21
Talón de Aquiles
Thatcher
—Que aproveche.
A juzgar por la violencia con la que deja caer la bandeja sobre la mesa que tengo delante, me da a mí que preferiría ver cómo nos atragantamos con la comida antes que desearnos un buen provecho.
Dirijo la mirada hacia la camarera, que se aleja de nosotros a toda prisa.
—Me pregunto si se echarán a suertes a quién le toca atendernos.
Nadie, ni el personal ni los clientes sentados a nuestro alrededor en la cafetería de Tilly, se molesta en disimular la curiosidad o la inquietud que les infunde nuestra presencia. No me extrañaría que el cocinero echara veneno de ratas en lo que han pedido mis amigos.
El evidente miedo que nos tienen y la envidia que nos profesan en secreto ya no me sorprenden.
Cuando era pequeño, me preguntaba por qué todo el mundo siempre se nos quedaba mirando o se cambiaban de acera entre susurros si pasábamos junto a ellos, pero no tardé mucho en darme cuenta de que éramos todo aquello que deseaban ser y, al mismo tiempo, lo que se empeñaban en destruir a toda costa.
Incluso si la macabra reputación de mi padre no me hubiera precedido, habríamos seguido siendo el tema favorito de todo el mundo.
—Se ve que le han dejado a ella el marrón esta vez —bromea Briar.
Desde el otro lado de la mesa, se acurruca un poco más contra el brazo de Alistair, que descansa de forma protectora sobre su hombro.
—¿De verdad merece la pena follarse al capullo más famoso de Ponderosa Springs a cambio de este servicio de mierda? —murmura Rook.
Como está sentado sobre el respaldo del banco corrido, pegado a la pared, tiene que inclinarse por encima de mí para coger una cesta de patatas fritas. Y Sage, que lo tiene justo detrás, pone los ojos en blanco ante el comentario tan vulgar que acaba de soltar, aunque no hace ademán de corregirlo.
Briar ni siquiera se inmuta.
—No sé —se encoge de hombros—, para eso tendría que acostarme contigo.
A Alistair, que no se esperaba la respuesta de su novia, le da un repentino ataque de tos y se atraganta entre risas. Hasta a mí se me elevan las comisuras de los labios. Puede que Briar no sea de mi agrado, pero es divertido ver cómo dejan a Rook en ridículo por su estupidez.
Rook saca el labio inferior, fingiendo un puchero, y entierra la cabeza en los mechones pelirrojos de Sage.
—Cariño, ¿vas a permitirle que me hable así?
—Te lo has buscado tú solito —dice ella, sonriendo, mientras le pasa una mano por el pelo alborotado.
La puerta de la cafetería se abre de golpe y hace tintinear la campanilla de la entrada. Desvío la atención de las escenitas de pareja que me estoy tragando y me fijo en el par de botas de lluvia amarillas cubiertas de barro que acaba de cruzar el umbral.
Puedo oír el chapoteo de sus pasos desde nuestra mesa. El rostro de nuestra nueva visitante permanece oculto bajo un abrigo raído de color verde oscuro, pero los rizos que se le escapan por los bordes la delatan.
Lyra avanza por el pasillo como un espíritu, aferrándose con los dedos a la correa de su bolso cruzado sin mediar palabra. No llama la atención de nadie, se camufla con el entorno y pasa inadvertida sin esfuerzo.
Los clientes apenas se percatan de su llegada. Echan un rápido vistazo en su dirección y vuelven a centrarse en su comida insípida y en sus conversaciones vacías. En ellos no despierta ningún tipo de interés, cuando es la única persona que consigue cautivarme en toda esta cafetería de mala muerte.
La reacción que tienen frente a ella es completamente distinta a la que tienen conmigo.
No se detienen a contemplarla boquiabiertos ni a cuchichear; no, al menos, hasta que se dan cuenta de que he apartado la vista de mi grupo, ya de por sí marginado, y por fin reparan en su presencia.
Le echan un segundo vistazo y luego un tercero, hasta que no pueden evitar mirar de manera descarada a la mujer que ha captado toda mi atención.
Por la forma en la que tensa los hombros, es consciente de que la están observando; una sensación a la que es probable que no esté acostumbrada ni le resulte cómoda. Se esconde aún más bajo la capucha en un intento desesperado de fundirse de nuevo con las sombras, pero ya es demasiado tarde.
Todo el mundo se estará haciendo la misma pregunta banal: «¿Quién es esa?». Yo, en cambio, barajo la idea de ir mesa por mesa para arrancarles los ojos y dárselos de comer a los buitres. ¿Me daría tiempo a limpiar la cafetería antes de que viniera la poli a detenerme?
Cuando llega hasta nosotros, las chicas la saludan con palabras de cariño mientras se quita la capucha. El corte del labio aún se le nota y sigue teniendo un moratón bastante feo en la mejilla. Los bordes se le han puesto amarillos, pero el centro todavía guarda un tono violáceo.
—Hola —murmura, agarrando el respaldo de una silla junto a una mesa vacía—. Perdón, estaba en la biblioteca y se me ha ido el santo al cielo. ¿Qué habéis…?
—No puedes coger esa silla.
Se hace un silencio tan denso que podría cortarse con un cuchillo.
Aparto los ojos de Lyra y le lanzo una mirada fría y penetrante al camarero que le ha dirigido la palabra.
A pesar de que no se parece en nada a la joven que nos ha servido la comida, destila el mismo desagrado ante nuestra presencia.
—Ay, lo siento. No me había dado cuenta de que estaba reservada —se apresura a decir Lyra con el rostro encendido de vergüenza.
La ira me trepa por la garganta al presenciar cómo se ha encogido ante un hombre que no sabe ni escogerse solito la ropa y que está, a todas luces, muy por debajo de ella. Se ha doblegado ante él sin oponer resistencia, asumiendo que merece ser tratada de esa forma.
—Es que no lo está, cielo —le contesta con sorna—, pero esto es un restaurante y la necesitamos para los clientes que pagan, ¿me entiendes?
Con una timidez y una obediencia un poco excesivas para mi gusto, Lyra se dispone a arrastrar la silla de nuevo a su sitio; sin embargo, antes de que pueda llevársela, agarro el frío respaldo de metal y la mantengo a mi lado.
Mi mascotita necesita aprender a hacerse respetar, y pronto. Me niego a verla someterse a la voluntad de otro hombre que no sea yo , la única persona ante la que debería inclinarse.
—¿Insinúas que nosotros no pagamos? —repongo con firmeza, clavando la vista en el que, conforme consta en su chapa, se supone que es el encargado.
Abre los ojos ligeramente, sorprendido por mi intervención. Estoy seguro de que esperaba lidiar con la personalidad explosiva de Rook o incluso con la mirada intimidante de Alistair, conocido por su mal humor, pero se nota que no contaba con tener que enfrentarse a mí.
Todos sabemos que esto no va de quién se sienta dónde, sino de los despreciables habitantes de este pueblucho tratando de plantarles cara a los lobos feroces que merodean por ahí y hacen lo que les viene en gana.
—No, no, por supuesto —se retracta, antes de aclararse la garganta—. Es que a esta hora solemos tener un poco más de ajetreo y podría hacerle falta a alguien…
—¿Alguien necesita esta silla? —pregunto en un tono lo bastante alto como para que mi voz retumbe en toda la cafetería.
Nadie se mueve ni se atreve a abrir la boca: se limitan a quedarse quietos en sus respectivos asientos.
Cuando miro de nuevo al encargado —Josh, según la misma placa—, tiene la cara roja como un tomate y los puños tensos a los lados.
—Es la política de la empresa —insiste, mostrando mucha más resistencia de la que había anticipado—. No puede sentarse en esa silla.
Asiento con la cabeza mientras una sonrisa me curva las comisuras de los labios. Suelto la silla, me pongo de pie y me aparto del banco. Me abrocho los botones del traje con calma y luego me acerco a Josh hasta invadir su espacio personal.
Mi cuerpo se impone sobre el suyo, y no solo en altura.
—Dime que no otra vez —lo desafío.
Tartamudea algo ininteligible, incapaz de sostenerme la mirada. Busca a su alrededor a alguien que lo ayude, pero no hay nadie dispuesto a cruzarse en mi camino.
—Si ella quiere todas las sillas de esta basura de cafetería, las tendrá —replico—. Y si a mí me apetece comprar cada metro cuadrado de tierra sobre la que se ha construido esta pocilga, no dudaré en hacerlo con tal de ver cómo mi amigo te quema vivo dentro de este lugar.
El rostro de Josh se vuelve de un verde enfermizo. Como se le ocurra vomitarme encima, pienso arrancarle la columna y usarla de bufanda.
Agarro la silla de nuevo y, al girarla para que Lyra pueda sentarse, el metal chirría sobre el suelo barato. Acerco el rostro un poco más al encargado, que tiene toda mi atención.
—¿Me entiendes? —lo imito de manera amenazante.
Traga saliva, considerando con cautela cuáles van a ser sus próximas palabras.
—Sí, señor —dice al fin—. Lamento las molestias.
Eso debería parecerme suficiente. De hecho, si fuera otra persona, habría dejado que se marchara ya, con el orgullo herido y el rabo entre las piernas, pero soy un sádico al que le encanta quebrar a los hombres que se creen los dueños del mundo. Vivo por y para ello.
—No es a mí a quien le debes una disculpa —lo corrijo.
Miro a Lyra, quien me observa con el rostro inexpresivo.
Desvío los ojos hacia la silla para indicarle que se siente y, aunque se muerde el interior de la mejilla, me obedece sin rechistar.
Me coloco detrás de la silla y la empujo con suavidad hacia la mesa, donde había querido ponerse en un principio.
—Siento la confusión, señorita. No volverá a ocurrir. —Josh suelta un suspiro—. ¿Os pongo algo más?
—No, estamos bi…
—Una Coca-Cola de cereza —intervengo, interrumpiendo a Lyra—. ¿Crees que podrás traérnosla sin que haya más confusiones?
El encargado, después de hacer un gesto afirmativo, sale corriendo en dirección contraria a nuestra mesa.
—¿De verdad era necesario montar un numerito? —susurra Lyra, todavía sonrojada por la vergüenza.
Deslizo la mirada hacia ella.
—Deja de inclinarte ante gente inferior a ti y no tendré que hacerlo. Recuerda cuál es tu lugar, mascotita.