La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 23 #4
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Aprieto los dedos alrededor de su cintura, con un poco más de intensidad de la necesaria, atormentado ante la escasa fuerza de voluntad que me queda e intentando convencerme, por una vez en la vida, de hacer algo bueno y no arruinarnos a ninguno de los dos.

—Joder —siseo.

Su tacto es tan adictivo que me resulta muy difícil contenerme.

—Thatch, voy a correrme —jadea, y se acerca aún más a mí—. Por favor, por favor, por favor…

Mantengo el mismo ritmo, restregándome una y otra vez contra su clítoris. Pero, cada vez que me aparto, siento que eleva más las caderas, lo cual hace que sea todavía más complicado evitar ese estrecho agujero que tantas ganas tengo de destrozar.

—Lyra, no —le advierto entre dientes, aunque mi cuerpo, despierto y vivo como no ha estado nunca, me suplica que ceda a sus deseos—. No podemos.

Me presiona las manos contra la parte baja de la espalda para empujarme hacia delante. Opongo una resistencia patética, consciente de que no voy a ser capaz de ignorar mis propios instintos e impulsos durante mucho más tiempo.

—Por favor, Thatcher. Estoy a punto —me implora, y el gemido que le brota de la garganta podría hacer que cualquier rey se arrodillase ante ella.

Los testículos se me tensan y noto cómo me aproximo al orgasmo conforme nos movemos el uno contra el otro. Al cometer el error de bajar la vista hacia donde nuestros cuerpos se frotan, un profundo rugido me sacude el pecho.

Esta vez, cuando retiro las caderas para impulsarme hacia delante, Lyra arquea el cuerpo de tal manera que la punta de mi polla le roza el agujero.

Las venas del cuello me palpitan mientras le agarro la cintura con ferocidad.

—Lyra, cariño, no me obligues a…

Pero ya es demasiado tarde.

Lyra deja escapar un grito tortuoso, cargado de placer y angustia, que me indica que ha llegado al orgasmo. Mi miembro entero se adentra en ella justo en el momento en el que se entrega al clímax y siento cómo envuelve cada centímetro de mi longitud en su cálida humedad.

—Joder —gimo de nuevo, hundiéndole la cabeza en el hombro cuando contrae las paredes alrededor de mi pene como resultado de su orgasmo—. No deberías haber hecho eso.

Aspiro su aroma. Huele a cerezas y al aire que impregna la noche. Es fresco y relajante, y me recuerda a todo lo que me encanta de la oscuridad.

Somos una mezcla de blanco y negro, materia gris enlazada por una atracción catastrófica que ninguno de los dos se molesta en negar dentro de este armario. Me metí en su cabeza hace tiempo y, ahora que estoy profundamente enterrado en su cuerpo, ya no va a poder sacarme de su vida.

Ella solita se lo ha buscado.

—Ya me dirás que ha sido un error luego —murmura, agarrándome de la nuca—. Ahora limítate a sentir cómo sangro sobre tu polla, porque mi misión principal en esta vida es sangrar para ti.

Me incorporo un poco para contemplar su rostro desde arriba, nuestros cuerpos unidos de un modo en el que nunca lo habían hecho, ni el uno con el otro ni con nadie más.

Lyra lleva una mano ensangrentada hasta mi rostro y me la desliza por los labios, con los ojos muy abiertos y relucientes de la emoción. En respuesta, le paso la lengua por el pulgar antes de volver a fundirnos en un beso embriagador y teñido de sangre.

Es la peor pesadilla de cualquier final feliz de cuento de hadas, la cruda realidad de nuestro vínculo. Siempre hemos estado marcados por el silencio de la noche y la sangre derramada.

La obsesiva y trastornada fascinación que siente por mí se ha apoderado de todo resquicio de lógica que alberga su mente. Y yo cedo a ella, alimentando su obsesión, porque no hay nada que ansíe más que ver a Lyra desesperada por poseerme, ardiendo en deseos por mí.

Cuando echo las caderas hacia atrás, percibo el pánico en sus ojos al creer que voy a detenerme y a ponerle fin a esto aquí mismo, pero no tardo en disipar sus miedos.

—Ahora es mío, Scarlett. —Vuelvo a hundirme por completo dentro de ella—. Tu coño es mío por derecho. ¿Lo entiendes? Solo yo puedo follarte como me plazca, ¿te queda claro?

Frunce el ceño y de sus labios escapa un siseo de dolor al notar cómo sus paredes se ensanchan para amoldarse a mi polla.

—Dime que entiendes lo que has hecho —gruño, deslizándome en ella con más fuerza. Le atrapo un pezón con la boca y le doy un mordisco—. Este cuerpo es mío. Estos pezones duros, estos labios…, eres mía. Ya no hay nada que te pertenezca a ti.

Estoy a punto de llegar al orgasmo. La estrechez de sus paredes, mezclada con esta intimidad a la que ambos nos hemos entregado por primera vez, amenaza con hacerme perder el control. Agradezco que se haya corrido antes de que empezara esta parte, porque no sé cuánto más voy a poder contenerme.

—Siempre… —Se queda sin aliento cuando la embisto de nuevo, esta vez algo más brusco—. Siempre he sido tuya.

Mi boca se cierne sobre la suya y absorbo sus jadeos de incomodidad. Los utilizo como combustible para moverme más rápido mientras escucho cómo su coño empapado envuelve hasta el último centímetro de mi miembro.

Le coloco el pulgar sobre el clítoris y trazo círculos lentos alrededor para aliviar el dolor que debe de estar sintiendo.

—Voy a destrozarte. Mira cómo hago sangrar ese coño precioso e inmaculado.

Me echo hacia atrás sobre las rodillas sin dejar de metérsela y sacársela, contemplando cómo le rebotan los pechos con cada sacudida y cómo me impregna la polla con sus fluidos.

Tiene la mitad inferior del cuerpo manchada de rojo, marcada por mis caricias y algunas gotas de color granate. Es la imagen más erótica y abrumadora que he contemplado en la vida. Se le escapan pequeños gimoteos de placer cuando descubre lo perdida que se ha puesto.

Con cada arremetida, sus paredes vuelven a atraerme hacia sí. Le rodeo la cintura con ambas manos y tiro de ella hacia mí hasta obligarla a recibirme por completo. Quiero que se ahogue en mí, en mi semen, en mi sangre.

—Thatch.

Esa es la gota que colma el vaso. Oír mi nombre en su lengua hace que me corra.

Siento cómo la polla se me estremece y estalla en ráfagas interminables de semen caliente que le llenan las paredes, pero sigo embistiéndola con las caderas e impulsándome dentro de ella para marcarla con mi corrida.

Así, su alma también será plenamente consciente de a quién le pertenece.

Aún en su interior, deposito un beso casto sobre su ceño sudoroso.

—La muerte tendrá que esperar. Ahora eres mía.

—No podrá llevarnos a ninguno de los dos —murmura satisfecha entre mis brazos.

Lyra me pertenece. Es un deseo enfermizo, lleno de una esperanza macabra y de todo lo que debería haber evitado, pero, en esta vida, me pertenece a mí y a nadie más.

Me posa una mano en la cara y siento la gélida presión del anillo que nunca se quita sobre mi piel ardiente. Da la impresión de ser un gesto de lo más cotidiano.

Creo que odio lo natural que me parece todo a su lado, como la sangre que me fluye por las venas, el aire que me circula por los pulmones y las conexiones neuronales que establece mi cerebro.

Si la Aureola cumple su promesa y viene a buscarme, me lo tomaré como un cumplido. Sin embargo, si averiguan lo que Lyra significa para mí y vienen a por ella, no pienso dejar títere con cabeza.