19 #3
Giro la cabeza y la veo delante de la barrera que separa la pista de los asientos del público. Se mueve en mi dirección como si yo fuera la luna y ella estuviese atrapada en mi campo gravitatorio, sintiéndose atraída hacia mí como si de un imán se tratara y no pudiera evitar acercarse.
Alistair y Rook se limitan a observar nuestra interacción en silencio. Somos dos personas atrapadas entre planetas que orbitan sin saber cómo encajar en la galaxia del otro.
—Quiero hacerlo yo —murmura.
Frunzo el ceño y la miro expectante.
—¿Hacer el qué? Di las palabras, mascotita.
Una bocanada de aire firme se desliza entre sus labios. Levanta el mentón y endereza la espalda.
—Quiero ser yo quien lo mate.
Lyra ya no es la chica frágil y tímida que muestra al resto del mundo. Es una fuerza mortífera y de belleza singular, una mujer oscura y perversa que ansía venganza. Es la compañera de la muerte, su amante y su mano derecha.
Camina hacia mí hasta que su aliento me acaricia la cara. Un tipo de hambre muy distinta se me arremolina en el estómago y noto cómo un deseo ardiente y abrasador me consume por dentro.
Nunca he visto a nadie tan cautivador ni me he sentido tan atraído por otra persona como por ella. Me tiene tan embelesado que ni siquiera me molesta no poder acabar con la vida de este imbécil.
Extiendo la palma y le ofrezco la hoja para que haga con ella lo que le plazca. Cierra los dedos alrededor del mango, me arrebata el cuchillo de la mano y yo me aparto sin pensarlo.
Señalo a Michael con el brazo para indicarle que es todo suyo, pero, antes de alejarme, me inclino hacia ella hasta rozarle la oreja con los labios.
—Haz que me sienta orgulloso, mi querido fantasma —le susurro al oído.
Ella asiente, impasible ante el roce de mi aliento sobre su piel. La observo avanzar hacia el tablero como la reina de la muerte que es, dispuesta a reclamar su corona de huesos y dientes.
Pese a lo inmoral y retorcido del asunto, los pantalones me aprietan en la entrepierna. El miembro se me endurece al contemplar cómo sostiene el cuchillo en la mano mientras le arrastra la punta por el pecho a su víctima y le traza una línea inofensiva hasta la garganta.
—Mírame —le ordena, dejándole claro quién está al mando, aunque sea ella la que tenga que alzar la vista hacia él—. Quiero que me mires.
Cuando ve que no la obedece, agarra con la otra mano el cuchillo que tiene clavado entre los muslos, profundamente hundido en la carne, y lo retuerce hasta sacarle un gemido de dolor. Tras repetirle la orden una vez más, por fin abre los ojos.
Se me hace la boca agua al verla aceptar esa parte secreta de sí misma a la que tanto parece temer, reclamando como propio hasta el último ápice de la voracidad que alberga en su interior.
Cuando le retira el cuchillo de ahí abajo, él emite un grito de agonía entre gorgoteos y la sangre comienza a empaparle la parte delantera de los pantalones.
—¿Te parezco débil? —lo increpa, con una confianza de la que nunca la he visto hacer gala.
—Por favor, lo siento. Dios, ten piedad de mí —gimotea él, con las pupilas dilatadas como platos y una súplica en la mirada.
Quizá la Lyra que todos conocen le habría mostrado misericordia, pero la criatura que habita en ella está demasiado hambrienta como para dar marcha atrás.
Se produce una breve pausa en la que solo se oyen los jadeos y quejidos de dolor del hombre. Observo a Lyra girar ambas cuchillas en las manos y agarrar con firmeza los respectivos mangos entre sus puños diminutos.
—Puede que tu dios te conceda el perdón —susurra mientras Michael levanta la cabeza para mirarla a los ojos—, pero eres un necio si esperas recibir la misma compasión por mi parte.
Entonces le entierra ambos cuchillos en las cuencas. Lo hace en un movimiento tan veloz e inesperado que ni siquiera me ha dado tiempo a seguirlo.
Las puntas afiladas le atraviesan el material blando de los globos oculares. El ruido seco del tejido al desgarrarse y la imagen de la sangre brotando sin cesar sellan su destino. La boca se le abre al tratar de balbucear unas palabras a las que no llega a dar voz.
Lyra suelta los cuchillos, echa los brazos hacia atrás para coger impulso y estrella las palmas extendidas contra el extremo de los mangos, lo que provoca que las armas penetren aún más en el cráneo de su víctima.
Puedo oír el crujido de los huesos bajo el peso de las hojas que han silenciado al hombre que ha intentado arrebatarle la vida.
Ha usado tanta fuerza en el impacto que la cabeza de Michael se ha quedado clavada a la madera que tiene detrás. Hilos de sangre le destilan de las cuencas y le dibujan líneas desordenadas a lo largo de las mejillas.
Un torrente de poder, alivio y orgullo inunda el aire mientras el cadáver permanece ahí atado, con la boca abierta en un grito silencioso. Una versión demoníaca de la obra de Leonardo da Vinci sobre el cuerpo humano. Una crucifixión de venganza.
Percibo la presencia de mi amigo antes de verlo y oír su voz temblorosa.
—Tío, da un miedo de la hostia.
—No. —Las comisuras de los labios se me curvan lo justo para que yo lo note—. Es excepcional.
Mi alumna devota, mi mascotita.