La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Durante un trecho cabalgaron en silencio.

A ambos lados se extendían prados delimitados por muros bajos; más arriba, el terreno se volvía irregular y las primeras manchas de bosque ocupaban las laderas.

El aire olía a hierba húmeda y a tierra removida.

Una ráfaga hizo temblar las hojas de los abedules cuando alcanzaron la bifurcación.

Eleanor detuvo a la yegua y señaló el camino de la izquierda.

—Todavía está a tiempo de seguir las indicaciones de su anfitrión.

Tavish examinó el camino de la derecha, donde las huellas de un carro habían dejado dos surcos llenos de agua.

—Eso le proporcionaría demasiado placer.

—No descarte sus decisiones por ese motivo. Se privaría de muchas oportunidades de equivocarse.

Él hizo girar su caballo.

—Pase usted, milady. Procuraré que mi rendición no retrase el paseo.

La pendiente los obligó a avanzar de uno en uno.

Eleanor aflojó ligeramente las riendas y permitió que la yegua escogiera dónde apoyar las patas entre las raíces.

Al levantar la vista encontró una franja de cielo más amplia, y se descubrió deseando llegar arriba antes de que las nubes volvieran a cubrirla.

Tavish la alcanzó cuando el camino se ensanchó.

—No necesita mucha ayuda.

Ella tardó un momento en comprender que hablaba de la yegua.

—Suele bastar con no molestarla.

—Una opinión poco favorable para su jinete.

—Al contrario. Saber cuándo conviene dejar de intervenir es una habilidad bastante escasa.

—Empiezo a sospechar que ha salido únicamente para decirme cosas desagradables.

Eleanor giró el rostro hacia él.

—Podría haberlo hecho en el comedor. No necesitaba vestirme para la ocasión.

La mirada de Tavish descendió un instante hasta el cuello de terciopelo del traje y regresó a sus ojos con una lentitud que no tenía nada de distraída.

—Me alegro de que se haya tomado la molestia, lady Eleanor.

Eleanor apretó las riendas más de lo necesario. La yegua protestó moviendo la cabeza, y ella aflojó los dedos enseguida, irritada por haber permitido que un comentario tan sencillo alterara sus manos.

Al alcanzar la parte alta del camino, el paisaje se abrió sobre los campos. Blairmuir parecía más pequeño desde allí, recogido entre los árboles y las dependencias de la finca. Eleanor se detuvo para mirarlo y Tavish hizo lo mismo, con el caballo vuelto hacia la ladera.

—Aquí venía con Cathaline —explicó ella—. Aseguraba que desde esta distancia podía fingir que no tenía nada que atender en la casa.

—Me sorprende que no trajera una silla y se quedara.

—Ewan solía venir a buscarla.

Tavish sonrió y se acomodó en la montura.

Eleanor observó sus manos sobre las riendas, la seguridad con que detenía al caballo cuando este intentaba alcanzar unas hojas.

No había en él nada de la elegancia cuidadosamente practicada de los hombres con los que había montado en Inglaterra.

Parecía cómodo porque conocía lo que estaba haciendo, no porque hubiera aprendido a dar una imagen elegante de él.

—¿Siempre mira así cuando está decidiendo qué opina de alguien? —preguntó él.

Eleanor levantó los ojos demasiado deprisa.

—Estaba observando al caballo.

—Entonces debería bajar un poco la mirada. Mi cara queda bastante lejos de sus orejas.

Ella giró la cabeza hacia los campos, pero no consiguió impedir que se le calentaran las mejillas. Tavish no añadió nada. Su silencio tenía una satisfacción que resultaba mucho más irritante que cualquier comentario.

Continuaron por la loma hasta encontrar el camino que descendía hacia el bosque. Allí, una rama baja obligó a Eleanor a inclinarse sobre el cuello de la yegua.

—En un camino de los Pirineos, en España, tuve que hacer eso durante casi una hora —dijo al incorporarse—. El guía insistía en que faltaba muy poco para llegar a la posada.

Tavish la miró con interés.

—¿Y faltaba?

—Lo que él consideraba poco y lo que considerábamos nosotros eran cosas distintas. Al llegar, descubrimos que habían preparado las camas, pero no la cena.

—Habría preferido que lo hicieran al revés.

—Eso mismo opiné yo.

Él se rio y Eleanor empezó a contarle cómo habían terminado comiendo en la cocina, todavía con las botas embarradas, mientras la dueña de la posada discutía con el guía por haberlos llevado por un paso equivocado.

Recordaba el calor del hogar, una olla demasiado grande para la mesa y el placer de quitarse por fin los guantes húmedos.

Habló más de lo que había previsto.

Tavish quiso saber qué había ido a buscar allí.

—El camino —respondió ella—. Viajaba con unos conocidos que pretendían atravesarlo todo en carruaje. Me cansé de mirar las montañas desde una ventanilla.

—Eso parece bastante sensato.

—Mi tía no habría estado de acuerdo.

—Empiezo a comprender por qué me interesa tanto su opinión.

Eleanor sonrió y señaló con la fusta una abertura entre los árboles.

—Por allí se baja al arroyo.

—¿También lo ha comprobado personalmente?

—Sí, aunque lamento decirle que no hay ninguna posada al final.

—Un defecto importante. Tendrá que ofrecerme otra compensación.

El comentario la hizo girarse. Tavish la observaba con aquella expresión entre divertida y expectante que recordaba de sus primeros encuentros, y durante unos instantes Eleanor supo exactamente qué habría querido contestarle.

La respuesta se quedó cerca, casi al alcance, antes de que bajara los ojos hacia las riendas.

Él aguardó un momento y después dirigió su caballo hacia el sendero.

No hizo falta que dijera nada más para que Eleanor quisiera recuperar la conversación.

—¿De verdad espera encontrar algo que cambie su vida en esos papeles?

Tavish volvió la cabeza.

—Me conformaría con un antepasado que hubiera tenido la prudencia de esconder una buena cantidad de dinero.

—Me temo que para eso necesitaríamos otro tipo de documentos.

—Entonces tendré que seguir trabajando.

La broma no consiguió apartar la pregunta. Eleanor mantuvo la yegua a su altura mientras dejaban atrás una zona de raíces.

—Ayer me explicó por qué quería saber más de su abuela. Pero también habló de su familia como si hubiera cosas que todavía no supiera dónde colocar.

Tavish pasó el pulgar por una costura de las riendas. Tardó lo suficiente en responder para que ella pensara en cambiar de asunto, aunque finalmente fue él quien volvió a mirarla.

—Nunca dudé de que fuera un MacKinnon. Me crié en la casa del jefe de mi clan, junto a Fiona, y nadie me hizo sentir que estuviera allí de prestado. Siempre supe que algo de aquello también me pertenecía. Lo que no sabía era qué iba a hacer yo allí.

—Y encontró el barco.

—En el barco sé cuál es mi sitio. Los hombres no me obedecen por ser pariente de nadie; me obedecen porque esperan que consiga llevarlos de vuelta.

Eleanor asintió. Lo había visto sobre los mapas, corrigiendo una ruta y calculando distancias con una concentración que entonces la sorprendió. Ahora le parecía extraño haber necesitado aquellas pruebas para reconocer su capacidad.

—Pero eso no responde a las otras preguntas —dijo ella, clavando sus ojos verdes en él.

—No. Cuando alguien me pregunta por mi familia, puedo contarle la vida de Fiona o la de su tío.

De los años anteriores a mi llegada apenas tengo nada.

Mi abuela conservó esos papeles durante mucho tiempo y, cuando los encontré, me di cuenta de que ni siquiera sabía por qué eran importantes para ella.

El caballo sacudió la cabeza. Tavish ajustó las riendas y continuó con menos soltura:

—No espero que aparezca una propiedad que deba reclamar ni que usted me encuentre parientes más ilustres. Me gustaría saber algo de ella que no termine siempre en que murió cuando yo era pequeño.

Eleanor lo miró sin responder enseguida. Aquello era mucho más claro que las genealogías que había extendido sobre la mesa y, por alguna razón, le resultó más difícil de contestar.

—Entonces tendremos que buscar algo más que nombres —dijo ella al fin—. Cartas, si queda alguna. Anotaciones que no se hicieran pensando en lo que iba a leer la familia.

Tavish la observó.

—¿Las partes inconvenientes?

—Suelen ser las más útiles.

—Sabía que había elegido bien.

Ella sintió un pequeño calor en el pecho y lo disimuló acomodando la falda sobre las rodillas.

—Todavía no le he encontrado nada.

—Me ha encontrado un camino bastante mejor que el de Sinclair. Empieza con ventaja.

El arroyo se oyó antes de que pudieran verlo. Bajaba entre piedras oscuras, parcialmente oculto por los helechos, y el camino lo acompañaba hasta un pequeño puente. A un lado había un ensanchamiento junto a un muro bajo donde Cathaline y Eleanor habían dejado descansar a los caballos otras veces.

Eleanor detuvo a la yegua.

—Por aquí es mejor andar.

Rob se adelantó para sujetar la montura mientras ella descendía por una piedra ancha que servía de escalón.

Tavish desmontó también y dejó los caballos con el muchacho, que los condujo unos pasos hacia un claro.

Eleanor se arregló la falda, pasó la fusta a la otra mano y empezó a caminar junto al muro.

El agua corría con suficiente fuerza para que tuvieran que acercarse un poco al hablar.

No era un lugar solitario: Rob permanecía a la vista, los caballos se movían detrás de ellos y, a lo lejos, entre los árboles, se distinguía una parte de los campos.

Eleanor apoyó los dedos sobre la piedra y se detuvo a observar el cauce.

—Cathaline perdió aquí un guante.

—¿Sinclair entró a buscarlo?

—Hasta las rodillas. Después aseguró que no había estado tan frío como parecía.

Tavish soltó una carcajada.

—Eso habría querido verlo.

—Yo también lo habría disfrutado más si él no hubiera insistido en explicarnos durante todo el regreso que lo hizo por voluntad propia.

Eleanor se giró hacia Tavish al decirlo. Lo encontró mirándola en lugar de contemplar el agua, con una atención que hizo que la sonrisa se le quedara quieta en los labios.

—¿Qué ocurre?

Él se tomó un instante antes de responder.