La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

—La última vez que hablamos así, también estabas convencida de saber lo que te convenía —Eleanor sintió el golpe antes de encontrar palabras para contestar.

Apartó la mano de la repisa y se quedó con ella suspendida un instante, sin saber dónde ponerla.

Su tía lo vio. Bajó la voz, convencida quizá de que eso podía suavizar lo que acababa de decir—. No quiero hacerte daño al recordártelo.

—Entonces no lo hagas.

La respuesta salió por encima de un susurro. Beatrice apretó el bolso entre las manos.

—Necesito que comprendas por qué no puedo quedarme en Londres esperando otra carta en la que asegures que todo está bien. Yo te vi regresar, Eleanor. Fui yo quien pasó aquellas noches sin saber qué hacer por ti.

Eleanor cerró los ojos un momento. Recordaba a su tía junto a la cama, el agua que le acercaba, la manera en que había dado órdenes para que nadie la molestara.

No había olvidado ninguno de aquellos cuidados.

Tampoco había encontrado cómo decirle que a veces la misma persona que le acomodaba una manta conseguía dejarla sin fuerzas con una sola frase.

—Te lo he agradecido.

—No necesito tu agradecimiento. Necesito que me escuches antes de volver a exponerte.

—Estoy en casa de Cathaline.

—Lejos de mí, sin carabina.

Eleanor miró hacia la puerta entreabierta. Había dejado de oír las conversaciones de la casa; solo llegaba, de vez en cuando, un paso al otro lado del pasillo.

—No sé cómo conseguir que dejes de preocuparte —admitió—. Pero regresar mañana no va a arreglarlo.

Beatrice dio un paso hacia ella.

—Al menos estarás donde te corresponde.

Eleanor se giró. Estaba llorando y le avergonzó que su tía pudiera tomarlo como una rendición.

—Aquí he conseguido salir sin querer volver a la habitación a los pocos minutos. He podido leer, trabajar y pasar una tarde sin que nadie me pregunte qué me pasa. No es mucho, pero me ha costado.

Beatrice la escuchó con una tristeza que hizo todavía más difícil la conversación.

—Querida, puedes hacer todo eso en casa.

Eleanor no supo qué responder. Le habría resultado más sencillo que su tía no la quisiera.

Tavish, por su lado, salió del despacho de Ewan con una carta de Calum y varias cuentas que debía revisar antes de regresar al puerto.

Habían hablado más tiempo del previsto y la casa empezaba a quedarse en silencio.

Al pasar junto a la escalera, vio a una doncella llevando una bandeja vacía hacia las dependencias del servicio.

Se dirigió a la biblioteca para recoger una de las hojas que había dejado allí aquella tarde. Había prometido enviar la carta a Eilean Ròs al día siguiente y, después de la discusión sobre el nombre, prefería comprobarlo una última vez antes de permitir que Eleanor volviera a corregirlo.

Oyó la voz de lady Beatrice al llegar a la puerta del salón contiguo.

—El carruaje vendrá a las nueve. No pienso hacerte viajar deprisa ni exigirte nada más que volver conmigo.

Tavish redujo el paso.

No había escuchado que fueran a marcharse a la mañana siguiente. Durante la cena se había hablado del regreso como de un asunto todavía pendiente, no de un carruaje que estaría ante la escalinata dentro de unas horas.

—Yo no he aceptado ese viaje —respondió Eleanor.

La voz le llegó lo bastante clara para que se detuviera. No tenía el tono que había usado con él en la biblioteca, ni siquiera el del patio después del paseo. Había un esfuerzo en cada palabra que le hizo olvidar la hoja que venía a buscar, incluso diría que Eleanor estaba llorando.

—Y yo no voy a volver a cometer el error de dejarte hacer lo que quieras y confiar en que nada suceda —repuso Beatrice—. Ya has visto adónde nos llevó la última vez.

Tavish cerró la mano sobre la carta.

Podía continuar hacia la biblioteca. Podía retroceder y concederles la intimidad que él mismo habría exigido. Durante un instante estuvo a punto de hacerlo, hasta que oyó moverse una silla y después la respuesta de Eleanor.

—No hables de lo que me ocurrió como si hubiera sido una lección que necesitaba aprender.

La frase lo dejó inmóvil.

No conocía los detalles. No sabía qué había sucedido, ni quién había estado allí, ni por qué Eleanor seguía asustándose cuando un hombre la sujetaba para impedir que cayera. Pero acababa de oírla pedir que dejaran de utilizarlo contra ella.

Beatrice respondió en un tono más bajo, del que Tavish apenas distinguió unas palabras. Eleanor no contestó enseguida. Él permaneció junto a la puerta, con el papel arrugándose entre los dedos y una furia que ya no podía atribuir únicamente a lo que alguien hubiera hecho en el pasado.

Entonces volvió a escucharla.

—Dices que has venido a llevarme a casa para que descanse. ¿Cómo voy a descansar allí si cada vez que intento decidir algo me recuerdas que todo habría sido distinto de haberte obedecido?

Tavish levantó la mano hacia la madera y se detuvo antes de llamar. Desde el interior llegó la voz de lady Beatrice, cansada, firme, todavía convencida de estar protegiéndola.

—Porque todo habría sido distinto, Eleanor.

Él apoyó los nudillos en la puerta al oír la respiración quebrada que siguió. El carruaje llegaría a las nueve, y aquella mujer ya había decidido quién debía subir a él.

Tavish llamó antes de que Beatrice pudiera decir nada más.