23 #2
—Tu muerte no solo me destrozaría a mí, Thatcher.
Sería la causa de la masacre del pueblo entero —le aseguro antes de apretar los dientes, pensando que el dolor que me causaría perderlo los pondría a todos en peligro—.
No intentes deshacerte de mí solo para dejar que te maten y culparme del monstruo que nacería de mi duelo.
Thatcher
Llevo toda la vida sintiéndome orgulloso de mi honestidad; a fin de cuentas, es lo único que me distingue de mi padre. Él le ocultaba su verdadera esencia al resto del mundo y fingía ser un hombre cuando, en realidad, era un monstruo.
Pero me prometí a mí mismo que yo sería diferente, mejor, así que me negué a mentir aunque doliese, aunque la verdad escociera y supiese amarga. Permití que el mundo me temiera, que me viese tal y como era. De esa forma, nadie podría decir jamás que le había sorprendido mi comportamiento.
No quiero ser el asesino en serie cuyos vecinos salen en las noticias diciendo que ignoraban por completo que lo fuese, que nunca se habrían imaginado que pudiera desmembrar cuerpos humanos y disolverlos en ácido.
Y lo he conseguido: a día de hoy, son plenamente conscientes de quién soy y de la clase de criatura que vive entre ellos.
—¿Crees que me preocupa en lo que puedas convertirte?
Las lágrimas le resbalan por las mejillas a borbotones, sin ningún tipo de control, por lo que puedo ver todo lo que siente, como si se hubiera abierto en canal y estuviera exponiendo ante el mundo ese estúpido y frágil corazón que alberga en el pecho.
—Yo no…
—Has debido de confundirme con otra persona, con alguien a quien no le importa todo una mierda. Así que, con tu permiso, voy a dejártelo bien claro, porque no quiero que haya ningún malentendido a partir de ahora.
Levanto un nudillo y se lo acerco al rostro para secarle las lágrimas. Un gesto tierno que contrasta con la crudeza de mis palabras.
—No me importas, Lyra Abbott.
«Mentira, mentira, mentira. Es una sucia y asquerosa mentira».
Hay algo dentro de mí, una verdad que me he esforzado por ocultar y que negaré hasta mi último aliento: que ella siempre ha sido la única mujer, la única persona, que me ha importado de verdad.
La niña a la que no fui capaz de matar. La pequeña que me llevó a empujar por las escaleras a Scottie Camball, a modo de venganza, porque le había volcado una bandeja entera de comida en la cabeza en quinto de primaria.
La mujer a la que le permito observarme y perseguirme porque disfruto cuando me recorre el cuerpo con los ojos.
Mi único punto débil, la primera persona que logró hacerme sangrar, y la he odiado por ello todos y cada uno de los días de mi vida. Detesto esa capacidad suya para transformar cualquier deseo mórbido en algo bello y apasionante.
—Pero tú…
—¿Pensabas que podías cambiarme? —pregunto, presionándole una lágrima contra la mejilla.
Luego cojo uno de sus rizos y tiro de él con suavidad—.
¿Pensabas que podías meterte en mi mente, corromperme y transformarme en un hombre capaz de amar?
No esperaba que fueras tan lamentable, mi querido fantasma.
Disfruto extinguiendo la luz en la mirada de la gente, eliminando cualquier rastro de vida de sus pupilas hasta que se empañan y se vuelven vidriosas. Me encanta esa parte y, sin embargo, esto no se asemeja en nada a esos momentos gloriosos de la matanza.
El brillo de sus iris color jade parpadea y se apaga, como si fuera una luciérnaga a la que acabase de aplastar bajo la suela del zapato.
La emoción constante que nada en las profundidades cada vez que me mira de esa forma, tan abrumadora que puedo sentirla al otro lado del patio, aun cuando trata de pasar desapercibida entre la multitud, ha desaparecido.
Ya no queda más que un inmenso vacío, pero necesito que se desvanezca por completo.
Me inclino hacia ella y le aparto un mechón de la cara con el pulgar. En mi mente se queda grabada a fuego la expresión de su rostro pálido.
—No somos más que una maldición que se transmite de generación en generación. La novena sinfonía, condenada a terminar antes siquiera de empezar —murmuro—. Tu madre se enamoró de un asesino, y mira cómo acabó. Mira lo que le hizo mi padre e imagínate lo que puedo hacerte yo.
Phoebe Abbott se enamoró de Henry y se vio atrapada en un callejón sin salida. El hombre de sus sueños se convirtió en su peor pesadilla. Y nosotros hemos repetido la historia, pese a ser conscientes de ella.
Alza la mirada hacia mí y acto seguido desliza la mano izquierda dentro del bolsillo de mi chaqueta. La calidez de sus dedos traspasa la tela antes de sacar la navaja que llevo siempre encima.
—Ese es nuestro destino, ¿verdad, Thatcher? Yo me enamoro de ti y tú me matas. Igual que ocurrió con nuestros padres, ¿no?
Hago un breve asentimiento y le aparto las manos del pelo mientras contemplo cómo brilla el mango cuando lo coloca sobre la palma para ofrecérmelo.
—En ese caso, mátame.
Las palabras de Lyra rasgan el aire entre nosotros. Me observa desde abajo con una máscara de impasibilidad, inmóvil y sin miedo. O está lista para morir o cree que no voy a hacerle daño.
—Cállate —le ordeno, sabiendo lo que intenta.
—Si tú eres como tu padre y yo soy como mi madre, no debería costarte. Mátame —insiste.
Abre la navaja y la empuja en mi dirección, desesperada por que se la arrebate de las manos.
Noto cómo se me tensa hasta el último músculo del cuerpo y algo dentro de mí comienza a hervir. Una rabia que no había experimentado nunca sacude cada célula de mi ser y, cuanto más tiempo permanece ahí de pie, apremiándome a coger el arma, más intensa se vuelve.
Me acerco más a ella.
—No pienso repetírtelo.
—¡Hazlo! —grita—. Si tan sencillo te resulta, si lo que dices es cierto, entonces hazlo. Adelante, acaba con esto.
La mano me tiembla de furia cuando le quito la navaja de un tirón y la sujeto del cuello para atraer su cuerpo hacia el mío. Con pasos firmes, la obligo a retroceder hasta que terminamos en el otro extremo de la habitación, sumidos en la oscuridad del armario, y su espalda choca con la pared.
Al presionarle la hoja por el lado plano contra esa garganta tan delicada, siento la calidez del metal en la mano. Como no la he soltado, utilizo mi agarre para inclinarla hacia la navaja.
—Mátame, Thatcher. Demuéstrame exactamente quién eres.
La respiración le sale entrecortada, pero mantiene la cabeza erguida, dándome acceso y casi suplicando que le hunda el filo en la carne, que la deje tendida en el suelo con nada más que un collar de rubíes líquidos fluyendo en cascada hacia el exterior, hasta que no quede ni una sola gota dentro de su cuerpo.
Aprieto los dientes, ansioso por ponerle fin a todo esto, porque la mano no me responde. Mi mente se niega a obedecerme.
—¡Que te calles!
Sacudo la cabeza e intento tragar saliva, pero la garganta se me ha cerrado por completo.
—¡Hazlo! ¡Mátame!
Su voz me retumba en los oídos, clara y nítida, exigiéndome que haga justo aquello en lo que llevo pensando años. Y yo, tal y como ocurrió la primera vez que se me asignó esta misma tarea, no soy capaz.
—¡No puedo! —Le tiro del pelo y la fuerzo a mirarme a los ojos—.
Dios, me muero por despedazarte, mascotita.
No hay nada que desee más que borrar hasta el último rastro de tu existencia para no tener que volver a sentir nunca más este horrible cosquilleo en el estómago cada vez que te veo.
Quiero acabar contigo y con tu recuerdo, pero ¡no puedo, joder!
El pecho me sube y baja de manera agitada y expulso cada bocanada de aire que respiro como si acabase de correr varios kilómetros. La cruda realidad flota entre nosotros, dejando patente la debilidad que siento por ella.
Soy incapaz de hacer lo único para lo que me criaron, y todo por su culpa.
Mis ojos se cruzan con los suyos y contemplo cómo el hambre arde con voracidad en ellos, aunque también percibo un tenue destello de triunfo.
—Te he estudiado toda mi vida. Soy la única que te conoce de verdad —murmura—, por lo que puedes dejar de mentir. Este es nuestro verdadero destino.
Esas son las últimas palabras que pronuncia antes de agarrarme de la nuca con una mano y de la parte delantera de la chaqueta con la otra para atraer mis labios hacia los suyos.
Y yo se lo permito, porque hay una parte de mí que sabe que tiene razón, que siempre la ha tenido; incluso cuando me privaba a mí mismo de ella y me negaba a reconocer su existencia por miedo a este preciso instante, a esta intimidad pura y adictiva que solo florece en su presencia.
Era evidente que lograría penetrar mis muros de piedra y echar raíces tras ellos, al igual que una rosa invernal logra brotar pese al frío cortante y al hielo despiadado.
Ningún ser vivo se resiste a mi tacto. Me enseñaron a destruir cualquier ápice de vida desde una edad muy temprana, pero ella, mi dama de la muerte y la miseria, conquista todos esos lugares que otros temen. Lyra prospera y persiste.
Chocamos los dientes y enredamos las lenguas, que lideran la batalla en la que nos enzarzamos. Gime contra mí, me obliga a tragarme su placer, a la vez que vertimos el uno en la garganta del otro toda la malicia y las palabras que no diremos en voz alta.
Cuando le deslizo la navaja desde el cuello hasta la parte delantera del cuerpo, me clava los dientes en el labio inferior y me muerde con la suficiente fuerza como para que perciba un sabor familiar y metálico en la lengua.
Un gemido me retumba en el pecho al notar cómo me succiona la carne y cómo arrastra mi sangre hacia su boca hasta pintar su interior conmigo.
Somos una maraña de extremidades entrelazadas y de caricias que dejan marcas.
Desgarra la tela de mi chaqueta al arrancármela de los hombros, ansiosa por tocarme y sentirme bajo su piel.
No le basta con quedarse en la superficie: quiere atravesar la coraza que me separa del mundo exterior, meterse en mi cabeza y calarme hasta los huesos.
Nada de lo que le ofrezca será nunca suficiente.