La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 21 #2
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Sus ojos se clavan en los míos con una pregunta muda, aunque permanece callada y se limita a acomodarse en la silla.

Un silencio tenso, en el que todos están demasiado impactados como para abrir la boca, se cierne sobre la mesa. Pero nunca he justificado mis acciones ante nadie y no pienso empezar ahora.

Al final, una patata frita vuela por el aire e impacta contra el pecho de Lyra.

—Parece que la reina de los bichos ha logrado hacerse un hueco en el corazón helado de Thatcher.

Lyra esboza una ligera sonrisa mientras yo le dedico una peineta a Rook.

Su rodilla choca con la mía y las mejillas se le tiñen de un sutil tono rosado.

Lo más seguro es que se haya acordado de la última vez que estuvimos juntos.

De pronto, me invade un hambre voraz, y no precisamente de la comida basura que sirven aquí.

Se aclara la garganta y echa un rápido vistazo alrededor antes de hablar.

—¿Se sabe algo?

—¿Sobre qué? Estamos de mierda hasta el cuello y cada vez nos salpica más. Vas a tener que concretar —murmura Rook.

No se equivoca: esta vez ha dado en el clavo. Ahora mismo nos encontramos en un callejón sin salida, aguardando a que los problemas vengan a nosotros sin poder hacer nada para defendernos.

—Sobre el circo. ¿La policía ha emitido algún comunicado o iniciado una investigación al respecto?

—Al despacho de mi padre no ha llegado nada. Ayer me pasé por la comisaría y tampoco escuché a nadie hablando sobre ningún hombre empalado en una tabla.

A pesar de la turbulenta relación que Rook mantiene con su padre, el puesto que ocupa Theodore Van Doren nos permite enterarnos de cuál es la situación legal de todos los crímenes cometidos en Ponderosa Springs.

Que sea el fiscal del distrito no solo nos da acceso a archivos confidenciales —sin su permiso, claro—, sino también a la comisaría, que es donde se ubica su despacho.

Nos basta una breve visita para averiguar casi cualquier cosa.

—Eso es lo de menos —interviene Alistair desde la esquina—. Lo del circo no fue nada más que un ojo por ojo. Stephen sabe cómo va esto: si alguien viniera a por nosotros, es consciente de que no dudaríamos en señalarlo. No creo que quiera arriesgarse.

Lyra relaja los hombros, aliviada de que no vayan a llevársela en la parte trasera de un coche de policía.

—Cada día que pasa siento que estamos un paso más cerca de acabar en la cárcel —murmura Briar, pasándose una mano por la cara con frustración—.

Sigo sin entender por qué no podemos acudir a alguien de fuera, ajeno a la jerarquía de poderes de Ponderosa Springs, y compartir la información que ya tenemos para que se encargue algún profesional.

Alistair le agarra el hombro con firmeza, como si estuviera diciéndole en silencio que preferiría morir antes que verla en la cárcel.

Esto jamás llegará a salpicarlas, ni a ella ni a Sage.

Los chicos no lo permitirían, aunque para ello tuvieran que pasarse el resto de sus días pudriéndose entre rejas.

—Todas las pruebas que hemos recabado están vinculadas a algo que podría hundir a cualquiera de nosotros —responde Sage con calma—. No tenemos nada sólido en lo que apoyarnos sin acabar incriminándonos y, además, no me fío de nadie, ni siquiera de los federales. Ya vimos lo que pasó la otra vez.

—Entonces…

—Entonces, ¿qué? —interrumpo a la rubia que tengo delante—. ¿Les contamos dónde están los federales desaparecidos? ¿Les decimos que la razón por la que conocemos esta red de tráfico sexual es porque llevamos a cabo una cacería sangrienta para descubrirla? Dinos, ¿cuál es tu gran plan?

Observo cómo aprieta los puños y tensa los labios en una fina línea mientras me fulmina con la mirada.

—No eres más gilipollas porque no te entrenas, Pierson. Al menos yo estoy intentando ayudar. Debe de ser una maravilla preocuparse únicamente de uno mismo.

—Lo es —replico, solo para cabrearla aún más.

Es inútil discutir con ella: Briar no me conoce y, aunque lo hiciera, jamás me entendería. Somos dos polos opuestos con puntos de vista muy dispares para cada situación. No existe un punto intermedio entre nosotros y nunca lo habrá.

Briar abre la boca para decir algo con lo que seguro que pretende dejarme claro lo mucho que desaprueba mis acciones, pero Lyra se apresura a impedirlo.

—Stephen va a presentarse a alcalde —suelta de golpe, y eso consigue cortar de inmediato a su mejor amiga antes de que pudiera articular palabra.

—¿Qué?

—Vi la información de la campaña en su escritorio. Planea anunciarlo pronto, en una especie de fiesta que está organizando.

—¿Cómo lograste colarte en su despacho? —pregunta Sage—. Los Sinclair tienen una cantidad demencial de alarmas instaladas.

Lyra se encoge de hombros.

—Me pasé todo el día vigilando a Easton y no escuché nada más que conversaciones inútiles, así que lo seguí hasta su casa para intentar sacar algo que nos sirviera y el muy imbécil ni siquiera cerró la puerta de la entrada. No podía desaprovechar la oportunidad.

Mientras sigue narrando los detalles de la aventura a lo Nancy Drew que casi le cuesta la vida, nuestra camarera se acerca lo suficiente como para dejar un vaso de refresco frente a mí.

Sin pensarlo, saco la pajita de su precinto, la suelto en la bebida carbonatada y la deslizo en silencio hacia Lyra.

—¿Encontraste algo más? —inquiere Alistair.

Por su bien, espero que sí, porque, si se puso en peligro solo para enterarse de que Stephen va a postularse como alcalde, pienso cargármela con mis propias manos.

—Godfrey trabaja para él, vi varias facturas abiertas en su ordenador. No había ninguna descripción de los servicios que le está prestando, pero… —da un trago a su bebida— le ha desembolsado un montón de pasta.

—Vaya, vaya —murmura Rook, colocándose los brazos detrás de la cabeza y estirando las piernas—. Qué sorpresa, Stephen paga a las putas que le lamen el culo. ¿Quién lo iba a decir?

Una parte de mí se muere por soltar un: «Te lo dije». De hecho, todos le advertimos que Conner Godfrey no era el hombre que ella se pensaba.

Pero no sería Lyra Abbott si no se empeñara en verle el lado bueno a todo el mundo. Aunque no haya nada que rescatar, se asegura de escarbar hasta dar con algo y se aferra a ello con todas sus fuerzas. Es lo que la define como persona.

—También vi una puerta. Estaba oculta detrás de una estantería y cerrada con un candado. Puede que no tenga nada de raro ser tan receloso con tu información fiscal, pero me parece importante mencionarlo, por si acaso.

—A lo mejor es donde guarda todos los trajes de piel que…

—¿Cómo descubriste la existencia de esa puerta? —pregunto por encima de Briar.

Me observa con una expresión impasible.

—Gracias a un arduo trabajo de investigación y a mi inteligencia natural. —Acto seguido, se muerde el interior de la mejilla y me aparta la mirada—. Me tropecé con la alfombra y le di sin querer a una estatua que había en el escritorio —murmura—. Así fue cómo se movió la estantería.

Los demás se ríen y puedo sentir ese mismo sonido trepándome por la garganta.

—Eso parece más realista.

Lyra masculla algo, quizá una maldición hacia mí, a la vez que rebusca en su bolso y saca el móvil. La observo introducir el pin, que me resulta familiar, y, tras abrir una imagen, desliza el dispositivo sobre la mesa para que el resto pueda verla.

—Le hice una foto a esto, que creo que es un horario. Hay ciertas fechas en las que Stephen se reúne con alguien en la «Term. Trece», pero no estoy segura de lo que significa. Igual alguno de vosotros lo sabe.

—La terminal trece —intervengo—. Es un puerto comercial situado a unos treinta kilómetros de Ponderosa Springs. ¿Qué mejor manera de despachar a las chicas secuestradas que metiéndolas en un contenedor de carga?

Es el único puerto de aguas profundas cercano. Se encarga de trasladar mercancías por las terminales marítimas de Portland y, por lo visto, del transporte ilegal de personas.

—¿Tan fácil es traficar con gente? —pregunta Briar, frunciendo el ceño.

Su confusión, por irritante que me parezca, es comprensible, sobre todo teniendo en cuenta que se crio en un pueblucho extremadamente pobre de Texas. Para ella, estas cosas solo pasan en la tele.

—Cualquier cosa es fácil con la suficiente cantidad de dinero —responde Rook.

—Y yo que creía que los Sinclair tenían las neuronas justas para no cagarse encima… No me habría imaginado en la vida que fuesen capaces de dirigir toda una red de trata —comenta Sage con frialdad, refiriéndose a las mismas personas que estuvieron a punto de convertirse en su familia.

—Aun así, sigue sin bastarnos para demostrar nada —señala Alistair—. Rook, ¿conseguiste acceder al ordenador de Silas? ¿Has podido ver algo en las cámaras de seguridad de la finca de los Sinclair?

—¿Aparte de a Easton en gayumbos? —Rook se encoge con una mueca de asco—. No, no hay cámaras en el despacho ni en la sala de billar ni en ningún otro sitio donde pudiera esconder algo. Godfrey va mucho por allí, pero no he visto nada sospechoso.

Cuando comenzamos a indagar en todo esto para vengar a Rosemary, jamás pensé que llegaríamos tan lejos.

Creía que alguien de Ponderosa Springs al que habíamos perjudicado de algún modo había ido a por nuestra única debilidad como forma de represalia.

Estaba convencido de que, una vez que lo encontráramos y acabáramos con él, daríamos el asunto por zanjado, nos iríamos cada uno por su lado y dejaríamos toda la podredumbre que infecta este pueblo atrás.

No obstante, aquí estamos, tratando de atar las pistas que tenemos y buscando cómo darle sentido a todo lo que ha ocurrido y a lo que hemos presenciado en estos dos últimos años.