La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 20 #2
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La única persona que logra resquebrajar esa bola de nieve y sacarme de ese estado es Thatcher.

Y no es algo que haga en este plano, sino que, cada vez que irrumpe en esas visiones, todo mejora de inmediato.

Cuando, en ellas, entra en el dormitorio de mi madre, me olvido de todo lo demás y me aferro a él; dejo que su recuerdo me haga sentir segura y me reconforte hasta devolverme a la realidad.

A ojos de los demás, es la peor pesadilla que pueda existir; sin embargo, para mí, es el que siempre logra despertarme de la mía.

Entramos por el lateral de su casa y esta está casi a oscuras. Apenas logro distinguir la cocina y los sofás caros del salón. Subimos un tramo de escaleras y luego seguimos caminando. Todo a mi alrededor se convierte en un borrón conforme avanzamos por un pasillo demasiado largo.

Abre la puerta de su dormitorio sin esfuerzo y gira el cuerpo a un lado para que no me golpee la cabeza contra el marco. La habitación de Thatcher es exactamente como me la imaginaba y, al mismo tiempo, no tiene nada que ver con lo que me había esperado.

Recorro cada rincón visible con ojos ansiosos.

El techo que excede con creces la altura de cualquier estancia normal, las paredes de un blanco roto y el suelo de mármol.

El edredón que cubre la cama da la impresión de estar recién planchado al vapor, y las almohadas, que descansan encima, están colocadas con muchísima precisión.

En una esquina se alza un elegante piano de cola y contra una de las paredes hay un escritorio.

Su cuarto tiene un aire moderno y limpio, pero no parece estar habitado por nadie. No veo ningún papel sobre la mesa ni zapatos tirados por ahí. Carece de personalidad y de vida, como un lugar desolado.

Estoy tan agotada que ni siquiera puedo regodearme en el hecho de haber conseguido entrar en su habitación, de encontrarme por fin entre las cuatro paredes donde mora a solas y todo huele a él.

Me lleva al baño con facilidad y me coloca de pie frente al lavabo antes de dirigirse a la ducha y pulsar un botón que hace que el agua caiga en cascada desde distintos puntos del techo; una ducha que, revestida de azulejos grises, seguro que cuesta más que toda mi casa.

—Puedes ducharte aquí —murmura—, yo voy al baño de invitados. Cuando salgas, espérame en mi habitación hasta que vuelva con las vendas. Supongo que te sirven mi gel y mis productos para el pelo, ¿o necesitas que te traiga algo más?

Noto cómo se me pone la cara roja y rezo en silencio por que la sangre disimule el rubor que me tiñe las mejillas. No debería haberle confesado lo del gel: no se le va a olvidar nunca.

—No, con eso me apaño. —Me aclaro la garganta—. No tenías… No tienes por qué hacer esto. Podrías haberme llevado a mi casa sin más. Aunque no te lo creas, soy capaz de cuidarme sola.

—Lo sé.

Observo cómo camina hacia la puerta y se detiene con la mano en el pomo y la espalda rígida, pero me quedo callada, sin moverme de mi sitio, esperando a que diga lo que sea que tenga que decirme.

—Te escuché —añade con voz temblorosa—. Cuando gritaste, te escuché.

Acto seguido, oigo el sonido de la puerta al cerrarse. Mantengo la mirada fija en el punto donde ha desaparecido, tratando de asimilar sus palabras. Porque resulta que sí que me había escuchado; de algún modo, además, respondió a mi llamada desesperada de auxilio.

Me dirijo hacia la ducha por inercia, como si hubiera activado una especie de piloto automático, y, tras un buen rato, por fin me coloco bajo el chorro de agua. Me enjabono despacio con su gel corporal y me extiendo su champú sedoso por los rizos.

Debo de haber perdido la noción del tiempo entre el vapor, porque, cuando el agua empieza a correr limpia, lo que me indica que he logrado deshacerme de toda la sangre ajena de mi cuerpo, me llega el tenue sonido de unas teclas de piano murmurando a lo lejos.

La curiosidad y la emoción se me arremolinan en el estómago. Pulso el botón que apaga la ducha, me envuelvo en una toalla cálida y, de pronto, me doy cuenta de que no tengo ropa que ponerme.

Me muerdo el interior de la mejilla, sopesando mis opciones. Al final, dado que Thatcher ya me ha visto desnuda, decido que no pasa nada por presentarme así ante él, aunque esta situación parezca mucho más… íntima, más delicada y pacífica; todo lo que no somos de normal.

Con el cuerpo temblando, entreabro la puerta y el vapor se cuela en el dormitorio. La música suena mucho más alta ahora y me permite percibir con claridad las melodías que flotan desde las teclas del piano. La cama se encuentra vacía y sobre ella descansa un montón de ropa doblada con cuidado.

Pero Thatcher está sentado en un rincón, frente a mí, tocando el instrumento que tiene delante como si fueran un mismo ser, una única pieza.

Tanto es así que soy incapaz de distinguir dónde termina él y dónde comienzan las teclas.

No puedo ni imaginarme cuántas horas se habrá pasado en esta habitación, sentado ante ese piano, practicando y perfeccionando cada movimiento de dedos, por muy sutil que fuera.

Balancea el cuerpo al ritmo de cada nota. Tiene los ojos cerrados y el pelo mojado le cae sobre el rostro de una forma desordenada que no acostumbro a ver en él y que casi me roba el aliento.

Lleva una camisa negra desabotonada que le deja el pecho al descubierto. Los músculos del abdomen se le tensan mientras sus dedos vuelan con delicadeza sobre las teclas blancas y negras, fundiéndolas de tal modo que me absorbe en sus grises.

Nunca he visto una belleza ni un talento similar al suyo.

Es la primera vez que no tengo que preguntarme qué se le pasa por la cabeza, o en qué estará pensando, porque puedo…

sentirlo; como si la melodía que brota de él estuviera contándome todo lo que necesito oír, como si me estuviera hablando a través de los acordes y las notas, atrayéndome hacia él para transmitirme exactamente lo que anhela en este momento.

Y me cala hondo. El dolor que habita en él, la tristeza que alberga en lo más profundo de su ser y que nadie más puede ver. Todo se encuentra ahí, delante de mí, acariciándome los oídos.

Llevo observándolo toda la vida, pero creo que esto es lo que se siente al verlo de verdad.

El dolor y la tristeza recorren el hilo que une mi alma a la suya. Mi pobre corazón llora por él, solloza al percibir cada una de las notas que componen esta canción tan sombría. Es música en su estado más puro, una comunicación verdadera que jamás había experimentado.

Cuando concluye la pieza con elegancia, solo se oye su respiración en el espacio que nos separa. Mantiene los ojos cerrados unos segundos más antes de abrirlos y mirarme.

Me sorprende contemplándolo embelesada, y las palabras se me escapan de la boca sin que pueda controlarlas.

—Lo siento, no quería…

—Ya sabía que estabas ahí —me interrumpe, levantándose del banco—. No hace falta que te disculpes por curiosear cuando era consciente de que tenía público.

—Thatcher, sabía que tocabas, pero —frunzo el ceño— lo que acabo de presenciar es increíble. Podrías dar la vuelta al mundo tocando para la gente y hacerlos llorar a…

—El mundo no necesita a otro músico.

Salgo de detrás de la puerta del baño y el frío de su habitación me envuelve la piel.

«Mierda, que solo llevo una toalla encima».

—Tal vez. Pero sí que necesita a alguien como tú, ¿no crees?

Me lanza una mirada fría, como si no hubiera nada tras sus ojos y me pudiera revelar sus pensamientos antes de pronunciar palabra alguna.

—Creo que ya conoces la respuesta a esa pregunta, Lyra. —Se dirige hacia la cama con sus gráciles piernas y recoge el montón de ropa—. ¿Vas a vestirte o prefieres la toalla?

Todo lo que dice hace que me sonroje, como si mi cuerpo no supiera qué hacer ante su presencia, salvo dejarse inundar por la vergüenza y el deseo. Es de lo más frustrante.

El sonido de mis pies mojados sobre el mármol es lo único que se oye en el dormitorio conforme avanzo en su dirección.

Ahora que está de pie, me es imposible apartar la vista de él. Resulta muy difícil estar en la misma habitación con alguien que es tan… perfecto, incluso con un aspecto tan desarreglado como el de ahora.

Unos cuantos mechones de pelo todavía húmedos le caen sobre la frente y le resaltan esos ojos que me recuerdan al de las aguas más frías de Alaska y que no he visto en nadie más.

La camisa que lleva puesta deja al descubierto los contornos y relieves uniformes de su abdomen tonificado, que se tensa y endurece con cada bocanada de aire que aspira bajo mi escrutinio.

Reparo entonces en los valles que le surcan ambos lados de las caderas, trazando un sendero que se extiende peligrosamente bajo la cinturilla de sus pantalones y…

No jodas.

—¿Eso es un tatuaje? —pregunto, entrecerrando los ojos y olvidándome de la ropa que sostiene entre las manos, a menos de un brazo de distancia—. ¿Tienes un tatuaje?

—Sí. —Se aclara la garganta—. Ya soy lo bastante mayorcito para hacerme uno. Los chicos están cubiertos de ellos.

—Ya, pero tú eres capaz de arrancarle la mano a alguien solo por tocarte. Te gusta que todo esté impecable y hasta te pones guantes para matar a tus víctimas. No te pega nada tener un tatuaje.

El círculo de tinta que lleva grabado en la piel se oculta justo en la parte superior de su caja torácica. Se asemeja al óbolo de Caronte, el mismo tipo de moneda que depositó sobre los ojos de mi madre hace tantos años. Y también es la misma moneda que Silas porta en la muñeca.

—¿Te lo hiciste con los chicos? ¿Todos tenéis uno?

Otra pieza del rompecabezas que me acerca un poco más a ese hombre al que nadie logra descifrar, aunque, al igual que ocurre cada vez que alguien se le aproxima demasiado, no tarda en sacar los colmillos, como una víbora a punto de atacar.

Siempre que me parece estar avanzando en la dirección correcta, acabamos dando diez pasos atrás.

—¿Quieres la ropa o no? —pregunta con una frialdad que no dista mucho de la que suele mostrar, pero que no había sacado a relucir desde que me encontró en el circo.