23
Donde todo empezó
Lyra
La casa de mi madre es un sepulcro, un cadáver precioso y putrefacto. Es una sombra de lo que en su día fue una impresionante mansión inspirada en el estilo victoriano y de la que actualmente solo quedan ruinas engullidas por la hiedra y la maleza.
Los restos de mi infancia persisten a su alrededor y, si me concentro lo suficiente, aún puedo evocar algunos recuerdos.
Me veo capturando mariquitas en el jardín, rompiéndome el brazo al trepar por el árbol del patio delantero y tratando de convencer a mi madre de que me dejara dormir en el porche de la entrada los días de lluvia.
Pero, a medida que avanzo por los pasillos desiertos, con la madera crujiendo bajo mis pasos, no puedo evitar sentirme una extraña, como si todos los momentos buenos y alegres vividos en su interior se hubieran desvanecido cuando Henry Pierson mató a Phoebe Abbott.
Ha permanecido vacía desde entonces, y con razón. ¿Quién querría vivir en un sitio donde se cometió un asesinato? Solo son cuatro paredes que albergaron la historia de un titular macabro y un techo que dio cobijo al dolor y a la desesperación. Ya no es un hogar ni un oasis de recuerdos felices.
Me he pasado un buen rato mirando el móvil de Silas pensando que la ubicación tenía que estar mal, porque no podía ser que Thatcher estuviera donde me indicaba. Sin embargo, al acercarme con cautela a mi antigua casa, he visto su coche aparcado en la entrada.
No es un producto de mi imaginación: está aquí. No sé por cuánto tiempo, pero, ahora mismo, está aquí dentro, en el lugar donde comenzó nuestra historia; cuando él no era más que un Jack Frost al que nunca había visto y yo, una niña solitaria.
Los hilos de nuestro destino están enraizados en estos muros. Palpitan y respiran; no hay otra explicación a por qué mis pasos me llevan hasta la habitación de mi madre.
Cuando reúno el valor suficiente para abrir la puerta, me lo encuentro ahí, apoyado contra la pared, contemplando el modesto jardín trasero a través de las ventanas del balcón.
El traje azul oscuro que lleva está impecable, no tiene ni una sola arruga. Su pulcritud contrasta con el resto del dormitorio como si fuera una deslumbrante escultura de hielo, una que ha sido erigida en medio de la inmundicia para arrastrar consigo la historia de este sitio.
Por un segundo, desearía implorarle de rodillas a un dios en el que ni siquiera creo que no le permita poseer una belleza tan… cautivadora. Tal vez así me sería más fácil alejarme de él y verlo como lo que es para todo el mundo: un monstruo calculador, pernicioso e insensible.
Si ese anhelo que siente hacia la muerte se reflejara también en su exterior, ¿cambiaría algo? Me digo que sí, pero sé que no es cierto.
Al margen de cómo lo perciba el ojo humano, yo siempre sería capaz de ver su alma. Vería el frío que lo envuelve como la primera nevada del año en Hawái, como algo extraordinario y de una belleza singular.
—¿Qué haces aquí, Lyra?
No me molesto en preguntar cómo ha sabido que soy yo, sino que me limito a adentrarme más en una habitación que no había vuelto a pisar desde que el cuerpo de mi madre yació en ella. Y ahora está vacía, sin ningún mueble a la vista, y con la pintura de la pared desconchada.
Una ráfaga de viento frío se cuela por la ventana y me obliga a tirar de las mangas del cárdigan negro de Thatcher hasta cubrirme las manos. Me abrazo a mí misma para infundirme confianza mientras contemplo su espalda.
—Te esfumaste después de que me enterase de que estabas recibiendo amenazas de muerte —respondo, aunque creía que era evidente—. Desapareciste como si nada, sin decirme ni una puta palabra.
Se queda en silencio y continúa mirando por la ventana, inmóvil como una estatua. Me muerdo el interior de la mejilla y me aprieto el brazo en busca de consuelo.
—Además… —trago saliva—, eres la única persona con la que no me siento sola.
No debería dolerme que no me conteste. Sé de sobra que expresar emociones o mostrarse vulnerable nunca ha sido precisamente su fuerte. No es su culpa que me haya enamorado de alguien tan frío…, ¿o sí?
—¿Qué haces tú aquí? —añado, devolviéndole la pregunta.
Es él quien está en mi antigua casa, de pie en esta habitación, como si formara parte de su día a día; como si este no fuera el sitio en el que mi madre y su padre se despidieron por última vez.
La pregunta provoca que reaccione. Se aparta despacio de la ventana y gira el cuerpo para encararme, aunque sigue teniendo la espalda apoyada contra la pared y las manos metidas en los bolsillos.
Parece el mismo Thatcher de siempre, con todos sus rasgos habituales, pero percibo un leve tono violáceo bajo sus ojos, fruto del estrés o la falta de sueño, o tal vez ambas cosas.
—Pensé que este sería el único lugar al que no vendrías.
No puedo evitar fruncir el ceño y que se me escape una risita incrédula antes de negar con la cabeza. Doy unos cuantos pasos hacia delante y me detengo en el centro de la habitación.
—No lo entiendes, ¿verdad? —digo con un deje de frustración en la voz—. No hay ningún lugar capaz de separarme de ti.
Después de todos estos años, se niega a ver que haría cualquier cosa y estaría dispuesta a ir a cualquier parte por él. Me parece inconcebible no hacerlo, porque el hilo que nos une se niega a soltarme y mi corazón se rebelaría contra mí si osara alejarme.
Thatcher no es solo el hombre al que amo. Es mi obsesión, una que ocupa cada rincón de mi mente sin descanso; una enfermedad, una droga que me niego a soltar y de la que no busco rehabilitarme.
No quiero vivir una vida en la que él no exista. Habitar en un mundo sin su presencia me parece un destino más cruel que la propia muerte.
—¿Y sabes en qué te convierte eso? —repone, inclinando la cabeza a un lado mientras me observa con frialdad—.
No en una romántica empedernida, ni siquiera en un ser patético.
Te convierte en una persona peligrosa, imprudente.
¿Estarías dispuesta a seguirme incluso a la tumba, mascotita?
Porque ahí es donde acabarás si continúas por el mismo camino que hasta ahora.
Se me forma un nudo en el pecho.
—¿Me estás diciendo que crees que la Aureola cumplirá sus amenazas?
—Lo que te estoy diciendo es que, cuanto más te acerques a mí, más probabilidades tendrás de acabar a dos metros bajo tierra antes de tiempo.
Sacudo la cabeza.
—Me da igual. No…
—Eres una ingenua, Lyra Abbott —me interrumpe, apartándose de la pared para enderezar la espalda—. Una chica ingenua y enferma a la que de niña se le metió en la cabeza que yo era un ángel.
Abro la boca para intervenir, pero él sigue hablando, y cada palabra es más hiriente que la anterior. Su lengua afilada se me clava en la piel sensible, me desgarra la carne y me hace sangrar al recordarme todas las razones por las que jamás podré tenerlo de la forma en la que deseo.
—Para mí no eres más que un inoportuno contratiempo de mi infancia.
Eres un objetivo al que debería haber matado, tal y como me ordenó mi padre; un error al que nunca debería haberme acercado.
—Se pasa la mano por la mandíbula—. Es hora de despertar y volver a la vida real.
No eres mi fantasma, y yo ya me he hartado de ser tu obsesión.
Todos los puntos de mi cuerpo en los que alguna vez he sentido su tacto palpitan de dolor ante su discurso. Las lágrimas me aterrizan en los labios y puedo saborear la desesperación y el sufrimiento que las impregnan.
—Acepto que seas frío —suspiro, lo que provoca que mi aliento forme una nube de vaho ante mí—, que las capas de hielo que te envuelven sean tan densas que a veces duela físicamente estar a tu lado.
Doy un paso hacia él, luego otro y uno más.
—Acepto que no sientas nada, que alguien te arrancara hace tiempo toda la ternura que poseías y que ahora no seas más que espinas.
Me atraganto con mis propias palabras y un sollozo comienza a formarse entre ellas, pero sigo avanzando con las piernas temblorosas hasta plantarme justo delante de él. Su cuerpo se encuentra a apenas un centímetro del mío y tengo que alzar la cabeza para enfrentarme a sus ojos.
—Incluso acepto que seas cruel hasta la médula, Thatcher Pierson. No hay nada tuyo que no esté dispuesta a aceptar. Responderé a tu frialdad con mi calor y me acercaré todo lo que pueda aunque tus espinas se me claven, porque nací con el único fin de sangrar para ti.
Tengo los puños a los lados y los nudillos blancos de tanto apretarlos. Su mirada azul es como un lago helado y brillante en el que solo veo reflejadas mis emociones.
Sin embargo, sus ojos, que siempre se muestran vacíos, serios e intensos, se suavizan un poco. Lo noto porque me conozco su rostro de memoria y porque, a pesar de que él no se da cuenta de ello, a mí nunca me mira como al resto.
—Pero me niego a aceptar algo que sé que no es verdad —prosigo con voz ronca, sacudiendo la cabeza—. No puedes obligarme. No tienes ni idea de en lo que me convertiré sin ti.
—Si lo que te preocupa es no saber cómo controlar tus impulsos, lo harás…
—¡No! —grito, y, para mi sorpresa, ni siquiera parpadea. Se limita a cerrar la boca mientras le hundo el dedo índice en el pecho—. Si te pasara algo, no lloraría sobre tu tumba ni le suplicaría a nadie que te trajera de vuelta.
¿Cómo le explicas a alguien que no sabe nada del amor que es la razón de tu existencia, que habrías muerto hace mucho tiempo sin su compañía y que el único motivo que te impulsa a seguir con vida es que él te vea?
—No buscaría venganza. —La voz, al final, se me quiebra—. Desataría una guerra infinita.
No voy a renunciar a él ni a permitir que me aleje, no cuando puedo protegerlo. La Aureola no me lo arrebatará. Nadie va a apartarlo de mi lado, nunca.