Capítulo 3 #4
Durante el primer tramo avanzaron casi sin hablar.
Tavish tuvo que contener varias veces el impulso de preguntarle cómo se encontraba.
Le habría gustado que lo insultara por alguna razón, que lo acusara de llevar el caballo demasiado cerca o de haber elegido mal el paso.
Cualquier cosa habría sido preferible a verla tan concentrada en comportarse como si nada hubiera ocurrido.
Al llegar a un cruce, Eleanor señaló el sendero que bordeaba el muro.
—Por ahí evitaremos los hundimientos hechos por la lluvia.
Tavish hizo girar su montura.
—Voy a tener dificultades para explicarle a Sinclair que ha vuelto a equivocarse.
Eleanor dejó escapar una respiración que se parecía lo suficiente a una risa para cambiarle el ánimo durante unos segundos.
Tavish se permitió observarla con menos disimulo: un mechón rubio se había soltado junto a la oreja, tenía el guante manchado de tierra y sostenía las riendas con una firmeza que había tardado demasiado en recuperar.
Era guapa hasta decir basta.
Y seguía queriendo estar allí con ella.
Le irritó descubrir que una parte de Eleanor pudiera pensar lo contrario.
—No tiene que acompañarme hasta la casa —dijo ella poco después—. Puede terminar el recorrido que quería hacer.
Tavish la miró.
—¿Está intentando librarse de mí?
—No. Solo digo que su paseo no tiene por qué terminar porque yo...
Se interrumpió antes de completar la frase. Él esperó un momento y después aflojó las riendas cuando su caballo intentó adelantar a la yegua.
—Yo he salido con usted. Los árboles seguirán allí mañana.
Eleanor apretó los labios, y se quedó callada.
Al pasar junto a una abertura del muro, miró hacia Blairmuir con tanta atención que Tavish comprendió que la casa no representaba únicamente el final del camino.
Allí, por algún motivo, ella había encontrado un refugio lejos de su tía que vivía en Londres.
No volvió a mencionar el paseo. Le habló de un caballo que había pertenecido a un hombre de Eilean Ròs y que aprendió a desatar el nudo de su propia cuerda; Eleanor lo escuchó con una desconfianza que le resultó agradable recuperar.
—Está exagerando.
—Solo en las partes que no pude presenciar.
—Entonces no debería presentarlas como hechos.
—Ahora empieza usted a parecerse a Edward Hamilton.
—Por algo hemos estudiado materias similares, aunque en lugares distintos.
Tavish volvió la cabeza hacia ella con verdadero interés.
—¿Y cómo consiguió una dama inglesa que le permitieran estudiar algo más que francés, música y buenos modales?
—Con bastante dificultad, se lo aseguro. Mi tía Beatrice consideraba que una educación demasiado extensa podía resultar perjudicial para las perspectivas matrimoniales de una joven.
—Una desgracia. Imagino que los pretendientes salían huyendo en cuanto descubría que sabía leer.
Eleanor soltó una risa.
—Mi padre opinaba de otra manera. Siempre alentó mi curiosidad y destinó una parte considerable de su fortuna a que pudiera continuar mis estudios.
Mi tía nunca estuvo de acuerdo, por supuesto.
Intentó convencerlo de que una joven de mi posición tenía asuntos más importantes de los que ocuparse, pero, gracias a Dios, mi padre jamás compartió esa opinión.
—¿Y qué estudió exactamente?
—Historia, latín, genealogía y paleografía, entre otras materias. Tuve varias profesoras y acceso a bibliotecas y archivos que difícilmente habría conocido de otro modo.
—Ahora comprendo por qué Edward la recomendó para investigar los papeles de mi abuela.
—¿Antes pensaba que me había escogido por mi agradable conversación?
Tavish la miró de reojo, con una sonrisa que Eleanor empezaba a reconocer demasiado bien.
—No, milady. Si Edward buscara una conversación agradable, habría elegido a otra persona.
—Qué considerado por su parte.
—Aunque debo reconocer que empieza a gustarme discutir con usted.
Eleanor procuró mantener una expresión indiferente, pero la sonrisa que apareció en sus labios terminó por traicionarla.
—Entonces debería preocuparse, señor MacKinnon. Todavía no he empezado a esforzarme.
Entraron en el patio cuando faltaba poco para el mediodía.
Un carro esperaba cerca de las cocinas y dos criados descargaban cestas bajo las indicaciones de la señora Grant.
La normalidad del movimiento hizo que Eleanor enderezara la espalda.
Tavish desmontó y dejó que Rob se ocupara de la yegua mientras ella bajaba.
Cathaline apareció por la puerta lateral con un papel en la mano.
—Empezaba a pensar que os habíais entretenido discutiendo con todo el vecindario.
—Su amiga ha reservado sus opiniones para mí —respondió Tavish—. No me ha parecido generoso hacerlas compartir.
Eleanor le dirigió una mirada que conservaba suficiente mordacidad para satisfacerlo.
—Hemos llegado hasta el arroyo —explicó—. El camino está mejor de lo que esperábamos.
Cathaline miró la mancha del guante, pero no hizo ningún comentario. Se limitó a ofrecerle su brazo mientras hablaba de un almuerzo que la cocinera se negaba a retrasar, por muchas visitas que hubiera en la casa.
—Subiré enseguida —dijo Eleanor—. Primero quiero dejar la fusta.
Cathaline aceptó la explicación y regresó al interior para entregar el papel a la señora Grant. Tavish se quedó junto a la puerta de las caballerizas, quitándose los guantes, mientras Eleanor acariciaba brevemente el cuello de la yegua antes de que Rob se la llevara.
Cuando estuvieron fuera del alcance de los demás, ella se giró.
—Le agradecería que no hablara con Cathaline de lo que ha ocurrido.
Tavish dejó de tirar del guante.
—No pensaba hacerlo.
—Sé que se conocen desde hace tiempo y que podría parecerle razonable...
—He salido a montar con usted, no a recoger noticias para su amiga.
La respuesta fue más seca de lo que pretendía, aunque Eleanor no retrocedió. Se quedó frente a él con la fusta sujeta entre ambas manos. Tavish vio que intentaba encontrar otra frase y resistió la impaciencia de ofrecerle una para que terminara de una vez.
—No quisiera que este paseo cambiara lo que piensa de mí —dijo ella finalmente.
Él la observó. Tenía el rostro descubierto bajo el ala del sombrero y lo miraba con una franqueza que no había utilizado en toda la mañana.
Tavish recordó el instante junto al arroyo en que habría podido seguir provocándola solo para verla reír, y sintió que el mal humor volvía a tensarle los hombros.
—Ha cambiado algunas cosas —Eleanor perdió la poca serenidad que había conseguido reunir.
Él terminó de quitarse el guante antes de continuar—.
Monta mejor de lo que esperaba, conoce caminos que Sinclair ignora y le guarda rencor a un guía de los Pirineos porque no le consiguió una cena.
Tendré que tenerlo en cuenta cuando vuelva a invitarla a algún sitio.
Ella lo miró unos segundos, sin decidirse a aceptar la salida que acababa de ofrecerle.
—Sabe que no estoy hablando de eso.
—También sé que, desde lo ocurrido junto al arroyo, lleva usted intentando convencerme de que no se asustó cuando la tomé en brazos.
Eleanor abrió ligeramente los labios. Tavish se acercó solo lo necesario para dejar sus guantes sobre el alféizar y volvió a quedarse donde estaba.
—No he lamentado salir con usted —añadió él—. Procure no decidirlo por mí.
El ruido de una rueda sobre las piedras llegó desde el otro extremo del patio. Eleanor volvió la cabeza, pero ya no parecía estar buscando una excusa para marcharse. Tavish la vio apretar los dedos alrededor de la fusta y después aflojarlos despacio.
—Pensé que ya no querría volver a hacerlo —admitió ella.
Aquello le produjo un enfado tan inmediato que tuvo que escoger la respuesta.
—Pues tendrá que encontrar otra razón para librarse de mi compañía. Esa no va a servirle.
Eleanor bajó los ojos y él la vio sonrojarse. Le gustó demasiado, incluso en medio de la preocupación, y no intentó ocultarlo cuando ella volvió a mirarlo.
Durante unos instantes pareció que iba a contestarle con una de sus observaciones mordaces. Tavish la esperó, dispuesto a aceptar cualquier insolencia que quisiera dedicarle. Sin embargo, Eleanor se volvió hacia la puerta por la que Cathaline había desaparecido y dio un paso.
Él recogió sus guantes, convencido de que la conversación había terminado.
—Tavish —Se detuvo al escuchar su nombre.
Eleanor también parecía sorprendida de haberlo pronunciado; mantenía una mano sobre la piedra junto a la puerta y tenía la respiración un poco más rápida.
No había nadie lo bastante cerca para oírlos, aunque ella miró una vez hacia el patio antes de reunir el valor para continuar—.
Cuando le dije que no podía subir a un barco, no era porque tuviera miedo de ahogarme.