21 #3
Quizá nunca deberíamos habernos involucrado hasta este punto.
No voy a ser el héroe que desmonte una red de tráfico sexual; ninguno de nosotros lo será.
Pero mi lealtad hacia Silas me impide abandonarlo, así que no importa lo lejos que lleguemos, porque seguiré metido en esto hasta que él diga basta.
Se lo debo, y no solo a él, sino también a Rosemary.
—Otro callejón sin salida —suspira Briar—. No hacemos más que darnos de bruces con un puto muro tras otro.
Se pasa una mano por el pelo y se inclina aún más hacia los brazos de Alistair, buscando consuelo en una mano con la que yo mismo lo he visto haciendo trizas a otros. Un hombre que ha creído durante toda su vida que no era más que un repuesto es, en realidad, lo único que evita que se derrumbe.
—En ese caso, esperaremos. No nos queda otra, ¿no?
—¿Esperar a qué?, ¿a que la Aureola cumpla lo que le prometió a Thatcher? —responde la rubia, con más agresividad de la que quizá pretendía—. ¿Esperar a que acaben lo que empezaron contigo, Lyra?, ¿a que vengan a por Alistair o a por Sage?
Miedo, las palabras de Briar vienen acompañadas por oleadas de miedo. Aunque no lo reconozca en voz alta, se le refleja en los ojos: lo lleva dentro, enquistado, y le sale a raudales por la garganta.
—Ladronzuela…
—No, Alistair, ni ladronzuela ni leches —replica, mirándolo con ferocidad y los ojos empañados por las lágrimas contenidas—. No pienso perderte. No pienso perderos a ninguno de vosotros. ¿Os queda claro?
Tiene miedo, sí, pero no por ella, sino por Alistair y por las personas a las que quiere. Le aterra tener que renunciar a él por las brutalidades que esconde este pueblo.
El diminuto ápice de respeto que siento hacia ella me palpita en el pecho. Ambos sabemos que, si el mundo se viniera abajo, estaría dispuesta a sacrificarlo todo con tal de protegerlo, al igual que él lo haría por ella.
Alistair, cuyas manos son capaces de infligir un dolor inmenso, le limpia con sumo cuidado una lágrima de la mejilla con el pulgar. Luego se inclina hacia delante, hasta que le entierra la boca en el pelo, justo al lado del oído, y le susurra algo que solo ella alcanza a escuchar.
Nuestras emociones están a flor de piel y no me apetece ver en qué desemboca todo esto. Apoyo las manos en la mesa, listo para levantarme, cuando Lyra se dirige a mí.
—¿Has recibido amenazas? ¿Cuándo y de qué tipo?
—No es nada…
—Le llegó una carta en la que mencionaban algo del mal que alberga Ponderosa Springs y que, si no se larga de aquí, no saldrá con vida —me interrumpe Rook, siempre dispuesto a meter las narices donde no lo llaman—.
Es probable que sea de alguien que se cree que estamos en Pequeñas mentirosas o alguna mierda de esas.
—Tú limítate a ocuparte de lo tuyo —le espeto con brusquedad.
—¿Por qué no me lo dijiste? —insiste Lyra.
Desde donde estoy, percibo el dolor que se le refleja en los ojos vidriosos. No necesito que se preocupe ni se compadezca de mí. No puede hacer nada para protegerme, porque no soy una víctima.
Se supone que no mantenemos ningún tipo de contacto al margen de nuestras clases privadas. Ni una sola de las personas que nos rodean sabe lo que hacemos a puerta cerrada, y está a punto de descubrir el pastel ante toda esta gente.
—No tengo nada más que añadir.
Me levanto hasta quedar completamente erguido y salgo del banco cuando sus palabras susurradas llegan a mis oídos.
—Pero…
Bajo la mirada hacia ella y niego con la cabeza de forma cortante, como quien reprende en silencio a un niño y le prohíbe cualquier intento de réplica.
No tiene derecho a dirigirme esa mirada empañada y llena de compasión. No soy una tragedia ni alguien cuya pérdida deba atormentarla. No debería significar nada para ella y, aun así, lo que leo en su rostro es todo lo contrario.
Por mí, que siga mirándome con esos ojos de cordero degollado todo lo que quiera. Me pasé toda la infancia aprendiendo a cuidar de mí mismo, a protegerme de mis emociones y a defenderme de cualquier daño.
Sin embargo, por alguna razón a la que no le encuentro causa biológica ni química, cada vez que estoy cerca de ella me cuesta más reprimir el impulso de hacer ciertas cosas de las que sé que me arrepentiré después; como apoyarle la palma de la mano en la cabeza, acariciarle el pelo y susurrarle al oído que no tiene por qué preocuparse por mí.
Nunca me ha gustado el contacto físico. Ha sido mi némesis desde que tengo uso de razón, pero ahora, con Lyra, la piel me arde en deseos de sentir su roce. Mis espinas anhelan la suavidad que solo consiguen de las yemas de sus dedos.
El pecho se me contrae y se me tensa con fuerza.
Necesito salir de la cafetería y poner distancia entre nosotros cuanto antes, alejarme de esas botas de lluvia embarradas y de ese olor tan familiar que me inunda los sentidos, para recordarme que no me hace falta que Lyra se obsesione conmigo.
Me resulta más fácil dejar de pensar en ella y en el efecto que parece tener sobre mí cuando estoy solo, lejos de su cuerpo.
Le doy la espalda y levanto la mano por encima de la cabeza en un adiós indiferente que no espera respuesta. Ni siquiera me fijo por dónde camino, lo cual no suele ser un problema, porque jamás me ha cortado nadie el paso. Todos rehúyen de mí cada vez que estoy cerca.
Y entonces, porque hoy debe ser mi día de suerte, me choco con alguien.
Con desinterés, dirijo una mirada fría hacia abajo. Sé que no debería asumir que nadie me iguala en altura, pero rara vez me equivoco; por eso bajo siempre la vista.
Unos ojos astutos y felinos que desconozco se alzan hacia mí con una confianza desbordante.
—No te vendría nada mal repasar el concepto de conciencia espacial, ¿eh?
Recorro con desdén la figura de la desagradable intrusa con la que acabo de tropezarme. Es una mujer canadiense, a juzgar por el acento, y me observa como si fuera una mosca atrapada en su red.
—Podría decirle lo mismo a usted, aunque también le sugeriría que repasara un poco sus modales —repongo con frialdad.
—Tienes toda la razón, lo siento —responde, con una sonrisa repleta de confianza o de arrogancia—.
Me llamo Odette Marshall, y este es mi compañero, Gerrick Knight.
Somos de una unidad especial de la policía de Virginia y nos han llamado para dar nuestra opinión sobre los recientes asesinatos.
—Me extiende la mano para que se la estreche—. Que no se diga que me faltan modales.
Me limito a mirarla sin intención de devolverle el gesto y luego desvío la vista hacia su compañero, un musculitos cuyas venas parecen a punto de estallar.
Lleva un corte de pelo estilo militar: rapado por los lados y con un poco de volumen en la parte superior de la cabeza.
Permanece de pie junto a ella, con una expresión impasible y los brazos entrelazados a la espalda.
—Solo se considera una muestra de buena educación estrecharle la mano a alguien cuando te complace conocerlo —murmuro, metiéndome las manos en los bolsillos—, pero se agradece el ademán.
Para mi sorpresa, Odette Marshall sigue sonriéndome, aunque el ojo izquierdo le tiembla un poco al tratar de disimular su enfado. A nadie le gusta que lo menosprecien, sobre todo cuando creen estar al mando.
Me extraña que hayan tardado tanto en aparecer por aquí.
—¿También tienen pensado ocultar pruebas y aceptar sobornos? —Chasqueo la lengua, escudriñándolos a ambos—. No sé si es algo que les enseñan a todos los miembros del FBI o solo a sus compañeros.
Los medios de comunicación de todo el mundo se hicieron eco de las indiscreciones de Cain McKay y Finn Breck, quienes habían jurado proteger y servir a su país.
Por desgracia, ninguna de las filtraciones sirvió para demostrar su vinculación con la Aureola, pero fueron suficientes para manchar su reputación.
De cualquier forma, nos encargamos de borrarlos a ambos del mapa. La muerte de uno consta en los registros y el otro, supuestamente, se dio a la fuga. Tampoco es que vayan a encontrar a Cain: me aseguré bien de ello después de que Rook acabara con él.
—Tranquilo, Thatcher. Te aseguro que solo somos dos detectives buscando respuestas con la mejor de las intenciones —responde en un tono calmado—. Era Thatcher, ¿verdad?
Cree que está por encima de mí, de ahí ese derroche de confianza. Se piensa que me saca algún tipo de ventaja solo por haber leído mi expediente y haber logrado recabar algo de información. Puede que haya investigado a los chicos también.
Lo que no sabe es que es imposible estar por encima de mí: o estás de mi lado o no eres más que un chicle pegado a la suela de mi zapato.
—¿Hay algo que pueda hacer por usted, detective, o solo está dando una vuelta por la zona con su marine? —pregunto, aburrido de la conversación.
Si Gerrick se sorprende de que suponga que tiene experiencia militar, no lo demuestra. Se limita a observarme en silencio y a dejar que su compañera tome la iniciativa.
—Pues, mira, sí —contesta, juntando las manos frente a ella—. Queríamos saber si podrías respondernos a algunas preguntas. Al fin y al cabo, vives aquí y, según tengo entendido, eres bastante inteligente. Nos serías de gran ayuda para orientarnos en este caso.
Contengo una carcajada, aunque no la sonrisa. ¿En serio esta es la estrategia que han decidido usar conmigo?