Capítulo 1 #3
Entonces una puerta se cerró en el pasillo. La cucharilla golpeó el borde de su taza.
Ewan se interrumpió.
Eleanor bajó la mano con cuidado.
—Perdón.
Cathaline acercó la jarra.
—¿Más agua caliente?
Ella asintió.
El sonido había terminado, pero su cuerpo seguía esperándolo. Le molestó aquella traición más que la atención de los demás. Sabía dónde estaba. Conocía a aquellas personas. Podía levantarse, cruzar el vestíbulo y salir al jardín.
Durante unos segundos, sin embargo, solo consiguió mirar la abertura de la puerta.
Ewan preguntó a Cathaline si necesitaba algo del pueblo y abandonó el comedor después de recibir unas instrucciones acerca de cintas para vestidos que fingió lamentar.
Cuando quedaron solas, Eleanor dejó la taza.
—No hace falta que habléis más bajo por mí.
Cathaline la miró.
—Ewan no sabría hacerlo.
—Sabes a qué me refiero.
Su amiga apoyó las manos sobre la mesa.
—Sí.
Eleanor esperó una pregunta.
Cathaline no la hizo.
Aquello le produjo tanto alivio que tuvo que apartar la vista.
—Mi tía quiere que regrese.
—Lo suponía.
—Dice que estoy cansada.
—Lo estás.
—No es lo mismo.
Cathaline permaneció callada. Eleanor sintió que estaba a punto de decir algo más. Lo bastante cerca para notar la presión de las palabras antes de que salieran.
Todavía no pudo.
—¿Tenéis algún libro que no acabe con una institutriz casándose con el padre de sus pupilos?
Su amiga no sonrió inmediatamente.
Le dio tiempo.
—Ewan guarda unas cuentas bastante trágicas.
—Preferiría personajes a los que pudiera odiar sin perjudicar tus rentas.
Entonces Cathaline se rio.
La conversación continuó hasta que Eleanor consiguió terminar una parte del desayuno.
Más tarde salió al jardín.
No llegó lejos. Siguió el camino próximo a la casa, allí donde todavía podía ver las ventanas y oír a los criados si abrían las puertas. Se sentó en un banco con el libro que Cathaline había encontrado y avanzó unas páginas.
Recordó el puerto al pasar los dedos sobre una marca oscura del papel.
El olor del agua. Las embarcaciones. Una voz masculina a su lado.
No esa voz.
La de Tavish.
Había sido incapaz de contestarle como acostumbraba. Le dio rabia recordarlo: allí estaba él, insolente y tranquilo, con el cabello rojizo recogido en trenzas sobre el cuello del abrigo y el mar a su espalda, mientras ella necesitaba concentrarse para no mirar hacia las pasarelas.
Tavish le había ofrecido ir con él.
No había sabido explicar por qué no podía.
Esperó que insistiera. Que se riera un poco y le dijera que un barco no era tan peligroso como imaginaba. Que le tendiera la mano antes de preguntar si quería tomarla.
No hizo ninguna de aquellas cosas. En cambio, le dijo:
Quiero saberlo. Pero no necesito saberlo hoy.
Eleanor pasó la página sin haber terminado de leerla.
Recordaba sus manos en los mapas de Hamilton Lodge cuando Ewan había desaparecido, las uñas cortas, la anchura de los dedos al señalar una ruta. La primera vez había pensado que no pertenecían a un hombre que tuviera demasiada paciencia para permanecer sentado.
Después vio sus anotaciones. Y escuchó sus respuestas.
Tavish no era un hombre refinado. A menudo sospechaba que disfrutaba evitando serlo. Pero sabía cosas que ella ignoraba y no necesitaba fingir que conocía las demás.
Había querido volver a discutir con él.
Antes del muelle. Antes de verse obligada a decir que no podía. Le habría gustado encontrar una ocasión para hacerle perder aquella seguridad suya, obligarlo a quedarse junto a ella sin que ninguno tuviera que admitir por qué.
El recuerdo todavía le producía algo distinto del miedo. Eleanor cerró el libro sobre un dedo.
Se permitió quedarse con esa sensación un momento. No solucionaba nada. Pero era suya.
Cathaline apareció en el camino cuando la luz empezaba a cambiar.
Llevaba un paquete pequeño.
—Esto acaba de llegar.
Eleanor retiró el dedo de entre las páginas.
—¿De mi tía?
—De Eilean Ròs.
Su amiga se lo entregó sin sentarse. Eleanor miró la dirección. La letra era enérgica, algo inclinada; había visto trazos parecidos entre nombres de puertos y líneas que cruzaban un mapa.
Buscó la firma en la nota exterior.
T. MacKinnon.
Cathaline observó su cara.
Eleanor levantó los ojos.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás esperando.
—Sí.
—No pienso abrirlo para proporcionarte entretenimiento.
—En ese caso, volveré a mis obligaciones.
Cathaline se alejó con una sonrisa que no consiguió ofenderla.
Eleanor llevó el paquete a su habitación.
Era ligero. Habían protegido el contenido entre cartones y atado la cuerda con un nudo firme, demasiado obstinado para sus uñas. Tuvo que buscar las tijeras.
Dentro encontró varias hojas copiadas y una carta.
Nada más.
La abrió junto a la ventana.
Lady Eleanor:
Necesito saber si mis antepasados eran unos mentirosos o si realmente debemos parte de nuestra existencia a una mujer cuyo nombre nadie en esta isla consigue pronunciar.
Eleanor sintió que se le movía la boca en un amago de sonrisa.
Continuó.
Edward asegura que usted podrá entender lo que él no ha conseguido leer. He decidido concederle la oportunidad de llevarle la contraria con conocimiento de causa.
Debajo explicaba, sin demasiados detalles, dónde habían encontrado los papeles. La caja había pertenecido a su abuela. Edward preparó una copia, conservando las palabras que no entendía en lugar de corregirlas.
Tavish lo consideraba una prudencia poco habitual en un Hamilton.
Eleanor soltó una risa. Fue pequeña, inesperada, y la habitación le devolvió el sonido como algo que llevaba tiempo faltando.
Al final había una posdata.
No necesita subir a ningún barco. Si hacen falta otros papeles, yo navegaré hasta usted.
Eleanor dejó de sonreír.
Volvió a leerla.
No había una pregunta después. Ni una observación acerca de lo bien que le sentaría regresar a Eilean Ròs. Tavish no le proponía demostrar nada.
Solo le había enviado trabajo.
No una distracción escogida para mantenerla ocupada, sino algo que no sabía resolver y deseaba confiarle.
Eleanor se sentó.
Apartó la carta de su tía Beatrice y extendió las copias sobre la mesa. Reconoció la escritura de Edward en las explicaciones del margen. Había sido cuidadoso: distinguía lo que podía leer de lo que únicamente había reproducido.
Eleanor buscó un lápiz. Escribió la primera pregunta. Después otra.
Al inclinarse sobre la copia, se le soltó un mechón. Lo apartó con impaciencia, satisfecha de poder pensar en otra cosa que no fuera en su propia desgracia.
En mitad de la página estaba el nombre que Edward no había conseguido leer.
Ragnhildr .
Eleanor lo recorrió despacio con la mirada. No era gaélico.
Eleanor buscó una hoja limpia y escribió:
Señor MacKinnon:
Se detuvo con la pluma suspendida.
Tavish le había preguntado por una historia familiar. Según aquella copia, la suya había llegado a Escocia con los vikingos.
Pensó en su carta. En la insolencia de aquellas primeras líneas. En la posdata que había leído dos veces.
No necesita subir a ningún barco. Si necesita ver algo más, yo navegaré hasta usted.
Eleanor bajó la mirada y, sin querer, sonrió.
Hacía demasiado tiempo que todos intentaban convencerla de que el mundo era un lugar del que debía protegerse.
Tavish MacKinnon acababa de hacer exactamente lo contrario.
No le había pedido que fuera hacia él.
Le había dicho que sería él quien encontraría la forma de llegar hasta ella.