Capítulo 2 #2
Ella explicó que algunas anotaciones remitían a la isla de Skye y que quizás otra rama de la familia, asentada allí, hubiera conservado la relación que faltaba.
No habló durante mucho tiempo ni intentó impresionarlos con palabras que él no conocía.
Señalaba lo que podía leer y separaba con claridad lo que todavía era una suposición.
—¿Podría averiguar si alguien conserva esos papeles? —preguntó.
—Conozco a gente en la isla. Puedo empezar escribiendo.
Eleanor dejó el lápiz inmóvil.
—Sería lo mejor.
Tavish asintió. Había pensado en una travesía, en visitar unas casas y preguntar personalmente.
Por alguna razón, no lo mencionó.
Cathaline se levantó para acercarle una taza de té y Eleanor siguió el movimiento hasta comprobar que volvía a sentarse. Tavish se dio cuenta de ello con una incomodidad creciente.
Lo del puerto ya no le parecía una reacción aislada, aunque seguía sin saber qué podía relacionar unos barcos con aquella necesidad de tener a su amiga cerca.
Quiso preguntarle si alguien la había molestado. La pregunta llegó casi formada, pero recordó el modo en que ella había dejado de hablar de sus padres en cuanto comprendió que él no deseaba continuar.
No tenía derecho a pedir una confianza que todavía no le había dado.
Ewan Sinclair, el marido de Cathaline, apareció en la puerta cuando Eleanor estaba preparando una lista. Saludó a Tavish con una sorpresa satisfecha y preguntó si había conseguido desembarcar a Edward sin discutir con él.
—Lo intenté durante buena parte del viaje.
—Mi cuñado tiene esa cualidad. Le permite a uno discutir incluso cuando está de acuerdo.
Tavish se levantó para estrecharle la mano. Ewan entró, miró la caja y permaneció junto a su esposa en lugar de acercarse a la mesa.
—Te quedarás a cenar.
—Pensaba buscar alojamiento en la posada.
—Puedes ahorrarte el camino. La señora Grant preparará una habitación. Ahora están en mi casa, y un MacKinnon siempre es bienvenido.
Tavish estuvo a punto de aceptar sin más, pero miró a Eleanor. Ella seguía inclinada sobre el papel; no podía saber qué pensaba y empezó a resultarle insoportable tener que adivinar si cada decisión suya iba a incomodarla.
—Gracias —respondió a Ewan—. Enviaré un aviso al puerto. Calum tiene la carga a su cuidado y esperaba que regresara antes de mañana.
Ewan se ofreció a hacer llegar el recado y salió para hablar con un mozo. Cathaline tomó su labor de una cesta, acomodándose de nuevo junto a su amiga.
Eleanor terminó de escribir y apoyó la lista sobre la mesa, a medio camino entre ambos.
—Estos son los nombres que se distinguen con suficiente claridad. Los otros prefiero revisarlos antes.
Tavish recogió la hoja.
—¿Cuánto tiempo necesita?
Ella dudó. Era una pregunta sencilla, pero la vio mirar los papeles como si acabara de recordarle una obligación para la que no tenía fuerzas.
—No lo sé todavía.
—Entonces se los dejo. No hay ninguna fecha que debamos cumplir.
Eleanor levantó el rostro.
—No quisiera retener algo que pertenece a su familia.
—Está más seguro aquí que viajando de vuelta conmigo.
Cathaline intervino para recordar que podía guardarse en un armario de la biblioteca. Eleanor aceptó, aunque antes volvió a acomodar el broche dentro de su envoltura. Tavish observó el cuidado de sus manos y sintió que, al menos en aquello, no se había equivocado.
Durante unos minutos más hablaron de la caja. Después Eleanor dejó el lápiz, se frotó los dedos y miró hacia la ventana. La luz empezaba a retirarse del jardín.
—Por hoy no voy a poder decirle mucho más.
Tavish guardó la lista.
—Ya me ha dicho bastante.
Se levantó sin pedirle que continuara. Había pasado buena parte de la tarde esperando una señal de la mujer que recordaba; solo entonces pensó en lo injusto que podía resultar que ella tuviera que ofrecérsela para que él considerara agradable la visita.
Cathaline se puso de pie.
—Voy a pedir que guarden la caja. Eleanor, deja las hojas sobre la mesa; no hace falta que lo ordenes todo ahora.
Su amiga la miró con agradecimiento antes de volver hacia Tavish.
—Señor MacKinnon, hay algo más.
Él esperó. Cathaline permaneció cerca, pero Eleanor no recurrió a ella.
—Si vuelve a venir, le agradecería que me avisara antes.
Tavish inclinó apenas la cabeza.
—Creí que traer los originales cuanto antes sería una buena sorpresa.
Eleanor bajó los ojos hacia la caja.
—Lo ha sido. Solo que no me gustan demasiado las sorpresas.
La respuesta le hizo comprender que aquello no tenía que ver únicamente con él.
—Entonces procuraré no volver a presentarme sin anunciarme.
Ella alzó la mirada.
—Gracias.
Tavish podría haberlo dejado ahí. Habría sido lo más sensato.
No tenía ninguna intención de hacerlo.
—Aunque hay una dificultad.
Eleanor frunció ligeramente el ceño.
—¿Cuál?
—Que tendrá que contestarme.
Cathaline ocultó una sonrisa volviéndose hacia la mesa.
Eleanor lo miró durante un instante, desconcertada, antes de comprender.
—Si escribe, contestaré.
No era una invitación. Pero tampoco era lo contrario.
Tavish sintió que algo se acomodaba dentro de él.
—Me conformaré con eso.
—Espero que sepa conformarse.
Esta vez fue él quien sonrió.
—No especialmente.
El color apareció en las mejillas de Eleanor.
Cathaline intervino antes de que ella tuviera que responder.
—La habitación estará preparada enseguida, señor MacKinnon.
—Gracias.
Eleanor recogió el libro que había dejado sobre la mesa.
—Y gracias por traer los documentos, señor MacKinnon.
—Ha merecido la pena el viaje.
Ella pareció a punto de preguntarle si hablaba de los papeles, pero finalmente no lo hizo.
Se marchó con Cathaline.
Tavish esperó hasta que sus pasos desaparecieron por el pasillo antes de coger sus guantes. La carta de Eleanor seguía guardada en el bolsillo interior de su chaqueta; la había releído tantas veces durante la travesía que conocía algunas frases de memoria.
Había atravesado el mar diciéndose que venía por unos documentos.
Ya no pensaba seguir mintiéndose.
Había querido verla.
Y ahora tendría que pasar varios días bajo el mismo techo fingiendo que aquello no cambiaba nada.