Capítulo 3
Cuando Eleanor entró en el comedor, Tavish MacKinnon estaba explicándole a Ewan lo que debía servir en su propia mesa.
Había elegido una silla junto a la ventana, tenía el plato lleno y sostenía un pedazo de pan con la despreocupación de un hombre que llevaba años desayunando allí.
Al fin y al cabo, los MacKinnon y los Sinclair eran clanes aliados desde hacía siglos.
Cathaline lo escuchaba mientras se untaba mantequilla en una tostada, aparentemente satisfecha de que aquella mañana su esposo tuviera a otra persona con quien discutir.
—Puedes añadirle lo que quieras —decía Ewan—, pero entonces no me obligues a llamarlo un desayuno escocés.
—Tu cocinera ha puesto la miel sobre la mesa. Supongo que no esperaba que nos limitáramos a admirarla.
—La ha pedido mi esposa.
—Entonces tu esposa tiene más sentido común que tú.
Cathaline levantó los ojos y vio a Eleanor en la puerta.
—Ven a sentarte antes de que decidan resolverlo fuera. La comida se enfriaría y luego tendría que escuchar sus quejas.
Tavish se puso de pie al notar su presencia.
Aquella cortesía, ejecutada sin ceremonia y con el pan todavía en la mano, hizo que Eleanor se fijara en él más de lo que pretendía.
Se había afeitado parte de la barba y llevaba el cabello recogido en las dos pequeñas trenzas que empezaba a reconocer incluso de espaldas.
La luz de la ventana descubría tonos cobrizos entre los mechones sueltos de sus sienes.
Era un peinado imposible de imaginar en Londres, pero que en él era perfecto.
—Buenos días, lady Eleanor. ¿Siempre esperan tanto las inglesas para desayunar?
—Esperaba que hubieran terminado de hablar. Comprendo que habría muerto de hambre.
La sonrisa de Tavish apareció despacio, con una satisfacción tan evidente que Eleanor se arrepintió de habérsela proporcionado. Él le indicó el pan sin acercarse a disponer su silla.
—En ese caso, ha hecho bien en bajar. Sinclair todavía tiene opiniones sobre la mermelada.
Eleanor ocupó el lugar que había escogido el día anterior. Cathaline le acercó la tetera y continuó hablando de una visita que esperaba recibir antes del mediodía. Nadie preguntó si había dormido, ni comentó las sombras que los lavados de agua fría no habían conseguido borrar de su rostro.
Había pasado parte de la noche recordando la llegada de Tavish.
Le disgustaba pensar en las veces que había encontrado su mirada y la había apartado, en aquella gratitud excesiva con la que había respondido a todo, como si él fuera un benefactor al que debiera tratar con una deferencia insoportable.
Durante meses había deseado volver a verlo; ahora que estaba allí, no sabía cómo disfrutar de su presencia sin sentir que debía defenderse de algo.
Levantó la taza y lo observó por encima del borde.
Tavish se había vuelto hacia Ewan para preguntarle por los caballos de Blairmuir, y la conversación pasó de la comida a una yegua que necesitaba ejercicio y a un camino que bordeaba las tierras del norte.
Parecía haber dormido admirablemente bien.
Eleanor encontró aquella circunstancia un poco ofensiva.
—Podrías llegar hasta la loma y volver por el bosque —dijo Ewan—. Yo tengo que ver al administrador, pero uno de los mozos puede acompañarte.
—¿Por el camino que sale detrás de los establos?
—Sí. Cuando llegues a la bifurcación, sigue por la derecha.
Eleanor dejó la taza.
—Por la izquierda.
Los dos hombres se volvieron hacia ella.
—Por la derecha también se llega —señaló Ewan.
—Después de rodear los pastos y atravesar un terreno que estará empapado con la lluvia de anoche. El sendero de la izquierda sube entre los abedules.
Tavish apoyó un brazo en el respaldo de su silla.
—No sabía que también organizara expediciones por tierras escocesas.
—Solo cuando escucho instrucciones deficientes.
Ewan abrió la boca, pero Cathaline le puso una mano sobre la manga.
—No la contradigas. Yo he hecho ese recorrido con Eleanor.
—Empiezo a sentirme innecesario en mi propia casa.
—Esta mañana llevas bastante tiempo contribuyendo a esa impresión —respondió su esposa.
Eleanor sonrió antes de mirar de nuevo hacia la ventana.
El jardín conservaba la humedad de la noche, pero las nubes se habían abierto por encima de los árboles y el viento movía sombras claras sobre el césped.
Desde su llegada había seguido tantas veces el mismo sendero próximo a la casa que conocía las piedras sueltas y los lugares donde se detenían los criados a conversar.
Más allá de los muros estaban los caminos que recordaba haber recorrido con Cathaline. Podía imaginar la inclinación de la subida, el olor de los helechos mojados y el pequeño arroyo junto al que habían descansado una tarde. No tenía que ir lejos para verlos de nuevo.
—Pensaba salir esta mañana —dijo, aunque hasta aquel momento no lo hubiera decidido.
Cathaline se limitó a preguntar si deseaba que prepararan la yegua torda, sin mostrarse sorprendida ni contenta ni preocupada.
Solo la dejó elegir.
Eleanor agradeció tanto aquella naturalidad que tuvo que concentrarse en recoger la servilleta antes de responder.
—Sí. Y que venga Rob con nosotros.
Tavish dejó el pan.
—¿Con nosotros?
—Alguien tendrá que impedir que un MacKinnon termine en los pastos.
—Soy perfectamente capaz de orientarme en mi propio país.
—Sin duda. Aunque eso no parece haberle permitido escoger el camino correcto.
Él la contempló con una diversión que empezaba a resultarle peligrosamente familiar.
—Tendré que comprobar sus indicaciones, lady Eleanor. No confío en los ingleses.
—Procure hacerlo sin retrasarme, ya sabe que en Inglaterra valoramos a la puntualidad.
Media hora después, Eleanor esperaba junto a la puerta de las caballerizas mientras el mozo, Rob, terminaba de ajustar la silla.
El traje de montar le ceñía la cintura de una manera que ya había olvidado. Había escogido el de lana verde oscura, con los botones forrados y una falda que necesitó recoger sobre el brazo para no arrastrarla por el patio.
Se acercó a la yegua y le pasó la mano por el cuello. El animal volvió una oreja hacia ella, atento al roce, antes de seguir observando a un mozo que transportaba un cubo.
—No espere demasiado agradecimiento por parte de la yegua —dijo Tavish a su espalda—. Está calculando si trae algo que pueda comerse.
Eleanor se giró. Él llevaba botas de montar y una chaqueta oscura sobre la que había prendido el tartán MacKinnon. El verde y el azul de la lana parecían más intensos a la luz del patio. Había prescindido de cualquier intento de domesticar los mechones que se le escapaban junto a las orejas.
—Entonces tiene usted una rival.
—No competimos por las mismas cosas.
La miró al decirlo, y Eleanor se ocupó de alisarse un pliegue del guante que no necesitaba arreglo.
Rob acercó la yegua al escalón de montar.
Eleanor subió sin aceptar otra ayuda que la mano del muchacho sobre la brida; acomodó la falda, comprobó el estribo y tomó las riendas.
Había temido encontrarse torpe, tener que recordar cada movimiento mientras Tavish la observaba, pero sus manos supieron qué hacer antes de que ella pudiera dudar.
Él ya estaba montado cuando volvió la cabeza.
—¿Ha terminado de examinarme, señor MacKinnon?
—Todavía no he empezado a formular conclusiones.
—Le agradecería que me ahorrara las equivocadas.
Tavish acercó su caballo lo suficiente para situarse a su lado, sin invadir el espacio de la yegua.
—Eso va a dejarme con muy poco que decir.
—Tengo motivos para dudar sobre su silencio, sospecho que usted no sabe quedarse callado ni cuando está equivocado.
Eso hizo reír a Tavish y ella, por alguna razón, sintió una estúpida satisfacción.
Salieron del patio con Rob unos pasos detrás. Eleanor reconoció la voz de Cathaline llamando a su esposo desde una ventana, pero no se volvió. En cuanto atravesaron las puertas de Blairmuir, empezó a preguntarse si no habría cometido una imprudencia al proponer aquel paseo.
Era la primera vez desde lo ocurrido que salía a caballo en compañía de un hombre, y ahora que se encontraba lejos de la seguridad de la casa, la decisión ya no le parecía tan sencilla como cuando había desafiado a Tavish durante el desayuno.
Volvió ligeramente la cabeza para comprobar que Rob los seguía.
El muchacho cabalgaba a una distancia prudente, con la gorra hundida sobre la frente, y su presencia consiguió tranquilizarla un poco.
No estaría sola con Tavish. Había procurado asegurarse de ello antes de salir, aunque ahora le avergonzaba necesitar aquella precaución con un hombre que nunca le había dado motivos para desconfiar.
Durante unos instantes consideró la posibilidad de alegar un dolor de cabeza y regresar a Blairmuir, pero imaginó la sorpresa de Tavish y, sobre todo, la decepción que sentiría consigo misma por haber renunciado antes siquiera de alcanzar el bosque.
Ajustó las riendas y obligó a sus manos a permanecer firmes.
La yegua avanzaba con un paso tranquilo que conocía bien, y Eleanor procuró concentrarse en aquel movimiento familiar, en el aire frío que le rozaba las mejillas y en las primeras ramas que se extendían sobre el sendero.
Tavish no intentó adelantarse ni acercar su montura.
Dejó que eligiera la dirección y solo volvió a hablar cuando las caballerizas empezaban a desaparecer detrás de los árboles.
—Sinclair me ha dicho que su yegua tiene mal carácter.
—Sinclair intentó hacerla pasar por un lugar que ella no consideró adecuado.
—¿Y usted se ha puesto de su parte?
—Conozco a Ewan desde hace algunos años. La elección no fue difícil.
Tavish volvió a reír y ella se volvió a odiar por enorgullecerse.