La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6) Capítulo 1
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La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6)

La sangre vikinga del Highlander (Los Duques de Escocia 6)

Por Maria Isabel Salsench Olle

© inepub.com

Capítulo 1

Tavish MacKinnon agarró al muchacho por la chaqueta un instante antes de que el cabo le atrapara la mano.

—Esa mano conviene conservarla.

El joven tropezó contra él. La cuerda se tensó con un golpe seco sobre la madera y el  Ròs na Mara  se inclinó, recibiendo de costado una ráfaga que levantó espuma más allá de la borda.

Tavish lo apartó del paso.

—Junto a Calum. Y no metas los dedos donde no puedas sacarlos.

El muchacho obedeció, pálido bajo las pecas.

Tavish avanzó por la cubierta mientras dos hombres recogían vela.

Llevaba el abrigo abierto, el cabello castaño rojizo sujeto con un par de trenzas en la nuca y las mangas húmedas hasta los codos.

Una nueva sacudida lo obligó a afirmarse con las piernas; esperó a que el barco recuperara el movimiento y tomó el timón de manos de Calum.

—Un poco más —indicó, sin alzar la voz innecesariamente.

La orden pasó entre los hombres. El viento tiró de la lona, la madera crujió y, unos momentos después, la embarcación dejó de escorarse con tanta violencia.

Tavish corrigió el rumbo.

Conocía aquel tramo de costa. Sabía dónde la corriente se volvía traicionera y cuánto convenía apartarse antes de buscar la entrada hacia aguas más resguardadas.

Lo había repasado antes de zarpar, junto con el estado de las velas, las amarras de la carga y las protestas de un pasajero que consideraba excesivamente temprano cualquier amanecer.

Edward Hamilton apareció junto a la escotilla cuando la maniobra había terminado.

—¿Debo entender que esto forma parte del viaje?

Tavish lo miró.

El inglés llevaba el cuello del abrigo levantado y una mano apoyada en la madera. Había conseguido conservar el sombrero, lo que Tavish consideró una injusticia del clima.

—Puede reclamar al viento cuando lleguemos.

—Preferiría hablar con alguien dispuesto a escuchar.

—Entonces ha escogido mal barco.

Edward observó al muchacho, que seguía junto a Calum, flexionando los dedos.

—¿Se ha hecho daño?

—Solo ha descubierto para qué sirven las advertencias —El joven bajó la cabeza. Tavish le hizo una seña—. Trae el cabo de repuesto. Calum te enseñará a guardarlo sin ofrecerle una mano a cambio.

El muchacho se apresuró a buscarlo.

Edward esperó a que se alejara antes de volver hacia él.

—Agradecerá que le haya dado algo que hacer.

—Y yo agradeceré que lo haga.

Edward Hamilton sonrió, pero no añadió nada.

Durante un rato, Tavish solo atendió al barco. Al peso del timón, a la forma en que las velas recibían el viento, a los hombres que empezaban a moverse otra vez sin necesidad de sujetarse a cada paso. Cuando alcanzaron el tramo protegido por la costa, dejó que Calum ocupara su lugar.

Fue entonces cuando Tavish volvió a pensar en Eleanor.

Le molestó la rapidez con que había ocurrido.

Había bastado dejar de dar órdenes para encontrársela de nuevo junto al extremo del muelle, con las manos demasiado quietas y aquella expresión que no supo interpretar hasta que ella habló.

No puedo subir a un barco.

Eleanor Ashcombe era perfectamente capaz de negarse a hacer algo porque no le apetecía. Tavish lo habría soportado. Con dificultad y alguna respuesta poco generosa, pero lo habría soportado.

Lo que no conseguía quitarse de la cabeza era que no hubiera querido discutir.

Había esperado una observación sobre su barco, sobre sus modales o sobre la posibilidad de sobrevivir varias horas a su compañía. Algo que le permitiera quedarse a su lado un poco más.

Eleanor había perdido el color.

Tavish se pasó una mano por la barba húmeda y miró hacia la costa que dejaban atrás.

La había conocido junto a una pasarela. Ella esperaba para embarcar con guantes claros, la doncella a su espalda y una seguridad que parecía exigir al mar que se comportara como un suelo de salón.

Antes de subir le había dedicado una respuesta lo bastante desagradable para que él siguiera recordándola.

No había tenido miedo entonces.

Ahora ni siquiera quiso acercarse a su barco.

—La costa está al otro lado.

Tavish giró la cabeza.

Fiona MacKinnon había salido a cubierta y se protegía del viento con el tartán. Varios mechones rojizos se habían soltado de su recogido; observaba a su primo con una atención poco tranquilizadora.

—Sé dónde está la costa.

—Entonces quizás puedas explicarme por qué llevas tanto tiempo mirando hacia una que ya no se ve.

—Compruebo lo que dejamos atrás.

Edward, el marido de Fiona, se apartó para dejarla pasar.

—Una precaución que no conocía.

—Hay muchas cosas que no conoce, Hamilton.

—Procuro aprender de quienes están dispuestos a explicarlas.

Fiona apoyó una mano en la borda.

—Cathaline cuidará de ella.

Tavish la miró de inmediato.

Su prima no tuvo la delicadeza de disimular que había estado esperando aquella reacción.

—No he preguntado por nadie.

—Eso no te ha impedido entenderme.

Edward contempló las velas con un interés que Tavish habría encontrado más convincente si no estuviera sonriendo.

—¿No tiene una esposa a la que entretener, Hamilton?

—La estoy viendo bastante entretenida con su primo.

Fiona soltó una risa. Tavish miró hacia proa y consideró la posibilidad de encontrarle a Hamilton alguna ocupación que lo mantuviera lejos durante el resto de la travesía.

—Eleanor parecía cansada —dijo su prima, esta vez sin burla.

Tavish cerró los dedos sobre la madera. No iba a repetir lo que ella le había dicho en el muelle. Había hablado con él, no con una mesa llena de parientes dispuestos a decidir qué significaba.

—Había hecho un viaje largo desde Londres hasta Escocia.

Edward dejó de sonreír.

—Puede quedarse en Blairmuir cuanto necesite. Mi hermana Cathaline se ocupará de recordárselo.

Tavish asintió.

Le habría gustado saber si Eleanor lo sabía también. Si había conseguido descansar. Si seguía mirando las puertas y los barcos con aquella quietud que resultaba más inquietante que cualquier protesta.

Calum lo llamó desde el timón.

Tavish se apartó de sus pasajeros antes de que Fiona encontrara otra pregunta.

El mar, por lo menos, solía ofrecerle problemas para los que tenía una respuesta.

La isla de Eilean Ròs apareció entre una bruma baja cuando la luz empezaba a perder fuerza.

Tavish reconoció primero la forma de las rocas. Después las casas próximas al puerto, el humo de las chimeneas y la residencia MacKinnon, aferrada a la isla con la misma obstinación que sus habitantes.

Los hombres del muelle ya los habían visto.

Niall esperaba junto a los almacenes con una libreta bajo el brazo. Un perro corría detrás de dos muchachos que intentaban sujetarlo, y una mujer les gritaba en gaélico que se apartaran de donde iban a caer los cabos.

Tavish dirigió la entrada sin prisa.

Solo cuando el barco quedó amarrado permitió que empezaran a bajar el equipaje. Fiona descendió primero, aceptando la mano de Edward y aprovechando el último escalón para recordarle que conocía aquel muelle desde antes de que él supiera situarlo en un mapa.

Tavish los vio alejarse juntos mientras Hamilton respondía algo que consiguió irritarla y hacerla sonreír al mismo tiempo.

Niall subió a bordo.

—¿Buen viaje?

—Nuestro Hamilton no se ha caído.

—Entonces no ha sido perfecto.

Tavish le entregó la relación de la carga y recorrió la cubierta con él. Revisaron lo que debía descargarse, una reparación pendiente y la fecha de la próxima salida. El muchacho del incidente se presentó para ayudar, evitando mirar a su capitán.

Tavish lo llamó antes de que bajara.

El joven se detuvo.

—Mañana vendrás un poco antes. Calum repasará contigo los cabos.

—Sí, señor.

—Hoy has trabajado bien después del susto.

El muchacho levantó la cabeza.

—No volveré a hacerlo.

—Eso espero. Empiezas a resultar útil y no tengo ganas de buscar a otro.

Lo dejó marcharse.

Cuando abandonó el barco, ya habían encendido las primeras lámparas en las casas del puerto. Tavish se detuvo un momento al pie de la pasarela y miró hacia el timón vacío.

Allí no debía su lugar a nadie que llevara su apellido.

Había aprendido las rutas, ganado la confianza de los hombres y cometido errores que no podía atribuir a ningún antepasado. El  Ròs na Mara  exigía trabajo, cuentas y decisiones. También le permitía alejarse de la isla sin sentir que estaba huyendo de ella.

Al día siguiente tendría que revisar una vela.

Aquella noche pensaba cenar, dormir y dejar de preguntarse qué estaría haciendo una dama inglesa en Blairmuir a esas horas. Quizá alguna escocesa menos elegante —y bastante menos complicada— pudiera ayudarlo a conseguirlo.

El primer obstáculo para sus planes lo esperaba nada más cruzar la puerta.

La abuela MacKinnon lo recibió con una mirada a sus botas.

—No subas así.

—También me alegro de verla.

—Me alegraré más cuando no dejes el puerto en mis escaleras.

Tavish se quitó el abrigo. La casa olía a turba, comida caliente y madera húmeda. Al fondo del pasillo habían apartado una alfombra; dos criados transportaban un arcón entre protestas que parecían dirigidas tanto al peso como a quien había decidido conservarlo.

—¿Qué se ha roto?

—El agua ha entrado por el cuarto del fondo.

Tavish miró hacia el techo.

—Lleva intentando entrar desde que yo era niño. Tiene perseverancia.

—Y vosotros habéis tenido años para reparar bien esa ventana —La anciana señaló una caja sobre el banco—. Llévate eso al salón.

Tavish la recogió. Era poco mayor que dos libros apilados, de madera oscura, con una bisagra sustituida y un cierre que había dejado de encajar. Tenía polvo en la tapa.

—¿También hay que repararla?

—Era de mi hermana.

Tavish dejó de moverla.

La abuela MacKinnon no necesitó aclarar a quién se refería.

Tavish conservaba pocos recuerdos de su propia abuela con la nitidez que habría deseado. Una voz. El roce de una lana áspera contra la mejilla. La manera peculiar en que sujetaba una cuchara entre los dedos.

Después de aquello, sus recuerdos empezaban en Eilean Ròs.

La gran casa de piedra de los MacKinnon. Una rodilla ensangrentada. Una camisa prestada que le rozaba el cuello porque le quedaba demasiado grande.

Tenía seis años cuando llegó a la isla.