Capítulo 2
Eleanor reconoció a Tavish en cuanto el caballo se detuvo frente a la escalinata. Cathaline seguía hablándole de una carta de su madre, pero ella dejó de escuchar al ver que el jinete desmontaba y se giraba para desatar una caja de la silla.
Ella había respondido a su carta unos días antes. Le explicó qué anotaciones necesitaba examinar y le pidió que enviara los originales cuando tuviera ocasión. No había pensado que él pudiera decidir llevarlos personalmente.
Desde la seguridad de su habitación, escribirle le había resultado agradable.
Podía escoger las palabras, corregirlas y guardar la carta cuando no quisiera continuar.
Ahora Tavish estaba al otro lado del cristal, entregando las riendas a un mozo, y ella tendría que recibirlo sin disponer de tiempo para preparar cada respuesta.
—Parece que han llegado tus documentos —observó Cathaline.
Eleanor retiró la mano de la cortina.
—Sí.
Su amiga la miró antes de dirigirse a la puerta. Eleanor estuvo a punto de dejarla ir, pero el sonido de unas voces en el vestíbulo la hizo acercarse y sujetarle la manga.
—Quédate con nosotros.
Cathaline bajó los ojos hacia aquella mano.
—Por supuesto.
—Quiero decir... no me dejes sola con él.
La petición quedó entre ambas. Eleanor sintió vergüenza en cuanto la pronunció; Tavish nunca le había dado motivos para temerlo y no quería que Cathaline pensara lo contrario.
Tampoco le había contado lo ocurrido. Había cosas que ni siquiera podían decirse a la mejor amiga que te abría su casa durante meses, que dejaba una puerta sin cerrar cuando intuía que la necesitabas abierta y que fingía no ver las noches en vela.
Cathaline no conocía los detalles.
No los necesitaba.
Había comprendido que algo había sucedido mucho antes de que Eleanor encontrara valor para ponerle palabras. Lo sabía en la forma en que evitaba quedarse sola, en cómo elegía siempre la silla más próxima a una salida, en los silencios que antes no existían.
Entre ellas había preguntas que Cathaline no formulaba y respuestas que Eleanor todavía no podía dar.
A veces la amistad consistía precisamente en eso.
En saber.
Sin obligar a decirlo.
—Me quedaré.
Cathaline no preguntó nada más. Eleanor pudo soltarle la manga y alisarse el puño antes de acompañarla.
Tavish estaba en el vestíbulo, desprendiendo la tela encerada que protegía la caja.
El viaje le había dejado barro en las botas y humedad en el cabello castaño rojizo, recogido parcialmente en dos trenzas.
Al enderezarse, el abrigo se abrió sobre el tartán MacKinnon y Eleanor volvió a darse cuenta de su tamaño: la amplitud de los hombros, las manos grandes, la facilidad con que sostenía una carga que a ella le habría exigido ambos brazos.
Lo recordaba junto al mar, riéndose de alguna observación suya. Recordaba también haber prolongado conversaciones únicamente para averiguar qué sería capaz de responderle. Todo aquello le parecía ahora mucho más lejano que el tiempo transcurrido.
Tavish levantó la cabeza y sus ojos avellana se iluminaron al reconocerla.
—Lady Eleanor. Le traigo a mis antepasados. Espero que alguno justifique el viaje.
—Le agradezco que se haya tomado la molestia.
La diversión permaneció un instante en su rostro antes de apagarse. Eleanor lo vio y sintió el impulso de añadir algo, de ofrecerle la réplica que seguramente esperaba. No consiguió encontrarla.
Cathaline se acercó a saludarlo.
—Venga a la biblioteca. Haré que sirvan té allí; debe de llevar horas de viaje.
—Se lo agradezco.
Un criado recogió su abrigo y Tavish siguió a Eleanor y Cathaline hasta la biblioteca. Una vez dentro, dejó la caja donde ella le indicó.
—¿Aquí está bien?
—Sí. Gracias.
Eleanor eligió una butaca próxima a la ventana. Desde allí podía ver la puerta y no tendría que girarse si alguien entraba.
—Pediré que traigan también mis papeles —dijo ella.
Él tomó asiento enfrente. Cathaline ocupó la butaca contigua a la de Eleanor y empezó a preguntar por Fiona y Edward, dando a su amiga unos minutos durante los cuales no tuvo que hacer nada más que escuchar.
Tavish contó que Fiona había discutido con su marido sobre una reparación antes incluso de quitarse el abrigo al llegar a Eilean Ròs.
—Edward tuvo la ocurrencia de pedir otro presupuesto.
—Eso suena a mi hermano.
—Fiona le explicó que podía esperar una respuesta de Glasgow o impedir que siguiera entrando agua. No le ofreció demasiadas alternativas.
Cathaline se rio. Eleanor consiguió sonreír y aceptó la taza que le acercaban. Le molestó comprobar cuánto esfuerzo estaba empleando en una visita que, poco tiempo atrás, habría recibido con diversión.
Tavish no insistió en incluirla en la conversación. Respondió a Cathaline, agradeció al criado que le sirviera y dejó los guantes junto a su asiento. Eleanor miró sus manos un instante antes de volver a la taza.
No quería que descubriera nada.
Su tía Beatrice había escrito que no era necesario dar más explicaciones.
Había presentado su ausencia como consecuencia del cansancio y confiaba en que una temporada lejos de Londres bastara para evitar comentarios.
Eleanor sabía lo que podían hacer los comentarios: convertir un viaje en una imprudencia, una conversación en una promesa, la compañía de un hombre en algo que una dama tendría después que negar sin que nadie pareciera dispuesto a creerla.
Temía que Tavish empezara a hacer preguntas. Temía todavía más que no necesitara hacerlas y que pudiera ver en sus ojos la deshonra.
La doncella llegó con las copias y Eleanor dejó la taza con un alivio que procuró disimular.
—Había una anotación que no se distinguía bien —explicó, acercándose a la mesa—. Edward la reprodujo con cuidado, pero no pudo señalar qué palabras pertenecían a una mano distinta.
Tavish abrió la caja. Ella retiró el papel superior y lo colocó junto a la copia. La escritura le exigió atención, y durante unos momentos aquella dificultad fue casi un descanso. Allí había algo que podía examinar sin tener que preguntarse qué estaría viendo él al mirarla.
—La referencia a Normandía está en el margen —continuó—. Menciona a los duques, aunque todavía no puedo asegurar a quién atribuye el parentesco. La línea continua hacia otro nombre femenino.
—¿Una duquesa? —preguntó Cathaline.
—Quizás una mujer de su familia.
Tavish sonrió, pero no aprovechó la ocasión para provocarla. Se inclinó lo justo para mirar el punto que ella señalaba, sin acercarse a su butaca.
—¿Y el nombre que encontró? ¿Ragnhildr?
Eleanor asintió.
—Es nórdico. Junto con las demás anotaciones, justifica que sigamos investigando. No basta para demostrar que todas las generaciones estén bien enlazadas.
—No necesito que lo estén para sentirme satisfecho con mi familia.
La sencillez de la respuesta hizo que ella dejara de mirar el papel.
—Entonces, ¿qué espera encontrar?
Tavish observó el interior de la caja. El broche sin aguja descansaba sobre un trozo de lana, junto a una cinta desteñida.
—Algo que me permita saber por qué mi abuela conservó esto.
Eleanor tomó el broche con cuidado. Tenía una reparación antigua cerca del cierre; alguien había querido seguir utilizándolo mucho después de que dejara de estar entero.
—¿Lo recuerda?
Él negó.
—Recuerdo su voz mejor que su cara. Algunas veces creo que estoy a punto de verla con claridad y después me doy cuenta de que he puesto en ella el rostro de su hermana.
Cathaline dejó de mover la cucharilla. Eleanor permaneció con la pieza sobre la palma, sorprendida por aquella confesión.
—Era muy pequeño cuando llegó a Eilean Ròs —comprendió Eleanor.
—Seis años. Me hicieron sitio en la casa y Fiona se ocupó de que no pudiera olvidar dónde estaba.
La leve sonrisa que acompañó sus palabras no ocultó del todo lo demás. Eleanor miró la cinta, los papeles y el broche roto. Hasta entonces había pensado en una genealogía; empezaba a comprender que para Tavish la caja también pertenecía a una familia de la que apenas conocía algo.
—¿Y sus padres?
Él volvió la vista hacia la ventana.
—De esos años hay cosas que solo conozco por lo que me contaron. Otras no he sabido preguntarlas.
Eleanor reconoció la pausa, el esfuerzo de contestar lo suficiente para que la conversación pudiera seguir por otra parte. Dejó el broche sobre la lana y acercó una hoja limpia.
—Podemos empezar por estos nombres. No hace falta que me cuente nada más para estudiarlos.
Tavish se giró hacia ella. La observó antes de asentir, y Eleanor bajó la mirada para no obligarlo a agradecer una consideración que a ella misma le resultaba tan necesaria.
Tavish había llegado esperando que Eleanor se burlara de él.
Durante la travesía imaginó varias respuestas a lo que pudiera decirle sobre sus antepasados.
Incluso pensó que discutirían por la manera en que había protegido los papeles o por haberlos llevado sin avisar.
No había previsto aquella cortesía escrupulosa que lo mantenía a una distancia mucho mayor que cualquier insulto.
Al principio creyó que su visita le molestaba.
Ahora ya no estaba seguro de que el problema fuera él.
Eleanor casi no se movía de la butaca. Tenía el cabello rubio recogido con la perfección de siempre y el vestido cuidadosamente abrochado, pero había cansancio alrededor de sus ojos verdes.
Cuando hablaba de los documentos recuperaba algo de firmeza.
Después levantaba la mirada, encontraba la suya y parecía recordar que debía vigilar algo más que la conversación.
Le desagradó no saber cómo comportarse.
Estaba acostumbrado a encontrar una réplica, a hacer reír, a conseguir que una mujer le prestara atención sin necesitar demasiadas explicaciones. Aquella tarde comenzó a comprender lo difícil que sería utilizar todo eso para exigirle a Eleanor una disposición que no tenía.
Se quedó escuchando.