20 #4
Explora con calma cada rincón, en busca de todos los lugares que me debilitan. No puedo evitar morderme el labio cuando empieza a juguetear con el clítoris.
Gira su lengua cálida en círculos cerrados, con movimientos rápidos que aumentan la tensión que se me ha acumulado en el vientre, más de la que creía posible.
Entonces me desliza una mano por el abdomen y, cuando bajo la mirada, lo veo empapándose los dedos de la sangre que brota de mis cortes antes de hacerlos desaparecer entre mis muslos, justo debajo de su boca.
—Ay, Dios…
Aspiro una bocanada de aire temblorosa al sentir cómo me presiona la entrada con un dedo y juguetea durante unos segundos antes de hundirlo entre mis paredes, aún estrechas.
Algo dentro de mí me dice que tal vez esté tratando de borrar las huellas espantosas que me han dejado y sustituirlas por las suyas haciendo que me corra.
Está reescribiendo el recuerdo que me quedará de esta noche, para que, cuando más adelante contemple las cicatrices que me cubren el vientre o piense en este día, no se me venga a la mente la imagen de esos hombres, sino la de su figura arrodillada ante mí mientras me devora con la boca y me recorre el cuerpo con los dedos.
La sangre es nuestra fuerza vital. Es el color de la pasión, del deseo, de nuestros corazones.
Es la que nos convierte en humanos, la que nos une a ambos de todas las formas en las que una persona puede unirse a otra.
La manera más íntima de conectar con alguien es compartir ese líquido carmesí que simboliza el principio y el fin.
Estar a su lado es como balancearse entre la vida y la muerte, y yo quiero hacer ambas cosas con él: morir y vivir; existir, pudrirme y todo lo que haya entre medias.
Bajo la mirada y observo cómo desliza otro dedo dentro de mí hasta mezclar mis fluidos con la sangre que le empapa la mano.
Es una imagen tan erótica que me deshago solo de contemplarla.
Me es imposible controlar los gemidos que se me escapan de los labios y el movimiento de mis caderas contra su mano, porque no me importa lo desesperada o necesitada que pueda parecer con tal de hacerlo mío.
No aparta los ojos de mí ni por un segundo, ni siquiera cuando me aferro a la colcha y hundo las manos en el colchón al notar cómo la tensión acumulada dentro de mí amenaza con estallar.
—Mi pobre mascotita —murmura con voz seductora—. Quieres correrte, ¿verdad? Quieres verterme todos esos fluidos tan dulces en la lengua, ¿eh?
—Sí, sí, por favor.
Siento cómo mete y saca los dedos a un ritmo constante; lo suficientemente lento como para mantenerme al borde del clímax, ansiosa por llegar, pero sin poder alcanzarlo. Es muy consciente de lo que está haciendo.
—Vamos, mi querido fantasma, esfuérzate un poco más. Demuéstrame cuánto lo deseas, gánatelo.
Acto seguido, me da otro lametón en el clítoris. Gimo de frustración, hundiendo aún más las manos en la cama, y levanto el culo para apoyarme mejor y poder moverme contra sus fuertes dedos. Me empujo hacia delante y los veo desaparecer dentro de mí una y otra vez.
Las pupilas se le dilatan al observarme, como si estuviera leyendo los pensamientos impuros que me rondan la mente.
Estoy a punto. El sudor me resbala por la espalda y me perla el pecho conforme le follo la mano.
Supongo que me he ganado una recompensa por emplearme tan a fondo, porque, de pronto, apoya la lengua contra mi sexo y me lame el clítoris con urgencia, aplicando la presión necesaria para hacerme explotar.
Las oleadas de placer que me sobrevienen hacen que la tensión que se me había acumulado en el vientre arrase con todo a su paso y se funda con mi orgasmo. El grito que escapa de mis labios es brutal y desgarrador mientras la espalda se me arquea y las piernas me tiemblan al correrme en su mano.
—Eso es —me alaba, y no duda en lamerme el líquido pegajoso que se escurre entre mis muslos—. Así me gusta, mi chica sangrienta.
Cada vez que me roza con la lengua, me envía una descarga eléctrica que me atraviesa de pies a cabeza y que provoca que todos mis sentidos se agucen.
Un gemido le retumba en el pecho y continúa dándome lametones, que me ponen perdida y me hacen temblar más todavía, aun cuando las olas de placer comienzan a apaciguarse.
El pecho se me agita de forma errática al intentar recuperar el aliento y darle un respiro a mi cuerpo, pero sigo en las mismas cuando se aparta de mí y me priva del calor de su boca.
Al abrir los ojos, aún aturdida por el éxtasis, veo que tiene la vista fija en el regazo. Frunzo el ceño con preocupación y me inclino hacia él. Los brazos y las piernas me pesan una barbaridad, y el dolor y el cansancio me embisten de nuevo con toda su fuerza.
—Thatch —murmuro, siguiendo su mirada. Cuando me percato de la mancha oscura en el centro de sus vaqueros, abro la boca con sorpresa—. ¿Eso es…? ¿Te has…?
—Eso parece —responde. Se aclara la garganta, aunque la lujuria todavía le tiñe la voz—. Por lo visto, a mi polla también le gusta cómo sabes, mascotita.