La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Beatrice agradeció la invitación con toda la cortesía que exigía la mesa. No preguntó a Eleanor qué deseaba.

La conversación cambió. Tavish participó lo indispensable y pasó el resto de la cena intentando no mirar demasiado hacia el lugar que ocupaba ella. Le irritaba que aquella mujer, a la que había visto discutir con él por una letra mal copiada, apenas hubiera tocado la comida desde que llegó su tía.

Cuando se levantaron, Beatrice detuvo a Eleanor con una mano sobre el antebrazo.

—Antes de que te retires, hablaremos un momento.

Tavish apartó la vista. La rabia que le produjo aquel gesto no tenía que ver con la mano ni con la cercanía. Era la facilidad con que la petición había sonado a una orden.

Beatrice eligió el pequeño salón contiguo a la biblioteca. Cathaline había ofrecido que les sirvieran una infusión allí, pero su tía la rechazó, asegurando que no tardarían. Eleanor entró primero y se quedó junto a una butaca, sin sentarse.

Beatrice dejó su bolso sobre una mesa.

—Podrías acercarte al fuego. Tienes las manos frías.

Eleanor obedeció antes de darse cuenta. Al extender los dedos hacia el calor, vio la última sombra de tinta junto a la uña. La había frotado dos veces mientras se vestía para cenar y todavía no había conseguido retirarla del todo.

Su tía la observó con una expresión que perdió parte de la firmeza de la cena.

—No sabes cuánto deseaba verte.

Eleanor levantó la cabeza.

—Podrías haberme escrito que venías.

—Me habrías contestado que no hacía falta.

No pudo negarlo. Beatrice se sentó, cansada por primera vez desde que descendió del carruaje, y se llevó una mano a la sien.

—No ha sido un viaje agradable. Pero prefería pasar unas horas incómoda a seguir en Londres preguntándome si estabas bien.

—Cathaline habría escrito si hubiera ocurrido algo.

—No quiero enterarme únicamente cuando ocurra algo.

La frase quedó entre ambas. Beatrice se quitó una pulsera y la guardó en el bolso, como hacía siempre que le molestaba después de un día largo. Eleanor conocía tantos detalles de aquella mujer que a veces le resultaba imposible separar el afecto de la obediencia.

—Estoy mejor aquí —dijo ella, intentando imponerse.

Su tía levantó los ojos.

—Me alegro de que la visita te haya hecho bien. Ahora hay que pensar en volver.

—Todavía no había decidido cuándo.

—Por eso he venido.

Eleanor retiró las manos del fuego.

Beatrice abrió el bolso y sacó unos papeles doblados. Los dejó sobre la mesa con la misma naturalidad con que habría dispuesto la lista de una compra.

—He organizado el viaje por etapas cortas. Tendremos buenas habitaciones y no será necesario apresurarnos. He procurado que todo sea lo más cómodo posible.

Eleanor miró las hojas.

—¿Cuándo?

—Mañana por la mañana. El coche estará aquí a las nueve.

Durante unos segundos no consiguió responder. Había sabido que su tía venía a buscarla, pero una parte de ella había esperado disponer de tiempo: una conversación, un día para explicarse, la posibilidad de que Beatrice la viera vivir en Blairmuir antes de decidir que debía abandonarlo.

—No puedo marcharme mañana.

Su tía frunció ligeramente el ceño.

—Tu doncella tendrá tiempo de preparar el equipaje. No hace falta llevarse todo de una vez; lo que quede puede enviarse después.

—No estoy hablando del equipaje —Beatrice dejó de ordenar los papeles. Eleanor se obligó a mantenerle la mirada, aunque sentía el impulso de bajar los ojos y buscar una manera menos incómoda de decirlo—. Te escribí que permanecería aquí un poco más. Que te avisaría antes de decidir mi regreso.

—Y yo he esperado cuanto he considerado prudente.

—Pero soy yo quien tiene que regresar.

Su tía la contempló en silencio. Eleanor sintió la familiar incomodidad de haberla decepcionado, una vez más.

—No he venido para discutir contigo —dijo Beatrice—. He venido porque estás lejos, porque apenas cuentas nada y porque tus respuestas no me permiten saber cómo te encuentras.

—Acabo de decírtelo.

—Has dicho que estás mejor. Yo te he visto dejar la mitad de la cena y mirar hacia la puerta cada vez que entraba un criado.

Eleanor se giró hacia el fuego. Había creído que nadie lo había notado.

—No todas las noches son iguales.

—Precisamente. No puedes pretender que me tranquilice porque has salido a montar un par de veces.

—No pretendo tranquilizarte. Intento explicarte por qué quiero quedarme.

Beatrice suspiró. Se levantó para acercarse y Eleanor permaneció donde estaba, sintiendo el esfuerzo que le costaba no recibir aquella proximidad como el final de la discusión.

—Aquí te distraes —dijo su tía—. Cathaline te permite ocuparte de lo que te apetece, hay visitas y paseos, y esos papeles te entretienen. Pero llegará un momento en que tendrás que volver a tu vida, enfrentarte a la realidad.

Eleanor sintió que se le cerraba la garganta.

—Esto también es mi vida.

Beatrice la miró con preocupación, como si aquella respuesta demostrara precisamente lo que intentaba explicarle.

—No puedes instalarte indefinidamente en casa de una amiga recién casada.

—Cathaline me ha pedido que me quede.

—Porque te quiere y es generosa. Eso no significa que debas aceptar todo cuanto te ofrece.

Eleanor recordó a su amiga llevándose una taza fría sin hacer preguntas, buscando un libro que pudiera interesarle y dejando que Rob las acompañara incluso cuando ella misma iba a montar.

Le resultaba doloroso escuchar que debía desconfiar de aquella hospitalidad cuando había sido una de las pocas cosas que no le exigían nada.

—No me ha hecho sentir que la moleste.

—No he dicho que la estés molestando. Solo te pido que consideres lo que es conveniente —Su tía le apartó un hilo del hombro. Eleanor se quedó inmóvil bajo aquel gesto pequeño, casi tierno—. También me preocupa esa familiaridad con el escocés.

El nombre la hizo levantar la cabeza.

—Tavish es primo de la cuñada de Cathaline y un viejo amigo de Ewan. Lo conoces desde hace tiempo.

—Sé cómo funcionan estos clanes escoceses... lo he visto en varias ocasiones desde que tu amiga decidió casarse con uno. Eso no significa que lo apruebe.

—Yo tampoco te he pedido que lo recibas en Londres.

—No es necesario que te pongas a la defensiva.

Eleanor apartó la mirada hacia la ventana, donde el cristal reflejaba una parte del fuego y la figura recta de su tía.

—Ha venido por los documentos de su abuela. Edward Hamilton le dijo que yo podría ayudarlo.

—Y no tengo nada que objetar a que le prestes esa ayuda. Pero lo he visto dirigirse a ti como si tuviera derecho a disponer de tus mañanas.

Eleanor volvió hacia ella.

—Solo me ha preguntado si iba a salir al jardín.

—No me refiero únicamente a las palabras.

El calor le subió al rostro. Detestó que su tía lo viera y que pudiera atribuirle un significado que ella no quería darle.

—Nunca me ha faltado al respeto.

—No he dicho que lo haya hecho.

Beatrice volvió a la mesa y recogió los papeles del viaje. Eleanor tuvo la impresión de que cualquier cosa que dijera acabaría convertida en una prueba de que necesitaba regresar.

—El señor MacKinnon volverá a su barco —continuó su tía—. Cathaline tiene su matrimonio y su casa. No puedes construir tus días alrededor de las atenciones que otros te conceden mientras están disponibles.

Eleanor bajó los ojos hacia sus manos. Hasta aquella tarde no había pensado en la facilidad con que podían desaparecer las conversaciones de la biblioteca.

Tavish se marcharía porque tenía que hacerlo, y ella lo sabía.

Lo que no había imaginado era que alguien pudiera hacerla sentir necia por haberlas disfrutado.

—No estoy esperando que nadie se ocupe de mí —aclaró ella, sintiendo como el nudo en la garganta se le hacía cada vez más grande—. Solo quiero permanecer aquí un poco más.

—Yo sí quiero ocuparme de ti. Y me gustaría que dejaras de tratarlo como una imposición.

Eleanor cerró los dedos sobre el borde de la repisa, sin poder controlar las lágrimas que le corrían por las mejillas.

—Has preparado un viaje sin preguntarme.

Beatrice la miró con cansancio.

—Porque soy responsable de ti. Cuando tu madre murió, me pidió que cuidara de su hija. Si levantara la cabeza y supiera que...

—¿Qué, tía? —la interrumpió Eleanor, avergonzada y furiosa—. ¿Que soy una deshonra?

Su tía guardó las hojas dentro del bolso. El cierre produjo un pequeño chasquido, definitivo en aquella habitación silenciosa.

—No puedo aprobar una decisión solo porque sea tuya.

Eleanor sostuvo su mirada a pesar de las lágrimas. Había muchas respuestas posibles; conocía algunas porque se las había dicho a su tía antes, cuando defender sus estudios o sus viajes terminaba en un disgusto y no en aquella sensación de tener que justificar que todavía quisiera algo.

—No te estoy pidiendo que la apruebes —respondió—. Te estoy pidiendo que no me trates como a una niña caprichosa.

Beatrice se quedó quieta. La preocupación de su rostro no desapareció, pero algo se endureció alrededor de su boca.