La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 18 #3
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El pecho me arde, desesperado por recibir algo de aire.

Intento romper las ataduras que me envuelven, pero, sin oxígeno, las extremidades apenas me responden.

El tanque es mucho más profundo de lo que me imaginaba y no tengo la energía suficiente para permanecer a flote sin usar las piernas.

La cabeza me da vueltas y la quemazón que me atenaza el cuerpo empieza a transformarse en una extraña sensación de calma, como si fuera consciente de que, en unos instantes, todo habrá terminado.

Siento unos brazos rodeándome la cintura, como la noche en la que bailé con Thatcher hace un año, en Halloween. Lo que solo fue una distracción para que nuestros amigos pudieran escabullirse de la fiesta acabó quedándose grabado a fuego en mi memoria.

Se me viene a la mente el día que conocí a Briar y la inocencia que me transmitieron sus ojos.

Me veo quemando aquel árbol legendario con Rook y pienso en aquella ocasión en la que pillé a Alistair en mi ducha después de que hubiera pasado la noche en nuestra residencia.

También me acuerdo de cuando me encontré a Sage sentada en el comedor tras su regreso.

Todos los recuerdos que atesoro con cuidado, los mejores momentos de mi vida, se proyectan ante mí uno tras otro, como si formaran parte de una última película para brindarme paz antes de cruzar al otro lado.

Mi subconsciente parece desvanecerse hacia una luz intensa y cegadora, y el aire que me entra de golpe en los pulmones provoca que me atragante. Toda la sangre aguada que tenía acumulada en la boca sale disparada en cuanto jadeo.

—Sácala de ahí.

Unas manos me tocan y se enroscan alrededor de la cuerda que me mantiene atada mientras trato de comprender si he alcanzado la inmortalidad o si, por el contrario, alguien ha respondido a mi llamada de socorro y sigo con vida.

Parpadeo para intentar despejar la bruma carmesí que me nubla la vista y así aferrarme a mis sentidos.

—¿Qué coño crees que estoy haciendo, jugar a las damas?

—Eres un inútil.

—Si no te callas, la suelto y te empujo a ti también dentro para que te ahogues, por gilipollas.

—Tú… —se detiene un segundo— limítate a ayudarla.

El pecho me sube y baja con rapidez, absorbiendo todo el oxígeno que puede. El dolor todavía está presente, y es eso lo que me confirma que sigo viva; que, de algún modo, ya no estoy en esa tumba líquida.

Oigo un murmullo de voces a mi alrededor y siento el tacto frío de una hoja de metal contra la espalda. Las cuerdas se aflojan y vuelvo a ser capaz de mover los brazos con libertad.

—Lyra, Lyra, Lyra…

Alguien que me resulta familiar se inclina hacia mí y me aparta el pelo mojado de la cara. Me limpia parte de la sangre que me cubre los ojos, las mejillas y la boca con mi nombre sonando en bucle como un cántico.

Cuando el aire me llega de nuevo al cerebro, recupero el resto de mis sentidos poco a poco.

Primero percibo un olor fresco, después noto unas manos frías sobre la piel y al final distingo los detalles del rostro al que pertenecen.

Reconozco el cabello plateado manchado de rojo, goteando ese líquido granate, y los ojos de un azul tan claro que casi puedo ver mi reflejo en ellos.

—Thatcher —murmuro, como si se tratara de una plegaria—. Thatcher.

Con la mano temblorosa, alzo los dedos y trazo el contorno de sus cejas hasta desembocar en las arrugas que le surcan la frente. Puedo sentirlo: por más que me parezca un sueño, es real.

Entrelazo los dedos en los mechones mojados de su cabello y lo atraigo hacia mí, permitiéndome soñar con una realidad en la que ha escuchado mis súplicas y ha venido a por mí; una realidad en la que el villano ha renunciado a su plan de venganza para salvar a la chica.

—Lyra.

Mis labios se encuentran con los suyos en un roce silencioso, como el primer copo de nieve que aterriza sobre mi piel en invierno, como una estrella fugaz deslizándose sigilosamente por el cielo.

El susurro de su último aliento se filtra entre mis dientes y me llena de aire los pulmones vacíos.

Es el ángel de la muerte insuflándome vida.

No hay fuegos artificiales, no es un beso cargado de deseo ni de pasión.

Sus labios se mantienen firmes contra los míos, como si fueran un regalo de los dioses, mientras nos limitamos a descansar el uno sobre el otro en busca de un breve respiro en medio del caos, comunicándonos sin necesidad de palabras.

«Hola, estás a salvo. Aquí, conmigo, estás a salvo».

Él es el primero en separarse, lo justo para no dejar más que unos milímetros de espacio entre nuestros labios. Parpadeo varias veces al contemplar su rostro sereno mirándome desde arriba.

—No quería… —comienzo a decir con voz ronca—. No quería morir sin haberte besado antes. Me parecía demasiado cruel irme de este mundo sin saber lo que se sentía.

Thatcher me desliza el pulgar sobre la boca hinchada y me imprime en la piel la sensación de su beso, impregnándome de su sabor. Apenas consigue reprimir el ligero temblor que le sacude las comisuras de la boca.

—Mi querido fantasma —susurra—, no vas a morirte. Al menos, no hasta que haya acabado contigo.