La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Durante mucho tiempo creyó que conservar su lugar bajo aquel techo dependía de resultar útil. Si llevaba leña, si aprendía deprisa, si conseguía que Fiona dejara de llorar, quizás nadie lamentaría haberle hecho sitio.

Tardó años en comprender que nadie estaba llevando la cuenta de lo que recibía.

La anciana se acercó a la caja y retiró con un dedo el polvo acumulado en una de las esquinas.

—Estaba detrás del arcón de las mantas. La encontraron al apartarlo de la pared.

—¿La trajo ella?

—Vino con sus cosas. Hace años que no la veía.

Tavish la observó un instante antes de dirigirse al salón.

Fiona estaba junto al fuego. Edward había conseguido una taza y parecía dispuesto a defenderla de cualquier nueva obligación.

Tavish dejó la caja sobre una mesa.

El cierre cedió al segundo intento.

Dentro había un pequeño broche sin aguja, una cinta desteñida y varios papeles doblados entre dos tablillas finas. Levantó el broche con la punta de los dedos.

—Mi familia también conservaba cosas rotas.

—La nuestra te ha conservado a ti —repuso Fiona.

—Y me ha sacado bastante provecho.

Edward dejó la taza.

Uno de los papeles contenía nombres unidos por líneas, anotaciones en los márgenes y varias palabras en latín que Tavish no reconoció.

Edward se inclinó sobre la hoja.

—Esto está en latín.

Tavish lo miró.

—Por supuesto que usted puede leerlo.

—Parte —corrigió Edward—. El problema no es el idioma. Es la mano que lo escribió.

Fiona se acercó por el otro lado.

—¿Qué significa eso?

—Que quien lo copió utilizó abreviaturas, fórmulas antiguas y nombres que no reconozco. Puedo seguir la genealogía hasta cierto punto, pero no juraría que estoy interpretándola bien.

Tavish señaló uno de los nombres.

—¿Y eso?

Edward frunció el ceño.

—Eso no es latín.

—¿Gaélico?

—Tampoco.

—Es una copia.

—Qué decepción. Esperaba un tesoro.

—El copista dejó escrito que trabajó a partir de una genealogía mucho más antigua —Edward recorrió las primeras líneas con el dedo—. Esta copia es medieval, pero asegura reproducir una relación familiar anterior. Mucho anterior.

Tavish levantó una ceja.

—¿Cuánto?

Edward volvió la vista hacia el margen.

—Si la fecha está bien interpretada, comienzos del siglo XI.

Fiona se acercó.

—¿De nuestra familia?

—De alguna de sus ramas. No sabría decirle cuál sin compararlo con lo que ya conocéis.

Tavish seguía sosteniendo el broche.

El nombre MacKinnon aparecía más de una vez, aunque no siempre escrito de la misma manera. Reconoció Skye en un margen. Más arriba, junto a un nombre mucho más difícil, había un dibujo de una embarcación trazado con poca habilidad.

—¿Eso qué dice?

Edward se inclinó.

—No estoy seguro de la última letra.

Tavish señaló el nombre.

—¿Y las anteriores?

—Tengo más esperanzas.

Fiona lo leyó en silencio y negó.

La abuela permanecía cerca del fuego.

—Mi hermana decía que en su casa lo habían guardado siempre.

—¿Nunca preguntó por qué? —dijo Tavish.

—Cuando eres joven crees que tendrás tiempo de preguntar. Después descubres que ya no queda nadie que pueda responderte.

Tavish volvió hacia la mesa.

Edward había tomado una hoja limpia.

—Conozco a alguien que entendería mejor estas abreviaturas.

No necesitó decir el nombre.

Tavish miró el papel con más atención de la necesaria.

Fiona sonrió.

—Qué conveniente.

—No sé qué te resulta tan divertido.

—Todavía nada.

Edward empezó a copiar las primeras líneas.

—Eleanor ha dedicado bastante más tiempo que yo a estudiar genealogías antiguas. Puedo traducir parte de esto, pero no distinguir si el hombre que lo copió conservó bien los nombres o inventó un parentesco para llenar un hueco.

—¿Y ella podrá?

—Sabrá investigar al respecto.

Tavish dejó el broche junto a la caja.

Recordó a Eleanor frente a los mapas que él había extendido en Hamilton Lodge. Había recorrido sus anotaciones con una seriedad que no buscaba agradarle. Le hizo dos preguntas, esperó las respuestas y corrigió la opinión que se había formado de él sin fingir que nunca la tuvo.

Le había gustado más de lo conveniente.

—No enviaremos estos papeles por mar —dijo él.

Edward levantó los ojos.

—Estoy haciendo una copia.

—Procure no inventarse ningún abuelo.

Fiona se rio. Tavish llevó la caja al extremo limpio de la mesa. De pronto le desagradaba haberla encontrado detrás de unas mantas, esperando a que una filtración recordara a todos que existía.

No sabía qué había de importante de aquellos nombres antiguos, relacionados con una familia que él nunca pudo conocer del todo.

Esa noche, cuando los demás se retiraron, pidió tinta y papel.

La primera frase le salió demasiado formal.

La tachó.

La segunda parecía escrita por un hombre preocupado por una dama que no le había pedido nada.

También la tachó.

Apoyó la pluma y miró la copia de Edward.

Por fin tenía una pregunta que Eleanor podía responder sin tener que explicarle por qué había dejado de sonreír en el puerto.

Volvió a mojar la pluma.

Tres días después de la partida de Tavish, Eleanor había terminado de vestirse cuando comprobó por tercera vez que el pestillo seguía puesto.

Lo sabía antes de tocarlo.

Había escuchado el cierre. Había visto encajar el metal. Aun así, necesitó apoyar los dedos sobre él.

Al otro lado de la puerta se oyó una escoba arrastrándose por la alfombra y la voz de una criada que preguntaba dónde debía dejar una bandeja. Blairmuir empezaba la mañana con una tranquilidad que Eleanor no conseguía compartir.

Retiró la mano.

Se giró hacia el espejo y ajustó el broche de su cuello.

El vestido estaba bien. El cabello también. Había tardado más de lo habitual en sujetarlo, pero ninguna horquilla quedaba torcida y el rostro que la observaba conservaba lo suficiente de su apariencia para evitar preguntas de un desconocido.

Cathaline, su amiga y su anfitriona, no era una desconocida.

Llamó poco después.

—¿Puedo pasar?

Eleanor descorrió el pestillo y abrió.

Su amiga miró primero su rostro, después la taza intacta sobre la mesa.

—Esa es la segunda que devuelves fría.

—Empiezo a pensar que vuestro té necesita demasiado tiempo para volverse soportable.

—Entonces bajarás a protestar delante de Ewan Sinclair. Asegura que todo lo escocés es mejor y me gustaría que alguien discutiera con él antes de que yo haya desayunado.

Cathaline Sinclair, antes Cathaline Hamilton, llevaba un vestido de mañana y el cabello rubio recogido sin la severidad de sus peinados londinenses. Parecía descansada. Contenta de encontrarse donde estaba.

Eleanor sintió una alegría sincera por ella y, detrás, una punzada de envidia que le avergonzó.

—Bajaré en un momento.

Cathaline recogió la taza.

—También ha llegado una carta de tu tía.

—¿Esta mañana?

—Anoche. Estabas dormida cuando pregunté.

Había estado despierta.

Con la lámpara apagada y los ojos fijos en una puerta que no pensaba abrir.

Aceptó el sobre sin aclararlo.

Cathaline la observó un instante.

—He dicho al ama de llaves que no prepare todavía tu equipaje.

—No sabía que pensara hacerlo.

—No lo pensaba. Pero prefiero evitar malentendidos.

Eleanor sonrió débilmente.

Su amiga se llevó el té sin exigir una respuesta.

Lady Beatrice Harcourt, su tía materna, había escrito tres páginas.

La primera estaba dedicada al viaje. Quería saber por qué Eleanor había partido sin esperar a que pudieran organizarlo juntas, quién la había acompañado en cada tramo y si había conseguido alojarse en lugares convenientes.

En la segunda anunciaba que escribiría a Cathaline.

En la tercera le decía que la echaba de menos.

Eleanor leyó esa parte primero.

La casa se me hace extrañamente silenciosa sin tus libros sobre todas las mesas.

Le pasó un dedo por encima a la frase.

Después volvió a las instrucciones.

He explicado tu ausencia como consecuencia del cansancio. No será necesario dar más detalles. Lo que ahora importa es evitar nuevos comentarios y que no vuelvas a exponerte viajando sin compañía. Deja que me ocupe de lo demás.

Eleanor bajó la carta.

Conocía a su tía. Podía imaginarla sentada ante el escritorio, interrumpiendo la escritura para dar una orden al servicio o preguntar si había llegado la respuesta de alguno de sus comités.

Beatrice habría preparado la habitación, dispuesto un médico si lo consideraba necesario y discutido con cualquiera que intentara incomodarla.

La quería.

No había ninguna duda de eso.

Pero en aquella carta todo estaba decidido antes de que Eleanor pudiera decir qué deseaba.

Volver a Londres. Descansar. No explicar. No viajar.

Dejar que se ocupara otra persona. Eleanor se sentó y comenzó una respuesta.

Querida tía:

Tardó en continuar.

Podía agradecerle los cuidados. Lo hizo. Podía asegurarle que Cathaline la trataba bien, que Blairmuir era cómodo y que no necesitaba enviar a nadie a buscarla.

La última frase le exigió más esfuerzo.

Permaneceré aquí un poco más. Te escribiré antes de decidir mi regreso.

No añadió una fecha.

Dobló la carta antes de perder el valor.

En el comedor, Ewan Sinclair estaba junto a la ventana, intentando deshacer el nudo de una cinta que Cathaline sostenía con impaciencia.

—Si sigues tirando de ese extremo, no terminarás nunca.

—Si dejas de hablarme, quizás pueda averiguarlo.

Eleanor se detuvo en la entrada.

Aquello no tenía nada de extraordinario. Una cinta del puño de Cathaline se había enredado y Ewan intentaba deshacer el nudo mientras ella criticaba su falta de paciencia. Después, el roce de sus dedos sobre la muñeca de su esposa.

Precisamente por eso le costó mirarlos.

Ewan levantó la cabeza.

—Buenos días, lady Eleanor Ashcombe.

—Buenos días.

Él se apartó para ofrecerle una silla y Eleanor tuvo que obligarse a no retroceder. Se concentró en el respaldo, en el espacio que había entre ambos, en la puerta abierta a su derecha.

Eligió otro asiento.

—Desde aquí entra mejor la luz.

—Y se ve si el jardinero vuelve a atravesar mis rosales —añadió Cathaline, sentándose a su lado.

Nadie comentó la elección.

Eleanor se sirvió un poco de pan. Escuchó a Ewan hablar de una reparación y contestó a una pregunta sobre Londres sin decir nada que no hubiera dicho ya.