La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 21 #4
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—Detective, me halaga, pero, por favor, no me regale el oído.

No se le da muy bien. Si lo que buscan es que alguien les oriente…

—empiezo a decir mientras saco una tarjeta blanca de uno de los compartimentos de mi cartera y se la tiendo con dos dedos—, pueden introducir esta dirección en su GPS y les indicará cómo llegar hasta mi abogado.

Seguro que estará más que encantado de responder cualquier pregunta que tengan acerca de mí.

—Venga ya, ¿de verdad necesitas una carabina? ¿No eres capaz de responder por ti mismo?

Esas son las primeras palabras que salen de la boca de Gerrick, y su voz es tal y como me la imaginaba: grave y algo áspera.

Arqueo una ceja ante su comentario y la sonrisa se me ensancha aún más.

—Claro que soy capaz —canturreo, asintiendo—. Otra cosa es que me apetezca.

Al escucharme, suelta un gruñido y se cruza de brazos. Entonces desvío la mirada de nuevo hacia Odette, que continúa ahí de pie con sus aires de grandeza pese a mi falta de cooperación.

—Interesante matiz —musita—. Nos aseguraremos de mandarle saludos de tu parte a tu abogado, pero, ya que estamos aquí…

Se mete la mano en el bolsillo y saca una tarjeta de color claro. Nos quedamos mirándonos a los ojos como si yo conociera su juego y ella también fuese consciente del mío.

Aunque mis derramamientos de sangre semestrales no están en su punto de mira, quiere tener bajo custodia al asesino de las chicas que han ido apareciendo despedazadas por el pueblo, y yo soy su principal sospechoso.

Asumo que va a entregarme la tarjeta a mí, pero, en su lugar, se aparta a un lado y dirige la mirada hacia las personas sentadas en la mesa a mi espalda. Han estado observando nuestra interacción en silencio hasta ahora, que han pasado a formar parte activa de la conversación.

—En realidad, me interesa hablar con todos vosotros.

Es una maniobra impresionante. Cuando se ha dado cuenta de que conmigo ha chocado contra un muro, ha decidido desviar la atención hacia la gente que cree que me importa, porque es probable que sepa lo unidos que estamos todos. Hay que admitir que ha hecho bien los deberes.

Odette se cree que conoce al dedillo mis puntos débiles, pero lo cierto es que soy inmune a la coreografía de ballet que ha montado. Si sigue así, me sentaré en la orilla del lago donde bailan los mediocres de sus cisnes y esperaré pacientemente a que Rook les queme las plumas una a una.

La detective observa con ternura a Lyra, que tiene el cuerpo girado en la silla hacia ella. Con un movimiento suave, alarga la mano en su dirección para ofrecerle la tarjeta.

Actúo por puro instinto. Sin pensarlo, enrosco la mano alrededor del metal de la silla donde se sienta Lyra y la rodeo con el brazo para impedir que llegue a cogerla, pero me arrepiento en cuanto veo cómo la detective aguza la mirada y eleva las comisuras de los labios en una sonrisa de complicidad.

Cambia de parecer y, en lugar de entregársela a alguien en particular, desliza la tarjeta sobre la mesa.

—Avisadme si os enteráis de algo que pueda servirnos. —Se aparta y se ajusta la chaqueta—. Thatcher, ya nos veremos.

Al cabo de unos minutos, tras asegurarme de que mis amigos, sobre todo las chicas, tengan claro que no deben hablar con nadie sin un abogado presente, me encamino por fin hacia mi coche.

He cometido un error al dejarle ver a la detective que, por desgracia, tengo una debilidad que me impulsa a ponerme a la defensiva; una que no aparece en los registros que habrá consultado, pero que ha echado raíces en mí como una hiedra venenosa.

Es absurdo seguir ocultándolo. Solo puedo pensar en Lyra, y mi instinto de protegerla le ha dado a Odette munición de sobra para ir a por mí. Se lo he puesto en bandeja de plata.

Para cuando llego al coche, me duele la mandíbula de tanto apretar los dientes. Abro de un tirón la puerta, me hundo en el asiento de cuero y me presiono las palmas contra los ojos mientras me recuesto en el reposacabezas.

«¿Cómo he permitido que se acerque tanto? ¿Cómo he podido ser tan débil?».

Todas esas preguntas carecen de relevancia ahora que Lyra me tiene atrapado en sus redes. He permitido que su fantasma me atormente mucho más tiempo del que debería, y ya va siendo hora de un exorcismo.

No puedo confiar en mí mismo cuando estamos cerca porque su presencia es demasiado abrumadora y me impide preocuparme por otra cosa que no sea ella. Ni siquiera pienso en mi seguridad o en los secretos que podrían meterme entre rejas, solo en que esté bien.

Aquí solo sobrevive el más fuerte, de modo que, si algo te debilita, te deshaces de ello.

Y eso es exactamente lo que necesito hacer con Lyra: apartarla de mí, cortar los lazos que me unen a ella con un movimiento ágil y preciso.

Si seguimos así, solo acabaremos poniéndonos en peligro a ambos.

Tanto su vida como mi libertad están en juego, así que no me queda otra.

Cuando abro los ojos, y por si acaso se me había ocurrido flaquear a la hora de sacarla de mi vida, veo que en el asiento del copiloto hay un regalo que no estaba ahí antes.

Una mano humana yace sobre el cuero marrón con un lazo atado a un dedo, una rosa fresca y una nota justo al lado.

te lo advertí.