La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 24
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Érase una vez en diciembre

Lyra

La nevada que marca el inicio de la temporada ha llegado tarde en comparación con otros años, pero no podría haber elegido un momento mejor.

Así, la primera mañana de diciembre amanece con copos de nieve tan densos que se amontonan en las aceras, cubren las copas de los árboles y transforman Ponderosa Springs en un paisaje invernal de cuento.

—¡Eh! ¿A dónde vas con tanta prisa?

Aminoro el paso y, cuando echo un vistazo por encima del hombro, veo a Conner Godfrey trotando hacia mí a través de la nieve que se ha acumulado en el aparcamiento de la universidad.

La bufanda que lleva puesta ondea al viento conforme avanza en mi dirección, con la punta de la nariz más roja que un tomate. Le dedico una sonrisa tensa.

A pesar de que no hemos encontrado nada que lo incrimine a él como tal, sigue siendo un amigo íntimo del decano y, aunque no creo que sea capaz de traficar con seres humanos, sería raro que no estuviera al tanto de lo que su mejor amigo de la universidad se trae entre manos.

—Tengo… —tartamudeo en busca de las palabras—. Tengo una clase de refuerzo y ya voy tarde.

Refuerzo en el arte del asesinato, pero sigue siendo una clase, al fin y al cabo.

Es la primera lección que damos Thatcher y yo desde lo que ocurrió en mi antigua casa. No me avergüenzo de la esperanza que me late en el pecho, sino que la dejo brillar dentro de mí como una estrella que ha vuelto a nacer.

Aunque soy consciente de lo rápido que Thatcher se aparta de mí, nuestra relación cambió aquella noche.

Logré verlo sin su coraza, atravesé una tormenta de metralla hasta llegar a él, ensangrentada y magullada, pero me aceptó de todas formas.

Recogió cada fragmento de mi alma dañada y la fundió con la suya.

Las cicatrices de mis muslos me hormiguean al recordar esa necesidad frenética de estar cerca de él que me ardía en el estómago, más cerca de lo que nadie había estado o estará jamás.

—¿Tú? ¿En qué asignatura te hace falta ayuda a ti?

Se ríe de manera amistosa e inocente y yo intento percibir algún cambio en su mirada o en sus gestos, pero sigue siendo el mismo Conner de siempre.

—En unas tareas para ganarme unos créditos extra. Nada importante.

—Llevo un tiempo sin verte por el laboratorio. ¿El frío te ha mermado la creatividad?

No, es lo que pasa cuando tienes que dedicar gran parte de tu tiempo a intentar desmantelar una red de tráfico sexual mientras aprendes a matar a la gente como una auténtica profesional.

Es el miedo por lo que pueda ocurrirles a mis amigos lo que me ha quitado la inspiración y mis ganas de salir en busca de insectos, el hecho de vivir en un estado de alarma constante y esperando lo peor.

—La verdad es que me encanta el frío, pero he estado liada con las cosas de la universidad, intentando sacar buenas notas y todos esos rollos que nos preocupan a los estudiantes —murmuro.

Conner esboza una ligera sonrisa.

—Bueno, no te entretengo más. Solo quería decirte que el director de las prácticas está deseando recibir tu solicitud, y también asegurarme de que estés respetando las medidas de seguridad.

Cómo no.

Pese a que no ha aparecido ninguna mujer desmembrada desde hace semanas, el campus sigue en alerta máxima. Se aseguran de que las chicas vayan a clase en grupo y de que no estén solas después del anochecer; incluso las que permanecen en la residencia deben cumplir con un toque de queda obligatorio.

—Voy con cuidado, lo prometo —le aseguro, ajustándome la mochila sobre el hombro—, pero tengo que irme. Ya nos veremos, profesor Godfrey.

Me doy media vuelta para dirigirme hacia mi coche; sin embargo, me agarra con suavidad de la chaqueta e impide que me aleje.

—Oye —susurra, con cierto deje de nerviosismo en la voz—, sé que no es asunto mío, y soy consciente de que es probable que me esté pasando de la raya, pero no sería capaz de perdonarme a mí mismo si no te dijera nada al respecto.

Me giro hacia él con el ceño fruncido, esperando a que continúe.

—Sé que tienes tus motivos para elegir a tus amistades. Solo quiero que pienses con cabeza en tu futuro y que priorices tu seguridad.

—¿Ser amiga de Briar y Sage es peligroso?

—No, pero ser amiga de Thatcher Pierson sí lo es —afirma, mirándome a los ojos—. Se rumorea que tal vez haya tenido algo que ver en los últimos asesinatos. No quiero que te pase nada, Lyra.

El veneno me hierve bajo la piel. Siento cómo mi instinto protector despierta de su letargo a ese impulso que tanto me esfuerzo por reprimir.

La mandíbula se me tensa y le arranco la tela de mi abrigo de las manos. Me importa un pimiento que lo diga por mi bien.

—Tienes razón: no es asunto tuyo —respondo de forma tajante.

Mi ira no va solo dirigida a Conner, sino a todo este pueblo que le colgó el cartel de villano en la frente a Thatcher incluso antes de que alcanzara la adolescencia.

Todos ansiaban un monstruo al que temer y señalar a la hora de difundir rumores crueles, así que le otorgaron ese papel. Ayudaron a Henry Pierson a transformarlo en el hombre insensible que es hoy.

—Lyra, no…

Alzo la mano para callarlo.

—No hace falta. Entiendo tu preocupación, pero mis amigos son cosa mía y de nadie más.

Lo oigo llamarme por mi nombre varias veces antes de que el sonido de mi coche saliendo del aparcamiento ahogue su voz. Ni siquiera la música suave de la radio logra que me olvide de la conversación que acabamos de mantener.

Agarro el volante con fuerza. Quiero hacer que Ponderosa Springs pague por el modo en el que lo ha tratado. Quiero hacer que su padre pague por convertirlo en una máquina de matar que apenas es capaz de sentir emoción alguna ni de tocar a otras personas.

Aunque el trayecto de la universidad hasta la casa de Thatcher es corto, me paso todo el recorrido imaginándome cómo torturaría a Henry Pierson. Lo desangraría, lo asfixiaría lentamente y quizá incluso me aventuraría a desmembrarlo.

Se merece morir dos veces: una por mi madre y otra por Thatcher. Si pudiera matarlo y volver a traerlo a la vida solo para arrebatársela de nuevo, lo haría sin pensarlo.

La larguísima entrada hacia la casa encantada de Pierson Point está decorada por la naturaleza. Los enebros de un verde intenso, ahora cubiertos de nieve, forman un precioso dosel sobre mí.

El otoño ha pasado a ser un recuerdo ante la imponente presencia del invierno.

Siempre me ha parecido mágica la habilidad que tiene el frío para congelar ciertos momentos dentro de una especie de bola de nieve.

De niña me dejaba vencer por el impulso de quedarme horas en la calle, solo por sentir el aire fresco acariciándome la piel, para luego calentarme los dedos helados con el fuego de la chimenea.

Cuando llego a la cima del camino principal y veo la fachada de la casa, toda la alegría desaparece de golpe y da paso a una confusión marcada por el pánico.

Solo se necesita un segundo, un único segundo eterno, para convertir la alegría en un miedo desenfrenado. La vida estable, cómoda y anodina que crees llevar puede cambiar en cuestión de menos de un minuto. Todo lo que conoces y todo aquello en lo que crees se puede derrumbar en un mísero instante.

La esperanza de que las luces rojas y azules que parpadean frente a la casa sean decoraciones navideñas colocadas antes de tiempo se desvanece en cuanto distingo los coches de policía que ocupan la parte delantera, rodeando la fuente y el camino adoquinado.

Hay una sola ambulancia junto a la puerta. El pecho se me tensa al verla ahí y percatarme de los coches de Alistair y Rook aparcados junto al de Thatcher.

De repente, el frío carece de toda belleza. Me quema la piel cuando salgo del coche. El viento implacable me azota todo el cuerpo. Las manos me tiemblan a los lados y la nieve cruje bajo mis botas.

El mundo a mi alrededor parece moverse a cámara lenta. Me siento como si estuviera corriendo cuando sé que, en realidad, solo estoy dando pasitos cortos. Obligo a mis rodillas a no ceder, a mantenerse firmes, a seguir avanzando.

Dos policías pasan junto a mí y reparan en mi presencia unos segundos después de que yo los vea, aunque las miradas cortantes que me lanzan no logran frenarme. Pero entonces se giran y se acercan a mí con las manos extendidas.

—Señorita, no puede estar aquí —me dice uno de ellos—. Es mejor que espere en el coche.

Frunzo el ceño. ¿Por qué tendría que esperar en el coche? ¿Qué ha pasado? ¿Qué es lo que está ocurriendo?

Un sinfín de preguntas sin respuesta hace que la cabeza me dé vueltas. La estática de una radio me chisporrotea en los oídos antes de que una voz entrecortada resuene en el aíre frío del invierno.

«La víctima estaba muerta al llegar». Una pausa. «No hay señales de que hayan forzado la entrada».

El suelo se desmorona bajo mis pies. Todo mi mundo se agrieta y se hace pedazos, me arroja a un vacío insondable en el que no hay nada a lo que aferrarme y solo puedo limitarme a girar, sin ninguna esperanza de poder frenar la caída.

Una vez escuché que el dolor de la pérdida se presenta como un testigo que da fe de que el amor es verdadero.

Sin embargo, no era así como quería que se demostrara el mío, en el caos de la muerte o en el duelo por un alma.

Quería que mi amor respirase y existiera, que pudiera sentirse durante una eternidad; pero aquí, de pie, esa esperanza ha quedado reducida a cenizas que se dispersan con el viento.

La policía me está hablando, aunque no logro escucharlos. Estoy anestesiada, sumida en una soledad aplastante que se ha apoderado de mí por completo. Ni siquiera siento que sea yo misma: es como si mi alma se hubiera desprendido de mi cuerpo y me observara desde arriba.

Las lágrimas se me deslizan por las mejillas y un dolor profundo me atraviesa el pecho. Se oyen pasos saliendo por la puerta principal y, acto seguido, vislumbro unas botas militares que reconozco.

Alistair Caldwell tiene el pelo alborotado, como si se hubiera pasado las manos por la cabeza demasiadas veces, el rostro pálido y los ojos enrojecidos de ira.

Noto cómo me quiebro por dentro cuando intento coger aire para gritar su nombre y suplicarle que me explique lo que está pasando, que me diga que todo va bien, que Thatcher está bien.

Tiene que estarlo, ¿no? La muerte no sería tan cruel, ¿verdad?

No, no. La muerte es compasiva y bondadosa, tiene las manos heladas y una sonrisa triste. La vida, en cambio, sí sería capaz de mostrar tal crueldad, de destrozarte con dedos implacables y dejar que te recompusieras solo, a la intemperie.

—Me has pisado ya dos veces.

La cara se me encendió de vergüenza mientras le suplicaba a la tierra que me tragase entera. Thatcher me agarró la cintura con un poco más de fuerza, mirándome con los mismos ojos azules e imperturbables de siempre.

En ese momento, pensé que había cometido un error tremendo. No tendría que haber accedido a involucrarme en los planes de los Hollow Boys ni haberme acercado tanto a Thatcher, y a saber qué estaría haciendo Alistair con Briar.

Pero no me desagradaba del todo la situación. Me sentía vista, y no estaba sola porque él estaba conmigo. La última vez que habíamos estado tan cerca el uno del otro había sido la noche en la que murió mi madre, y éramos solo unos críos. Aquello era distinto.

—Te dije que no se me daba bien bailar —respondí abatida antes de quitarme un mechón de la cara con un resoplido.

El vestido que llevaba puesto rozó el suelo cuando me apartó y me sujetó la mano para hacerme girar al compás del piano. La habitación dio vueltas a mi alrededor, con colores cálidos y vibrantes que se fundían entre sí.

Al atraerme de nuevo hacia su cuerpo, le apoyé las palmas sobre el torso y sentí la tela de su traje. Estábamos demasiado pegados; me había pasado toda la vida siendo su sombra, pero siempre a cierta distancia, nunca así de cerca.

—Esto no es un baile —replicó. Su aliento me rozó la cara y el olor a menta me inundó los sentidos.

El corazón me latía desbocado en el pecho, martilleándome las costillas y moviéndose de un lado a otro, inquieto, emocionado. Pese a llevar tanto tiempo observándolo de lejos, me resultaba increíble la cantidad de detalles que había pasado por alto.

Pude ver cada marca, cada curva, cada rincón de su atractivo rostro… Y me aseguré de grabármelo todo a fuego en la memoria, por si ese instante no volvía a repetirse.

Lo miré con curiosidad.

—Entonces, ¿qué es?

—Una distracción —murmuró, inclinado hacia mi oído—. Deberías procurar no acercarte tanto a mí, Lyra. La muerte y yo tenemos muchas cosas en común, pero la piedad no es una de ellas.

El recuerdo de nuestro primer baile, hace tantos meses, me asalta la mente con vehemencia. Una sensación de vacío se me extiende por el pecho y me sumerge en una inmensa nada.

Rook es el siguiente en salir. La capucha le cubre la cabeza, pero puedo percibir el tono rojizo que le tiñe las mejillas. Se nota que la tristeza lo ha arrasado de un modo que no había previsto.

Me obligo a dar otro paso adelante, ignorando los brazos que tiran de mí hacia atrás.

Una fuerza que brota desde lo más profundo de mi ser me empuja a abrirme paso por la nieve.

Sigo avanzando y me repito que, si logro llegar hasta la puerta, la próxima persona que salga será Thatcher, con un traje bien planchado, sano y salvo.

Será Thatcher, tiene que ser él. Me niego a aceptar cualquier otra opción que no sea él.

Otro par de zapatos cruza el umbral, pero no son unos mocasines ni unos Oxford encerados, sino unas botas pesadas. Mi Jack Frost sombrío, cuyo brillo resplandece en los meses de invierno, no es quien atraviesa la puerta.

Son hombres en uniforme trasladando una camilla. La bajan por los escalones y la llevan hacia la ambulancia abierta. Sobre ella yace un cuerpo cubierto con una sábana blanca, manchas de color granate tiñendo la tela y creando un fuerte contraste con la nieve del exterior.

A lo lejos, oigo mis propios sollozos. Creo que incluso estoy gritando. Distingo de manera borrosa a Alistair y a Rook corriendo hacia mí.

Todos me están mirando, todo el mundo puede verme, menos él.

«No puede, no puede, no puede…».

Me llevo las manos a los oídos porque, de repente, el ruido me resulta ensordecedor. Siento que pesa demasiado mientras me desplomo sobre el suelo helado. Quiero retroceder, regresar al armario. Quiero estar en cualquier otro lugar que no sea la realidad de este momento.

Mi corazón obsesivo, ese que late por las cosas que ama, que grita y salta cada vez que él se encuentra cerca, se queja. Sé que ha soltado el último grito, un eterno aullido gutural, antes de romperse.

Se resquebraja y se hace añicos. Explota en fragmentos tan diminutos que solo me queda un enorme vacío en el pecho, donde él habitaba.

Todo se vuelve oscuro, ya no hay luz. Mi mente se disuelve en la nada y mi cuerpo con ella. Rezo en silencio por abrir los ojos y despertarme en el más allá.

Pero llega un nuevo día y no es mejor ni más brillante, sino el comienzo de la noche más larga y sombría que haya existido jamás.

Continuará …