La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) 18 #2
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Cuando llegamos arriba del todo, me arroja sobre la superficie. Entonces me asalta el recuerdo de lo que quedaba del evento de esta noche, lo que no podía recordar cuando me he despertado, y por fin me doy cuenta de lo que planean hacer conmigo.

Abandonado en la pista se encuentra el dispositivo de tortura perfecto.

Se trata de un tanque cilíndrico que hace unas horas estaba lleno de agua hasta los topes como parte de un espectáculo de magia.

El número consiste en que un artista encadenado se sumerja y permanezca en el fondo hasta lograr liberarse de las cadenas y salir nadando a la superficie.

Si escapas, te conviertes en todo un Houdini; si fallas, te ahogas.

Sin embargo, han debido de modificarlo, porque el líquido que contiene ya no parece agua; no del todo, al menos, ya que es más espeso y de color carmesí. Chapotea dentro del tanque, de unos tres metros de profundidad, y se agita conmigo cada vez que me remuevo por los nervios sobre la plataforma.

—Sangre de cerdo mezclada con un poco de agua —señala el payaso uno con sorna—. Íbamos a convertirte en Carrie por una noche y darte un par de ahogadillas para que se te disparase la adrenalina, pero no nos lo has puesto nada fácil, niñata.

El corazón me late en los oídos. Cuando me arrojen ahí dentro, se acabó: me hundiré hasta el fondo y no podré salir.

—Matarme no los detendrá. —Presiono los brazos contra las cuerdas en busca de un punto débil en los nudos, sin éxito—. Solo empeoraréis las cosas. Tu jefe sabe hasta dónde estuvieron dispuestos a llegar por Rosemary Donahue. No van a parar.

—A mi jefe —comienza a decir, pavoneándose— le dan igual. No creo que haya nada que desee más que sacrificar a un hijo de cada familia fundadora y hacer que este pueblo coseche lo que ha sembrado. Tú no eres más que la advertencia de lo que se avecina, Lyra.

Soy consciente, desde que me han secuestrado, de que estos hombres son los esbirros de la Aureola. Se nos está acabando el tiempo y han venido a silenciarnos, aunque para ello tengan que borrarnos del mapa.

Hemos llegado demasiado lejos y sabemos más de lo que les conviene.

Matamos a un profesor y a su ayudante con el fin de descubrir de dónde procedían las drogas que usaban para sedar a las chicas que secuestraban, quemamos vivo al alcalde por vender a Rosemary, su propia hija, y descuartizamos a dos detectives corruptos implicados en la red de trata.

Hemos propasado el límite de lo que están dispuestos a tolerar.

—No vivirás para contarlo —replico con la voz entrecortada.

—Primero ajustaremos cuentas contigo y luego ya veremos qué hacemos con esos amiguitos tuyos. Solo espero poder ser yo quien despedace a Pierson.

Se me acelera el corazón cuando lo mencionan. Un sollozo me atenaza la garganta ante el impulso de rogarles clemencia y rezar para que no se acerquen a él. Porque no me importa lo que me hagan a mí, sino lo que le pase a Thatcher.

—Adelante —dice el payaso dos con una risita—, suplícame que te perdone la vida y a lo mejor te dejo vivir el tiempo suficiente para que veas hasta dónde te cabe mi polla.

El cuerpo se me estremece ante la crudeza de sus palabras.

Una lágrima solitaria se me resbala por la mejilla al pensar en las opciones que me quedan: comportarme, implorar y permitir que este hombre tan repugnante me ponga sus sucias manos encima o quedarme donde estoy, que me empujen a un tanque lleno de sangre animal y morir ahogada.

Mi vida entera ha quedado reducida a esas dos alternativas de mierda.

Todo lo que haya hecho a lo largo de los años será ignorado y terminaré convirtiéndome en un simple titular macabro en el periódico, en la chica que fue asesinada en el circo de las pesadillas.

Otra historia de fantasmas destinada a atormentar las calles de Ponderosa Springs.

Me aferro a los últimos vestigios de esperanza que me quedan y busco dentro de mí las fuerzas necesarias para hacer que mi voz rebote contra la tela de esta carpa en busca de ayuda.

Y entonces grito el único nombre que existe para mí en este momento, el único que siento que puede salvarme de este maldito final, mi única esperanza; el nombre del chico que logró congelar el miedo con sus pasos invernales cuando, hace años, la muerte se cernió sobre mí.

Mi ángel.

—¡Thatcher!

De mis labios brota el alarido de una banshee en medio del vacío. Tengo la esperanza de que, por algún capricho del destino, él se encuentre cerca y venga a buscarme; que note mi ausencia y, de algún modo, logre oír mi voz por encima de la música frenética del circo y de los aullidos del viento.

Solo necesito que venga a buscarme, que me salve una última vez, porque aún no estoy preparada para morir. No así, no antes de graduarme ni de ver a mis amigas caminar hacia el altar. Quiero labrarme una carrera, hacerme mayor, vivir.

No quiero morir sin haber…

—Thatcher, por favor —gimo mientras la sangre se me derrama de la boca—. ¡Thatcher!

—Vas a ser un cadáver precioso —murmura uno de mis secuestradores antes de golpearme con la bota en el costado.

El impacto hace que caiga dentro del tanque. La mezcla de sangre y agua me recibe con un aroma metálico y unos brazos pegajosos, que me arrastran bajo la superficie hacia una muerte segura.

El mundo a mi alrededor se tiñe de un magnífico tono de rojo a medida que me sumerjo hasta el fondo del tanque.

Unas rosas aplastadas se filtran a través de mis ojos cerrados y saben a dulces monedas de cobre.

Mis sentidos se pierden entre los tonos brillantes de este color tan familiar: cereza, granate, bermellón y rubí.

Está por todas partes. Me impregna cada mechón de pelo, se adentra en mis pulmones y se me queda incrustado en las paredes de la garganta. Me consume, me devora viva, me engulle por completo.