Capítulo 4
Eleanor no había conseguido decir nada más después de aquella frase.
Se quedó junto a la puerta de las caballerizas, con la mano apoyada en la piedra y la impresión de haber permitido que Tavish se acercara a algo que llevaba demasiado tiempo ocultando.
Él dejó de moverse al escucharla. Durante unos segundos, la observó con una seriedad que le hizo lamentar sus palabras, aunque no porque encontrara desprecio en su rostro.
—No puedo explicárselo ahora —añadió, antes de que él preguntara.
Tavish bajó la vista hacia los guantes que sostenía. Los dobló una vez, con más fuerza de la necesaria, y después se apartó del camino.
—Entonces vaya a cambiarse. Sinclair ha prometido dejarme sin comida si vuelvo a llegar tarde, y no pienso permitir que cumpla una amenaza tan miserable.
La salida fue lo bastante torpe para que Eleanor comprendiera el esfuerzo que había hecho. No sonrió, pero consiguió mirarlo antes de entrar en la casa.
A la mañana siguiente esperaba encontrar alguna consecuencia de lo que le había dicho: una cautela nueva, una pregunta que él hubiera preparado durante la noche o aquel cuidado excesivo que acababa haciendo más difícil cualquier conversación.
Tavish, sin embargo, había salido hacia el puerto antes de que amaneciera.
En su lugar encontró a Ewan quejándose de que el capitán le hubiera pedido un caballo a una hora en la que ningún animal decente debería estar despierto.
—Tú le dijiste que podía disponer de las caballerizas —le recordó Cathaline.
—Pensaba que entendería que la invitación incluía ciertas horas.
Eleanor escuchó la discusión mientras se servía el té. Hasta entonces no había reparado en que llevaba varios minutos prestando atención a los pasos del pasillo.
El trabajo de Tavish empezó a ordenar, sin que nadie lo hubiera decidido, una parte de los días de Blairmuir.
Algunas mañanas estaba ya en el comedor cuando Eleanor bajaba; otras regresaba del puerto a media tarde, con barro en las botas, noticias de Calum y poca paciencia para cualquier asunto que lo obligara a permanecer sentado.
Había una carga pendiente de completar y mercancías que debían quedar a resguardo antes de que empeorara el tiempo.
Tavish iba, comprobaba, discutía lo necesario y volvía cuando sus hombres ya no lo necesitaban allí.
No trataba sus obligaciones como una excusa que debiera ofrecerle a nadie.
Eleanor lo oyó rechazar una propuesta de Ewan para prolongar un paseo porque había prometido estar en el puerto antes de que descargaran unos barriles.
Al día siguiente llegó más tarde de lo previsto y preguntó por una carta de Calum antes incluso de quitarse el abrigo.
Aquella vida, que seguía existiendo cuando él salía de la habitación, le resultaba extrañamente tranquilizadora. No tenía que llenar todos sus silencios ni sentirse responsable de que encontrara agradable su estancia.
En la biblioteca trabajaban con Cathaline cerca, ocupada en sus cartas o en una labor que avanzaba menos de lo que ella pretendía.
Tavish empezó sentándose frente a Eleanor, al otro lado de la mesa.
Al cabo de dos tardes había descubierto qué hojas podía tocar, cuáles debía dejar donde estaban y qué significaba que ella levantara un dedo sin apartar los ojos de un documento.
Los papeles avanzaban despacio, sin prodigios.
Eleanor distinguió una anotación añadida mucho después que el resto y separó dos nombres que Edward había copiado como si pertenecieran a la misma persona.
Tavish escuchó la explicación con verdadero interés, aunque poco después quiso saber si aquella corrección aumentaba sus posibilidades de heredar algo.
—Aumenta las de no atribuirle un marido equivocado a una mujer que lleva siglos enterrada.
—Una consideración que sin duda apreciaría.
—Más que su interés por sus propiedades.
—No puede reprochármelo. Apenas me ha permitido conocerla.
Había tardes en que aquella conversación ocupaba más tiempo que el trabajo.
Eleanor lo veía mirar el reloj y encontrar menos anotaciones de las que había previsto.
Tavish no parecía considerar aquello un fracaso.
Recogía sus copias, se guardaba la hoja donde apuntaba lo que debía preguntar en Eilean Ròs y se marchaba con la satisfacción de un hombre que había conseguido cuanto esperaba de la visita.
Salieron de nuevo a caballo una mañana en que Cathaline pudo acompañarlos.
Rob iba detrás y el recorrido fue más corto.
Tavish discutió con su anfitriona sobre la manera en que Ewan había hecho reparar una cerca, perdió la discusión cuando Eleanor se puso de parte de su amiga y anunció que no volvería a salir con dos inglesas al mismo tiempo.
—Una sola le ha parecido suficiente otras veces —observó Cathaline.
Eleanor concentró su atención en las riendas. Tavish no contestó enseguida, lo que resultó más incómodo que cualquier réplica.
—Todavía estoy calculando el perjuicio —dijo al fin.
No llegaron hasta el arroyo. Al aproximarse a la bifurcación, Eleanor escogió otro camino y nadie le pidió explicaciones. Pudo disfrutar del aire, de la conversación y de la satisfacción mezquina de oír a Tavish reconocer que también aquel sendero era mejor de lo que esperaba.
Por las noches seguía comprobando el pestillo.
Una vez se levantó cuando ya había apagado la lámpara y tuvo que encenderla de nuevo para convencerse de que la puerta estaba cerrada.
A la mañana siguiente le costó terminar el desayuno y pasó un buen rato mirando una página que no conseguía comprender.
Sin embargo, aquella misma tarde discutió con Tavish sobre el nombre de un puerto y, cuando él se marchó, descubrió que tenía hambre.
Cathaline se dio cuenta antes que ella.
—Pediré que adelanten un poco la cena —dijo, guardando su labor.
—No hace falta cambiar nada por mí.
—No lo hago por ti. Ewan ha salido sin comer lo suficiente y volverá convencido de que estamos intentando matarlo de hambre, ya sabes como son los escoceses con el tema de la comida.
Eleanor aceptó la explicación. Le resultaba más fácil hacerlo que agradecer otra vez que su amiga conociera la diferencia entre atenderla y vigilarla.
La tarde en que llegó lady Beatrice Harcourt, Eleanor tenía una mancha de tinta en el dedo y Tavish estaba culpándola de haberle hecho escribir dos veces la misma carta.
Lady Beatrice era hermana de la difunta madre de Eleanor y llevaba años ocupándose de su educación, su bienestar y todos aquellos asuntos que, a su juicio, una joven de buena familia no debía resolver sin el consejo de una persona experimentada.
La había querido y protegido desde una temprana edad, aunque su afecto venía acompañado de una autoridad que rara vez admitía discusiones.
Eleanor conocía bien aquella mezcla de ternura y firmeza, y también lo difícil que resultaba contrariar a una mujer convencida de que cualquier decisión tomada sin consultarla acabaría siendo un error.
—Le pedí que copiara el nombre exactamente.
—Eso hice —se excusó Tavish.
—Le faltaba una letra.
—A la persona que va a recibirla le sobran años de trato con mi familia para saber a quién me refiero.
Eleanor dejó la pluma y acercó ambas hojas.
—En una pregunta sobre un nombre, escribir bien el nombre puede resultar útil.
Tavish se inclinó para examinarlas. Se había quitado la chaqueta porque venía de ayudar a Ewan a mover un mueble que la señora Grant había decidido trasladar antes de encender el fuego.
Las mangas de la camisa dejaban visibles las muñecas y una pequeña rozadura junto al pulgar.
Eleanor siguió el movimiento de su mano al recoger la carta y apartó los ojos cuando comprendió que había dejado de prestar atención a su propia corrección.
—Edward habría disfrutado mucho de esta tarde —dijo él.
—Edward habría copiado bien la primera vez.
Tavish la miró con una ofensa tan deliberada que ella no pudo contener la risa. Cathaline levantó la cabeza desde su escritorio y sonrió antes de volver a la carta que estaba leyendo.
Fue entonces cuando se oyeron las ruedas.
Al principio, Eleanor apenas reparó en ellas.
Blairmuir recibía visitas con frecuencia, especialmente de Malcolm Sinclair, duque de Glenmuir, y su esposa, Audrey, así como de Richard Hamilton y Elspeth, que acostumbraban a pasar algunas jornadas en compañía de Ewan y Cathaline.
El ir y venir de familiares, carruajes y criados formaba parte de la vida cotidiana de la residencia, de modo que aquel ruido no tenía por qué interrumpir una conversación.
Cathaline se acercó a la ventana mientras Tavish recogía sus hojas.
—No esperaba a nadie esta tarde —Eleanor levantó los ojos. Vio cambiar la expresión de su amiga antes de que esta se girara hacia ella—. Es tu tía.
Dejó la pluma sobre la mesa. Por un instante sintió únicamente la sorpresa y el impulso de llegar a la puerta antes de que Beatrice descendiera del carruaje.
Hacía meses que no la veía. Había leído tantas veces sus últimas cartas que algunas frases le venían a la memoria con la voz exacta de su tía, y ahora esa voz estaba allí, dando instrucciones al cochero al otro lado de la ventana.
Después recordó que no la había invitado.
Cathaline le tocó brevemente el codo.
—Vamos a recibirla.
Eleanor se levantó, se alisó la falda y descubrió la mancha de tinta. Intentó retirarla con el pañuelo mientras avanzaban hacia el vestíbulo, sin conseguir otra cosa que extenderla un poco. Tavish las siguió después de ponerse la chaqueta.
Lady Beatrice Harcourt esperaba al pie de la escalinata mientras un criado recogía su bolso. Era una mujer delgada, de unos cincuenta y cinco años, con el rostro alargado, facciones finas y unos ojos grises que rara vez dejaban escapar un detalle.