La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Llevaba el cabello castaño, discretamente salpicado de hebras plateadas, recogido bajo un sombrero de terciopelo oscuro.

Vestía con la elegancia sobria de una viuda acomodada que jamás habría permitido que el exceso de adornos sustituyera al buen gusto.

El viaje había dejado polvo en el bajo de su vestido y una arruga obstinada en la falda, pero conservaba la espalda erguida, el sombrero perfectamente colocado y aquella expresión de serena autoridad con la que acostumbraba a dar instrucciones sin necesidad de levantar la voz.

Al ver a Eleanor, dejó de observar el equipaje.

—Querida —La abrazó antes de que pudiera inclinarse para besarla.

Eleanor sintió el tejido del abrigo contra la mejilla y el perfume familiar que había acompañado tantos regresos.

Durante un instante se permitió descansar en aquel gesto sin preguntarse qué vendría después.

Beatrice se apartó lo suficiente para examinarle el rostro—. Estás más delgada.

—Estoy bien, tía.

—Eso me has escrito en todas tus cartas, querida, y de eso hace ya meses. Empiezo a temer que los Sinclair acaben arrepintiéndose de haberte ofrecido su hospitalidad. Por muy generosos que sean, no podemos abusar indefinidamente de su amabilidad.

Le acomodó un mechón junto a la sien con los dedos enguantados. Eleanor conocía aquel movimiento desde niña; todavía conseguía hacerla sentir cuidada, incluso cuando llegaba acompañado por una observación que no sabía cómo responder.

Cathaline se acercó a saludarla.

—Por favor, es un placer tener a su sobrina en nuestra casa, pero no sabíamos que usted venía. Habríamos enviado el carruaje a buscarla.

—No quería ocasionaros más molestias. He podido organizarlo todo por mi cuenta. —Beatrice le tomó ambas manos—. No sabes cuánto le agradezco que haya recibido a Eleanor durante tanto tiempo.

—Nos alegra tenerla aquí, es mi amiga.

—Ha sido muy generosa.

Cathaline mantuvo la sonrisa, aunque Eleanor reconoció la pequeña rigidez que apareció junto a su boca.

—No la considero una obligación, lady Beatrice.

Su tía asintió, como si ambas hubieran dicho exactamente lo mismo, y volvió la atención hacia Tavish.

—Señor MacKinnon. No esperaba encontrarlo en Blairmuir.

Él se inclinó con corrección.

—Lady Beatrice. Espero que el viaje no haya sido demasiado incómodo.

—Ha sido largo. Aunque empiezo a sospechar que en Escocia todas las distancias terminan siéndolo.

—El señor Sinclair insiste en vivir lejos de las personas que puedan llevarle la contraria.

—Entonces ha escogido mal a su esposa —intervino Cathaline. La observación consiguió una sonrisa de Beatrice. Eleanor sintió un alivio que duró hasta que su tía miró hacia los criados y añadió: —Mi equipaje es poco. No necesitaremos que se disponga nada para una estancia larga.

Eleanor volvió el rostro hacia ella, pero Cathaline ya estaba indicando a una doncella qué habitación debía preparar.

La conversación continuó entre mantas de viaje, una taza de té solicitada con educación y la llegada de Ewan, que recibió a lady Beatrice con una cordialidad algo desordenada porque todavía llevaba una manga manchada de barro.

Su tía la vio. Eleanor lo supo por la breve demora de sus ojos, aunque tuvo la prudencia de no mencionarla.

En el salón, Beatrice aceptó una butaca próxima al fuego.

Se quitó los guantes, preguntó por la familia de Cathaline y escuchó las noticias con una atención sincera.

Recordaba una carta de la duquesa de Hamilton, una petición de libros de Audrey y el nombre de una mujer a la que había prometido escribir.

Durante unos minutos, Eleanor reconoció a la tía que resolvía dificultades ajenas con una energía que siempre había admirado.

Después Beatrice le miró la mano.

—Tienes tinta.

Eleanor cerró ligeramente los dedos.

—Estaba trabajando cuando has llegado.

—Eso veo. ¿Seguís con los papeles de la familia del señor MacKinnon?

Tavish, que permanecía junto a una mesa, inclinó la cabeza.

—Su sobrina está poniendo orden donde varios MacKinnon no se molestaron en hacerlo.

—Eleanor siempre ha tenido facilidad para esas cosas. El problema es que no sabe dejar un trabajo a medias.

—Hoy hemos terminado antes de que oscurezca —respondió ella.

—Espero que no sea únicamente porque he llegado yo.

El tono era ligero. Eleanor habría sabido contestar de la misma manera unas semanas atrás, pero la réplica se le deshizo antes de alcanzar la boca. Levantó la taza y bebió, aunque el té estaba demasiado caliente.

Cathaline empezó a hablar de los paseos.

—El tiempo nos ha permitido salir bastante. Esta semana incluso hemos montado.

Beatrice dejó la cucharilla.

—¿Has vuelto a montar, Eleanor?

—Un poco. La yegua de Cathaline es muy tranquila.

—Eso habría sido algo conveniente que mencionaras en tus cartas.

Eleanor miró a su amiga antes de responder.

—No pensé que tuviera importancia.

—Por supuesto que la tiene. Necesitas descansar, no volver a imponerte esfuerzos antes de estar preparada.

—Los recorridos han sido cortos —intervino Cathaline—. Y nos acompaña un mozo.

Beatrice le dedicó una sonrisa agradecida.

—No dudo de que procuráis cuidarla. Pero Eleanor tiene la costumbre de parecer capaz de todo hasta que ya es demasiado tarde para evitar el cansancio.

Eleanor apoyó la taza sobre el plato con cuidado. Había sido agradable escuchar a Cathaline hablar del paseo como de cualquier otra mañana compartida. Ahora debía defenderlo, explicar cuánto habían tardado y demostrar que no había cometido otra imprudencia.

—Me sentó bien salir —dijo.

Su tía la observó un instante.

—Me alegro, querida. Solo digo que no conviene precipitarse.

La conversación volvió a los viajes y al estado de los caminos. Eleanor permaneció sentada, con la mancha de tinta oculta entre las manos.

Tavish conocía a mujeres que podían dirigir una casa, corregir a un sacerdote y conseguir que media docena de hombres cambiaran de opinión sin levantarse de una silla.

La abuela MacKinnon habría escuchado a lady Beatrice con interés y probablemente habría encontrado varias de sus costumbres dignas de aprobación.

Lo que no habría tolerado era que alguien hablara de Fiona como si Fiona no estuviera presente.

Durante la cena, Eleanor ocupaba el mismo lugar de las noches anteriores, pero Tavish tuvo la impresión de que la habían alejado varios pasos.

Apenas intervino cuando Ewan contó una discusión con su administrador.

Respondió con educación a una pregunta sobre los libros de la biblioteca y después dejó que su tía explicara cuánto le convenía descansar la vista.

Tavish la observó mientras retiraban los platos.

Llevaba un vestido claro y el cabello recogido de modo que quedaba visible la curva de su cuello.

Había pensado, al verla entrar, que tendría dificultades para concentrarse en la cena.

Ahora estaba empleando demasiada atención en averiguar por qué ella parecía necesitar permiso para mantener una conversación.

—¿Ha conseguido terminar sus asuntos en el puerto, señor MacKinnon? —preguntó Beatrice.

Tavish volvió la mirada hacia ella.

—La carga está casi preparada.

—Entonces supongo que regresará pronto a su barco.

—Cuando termine de reunirse lo que debemos transportar.

—Sus hombres tendrán que echarlo de menos.

Él dejó el vaso sobre el mantel.

—Calum conoce su trabajo. No lo habría puesto al frente si necesitara que le vigilase las manos todo el día.

Ewan disimuló una sonrisa inclinándose hacia su plato. Beatrice permaneció perfectamente serena.

—Es una suerte poder confiar tanto en el criterio de los demás —Tavish estuvo a punto de responder, pero Eleanor levantó los ojos hacia él.

No había una petición clara en su mirada; bastó, sin embargo, para que perdiera las ganas de prolongar aquella conversación.

Se volvió hacia ella—. Mañana tendré libres unas horas antes de ir al puerto.

Sinclair dice que desde el jardín del este se ve una parte de las tierras que todavía no conozco.

—Se ven mejor por la mañana —respondió Eleanor—. Por la tarde la luz queda detrás de los árboles.

—¿Saldrán a pasear entonces?

—Eleanor tiene bastante que hacer mañana —intervino Beatrice—. No conviene que se comprometa.

Tavish esperó. Eleanor había bajado la vista y estaba colocando la servilleta junto al plato con una precisión innecesaria.

—Le preguntaba a su sobrina, lady Beatrice.

La tía volvió hacia él su rostro tranquilo.

—Lo sé, señor MacKinnon. Pero hay asuntos que aún no hemos podido hablar.

—Podemos hablarlos después —dijo Eleanor, en voz baja.

Tavish la miró de inmediato. Beatrice también, aunque en su caso aquella atención contuvo algo que hizo que Eleanor apretara los dedos.

—Naturalmente, querida.

El silencio que siguió fue breve, pero Tavish lo sintió como una molestia física. Le habría gustado preguntar qué clase de obligación impedía decidir sobre un paseo por un jardín. También sabía que, si lo hacía, no sería él quien tuviera que soportar la conversación posterior.

Ewan dejó los cubiertos.

—Mañana tengo que revisar el muro de esa parte de la finca. Podremos ir juntos.

—No será necesario que cambiéis vuestros planes por nosotras —repuso Beatrice—. Ya os hemos alterado bastante la vida doméstica.

—Eleanor no nos altera nada —dijo Cathaline.

Lo dijo sin sonrisa, con la misma claridad que utilizaba cuando un criado confundía una instrucción. Tavish agradeció que no suavizara la frase.

Beatrice inclinó la cabeza.

—Habéis sido muy buenos con ella. Pero no debemos olvidar que tiene una casa en Inglaterra y personas que se preocupan.

Eleanor se quedó quieta.

Tavish volvió a mirarla. La conocía lo suficiente para recordar lo que habría hecho con una observación semejante durante sus primeros encuentros: levantar la barbilla, señalar una contradicción y obligar a quien la había formulado a explicarse mejor.

Ahora permanecía sentada mientras otros discutían dónde debía estar.

—Precisamente por eso nos alegra verla aquí —respondió Ewan—. Puede quedarse cuanto desee.