23 #3
El tiempo parece detenerse cuando le enredo las manos en el pelo y tiro de sus rizos indomables. La calidez de su boca arde contra la mía y su sabor a cerezas me inunda los sentidos.
Le rasgo con los dedos las costuras de la ropa y me acerco aún más a ella.
Le suelto un gruñido en la boca al sentir cómo presiona contra mi pecho sus pezones expuestos y el deseo invade cada fibra de mi ser.
Mi autocontrol no es más que un pensamiento pasajero, porque lo único en lo que puedo concentrarme en este momento es en tocarla.
Llevo toda mi vida queriendo estar limpio, sin una sola mácula, y, sin embargo, lo que más anhelo ahora mismo es que me ensucie, que me muestre su alma por dentro para hacerla pedazos si me apetece.
Quiero conocer cada rincón que pueda ofrecerme, hundir mis manos en su interior y empaparme de todo lo que es Lyra Abbott.
Es una intimidad macabra, quizá la única clase de intimidad que soy capaz de tolerar, casi enfermiza por naturaleza. Pienso en lo mucho que deseo estar dentro de ella, encajarle la polla entre los muslos mientras mi sangre le llena la garganta y nuestros cuerpos tratan de fundirse en uno solo.
Le manoseo los pechos, le retuerzo los pezones con los dedos, y le arranco un grito que provoca que arquee la espalda. Con la lengua, exploro todos los lugares de su cuello que hacen que se tense.
La hoja que sostengo en la mano izquierda se estremece, como si también quisiera tocarla. Con un movimiento perezoso, le arrastro la punta por el torso desnudo, observando cómo se le eriza la piel, hasta alcanzar la cima de sus muslos.
Se agarra el borde de la falda, se la sube hasta la cintura y me muestra las bragas lavanda que lleva debajo. La polla me aprieta contra los pantalones y me palpita al imaginarme unos hilos rojos corriendo por la piel pálida de sus piernas.
Giro la mano, le presiono la hoja contra la carne y se la deslizo lentamente para que sienta cómo el metal se abre paso entre sus tejidos. Ella responde aferrándose a mis hombros y hundiéndome las uñas hasta llegar al músculo.
Arquea las cejas y se le dibuja una expresión de angustia y gran belleza en las líneas del rostro. Intento concederle una tregua, pero se apresura a sujetarme la mano justo cuando voy a apartarla, sacudiendo la cabeza con desesperación.
—Espera —jadea—. Puedo soportarlo. No pares.
Los labios se me curvan en una sonrisa. Me inclino hacia delante y le beso el cuello, donde noto su pulso acelerado bajo mis labios y la calidez del líquido que me impregna el lateral de la mano.
Está dispuesta a recibir cada corte de manera obediente.
—Me encanta verte sangrar para mí, mascotita.
Y lo digo en serio, tanto que ni siquiera cuestiono el modo en el que me flaquean las piernas y me postro ante ella para apreciar cómo se hunde la hoja en la suavidad de su cuerpo.
Le agarro la parte de atrás de la rodilla con la mano que tengo libre y le alzo la pierna para separarle aún más los muslos. Le entierro los dedos en la carne con la esperanza de que mis huellas se le queden impresas durante mucho tiempo después de que yo haya abandonado este mundo.
—¿Te das cuenta de lo que despierta en mí tu sangre, querida? ¿Sabes lo que me impulsa a hacer?
Me centro en el siguiente corte, justo debajo de la primera herida horizontal, hasta que la sangre brota de la incisión. Por primera vez, no me contengo y poso mi boca sobre su piel enrojecida.
—Thatcher… —gime al sentir mi tacto.
Se le escapan unos cuantos gimoteos, sollozos y suspiros mientras le lamo la sangre que le recorre la pierna y dejo que su sabor ácido me baje por la garganta a medida que me empacho de ella.
Ahora sé que no importa a dónde vaya ni lo que me ocurra: siempre la llevaré dentro de mí. La encontraré en aquellos lugares en los que ningún otro ser humano ha osado adentrarse, entre los huecos de mis costillas, y fluyendo por las venas que me rodean el corazón.
Cuando me baja las manos por el pecho y me empuja hacia el suelo, el aroma que desprende me convierte en una criatura dócil que no es capaz de oponer ningún tipo de resistencia. Al menos, esa es la única explicación lógica que considero plausible al verla trepar por mi cintura.
El tintineo metálico de la navaja al impactar contra la madera me retumba en los oídos. Apoyo las palmas para mantenerme erguido al tiempo que ella se acomoda en mi regazo. Una vez se asienta, me recorre el cuello con la boca y me mordisquea la piel.
Se mueve de forma salvaje y frenética, rozándome con su piel suave y cálida, impaciente por sentirme. Los ojos se me empañan de deseo al contemplar cómo le rebotan los largos rizos justo por encima de sus pálidos pechos.
Unos dedos ágiles y feroces me tiran del cinturón y lo aflojan antes de desabrocharme el botón y bajarme la cremallera de los pantalones. El pene se me endurece y me palpita a la par que el pecho me sube y baja a un ritmo acelerado.
Nadie ha estado nunca tan cerca de mí ni ha llegado tan lejos.
Jamás he experimentado nada parecido ni deseado sentir a alguien de esta manera.
Pero Lyra me ha convertido en un animal salvaje, dominado por los instintos más básicos, impulsado únicamente por la idea de notar sus delicados dedos alrededor de mi polla y ver cómo mi semen le gotea del coño.
El sexo para mí siempre ha sido ese concepto impreciso por el que todo el mundo pierde la cabeza como conejos en celo. Es toda una novedad que me atraiga el hecho de tener a alguien tan unido a mi cuerpo.
Dejo escapar un gemido cuando percibo la calidez de sus dedos rodeándome la base del pene y moviéndose de arriba abajo. Una descarga eléctrica me atraviesa la espalda y me nubla la mente.
Me he prohibido el contacto físico toda mi vida, tanto por mis propias acciones como por el modo en el que mi padre decidió criarme. Llevaba tanto tiempo sin sentirlo que no he sido consciente de lo mucho que lo ansiaba hasta que Lyra ha empezado a tocarme.
Me despojaron de ese vínculo que se crea a través del afecto; ni siquiera estoy seguro de si me sostuvieron en brazos cuando era niño.
Me han negado la oxitocina desde que tengo uso de razón, pero ahora me he convertido en un hombre hambriento y a mi cuerpo le ha bastado con probar un poco para recordar todo lo que le ha sido privado.
Algo húmedo me recorre la punta del miembro.
Al bajar la mirada, veo la mano de Lyra, salpicada del mismo líquido rojo que le resbala por los muslos, pintándome con caricias lentas y nerviosas.
Me la desliza con una cadencia vertiginosa a lo largo del miembro mientras se sirve de la sensación resbaladiza de la sangre para acelerar el ritmo.
Me muerdo el labio inferior, observando cómo me marca, y le rodeo la cintura con un brazo.
Dejo el otro apoyado en el suelo, para mantener el equilibrio, a la vez que levanto las caderas de tal modo que no le queda más remedio que quitar la mano y permitir que le presione la polla contra las bragas.
—Mascotita —murmuro, rozándole los labios con los míos—, déjame verte el coño. Te mueres de ganas por ofrecérmelo, ¿verdad? Enséñame lo mojado que lo tienes, quiero empaparlo de mí.
Una lujuria oscura y perversa se le refleja en los ojos.
Parece estar tan entregada a este momento que sé que se inclinaría ante cualquier orden que le diese.
Un poder que jamás he experimentado me corre por las venas al ser consciente de que es completamente mía y puedo dominarla como se me antoje.
Lyra se aparta la tela de las bragas a un lado para dejar su coño rosado al descubierto solo para mí. La polla me gotea al apretarme contra él y siento cómo el calor líquido que le brota de entre las piernas me devora.
Aprovecho que estoy sujetándola de la cintura para hacer que las caderas se le balanceen al ritmo de las mías. Mi miembro se desliza entre sus pliegues con facilidad, gracias a la mezcla de la sangre y al resto de fluidos que ha provocado nuestra excitación.
Parece tan diminuta entre mis brazos que me da la impresión de que, si la penetrara, podría partirla en dos. Estoy seguro de que mis manos podrían llenarle la piel de moratones sin apenas esfuerzo, y aun así se muestra dispuesta a recibir de buena gana todo lo que le brindo.
Un gemido se le escapa de los labios a la par que frota las caderas contra mí con movimientos torpes y desesperados.
—Más, Thatcher. Quiero más. Te quiero a ti entero.
La polla se me estremece ante la idea de enterrarse dentro de ella y no volver a salir, pero mi autocontrol se aferra a la poca cordura que me queda e impide que me deje llevar.
Nunca querrá alejarse de mí después de esto. Estará en peligro mientras sigan teniéndome en el punto de mira, y lo peor de todo es que ni siquiera le importará.
Si continuamos así, será mía, solo para mí. Aunque sea incapaz de amarla, no permitiré que pertenezca a otro hombre ni mujer jamás. La poseeré por completo en cuerpo, mente y alma, y no puedo hacerle eso, ni a ella ni a mí mismo.
Pero, Dios, no hay nada que desee más en este instante.
La sujeto contra mí para recostarla sobre el suelo y colocarme encima. La amplitud de mi cuerpo la obliga a separar los muslos y me sirvo de la mano para guiar mi polla de nuevo hacia la calidez resbaladiza de su coño.
—No seas una zorra avariciosa. —Muevo las caderas, frotando la punta de mi polla contra su clítoris hinchado—. Sé una buena chica y córrete para mí. ¿Te ves capaz de hacerlo, Scarlett?
Solo yo tengo derecho a llamarla por su primer nombre. Soy la única persona en el mundo que lo conoce y la única que puede usarlo a su antojo. Es algo nuestro que no pienso cederle a nadie.
Alza las caderas del suelo para moverse conmigo, persiguiendo ese orgasmo que tanto ansía. Tenso la mandíbula, consciente de que, si me desvío ligeramente hacia abajo, podré sentirla entera, sin ningún tipo de protección.