22
Picaduras de araña
Lyra
No sé dónde está. No me coge las llamadas ni me responde a los mensajes, y ya han pasado casi dos semanas desde la última vez que lo vi.
No se sabe nada de él en el campus ni en ningún otro sitio de Ponderosa Springs, ni siquiera en la cafetería donde, los martes y los jueves, paga cinco dólares por un americano antes de su primera clase.
Tampoco ha aparecido por la galería de arte de su familia, a la que acude los sábados por la mañana, ni ha salido a correr por su ruta habitual o por alguna otra que conociera.
Me he estado levantado temprano con la esperanza de encontrármelo, pero he vuelto a casa todas y cada una de las veces con los pies doloridos y el corazón apesadumbrado.
Cuando le pregunté a Alistair a dónde había ido, se limitó a mirarme. Su respuesta no me sacó de dudas ni me dio ninguna pista acerca de su paradero.
—No lo sé, Lyra —dijo—. Thatcher nos cuenta lo que quiere. Solo sabemos lo que decide compartir con nosotros, nada más. Nunca cuestionamos el porqué.
Pues a mí eso no me basta, me parece una chorrada. Si esa es la relación que mantiene con los chicos, perfecto, pero conmigo no le va a funcionar. Esa no es la conexión que tenemos.
Así que, a la tercera semana sin noticias suyas, he reunido el valor necesario para plantarme en su puerta.
Allí, sin embargo, solo me han recibido los trabajadores y su abuela, que me ha asegurado con amabilidad que está bien y que, según le ha comentado, se ha tomado unas semanas de vacaciones.
Cree que está en alguna de sus otras casas; en la de Columbia Británica, la que más le gustaba de niño, o en la de Vermont, la favorita de su madre.
Hablar con ella le proporciona algo de alivio a mi corazón desesperado. Saber de Thatcher, por mínimo que sea, hace que me cueste un poco menos respirar, aunque sigue sin ser suficiente.
Me siento increíblemente sola. La torre de la biblioteca no me reconforta, y el mausoleo me parece un lugar sombrío sin él allí.
Ni siquiera soy capaz de ponerme a trabajar con insectos o de salir a buscarlos…
Dentro de mí hay un vacío que no experimentaba desde hacía años.
Su ausencia me ha arrojado a un infierno eterno, a un pozo sin fondo del que no logro salir.
Así que, cuando May Pierson se despide de mí en la puerta de su casa, me apresuro a entrar de nuevo, solo que sin que ella lo sepa. Me muevo con sigilo, intentando recordar el camino que lleva hasta su dormitorio.
Tardo más tiempo del que me gustaría en dar con él, pero, una vez lo hago, me permito sucumbir a lo que queda de Thatcher en esta habitación, a cualquier retazo de su esencia al que pueda aferrarme; a las migajas que antes conseguían satisfacer mi obsesión hasta que lo siguiese a escondidas de nuevo o le robase otro jersey.
Sin embargo, ni siquiera esto me parece ya suficiente.
Nada podrá ser suficiente después de todo lo que hemos compartido y de haber experimentado en mis propias carnes lo que es estar en los brazos de un hombre al que solo la muerte puede tocar.
He sentido sus dedos sobre mi piel, entre mis muslos, y he probado su sangre.
Aunque nada de eso me impide ser una codiciosa.
Quizá por ello presiono la nariz contra cada prenda que tiene colgada en el armario, en busca de su olor, y acto seguido deslizo los dedos por sus gemelos y corbatas.
Me atrevo incluso a recorrer las teclas blancas y negras que sus manos han tocado tantas veces.
Me pongo uno de sus cárdigans negros sobre los hombros con la clara intención de llevármelo conmigo. Deslizo las manos por el escritorio escondido de la esquina y acaricio todas sus notas, siguiendo los trazos y las curvas distintivas de su elegante caligrafía.
Se pueden deducir muchas cosas de la letra de una persona.
Por ejemplo, el espacio tan amplio que Thatcher deja entre las palabras me indica que detesta las multitudes y que disfruta de la soledad.
La forma estrecha en la que escribe la letra «e» refleja su desapego hacia los sentimientos de los demás.
Y el punto en forma de tilde que coloca sobre las íes me revela dos cosas: la poca paciencia que tiene hacia la ineptitud de los demás y lo mucho que disfruta cortando cosas.
Me tumbo en su cama y noto cómo mi cuerpo se funde con sus sábanas mientras pienso en que nunca había pasado tanto tiempo sin verlo, sin observarlo en silencio, sin coexistir en el mismo espacio que él.
Desde que volví a Ponderosa Springs tras la muerte de mi madre, ha estado presente en mi vida casi todos los días, aunque no llegara a atisbar más que un fugaz destello de su imponente figura. Llevo años sin sentir su ausencia.
Quiero estar furiosa con él. Sabe lo importante que es esto para mí, que necesito saciar esta obsesión. A veces, creo que disfruta siendo el hombre al que observo con devoción, pero ahora se ha ido y ya no sé qué pensar.
Me lo ha quitado todo. Me ha arrebatado de las manos esa fascinación secreta y preciosa que siento hacia su persona. Un torbellino de emociones se me arremolina en el corazón y, aun así, nunca podría enfadarme con él de verdad; no de la manera en la que se lo merece.
Thatcher tiene una rutina, un sistema que sigue al pie de la letra hasta en el más mínimo detalle, y, si algo la interrumpe, se desmorona. Bien, pues no creo que sea consciente de que él es mi rutina, mi puñetero sistema, y que ahora soy yo la que se ha sumido en el caos sin él.
Me permito regodearme en mi miseria una media hora más antes de reunir las fuerzas necesarias para marcharme. Lo último que quiero es volver a casa y, aunque adoro a Briar y a Sage, no tengo ganas de verlas en este instante.
Pero aún estoy conduciendo cuando, de pronto, me doy cuenta de qué día es. Los jueves juego al ajedrez con Silas y hace un tiempo que no voy. Es la oportunidad perfecta para estar con alguien que quizá pueda comprenderme.
El trayecto es largo y tranquilo. No me molesto en encender la radio, me limito a sentarme en silencio y escuchar el murmullo de mi coche viejo hasta que por fin llego al aparcamiento del mejor hospital psiquiátrico de Portland.
Cuando lo encuentro, Silas está leyendo El arte del ataque . La camisa y los pantalones blancos que lleva se ajustan a su robusta figura. Es mucho más corpulento que Thatcher, y siempre me hace sentir pequeña en su presencia.
No tardamos mucho en empezar a jugar, con el tablero de ajedrez entre nosotros mientras vamos moviendo las piezas por turnos. No estoy poniéndole mucho empeño a la partida, pero agradezco la distracción.
—Jaque —murmura—. Puede que seas la peor alumna de la historia.
—A lo mejor es que tú eres un profesor de mierda —respondo, con una ligera sonrisa burlona. La verdad es que Silas es muy bueno jugando al ajedrez y, si soy sincera, he aprendido mucho gracias a él.
Ladea la cabeza y alza una ceja ante mi comentario. Es lo más parecido a una sonrisa o a cualquier gesto con un mínimo de emoción que me ha dedicado desde que comencé a visitarlo. No recuerdo haberlo visto sonreír nunca, ni siquiera en los pasillos con Rosemary.
En esos momentos, su amor se le reflejaba en los ojos; vivía en ellos, en esos profundos iris marrones. Y ahora que…, bueno, ahora que ella está muerta, el brillo de su mirada también se ha extinguido.
—Lo siento, no estoy prestando mucha atención. —Suspiro—. Me siento como si estuviera un poco…
—¿Ida? —termina por mí, y yo asiento con una sonrisa amarga.
—¿Algún consejo para no perder la cabeza?
—¿Crees que si lo tuviera estaría aquí encerrado?
No puedo evitar reírme, aunque, en realidad, no tenga gracia, pero me gusta su humor seco. Me parece refrescante.
—Bien visto.
Me muerdo el interior de la mejilla, muriéndome de ganas por formular en voz alta la pregunta a la que no he dejado de darle vueltas desde que he llegado.
Es egoísta por mi parte haber venido hasta aquí solo para hacerle sentir que lo estoy usando para sacarle información, pero es mi última esperanza.
—¿Puedo preguntarte una cosa, Silas?
—Claro. —Se recuesta en la silla y se cruza de brazos—. Pero no te ofendas si no respondo.
«Es ahora o nunca, ¿no?».
—¿Tú…? —Trago saliva—. ¿Tú sabes por algún casual dónde está Thatcher, o a dónde podría ir si necesitara alejarse de Ponderosa Springs?
El rostro de Silas permanece inmóvil. No da ningún indicio de haberme escuchado: se limita a quedarse sentado, a escrutarme. Es tan difícil de descifrar como Thatcher y, a la vez, completamente diferente.
Thatcher es complicado de leer porque no siente del mismo modo que los demás, así que no tiene las reacciones que uno esperaría. Silas, en cambio, sí siente igual que el resto…, solo que lo oculta. Es un muro impenetrable que no permite que entre ni salga ninguna emoción.
Así que me quedo en mi sitio, estudiando su ceño marcado, la curva de su nariz y las pecas oscuras que le salpican la piel marrón clara. Está inmóvil, es inquebrantable; puede que él también esté intentando descifrar mi expresión y por eso apenas hable.
—No.
Una sílaba, una sola palabra. La única respuesta que voy a obtener de él con respecto a su amigo.
Asiento con la cabeza y bajo la vista al tablero de ajedrez. Se me forma un nudo en el pecho al notar cómo esa esperanza se apaga dentro de mí, consciente de que solo me queda esperar a que Thatcher vuelva de dondequiera que esté, si es que vuelve.
—¿Por qué quieres saberlo? —El tono de Silas es pausado y transmite una curiosidad genuina.
—Porque…
Las palabras se me quedan atascadas en la garganta. ¿Y qué le digo, que soy su acosadora y no puedo encontrarlo? ¿Le confieso que llevo obsesionada con su mejor amigo desde que éramos unos críos? ¿Admito, en voz alta, que lo amo?
Todas son respuestas válidas, pero ninguna es lo bastante buena como para externalizarla. Me parecen insignificantes, porque no creo que se pueda explicar la forma en la que mi alma anhela a la de Thatcher.
—Solo por curiosidad.
Levanto mi caballo y lo muevo hacia delante para esquivar el jaque de Silas bloqueando a su reina. Me conformo con seguir jugando y quedarnos en silencio, como siempre.
—Lyra —me llama Silas, lo que me obliga a levantar la vista del tablero—, ¿por qué te estás haciendo daño de esta manera?
No necesito que añada nada más: sé lo que quiere saber. ¿Por qué estoy a merced de un hombre que ha demostrado, en incontables ocasiones, que es incapaz de sentir nada?
Es lo que se pregunta todo el mundo, lo que se murmuran los unos a los otros, aunque nunca lo expresan en voz alta porque, cuando lo hacen, no suelo darles una respuesta. Pero estoy cansada de que la gente mida lo que siento por Thatcher según sus propias expectativas del amor.
—No espero recibir nada a cambio por amarlo —replico, lanzándole una mirada firme—. Mi amor por Thatcher no es egoísta, es sincero. No necesita ser correspondido ni celebrado y puede existir por sí solo, sin el reconocimiento de nadie.
Soy un fantasma que se aparece ante un solo hombre, pero no necesito que me haga sentir humana: basta con que me vea, con que me permita habitar los desvanes vacíos de su mente y los pasillos desolados de su corazón.
Amarlo sin esperar nada a cambio es suficiente. Es mi obsesión la que reclama su atención y exige ser saciada, no yo.
—Creía que tú entenderías mejor que nadie lo que se siente —concluyo, porque, ya puestos a airear trapos sucios, no pienso ser la única que se quede con el culo al aire.
Si mi declaración lo pilla desprevenido, no da ninguna señal de ello. Se limita a observarme con la expresión vacía mientras permanecemos sentados en silencio. Somos dos personas atrapadas en una red de dolor tejida por la araña más letal del mundo: el amor.
Puede que no fuéramos amigos cuando estaba con Rosemary, o que no lo conozca bien ni haya visto de cerca cómo le afectó su muerte, no del modo en el que lo vivió Rook, pero, de cualquier forma, siento que nos entendemos más de lo que parece.
De ambos nace un río que desemboca en el mismo pozo de confusión.
Quizá siempre ha estado ahí, desde el primer día que vine aquí a visitarlo.
Una parte de mí sabía que, a diferencia del resto del mundo, él sí lo entendería, sin necesidad de explicaciones.
Silas incomoda a los demás porque se niega a ocultar el dolor en sus ojos, la tristeza que habita en ellos, y creo que él percibió que yo no le tenía miedo, por eso me ofreció su amistad.
Se inclina hacia delante, coge su alfil y se lleva una de mis piezas para añadirla a la creciente pila de figuras negras junto al tablero.
—Vaya dos patas para un banco —susurra—. Nos empeñamos en amar a personas que nunca nos corresponderán.
Dejo escapar una risa amarga en un suspiro y sacudo la cabeza.
—Rosemary te quería, no lo olvides.
—Ya no —dice, tensando la mandíbula ante dicha confesión.
Frunzo el ceño y, sin pensarlo, alargo la mano hasta apoyarla sobre la suya al otro lado del tablero.
—Ese amor todavía existe, Silas —repongo con urgencia—. No desaparece sin más, tiene que ir a alguna parte. Sigue siendo real.
Me estudia la mano y guarda silencio unos segundos antes de volver a alzar la vista.
—Pues no soy capaz de sentirlo.
No tengo respuesta. Nada de lo que diga contribuirá a aligerar la carga del dolor que lleva dentro, por lo que me limito a darle un suave apretón con la esperanza de que ese gesto le transmita todo lo que yo no puedo.
Permanecemos así un rato más y luego me separo de él mientras contemplo el tablero de ajedrez, sin la menor idea de cómo avanzar y no perder de inmediato.
—Lyra.
—Ya, ya, ya lo sé. —Le hago un gesto para indicarle que no me meta prisa—. Estoy intentando pensar si debería atacar o defender…
—Rook tiene mi móvil.
Levanto la mirada hacia la suya y enarco una ceja.
—Cuando lo recuperes, te vas a encontrar con un montón de fotopollas. Lo sabes, ¿no?
Me responde con un resoplido que se asemeja a una risa, pero, cuando abre la boca de nuevo, dice algo que no me esperaba. Es como una mano amiga, igual que la que yo le tendí, y que me lleva a desear que ojalá pudiera ayudarlo de la misma forma.
—Tengo localizadores en los coches de todos los chicos. —Hace una pausa en la que suspira—. Si consigues hacerte con mi móvil, podrás ver dónde está cada uno.