La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 3 #3
11%

Capítulo 3 #3

—Estaba decidiendo si preguntarle por ese guía de los Pirineos. Me está resultando bastante desagradable que haya tenido la oportunidad de discutir con usted durante un viaje entero.

La sorpresa le arrancó una risa breve. Eleanor bajó la mirada, consciente del calor de sus mejillas y del impulso, absurdo pero muy vivo, de prolongar aquel momento.

—Era un hombre casado, señor MacKinnon.

—Eso no contesta a lo que me preocupa.

—No recuerdo que haya formulado una pregunta.

—Todavía estoy decidiendo hasta dónde puedo permitirme llegar.

Eleanor levantó los ojos. Tavish no se había acercado más, pero la distancia entre ambos parecía haber cambiado.

Le gustaba la manera en que la miraba, sin disimular que encontraba algo en ella que deseaba seguir observando.

Se quedó allí un segundo de más, sintiendo el pulso bajo el cuello del vestido.

Después dio un paso para rodear una piedra que sobresalía del camino.

El borde estaba cubierto de una película de verdín que no había visto. La suela resbaló, el pie se le fue hacia el lado del muro y Eleanor intentó recuperar el equilibrio con la mano ocupada por la falda.

Tavish reaccionó antes de que pudiera caerse.

Un brazo se cerró alrededor de su cintura mientras la otra mano le sujetaba el brazo. La apartó del canto de piedra y la sostuvo contra su pecho con la fuerza necesaria para impedir que se hiciera daño.

Eleanor sintió la presión antes de reconocerlo.

La lana de su chaqueta quedó junto a su rostro, el brazo masculino no le permitía retroceder y, durante un instante, dejó de saber dónde apoyar los pies.

El ruido del arroyo pareció alejarse. Había aire, había luz entre los árboles, pero no conseguía levantar la cabeza lo suficiente para encontrarlos.

Intentó apartarlo con la mano libre.

—Suélteme, por favor.

Tavish ya estaba aflojando el brazo cuando terminó de decirlo. En cuanto sus botas quedaron firmes sobre el camino, la soltó y retrocedió.

—¿Le he hecho daño?

Eleanor alcanzó el muro con la palma. La piedra estaba fría y áspera bajo el guante; apretó contra ella hasta notar el borde de una costura en los dedos. Tavish permanecía a un lado, sin tocarla, y aun así tardó en comprender que podía moverse.

Él volvió a decir su nombre. Eleanor levantó la vista y encontró el cabello rojizo, el tartán, los ojos avellana que la observaban con una inquietud desconocida. Se aferró a aquellos detalles mientras intentaba responder.

—No me he hecho daño.

La voz no consiguió sobreponerse al agua.

Rob se acercó unos pasos.

—¿Se ha torcido el tobillo, milady?

Eleanor negó antes de poder hablar. Le costaba sostenerse sin agarrarse al muro, pero no había dolor en el pie. Eso empeoraba la vergüenza. No podía señalar una herida ni ofrecer una explicación que justificara las manos que le temblaban.

—Ha sido la piedra —dijo finalmente—. He pisado mal.

El muchacho miró el verdín y asintió. Tavish no se volvió hacia él; seguía observándola, y Eleanor deseó que dejara de hacerlo al mismo tiempo que temía lo que pudiera encontrar en su cara cuando apartara la mirada.

Había estado riéndose unos instantes antes. Recordaba haber querido que él continuara hablando de aquella manera, que siguiera mirándola con una franqueza que la hacía sentirse hermosa. Ahora necesitaba reunir todo el valor del que era capaz para separar los dedos de la piedra.

Tavish había sujetado a hombres a punto de caer de una cubierta y a muchachos que perdían pie sobre un muelle. Conocía el sobresalto, la respiración entrecortada después del peligro y la violencia con que algunas personas se aferraban a quien las había alcanzado.

Eleanor había intentado librarse de él.

Al principio pensó que le había hecho daño.

Miró la mano que había cerrado sobre su brazo, recordando la rapidez del movimiento, y estuvo a punto de preguntarle otra vez si sentía dolor.

Entonces ella volvió a encogerse ligeramente cuando desplazó el peso de una pierna a la otra, aunque él seguía a más de un paso.

Dejó los brazos junto al cuerpo.

No encontraba una explicación que le permitiera ver aquel gesto sin enfadarse.

Eleanor había estado a gusto con él; lo sabía por sus respuestas, por aquella risa y por la forma en que le había sostenido la mirada junto al arroyo.

No podía confundirlo con la cortesía de la tarde anterior.

Lo que acababa de ocurrir había empezado en el instante en que sus brazos se cerraron alrededor de ella.

Pensó de nuevo en el muelle, en Cathaline permaneciendo junto a su butaca, en la atención con que Eleanor vigilaba una puerta.

La sospecha le produjo una rabia seca. Quería estar equivocado, pero cada vez le resultaba más difícil creer que aquel miedo no tuviera que ver con alguien que la hubiera hecho sentirse indefensa.

—Volvemos a Blairmuir —resolvió él.

Eleanor levantó el rostro.

—Necesito sentarme un momento.

—En la casa estará más cómoda.

Ella lo miró con un cansancio que consiguió detenerlo antes de que se girara para llamar a Rob.

—No voy a subir a la yegua con las manos así, señor MacKinnon.

Tavish bajó los ojos hacia sus dedos temblorosos y se mordió la respuesta. Tenía razón; lo había visto desde el principio y, aun así, acababa de intentar resolverlo dando una orden. Se apartó del extremo más ancho del muro para dejarle sitio.

Eleanor se sentó con cuidado. Él recogió la fusta que había caído al suelo y la dejó sobre la piedra, a su alcance. Después indicó a Rob que mantuviera los caballos en el claro.

Durante un rato se oyó únicamente el agua y el roce de una rama contra otra.

Tavish permaneció de pie a un paso de ella con los brazos cruzados y con la mandíbula tan tensa que empezaba a dolerle.

Le habría resultado mucho más fácil soportar la incertidumbre si tuviera algo que hacer con las manos, pero no había ninguna cuerda que ajustar ni un hombre al que exigir una respuesta.

—No quería... —Eleanor dejó la frase y se quitó un guante con dificultad—. Usted solo estaba intentando evitar que me cayera.

—Y me alegro de haber llegado a tiempo.

Ella mantuvo la vista en el guante. Lo dobló sin necesidad, deshizo el doblez y se quedó con él entre los dedos.

—Ya lo sé. Yo no tenía motivos para reaccionar de esa manera.

Tavish miró hacia los caballos antes de responder. La idea de que estuviera allí, disculpándose con él mientras todavía le temblaban las manos, terminó de arruinarle el humor.

—No le estoy pidiendo explicaciones —Eleanor se encogió ligeramente al oír su voz. Tavish soltó el aire y se pasó una mano por la nuca, irritado consigo mismo—. No estoy enfadado con usted, Eleanor.

Ella levantó la cabeza al escuchar su nombre. Lo observó durante unos segundos, como si necesitara comprobar algo que sus palabras no bastaban para asegurar.

—Lo parece.

—Tengo la mala costumbre de que se me note el mal humor aunque intente comportarme.

No consiguió hacerla sonreír. Tampoco lo había esperado del todo. Eleanor volvió al guante y él resistió el impulso de acercarse para ayudarla cuando no logró introducir los dedos a la primera.

Quería preguntar quién la había asustado de aquel modo.

La pregunta tenía una sencillez tentadora; bastaría con pronunciarla y obligar al silencio a terminar.

Sin embargo, no sabía si tenía derecho siquiera a pensar que había comprendido algo.

Eleanor todavía estaba tratando de recuperar el dominio de sus manos, y no iba a ser él quien utilizara aquella dificultad para obtener una respuesta.

Se apoyó en el muro, a cierta distancia y con bastante mal humor. Desde allí podía verla sin permanecer frente a ella como si esperara una confesión.

—Rob dice que podemos regresar por el camino bajo —comentó—. No tendremos que volver a subir.

Eleanor asintió. Pasaron unos minutos antes de que consiguiera abrocharse el guante; después se alisó la falda sobre las rodillas y buscó la fusta.

Tavish se la acercó por la piedra.

—No tiene que hacer eso —murmuró ella.

Él dejó la mano donde estaba.

—¿Acercarle una fusta?

Eleanor cerró los dedos sobre la empuñadura. Había recuperado algo de color, aunque no el suficiente para tranquilizarlo.

—No tiene que tener cuidado con todo.

La protesta le devolvió una irritación más reconocible, casi un alivio. Tavish se incorporó del muro.

—Pues tendrá que tolerar alguna torpeza. No se me da especialmente bien quedarme sin saber qué hacer.

Ella lo miró y, por primera vez desde el resbalón, no apartó los ojos enseguida.

—Eso resulta difícil de imaginar.

—No lo divulgue. He dedicado bastante tiempo a que la gente piense lo contrario.

Eleanor bajó la mirada hacia su falda. No llegó a sonreír, pero el esfuerzo que tensaba su boca cambió lo suficiente para que Tavish dejara de sentir la necesidad de romper algo.

Se quedó a su lado sin hablar mientras ella terminaba de recomponerse. A unos pasos, la yegua arrancaba hojas de una rama baja con la obstinación de quien no tenía ninguna intención de apresurarse. Rob la apartó y recibió a cambio un movimiento de cabeza que lo obligó a sujetar mejor las riendas.

—Su anfitrión tenía razón respecto al carácter de esa montura —observó Tavish.

Esta vez hubo un pequeño movimiento en la comisura de sus labios. Tavish no lo señaló ni trató de obtener otro.

Cuando Eleanor se puso de pie, mantuvo las manos quietas. La vio comprobar el apoyo de la bota y levantar después la cabeza hacia los caballos.

—Ahora sí me gustaría regresar.

Tavish se apartó para que pudiera pasar y caminó a su lado hasta el claro. Rob acercó la yegua al escalón más seco; Eleanor montó despacio, pero sin dificultades. Él esperó a que estuviera acomodada antes de subir a su caballo.