19
Baño de sangre
Thatcher
Esta no es mi rutina habitual.
No he rastreado, acechado ni reunido información sobre esta víctima.
No he podido dedicar tiempo a crear la introducción y el desarrollo de su concierto.
No he escrito o modificado la partitura, y tampoco he compuesto una melodía macabra para preparar mi escenario.
He empezado directamente por el final, sin pensar en cómo sonaría su muerte acompañada de mis notas al piano.
En otras circunstancias, salirme de mi rutina, de mi espacio, sin estar rodeado de mis armas, mis herramientas y mi música clásica de fondo, me habría descolocado.
Porque así no es como mato a la gente. Mi manera de destruir el cuerpo humano es un arte en el que suelo invertir un mínimo de varios meses en los que planeo y elaboro la pieza perfecta para cada parte de la función.
Pero supongo que debo dejar todo eso de lado y hacer una demostración de lo que pasa cuando alguien toca lo que es mío.
Miro al frente y veo a un hombre atado a una tabla circular.
El cinturón, negro y grueso, se le ciñe a la cintura, y tiene ambas manos entrelazadas por encima de la cabeza y los pies sujetos con grilletes.
A su alrededor hay unas cuantas estrellas rojas pintadas en la superficie y que se han desconchado con el tiempo, aunque algunas de ellas quedan ocultas tras sus extremidades.
Estoy seguro de que este artefacto forma parte de un número de lanzamiento de cuchillos en el que un hombre, muy seguro de sí mismo, se planta ante la multitud y le arroja puñales a ciegas a una mujer medio desnuda para clavárselos a escasos centímetros de la piel y dejar al público asombrado.
Sin embargo, ahora soy yo quien dirige el espectáculo. La pista del circo es la arena donde pienso impartir muerte, de modo que no habrá ninguna distancia de cortesía entre mi hoja y la piel de mi objetivo.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta con nerviosismo—. Tío, por favor, dime qué va a hacer. ¿En serio va a matarme?
A pesar de haberse dirigido a Alistair, este guarda silencio y se limita a observarlo desde la silla que ha tomado prestada del público. Una nube de humo se alza del cigarrillo que sostiene entre los labios y se queda flotando ante su rostro impasible.
Ha sido él quien ha logrado atraparlo antes de que pudiera darse a la fuga con su compañero. Lo ha arrastrado de vuelta a la pista y ha esperado a recibir mis instrucciones, consciente de que no debe ponerle un dedo encima a mi presa. Sabe que esta muerte es mía y de nadie más.
Quiero beberme cada gota de su dolor, de su miedo, de su vida. Las tripas me rugen solo con pensar en el poder que siento al escuchar el último latido de mis víctimas.
Me giro hacia el estuche de cuchillos abierto sobre una silla, con cada hoja guardada de manera meticulosa en su propio compartimento. Paso los dedos por las puntas afiladas, sintiendo cómo el ansia de venganza despierta en mí un hambre voraz.
Me enrollo con cuidado las mangas sanguinolentas de la camisa de vestir que llevo puesta y dejo expuestos mis brazos pálidos y venosos, que enseguida se cubren de unos finos riachuelos color carmesí que provienen de los puños arremangados.
El aire frío me roza el cuello, pero la expectación provoca que se me eleve la temperatura del cuerpo.
El sonido de la carpa al abrirse capta mi atención.
Acto seguido, Lyra irrumpe en el interior y la luz del foco le resalta el labio magullado, el mismo que he sentido contra los míos hace apenas unos instantes.
Su boca me ha sabido a crueldad y a miedo, justo lo opuesto al sabor a cereza que me había imaginado.
Después de sacarla de aquel tanque sangriento, he experimentado la verdadera faceta de la ira. La había visto en otros, había presenciado lo que era capaz de hacer, pero nunca la había sentido en mis propias carnes, no de esta forma.
Mi furia es un depredador silencioso que se esconde bajo la superficie y me corre por las venas como papel de lija. Me raspa la piel y se me enrosca a lo largo de la columna.
Esta va a ser la primera vez que mate a alguien impulsado por mis emociones; impulsado por ella. Lyra es el faro que me guía incansablemente hacia mi lado más humano. Su simple presencia hace que nazcan en mí sentimientos que jamás había experimentado.
Los dedos se me tensan cuando veo a Rook aparecer a su espalda mientras la sujeta del brazo y tira de ella hacia atrás, hablándole en un tono de voz lo bastante alto como para que pueda escuchar lo que le dice.
—Lyra, tenemos que llevarte al hospital. No te conviene ver esto. No te conviene verlo así.
—No pienso irme —replica ella, retorciéndose bajo su agarre, decidida a adentrarse aún más en la carpa hasta dar conmigo.
—Por favor…
—Lyra —la llamo, interrumpiendo a mi amigo. Sus ojos suaves me buscan, como si mi voz fuera el único sonido que existe para ella en este momento. Doblo el dedo índice, invitándola a acercarse—. Ven.
Rook la suelta y sacude la cabeza con un resoplido al verla caminando en mi dirección. Me doy cuenta de que cojea un poco, pero mantiene la cabeza erguida, negándose a mostrar ni un ápice de dolor.
Quiere demostrar que no han logrado hacer que se desmorone ante ellos y que nunca lograrán hacerlo. El pecho se me hincha de algo que parece ser orgullo. Una sensación de lealtad, no solo hacia mí, sino también hacia ella misma.
Cuando se encuentra lo bastante cerca, extiendo la mano y le agarro la barbilla con los dedos. Le giro la cabeza de un lado a otro, observando cada rasguño, cada corte y cada moratón.
Debería ir al hospital a que un médico la examinara, física y mentalmente. Lo que ha vivido la golpeará como una maza cuando la adrenalina se disipe. Lyra se retraerá como respuesta al trauma, porque ninguna persona es capaz de soportar tanto dolor sin perderse para siempre.
—¿Estás bien?
—Sí —asegura, asintiendo con ganas—, y quiero estar presente. Sé que dijiste que lo nuestro se había acabado, pero necesito aprender, Thatcher, antes de que esta cosa me consuma viva.
—No has dejado que te vean derrumbarte —murmuro.
Le acaricio la piel con el pulgar y siento cómo su cuerpo se acomoda a mí hasta casi fundirse con mi mano.
—Me dijiste que no lo hiciera.
—Y lo has hecho de maravilla, mi querido fantasma —murmuro, alzándole la cabeza para que me mire—. ¿Quieres que te recompense? ¿Te gustaría que fuese tu maestro esta noche?
Sus ojos de color jade se abren de par en par, llenos de curiosidad, y puede que también de sorpresa ante la facilidad con la que he accedido.
—¿Sin libros de texto de por medio?
Una sonrisa se me dibuja en los labios mientras niego con la cabeza.
—Nada de libros de texto. Has sido una alumna muy aplicada. Aunque yo que tú cogería apuntes, quizá te haga un examen luego.
Este pacto secreto entre los dos es lo que más me atormenta en esta vida y, sin embargo, me aferro a él sin ningún tipo de esfuerzo.
Me cuesta admitirlo en voz alta, pero me gusta que Lyra me observe y me aceche entre las sombras, que solo se fije en mí.
Soy el centro de su mundo, y ella es mi acosadora particular.
—Gracias —susurra.
Relaja los hombros y se da media vuelta para acercarse a uno de los asientos de la primera fila. Miro a Rook y le indico con un gesto que no se aparte de su lado por lo que pueda ocurrir.
Dejo que mis pensamientos se centren en ella, en la imagen de su rostro de porcelana perfecto, ahora ensangrentado y repleto de moratones, mancillado de un modo en el que jamás deberían haberla tocado. Al final, dirijo toda la ira que impregna cada fibra de mi ser hacia un único objetivo.
—Mi padre me regaló un juego de cuchillos arrojadizos cuando era niño —digo, alzando uno de doble filo hecho de acero inoxidable—.
Era una buena forma de practicar cómo blandir una hoja con precisión.
Supongo que me aficioné a lanzarlos y, con el tiempo, he perfeccionado la técnica hasta convertirme prácticamente en un experto.
Saco una hoja de su funda, con dedos largos y cuidadosos, y la hago girar en la mano.
Su acabado negro mate parece haber sido forjado en la oscuridad de la propia noche: un cuchillo diseñado para dar una muerte rápida y silenciosa.
Lo sopeso en la palma con una quietud que carga el aire de una energía escalofriante, apreciando lo bien que combina su color con el de los guantes de cuero que llevo puestos.
Sé lo que voy a hacer esta noche. Desde que he puesto un pie en la carpa, he estado planificando cada segundo de la tortura que pensaba infligirle a quien fuera que hubiese orquestado esta función, y, a pesar de todo, me siento como si estuviese dando un simple paseo por el vecindario.
No tengo ganas de regodearme en sus emociones ni en su pánico, solo quiero acabar con él.
—¿Qué coño vas a hacerme, tío? —musita el hombre, atado a la tabla—. Solo estaba siguiendo órdenes. No íbamos a matarla. La idea era asustarla un poco y ya está. ¡Te lo juro!
—¿Cómo te llamas? —pregunto de manera brusca, ignorando sus palabras. No me interesa lo que tenga que decir.
Gimotea y aprieta los dientes mientras las lágrimas le corren por la cara. El miedo que se ha apoderado de él es tan intenso que apuesto a que apenas puede respirar. Seguro que le oprime los pulmones como si tuviera una roca aplastándole el pecho.
Me pregunto si, como yo, estará pensando en sus últimos momentos y si se sentirá preparado para reunirse, al otro lado, con cualquiera que sea la divinidad a la que le rece.
—Joder, joder, joder. ¡Vaya puta mierda!
En condiciones normales, retrasaría un poco más el primer corte para recrearme en esa oleada de poder que me sacude al rasgarle la piel a alguien, pero esta noche no estoy de humor para jugar con la comida.