La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 20 #3
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Aparto la vista del tatuaje y alzo los ojos hacia los suyos. Extiendo las manos para coger las prendas que me ofrece y sonrío en silencio al sentir la tela entre mis dedos. El tacto mullido y aterciopelado de la cachemira me resulta inconfundible.

Sin embargo, me la arrebata de las manos con un movimiento veloz.

—Primero tengo que vendarte las heridas.

—Vale —accedo.

—Siéntate.

Me siento.

—Recuéstate.

Me recuesto.

—No soy un perro —protesto, aunque he hecho todo lo que me ha pedido.

—Ah, ¿no? —ronronea, alzando ligeramente las comisuras de los labios—. Pues casi me la cuelas.

Una risa ahogada me brota del fondo de la garganta, lo cual me provoca una punzada de dolor en el costado que imagino que se debe a alguna costilla rota.

—¿Acabas de hacer una broma?

—Si así te sientes menos insultada, sí, era una broma.

No puedo borrarme la sonrisa de la cara, porque él también está sonriendo, y no con malicia, sino de un modo divertido y alegre.

—Quítate la toalla —me ordena, arrodillándose frente a mí.

—¿Qué? ¿Por qué?

El pulso se me dispara de golpe y aprieto los muslos de manera inconsciente. Hay algo que no encaja: yo, Lyra Abbott, haciendo que Thatcher Pierson se ponga de rodillas. No, no soy capaz de asimilar lo que está ocurriendo.

—Tengo que ver si sigues sangrando o si hay que limpiarte alguna herida, y no puedo hacerlo por encima de la toalla —responde con indiferencia.

Parece un médico dirigiéndose a su paciente, como si ignorase por completo la reacción de mi cuerpo a su cercanía, más aun estando desnuda.

—¿Y por qué no…? Ay, no creo que…

—Quiero ver lo que te han hecho, mascotita. —El gruñido que emite provoca que me sobresalte—. Enséñamelo para que, cuando encuentre al que ha conseguido escaparse, pueda hacerle pagar por haberse atrevido a ponerte un solo dedo encima. Déjame hacer que te sientas mejor.

Me trago el nudo que se me ha formado en la garganta, me deslizo la toalla hasta la cintura y dejo todo el torso al descubierto. Las mejillas se me encienden al notar cómo el aire frío me punza los pezones y me los endurece.

—Quítatela del todo —exige.

Me muerdo el interior de la mejilla, titubeando.

—No me han tocado ahí abajo —susurro.

Por suerte, no insiste más en el tema.

Deslizo los ojos hacia mi abdomen por un segundo y pongo una mueca al verlo. Hay varios cortes abiertos que aún supuran sangre, algunos más profundos que otros. Me recorren los costados y el vientre.

Uno, que parece lo bastante profundo como para dejar cicatriz, está justo encima del hueso de la cadera. Frunzo el ceño con disgusto al percatarme de los desagradables moratones rojizos y violáceos que me adornan la caja torácica. Tienen un aspecto terrible, al igual que yo.

Lo que me han hecho es espantoso.

Las lágrimas me escuecen en los ojos y me obligan a apartar la vista de él y a fijarla en la pared para no tener que presenciar su reacción. Lo último que necesito es que me mire con asco o sienta repulsión al verme así.

Cuando noto su tacto frío contra la piel, doy un respingo. La yema de su dedo índice se desliza por el hueso de mi cadera, me sube por las costillas y me cruza el vientre, tocándome con delicadeza.

Al principio pienso que tal vez me esté untando algún tipo de pomada o limpiándome las heridas, pero, cuando me atrevo a mirar hacia abajo, me doy cuenta de que solo me está acariciando y contemplando mi cuerpo, con ojos serenos y el rostro lleno de luz.

Puede que sea la expresión más tierna que le haya visto mostrar nunca. Sus ojos rebosan una emoción que no soy capaz de definir: parece un niño que acaba de descifrar los secretos del universo.

—Tienes pecas aquí.

El aire se me queda atascado en la garganta y no sé qué responder ni cómo respirar. Ajeno a mi asombro, sigue recorriendo con los dedos las motas marrones que me salpican la piel. Lo hace de forma compulsiva, como si no pudiera contenerse.

De uno de los cortes más profundos, brota un hilo de sangre que me serpentea por el vientre y desemboca justo en el sendero que Thatcher está trazando con las manos, pero él, lejos de detenerse, me extiende el líquido rojo con el dedo como si fuera un pincel y mi cuerpo, un lienzo.

No doy crédito a lo que ven mis ojos. Se encuentra arrodillado ante mí, con un torso tan definido que parece esculpido en piedra, propio de un dios que camina entre mortales.

El dolor se disipa a medida que la lujuria me bulle en las entrañas, me eleva la temperatura del cuerpo y hace que los muslos se me tensen y el deseo se apodere de mis entrañas.

Tocar a Thatcher no es como tocar a los demás, no se asemeja a nada que haya experimentado.

Su tacto traspasa lo superficial y me cala hasta los huesos.

El rincón más profundo de mi alma vibra al sentir su piel sobre la mía y me arrastra a un estado de puro éxtasis.

Nada de lo que me hubiera imaginado podría haberle hecho justicia a esto.

El tiempo parece detenerse conforme se inclina más sobre mi torso y me obliga a separar las piernas para dejar espacio a sus anchos hombros.

El frío punzante de su piel al entrar en contacto con una parte tan íntima de mi ser provoca que me estremezca.

Contrasta con el calor que emana de mí, haciendo que todo dé la impresión de ser mucho más real.

—Estás demasiado frío —jadeo, con la toalla presionada entre las piernas, protegiendo mis zonas más privadas de su mirada.

—O tú demasiado caliente —murmura mientras su boca se cierne justo sobre el centro de mi vientre, a menos de un centímetro de los trazos rojos que me pintan el torso—. Pero esa es la gracia, ¿no? Tú estás demasiado caliente y yo, demasiado frío.

Somos la luz y la oscuridad, dando forma a la materia gris que mantiene el equilibrio. Somos el bien y el mal, la prueba de que todos los matices habitan en lo más profundo de nuestras almas, sin importar las circunstancias a las que nos haya sometido la vida.

Siempre he sabido lo que yo significo para Thatcher y lo que él significa para mí, y, en este instante, me da la impresión de que él está un paso más cerca de comprenderlo también.

—Yo soy tu rosa —musito, e inhalo una fuerte bocanada de aire cuando sus labios fríos me tocan. Noto la humedad de su lengua lamiendo la sangre que él mismo ha esparcido—. Tú eres mis espinas.

Bajo la mirada hacia su pelo de color platino y observo cómo niega con la cabeza.

—No —susurra, y siento cada movimiento de sus labios en lo más profundo de mi piel—. Tú eres mi fantasma, Lyra Abbott; mío y de nadie más. Te dedicas a observarme y a existir para mí.

Una agonía placentera me recorre los huesos.

Es tan abrumadora que ni siquiera me percato de cómo tira de la toalla con sus dedos sigilosos.

De pronto, el aire frío de la habitación me acaricia los pliegues, y es entonces cuando caigo en la cuenta de que, ahora sí, estoy completamente desnuda ante él.

Estoy expuesta, vulnerable, en mi momento más frágil; y ahí está Thatcher, contemplándome sin ningún tipo de barrera entre nosotros.

Todas mis defensas se han derrumbado al hundirle los cuchillos a Michael en el cráneo.

Delante de él, no soy más que una chica vacía y rota que busca con desesperación sentirse querida y deseada.

—¿Y en qué te convierte eso a ti? —pregunto entre jadeos.

Desvío la mirada hacia él justo a tiempo para ver cómo desliza la cabeza más abajo, con la boca manchada de rojo. Un escalofrío me atraviesa el cuerpo al acordarme de la fantasía que tuve hace unos meses, en la que ocurría algo muy similar a esto.

—En el hombre al que atormentas. —Me roza el ombligo con el labio inferior y hace que me tiemble el estómago—. Tu aroma, tu sonrisa, tu tacto… Me has atormentado cada día desde que te vi por primera vez.

Inclina la cabeza y me deposita un beso tierno en la cara interna del muslo mientras me agarra la parte trasera de las piernas y me las acaricia con cuidado, como si temiera que fuese a romperme con su tacto.

El corazón me late desbocado al igual que el resto de mi cuerpo. Cada fibra de mi ser arde bajo su roce helado. La tensión que me atenaza el pecho y se apodera de mi sexo es casi insoportable. Siento que voy a estallar, y eso que él apenas ha hecho nada.

Con las manos sádicas de un asesino, las mismas con las que tortura a otros y concede la muerte sin compasión, me da unos toquecitos en la parte superior de las rodillas, exigiéndome acceso. Los muslos se me separan aún más y ceden a sus demandas sin oponer ninguna clase de resistencia.

No hay manos que anhele más que las suyas, despiadadas y llenas de sangre.

—Qué dulce sabes, mascotita —murmura.

El pecho me sube y baja a un ritmo frenético. Deseo con todas mis fuerzas sentir su boca contra mi coño, sentirlo a él por completo, de un modo que solo puede describirse como febril.

—Thatcher —gimoteo—. Por favor, necesito…

«Mierda, ¿qué era lo que necesitaba?».

—¿Necesitas…?

Mis ojos se encuentran con su mirada fija y penetrante.

—Todo. Lo que sea. Por favor…

El primer lametón que le da a mis pliegues provoca que se me escape un gemido que brota desde lo más profundo de mi interior.

Una descarga de electricidad me atraviesa el bajo vientre, y nada me había hecho sentir tan viva ni tan cerca de la muerte al mismo tiempo.

Me recorre los labios, lamiéndome de arriba abajo, degustándome con un gruñido que hace vibrar mi sexo.

—¿Soy yo el motivo por el que sabes tan bien? Tu coño se muere de ganas de complacerme.

Los ojos se me ponen en blanco y asiento con vehemencia mientras arqueo el culo hacia el borde de la cama para restregarme contra su boca húmeda. Al rodearme el clítoris con la lengua y lo succiona, me sacudo contra él.

A diferencia del hielo que le cubre el cuerpo, su boca está caliente. Parece lamerme con llamas de puro fuego y su saliva da la impresión de envolverme en un manto de lava e incendiarme por dentro de un modo que nunca había experimentado.