia.

—No necesito ser su marido ni su pariente para que me desagrade oírla llorar —Eleanor abrió la boca, pero él continuó antes de que pudiera contestar—.

No le he pedido explicaciones. Tampoco he hablado con su tía de lo que he escuchado.

He llamado sin pensar y he terminado discutiendo sobre mis modales.

Puede reprocharme todo eso; no hace falta que me explique lo poco que la conozco.

Ella desvió la mirada. Eleanor tenía unos ojos verdes preciosos, enmarcados por largas pestañas rubias, cuya forma almendrada recordaba a la de las gacelas.

En la galería se oyó a Ewan mover una hoja. Tavish recordó dónde estaban y bajó la voz.

—Y no voy a contárselo a nadie.

Eleanor se quedó mirando la cinta azul que había dejado sobre la mesa. Cuando habló de nuevo, ya no sonaba tan firme.

—No quería que me viera así.

Tavish dobló la copia por la marca que ya tenía.

—Eso lo había entendido.

No añadió que prefería verla furiosa con él a escucharla pedir a su tía que dejara de hacerle daño. Habría sido otra cosa que ella no le había pedido y, por primera vez en mucho tiempo, empezaba a comprender que podía empeorar una situación aun cuando tuviera razón en lo que decía.

Eleanor mantuvo las manos sobre la mesa hasta que consiguió decidir qué hacer con ellas. Estaba cansada de defenderse y todavía más cansada de no saber recibir una consideración sin sentir que debía algo a cambio.

Tavish había dejado de mirarla. Revisaba la copia, aunque no parecía estar leyendo. Su quietud tenía poco que ver con la indiferencia, y Eleanor lamentó haberle dicho que no eran nada con tanta dureza. Pero era mejor así.