20
El hombre del piano
Lyra
—Estoy bien, de verdad —murmuro con los ojos cerrados mientras apoyo la cabeza contra la ventana—. La mayoría son solo cortes superficiales, os lo prometo. Ni siquiera me hacen falta puntos.
No por ello me duelen menos, pero mis amigas ya se han puesto lo bastante nerviosas como para añadirle más leña al fuego.
—¡Yo me lo cargo! —grita Sage desde algún lugar del fondo con voz estridente—. Se han buscado un problema mucho más grave que el de la mierda esta de la Aureola. Más le vale al gilipollas de mi novio tener una buena excusa para haberme mentido o pienso arrancarle la polla.
El pecho me duele al ser consciente de que yo también les he mentido.
Se me cae el alma a los pies cuando me acuerdo de Rook y de la forma en la que sus iris ardientes se fundieron con los míos tras sacarme de la carpa.
Una tristeza que nunca le había visto le inundaba la mirada.
Me envolvió en su chaqueta vaquera y me rogó que lo dejase llevarme al hospital.
Se disculpó una y otra vez por haber permitido que el plan acabase de esa manera.
Sin embargo, lo que ha sucedido esta noche no ha sido su responsabilidad y, pese a que se lo he dicho, sé cómo lidia Rook con la culpa, cómo carga a sus espaldas el peso de haber decepcionado a sus amigos, cómo ese pensamiento lo carcome por dentro, y cuánto se esfuerza Sage por hacerle entender que no todo lo malo es una consecuencia directa de sus acciones.
Silas lleva ya cinco meses en el hospital y, aun así, Rook no es capaz de desprenderse de la culpa que le corroe las entrañas, como si él hubiera podido hacer algo para impedir que su amigo dejara de tomarse la medicación.
—Fui yo la que les pidió que no os dijeran nada, porque no quería que os preocuparais por mí. Enfadaos conmigo, no con ellos. Dadme un día para recuperarme y luego podéis echarme la bronca del siglo. Los chicos solo estaban cumpliendo con su palabra, no se merecen que les reprochéis nada.
Ya las he puesto al corriente de lo esencial. Les he contado que lo ocurrido ha sido cosa mía por seguir a Easton a su casa sin avisar a nadie, que nos hemos encargado de la situación y que hay un hombre clavado a una tabla en el centro de una carpa de circo.
El resto… puede que salga a colación más adelante o que no se lo cuente nunca. Sé que, por mucho que me cueste, en algún momento tendré que explicarles lo que he hecho, aunque ahora mismo no tenga la energía ni las ganas de hablar de ello.
—Eres una cabezota, podríamos haber estado contigo —susurra Briar—, pero te quiero igualmente. ¿Seguro que no te apetece que vayamos a tu casa? Podemos llevarte algo de picar y unas pelis de miedo, o ayudarte a limpiarte.
—Prefiero estar sola esta noche —respondo, desviando la vista hacia la figura que se encuentra junto a mí, en el asiento del conductor—. Me apetece meterme en la cama y convertirme en una ameba. Podéis venir mañana a gritarme todo lo que queráis, ¿vale?
Ambas resoplan con resignación y me advierten que, si no las llamo en cuanto me despierte, se presentarán en mi puerta y la echarán abajo.
Dejo que me envuelvan el silencio y el tacto del cuero cálido y caro del respaldo contra mi piel dolorida. Pese a estar cubierta de sangre, no me importaría dormirme arropada en este aroma tan reconfortante.
Aquí me siento a salvo.
—Van a darse cuenta de que hemos sido nosotros los que han dejado el cuerpo de Michael ahí. Lo sabes, ¿no? —murmuro, con la esperanza de que la conversación me mantenga despierta el tiempo suficiente para poder darme una ducha—. ¿Qué digo si aparece la poli haciendo preguntas?
Thatcher agarra el volante con fuerza por un instante y luego relaja la mano, sin apartar los ojos de la carretera. Aún tiene restos de color carmesí pegados en la piel y en el pelo; los dos estamos cubiertos de sangre.
El peso de lo sucedido esta noche se cierne sobre nosotros, reforzando un poco más el vínculo que nos une, aunque él no sea consciente de ello. Los labios todavía me vibran al recordar el roce electrizante de los suyos.
—No lo harán —responde Thatcher con calma, girando el volante para atravesar la verja de entrada de su propiedad—.
Stephen se enterará, llamará a sus sabuesos antes de que tengan tiempo de rastrearnos y lo encubrirá todo.
Este pueblo no oirá nunca ni una palabra al respecto, pero el mensaje que les hemos enviado a los Sinclair ha quedado más que claro: si quieren meterse con nosotros, no dudaremos en devolverles el golpe.
Asiento con la cabeza y me muerdo el interior de la mejilla al tratar de incorporarme. Un dolor abrasador se me extiende por el abdomen y dejo escapar un leve siseo a la vez que me llevo las manos a las heridas que me cubren el vientre.
—Te las vendaré en cuanto entremos —afirma sin mirarme, satisfecho con seguir manteniendo la vista al frente.
Cuando me dijo que me fuese con él, creía que iba a llevarme a mi casa. No me he dado cuenta de que nos dirigíamos a la suya hasta que estábamos en pleno centro del pueblo.
—¿A tu abuela…? Bueno… —Las mejillas se me encienden de la vergüenza—. ¿No le importa que esté aquí contigo?
Sé que puede parecer una tontería preguntarle algo tan trivial con todo lo que nos ha pasado, pero May Pierson es una mujer encantadora y no me gustaría faltarle el respeto por nada del mundo, aunque necesite desesperadamente darme una ducha.
—El ala oeste de la casa es mía y ella casi nunca la pisa. Ni siquiera se enterará de que has venido.
Detiene el coche poco a poco frente a la casa y lo pone en punto muerto.
—¿Sabe…? —Trago saliva y lo miro—. ¿Sabe quién soy?
No hace falta que le diga más: entiende a qué me refiero. No le estoy preguntando si sabe que somos amigos, lo que me interesa es si es consciente de que soy la chica que envió a Henry Pierson, su hijo, a la cárcel y sobrevivió para contar la historia de la muerte de su madre.
—Sí.
Antes de que me dé tiempo a reaccionar o a preguntarle algo más, saca sus piernas largas y delgadas del coche. Creo que prefiero al Thatcher sarcástico que siempre me interrumpe a esta versión seca que va directa al grano. Su quietud me descoloca.
Estoy tan cansada que me cuesta respirar. Con los huesos doloridos, estiro la mano hacia la manilla y consigo abrir la puerta a duras penas. La adrenalina se me desploma de golpe en cuanto salgo y me debilita por completo.
El hambre voraz que me infundía fuerzas ha regresado a la oscura cueva de mi alma donde ahora duerme, con el estómago lleno y saciado, de modo que me toca lidiar con las consecuencias por mí misma; es decir, sintiéndome vacía y perdida.
Ese es el problema de todo esto. Una vez que las ansias se calman, la ira y el impulso de hacerle daño a alguien desaparecen, pero el dolor emocional sigue ahí, respirando y latiendo dentro de ti como una herida abierta que no deja de sangrar jamás.
Acabar con él solo ha servido para aplacar las ganas de matar de la bestia, no para sanar la herida.
No ha borrado el recuerdo de sus sucias manos sobre mí ni el sonido de sus voces en mis oídos; tampoco ha sosegado el ardor que se me extendió por el pecho ante la falta de aire.
Mi represalia ha sido suficiente para frenar el anhelo de sembrar la violencia y quebrantar huesos.
Sin embargo, no ha ahogado el miedo de haber visto morir a mi madre ni vengará su muerte. Michael se merecía pagar por la tortura a la que me han sometido él y su compañero, pero el hecho de arrebatarle la vida no ha cambiado nada, ni nunca lo hará.
Las rodillas me tiemblan al ponerme de pie.
Thatcher se apresura a enroscarme uno de sus delgados brazos alrededor de la cintura y a sostenerme las piernas con el otro para levantarme del suelo.
Me alza con un solo movimiento lleno de elegancia y el frío de su cuerpo logra congelar los pensamientos que parecen devorarme viva cada vez que me permito perderme en ellos.
Junto a él no me siento sola.
Contemplo el perfil de su rostro y me percato de que tiene la mandíbula apretada, pero no pronuncia palabra alguna. Se limita a llevarme en brazos como si no pesara nada, como si fuera algo que hace a diario.
—Deja de mirarme de esa forma.
Reprimo una sonrisa y bajo la vista.
—Vale.
El resto del camino hacia el ala izquierda de la casa transcurre en silencio mientras le apoyo el oído contra el pecho y cuento los latidos de su corazón. Le late a un ritmo perfecto, con la presión justa, de manera constante y a un tempo saludable. Su sonido apacigua el mío.
Tengo muy pocos recuerdos emocionales que me brinden felicidad.
Me refiero a esos que se te vienen a la mente cuando hueles un aroma que te resulta familiar o piensas en un momento vergonzoso del instituto y se te sonroja la cara como si acabara de suceder; o como cuando te diviertes con algún juego que ya dominas y sientes la euforia de las partidas que has ganado en el pasado.
Esos desencadenantes te permiten disfrutar de esas experiencias una vez más.
No obstante, en mi caso, son diferentes: todos los estímulos externos que recibo están conectados a recuerdos que me provocan ira o miedo.
Me basta un olor o una imagen para transportarme de nuevo a la peor noche de mi vida.
De repente, dejo de estar en clase o leyendo un libro en casa y vuelvo a encontrarme metida en un armario, viendo morir a mi madre, una y otra vez.
Soy vagamente consciente de que, en realidad, puedo estar rodeada de gente y de que quizá alguien me mira, pero yo solo veo a Henry arrodillado sobre el cuerpo de mi madre, arrebatándole la vida, y no puedo hacer nada al respecto.
No puedo respirar ni calmarme. El mundo sigue girando y yo me quedo atrapada en una bola de nieve, obligada a revivir sin cesar aquella experiencia tan traumática.