La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 19 #2
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La hoja negra da vueltas, hiende el aire como un rayo, y se clava en su objetivo con un golpe atronador, al que le sigue un alarido que brota desde lo más profundo de las entrañas del hombre frente a mí.

Es un sonido que me acaricia los oídos y me reconforta del mismo modo que cuando toco una variación de Horowitz al piano.

La sangre se le desliza desde el centro de la palma. La doble hoja le ha atravesado la carne y lo ha fijado de manera efectiva a la tabla que hay detrás; el primer dardo de mi diana personalizada.

—¡Michael! ¡Michael! —grita con el rostro pálido y la vista en la mano ensartada—. ¡Me llamo Michael!

Asiento despacio a la vez que deslizo otra hoja entre mis dedos y, con calma, hago girar el metal sobre los nudillos.

Esto es por Lyra: la razón por la que estoy matando a este hombre está aquí. Y, aun así, no puedo evitar sentir cierta euforia al verlo consumiéndose de dolor, retorciéndose contra las ataduras e implorándome misericordia.

¿Es eso lo que me convierte en el héroe de moralidad gris del que todo el mundo habla, el que enmienda los errores con los que la sociedad siempre hace la vista gorda? ¿O es solo una excusa para dar rienda suelta a esa parte de mí que solo vive por y para matar?

Desvío los ojos hacia el público y recorro los asientos vacíos hasta que mi mirada localiza la suya. Parece que haya salido de una pesadilla; una versión en la que está cubierta de cortes, moratones y sangre que no es suya, con los rizos encrespados y la ropa empapada.

Sin embargo, no presto atención a ninguno de esos detalles, porque solo la veo a ella, a Scarlett. La chica que me lanzó un zapato en nuestro primer encuentro; la misma que, pese a estar asustada, no dudó en mostrar valentía. Nunca he conocido a nadie tan insolente y audaz como ella.

Salió disparada del armario, con unos mechones oscuros como la noche arremolinándose a su alrededor y los ojos llenos de determinación. Era el caos personificado, todo lo opuesto a la existencia pulcra y ordenada a la que yo estaba acostumbrado.

En aquella habitación que apestaba a muerte, ella era lo único que parecía rebosar vida, un ser de belleza caótica al que me fue imposible matar, y me enfurece el hecho de que esta escoria andante se haya creído capaz de hacerlo.

—Michael —murmuro, apartando la vista de ella para volver a centrarme en mi objetivo—. Significa «¿Quién es como Dios?».

Yo soy el maestro de ceremonias, el que dirige el espectáculo; el que hace que los demás bailen y se retuerzan a mi antojo. Más que la violencia física, lo que me sube el ego es la tortura psicológica a la que someto a mi presa.

Esto es lo que Lyra lleva tanto tiempo deseando aprender.

Ha sido paciente, se ha esforzado en superar mis pruebas, solo para presenciar el momento en el que juego con la mente de mi víctima y quiebro su espíritu antes siquiera de ponerle una mano encima, con una calma absoluta, encarnando la viva imagen de un asesino.

—¿Tú crees que eres como Dios, Michael? ¿Crees que por las venas te corre sangre divina y que tienes el poder de decidir sobre la vida y la muerte de los demás?

—No me mates, por favor. No estoy preparado para morir todavía —jadea—. Ni siquiera fue idea mía, a mí solo me contrataron porque necesitaba algo de dinero extra. No he tenido nada que ver en esto.

—Sí que has tenido que ver —lo corrijo—. Has secuestrado a una chica inocente y has decidido que tu orgullo valía más que su vida, ¿me equivoco?

—¡No fui yo, fue Colin! Él es quien iba a matarla. Yo solo quería cumplir con el trabajo que nos habían mandado. —Traga saliva y, de pronto, abre los ojos de par en par, como si se le hubiera ocurrido algo—. Si me sueltas, te llevaré hasta él. ¡Puedo averiguar dónde vive!

El peso de la hoja descansa de forma equilibrada sobre la palma de mi mano.

—¿Quién te ha contratado?

Un quejido tembloroso le brota de la garganta.

—Mierda. ¡Joder! No te lo puedo decir. Puedo ponerte en contacto con Colin, pero no puedo decirte nada más o me matarán y me cortarán en pedacitos, tío. No puedo…

El hecho de que se piense que lo que le tienen preparado ellos es peor que lo que planeo hacerle yo casi me arranca una carcajada.

Otra daga negra surca el aire, silenciosa como las plumas de un pájaro, y le aterriza en medio de la pelvis, donde le desgarra la piel y la carne. A juzgar por el aullido estremecedor que emite, intuyo que he dado en el blanco.

—Una puntería impresionante, sobre todo para lo pequeña que la tendrá —comenta Alistair desde su asiento antes de darle otra calada a su cigarrillo.

La hoja se le ha quedado clavada entre los muslos, perforándole lo que espero que sean el pene y los testículos. Las lágrimas le corren por la cara y el cuerpo se le sacude de la cabeza a los pies. El mango del cuchillo se tambalea con cada bocanada de aire temblorosa que inhala.

Sí, le aguarda una muerte lenta y dolorosa. Los cuchillos le sellan las heridas e impiden que se desangre, de modo que, a menos que se los retire, seguirá con vida hasta que haya terminado con él. No tiene más opción que permanecer ahí colgado, sufriendo.

—No espero que lo sepas, porque no me conoces, Michael —digo, levantando otra hoja sin mirar—, pero yo tampoco me creo un dios.

La hago girar en mi mano antes de llevarme el brazo detrás de la cabeza y lanzarla hacia delante. Me muevo con fluidez, sin hacer ningún ruido, propiciando que el arma se libere de mi agarre y se le clave en el centro de la mano izquierda.

Por un breve instante, oigo cómo le crujen los huesos y, acto seguido, lo escucho soltar otra ristra de maldiciones por la boca. Me acerco despacio al tablero circular y al hombre que cuelga de él, cada paso igual de firme y letal que el anterior.

—Soy mucho peor que cualquier dios que conozcas. —Mi voz destila una serenidad oscura e inquietante como la noche mientras le sujeto la mandíbula con una mano enguantada—. Aquí no hay misericordia ni milagros que valgan. Soy el santo patrón de tu muerte, y te irás de este mundo cuando yo lo decida.

Michael rompe a llorar a gritos y el cuerpo se le sacude con cada sollozo, una actitud impropia de un hombre que hace apenas un momento amenazaba con quitarle la vida a Lyra.

El poder que creía tener sobre ella ha quedado reducido a la nada y ahora no es más que un insecto diminuto y repugnante al que podría aplastar perfectamente de un zapatazo.

—¿Quién te ha contratado? —pregunto de nuevo, sintiendo cómo una oleada de euforia me recorre de pies a cabeza al verlo gimotear a moco tendido con la cara enrojecida de tanto desgañitarse—. Te conviene decírmelo, Michael. Puedo hacer que esto dure toda la noche.

Lo he quebrado. He hecho añicos hasta el último vestigio de masculinidad que le quedaba. He destruido sus barricadas hasta convertirlo en un mísero hombre desesperado por salir vivo de esta.

—¡Stephen Sinclair! —grita con los dientes apretados—. ¡Stephen Sinclair nos contrató!

No me sorprende en absoluto. Sabíamos que el decano de Hollow Heights estaba involucrado de algún modo en las actividades de la Aureola y que era una rata traicionera mucho antes de que Rosemary apareciese muerta.

—Por qué —inquiero, aunque, más que una pregunta, es una orden para que siga hablando.

—No lo sé. Solo nos dijo que debíamos atraparla y asustarla un poco. —Tose—. Cuando quise saber por qué, lo único que me contestó fue: «Para que, cuando vuelva arrastrándose a los degenerados de sus amigos, sepan lo que está en juego y lo que soy capaz de arrebatarles».

Agarro el mango de la hoja que tiene clavada entre las piernas y lo giro con brusquedad hacia la izquierda, hasta arrancarle otro grito de auxilio.

—¿Qué más sabes?

Michael aprieta los ojos y alza la cabeza hacia el techo, tratando de imaginarse otra realidad y aferrándose a la esperanza de despertar de esta pesadilla.

—Al principio no íbamos a ir a por Lyra —responde con voz rasposa—. Nos dijeron que fuéramos a por Sage Donahue, pe-pero…

—Pero ¿qué?

Aumento la presión del cuchillo con la intención de sacarle las palabras de la garganta a la fuerza.

—Un chaval rubio entró y le pidió que no lo hiciera. Tenía una cicatriz muy fea en la cara. Le dijo a Stephen que eligiera a Lyra Abbott en su lugar, que ella era la más débil del grupo y la que se doblegaría con más facilidad.

Puedo sentir la rabia de Rook hacia Easton Sinclair fundiéndose con la mía. Hace un rato he estado a punto de partirle el cuello y ahora me arrepiento de no haberlo hecho.

—¿Seguro que no hay nada más que quieras contarnos?

—¡Eso es todo lo que sé! —proclama entre alaridos de desesperación—. ¡Os lo juro por Dios, joder! ¡No sé nada más!

Soy consciente de que esa es toda la información que vamos a sacarle. No creo que haya muchos hombres capaces de mentir con un cuchillo clavado en la entrepierna, y, desde luego, él no va a ser la excepción.

Su rostro ha adoptado un tono pálido y fantasmal, fruto de la pérdida de sangre. Michael ha cumplido con su propósito, de modo que ya no me es útil. Puedo ponerle fin a su existencia sin más dilación.

Alargo el brazo, cojo el mango del cuchillo que le atraviesa la mano y se lo retiro con rapidez. La sangre le brota a borbotones de la herida y me empapa el guante. Estoy a punto de hundirle la hoja en la tráquea cuando escucho la voz de Lyra.

—Espera.